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Birmingham

Analizo desde el asombro lo que está ocurriendo en Inglaterra; con la misma falta de datos que lo expliquen, como nos ocurrió hace un año con las revueltas en el norte de África. Seguimos sin muchos argumentos para saber con exactitud qué es lo que está pasando. Yo tampoco tengo una explicación, solamente la intuición de que la crisis económica ya no es solo la causa, sino el signo de cierta descomposición de nuestra sociedad occidental; que la incertidumbre y el miedo están haciendo saltar todos los resortes del sistema; que esto que pasa no es sólo consecuencia de la falta de liquidez, de los movimientos cíclicos de la economía, sino, aparentemente, de algo más. Estamos ante una especie de histeria global; una espiral esquizofrénica en la que todos buscamos a dónde asir nuestras vidas y nuestras ideas después de entender que nuestro sistema de vida se desmorona, que por más parches que pongamos y motivos que busquemos para la esperanza, la hemorragia nadie la detiene.
Sólo hay que observar las emociones que juegan en Bolsa. Suben o bajan en función de las expectativas, de la desconfianza o del miedo. Los titulares de los periódicos económicos usan términos, escasamente científicos como "pánico" o "miedo" para definir lo que es pura economía de mercado. Pero si observamos bien, el juego de emociones en torno al dinero y al poder es exactamente el mismo que transmiten los nuevos colectivos del 15-M o los movimientos de desarrapados en Londres. Nadie sabe muy bien qué va a pasar. La desorientación y el miedo siempre han sido malos compañeros de viaje de la libertad, preludio de tiempos más difíciles de los que hoy vivimos. Lo digo con todas las reservas, pero tengo la sensación de que estamos en medio de una crisis que va mucho más allá de la economía, que afecta a los valores y al pensamiento y que está aflorando lentamente, sin conciencia, sin orden, pero en contra del orden.

Estructuralmente no hay nada distinto entre las barriadas pobres de Londres o Birmingham y las del resto del mundo, incluidas las de Jinámar, el Polígono de Arinaga, Santa Clara o Taco.
Son los mismos jóvenes a los que el sistema educativo no ha logrado llegar; lo mismos jóvenes consumistas, los que usan las mismas herramientas y el mismo lenguaje de comunicación; los que visten de la misma forma, oyen la misma música, ven la misma televisión basura y contemplan a los mismos ricos y famosos por los que la crisis no pasa y sienten que no tienen salida. El mismo perfil que el de los miles de jóvenes de los barrios marginales londinenses que se echaron a la calle en una convulsión, sin razón, sin objetivo, sin ideología, una forma de protesta que no lo es porque no tiene formulación, permitiendo al Gobierno de Cameron definirla y tratarla como vandalismo.
Quién nos garantiza que nuestros jóvenes, a los que ni siquiera conocemos en los grandes barrios marginales de las islas, no se lancen a la calle o expresen su malestar ante cualquier situación conflictiva. ¿No fue eso lo que ocurrió hace una semana en el polígono de Jinámar, donde los propios vecinos se plantaron ante la policía para impedir la detención de un joven que conducía sin carnet y que se dedicaba al trapiche con drogas? ¿No fue una de esas acciones de defensa de la subsistencia, más que una acción de un clan? No lo sé, pero la desesperanza de los pobres no se parece en nada a nuestra melancolía y desconcierto de pudientes asalariados o empresarios y desde las instituciones se detectan los afectos de la bolsa, pero tardan en llegar los lamentos silenciosos de los más afectados por la crisis que van rumiando, sin apenas hacelo consciente, el malestar.

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