los blogs de Canarias7

Archivos Agosto 2011

Muchas tragaderas demostraron ayer los diputados socialistas en el Congreso para aprobar una amarga reforma constitucional apañada en el mes de agosto y de dudoso origen y de triste final. Que Alemania dicte normas constitucionales y que los partidos mayoritarios en España acepten la modificación de la ley de leyes para satisfacer a los mercados no son el mejor principio para tocar las normas de convivencia que rigen las democracias.
El constitucionalismo precisa del debate previo de los ciudadanos y del consenso para la convivencia. Las prisas, la precipitación, el acuerdo bipartidista, la falta de debate público, presiden un cambio, que por mucho que lo pinten, tiene también matices ideológicos, o al menos debe provocar ciertos escrúpulos a una importante parte de los españoles de izquierda, como ha dejado patente el silente socialismo del nuevo Rubalcaba. Incluir en un texto constitucional la prioridad absoluta de pagar los créditos y sus intereses para satisfacer a las entidades que los emiten no casa bien con la prioridad pública de satisfacer las necesidades de los ciudadanos a los que el Estado debe proteger.
Ni el principio ni el final, porque esta reforma constitucional de agosto da la impresión de que se queda en un simple gesto al otorgar a los gobiernos y mercados de turno la facultad de definir el límite, dando paso al ejercicio de la arbitrariedad.
A pesar de todo, Zapatero tiene razón: por el bien de España los políticos no pueden gastar como les plazca, como ha hecho él en estos años. Limitar el déficit nos protege a todos, pero lo que no tiene sentido es hacerlo en la Constitución, con prisas, en agosto y en una norma que, al final, no pone cifra alguna.

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Analizo desde el asombro lo que está ocurriendo en Inglaterra; con la misma falta de datos que lo expliquen, como nos ocurrió hace un año con las revueltas en el norte de África. Seguimos sin muchos argumentos para saber con exactitud qué es lo que está pasando. Yo tampoco tengo una explicación, solamente la intuición de que la crisis económica ya no es solo la causa, sino el signo de cierta descomposición de nuestra sociedad occidental; que la incertidumbre y el miedo están haciendo saltar todos los resortes del sistema; que esto que pasa no es sólo consecuencia de la falta de liquidez, de los movimientos cíclicos de la economía, sino, aparentemente, de algo más. Estamos ante una especie de histeria global; una espiral esquizofrénica en la que todos buscamos a dónde asir nuestras vidas y nuestras ideas después de entender que nuestro sistema de vida se desmorona, que por más parches que pongamos y motivos que busquemos para la esperanza, la hemorragia nadie la detiene.
Sólo hay que observar las emociones que juegan en Bolsa. Suben o bajan en función de las expectativas, de la desconfianza o del miedo. Los titulares de los periódicos económicos usan términos, escasamente científicos como "pánico" o "miedo" para definir lo que es pura economía de mercado. Pero si observamos bien, el juego de emociones en torno al dinero y al poder es exactamente el mismo que transmiten los nuevos colectivos del 15-M o los movimientos de desarrapados en Londres. Nadie sabe muy bien qué va a pasar. La desorientación y el miedo siempre han sido malos compañeros de viaje de la libertad, preludio de tiempos más difíciles de los que hoy vivimos. Lo digo con todas las reservas, pero tengo la sensación de que estamos en medio de una crisis que va mucho más allá de la economía, que afecta a los valores y al pensamiento y que está aflorando lentamente, sin conciencia, sin orden, pero en contra del orden.

Estructuralmente no hay nada distinto entre las barriadas pobres de Londres o Birmingham y las del resto del mundo, incluidas las de Jinámar, el Polígono de Arinaga, Santa Clara o Taco.
Son los mismos jóvenes a los que el sistema educativo no ha logrado llegar; lo mismos jóvenes consumistas, los que usan las mismas herramientas y el mismo lenguaje de comunicación; los que visten de la misma forma, oyen la misma música, ven la misma televisión basura y contemplan a los mismos ricos y famosos por los que la crisis no pasa y sienten que no tienen salida. El mismo perfil que el de los miles de jóvenes de los barrios marginales londinenses que se echaron a la calle en una convulsión, sin razón, sin objetivo, sin ideología, una forma de protesta que no lo es porque no tiene formulación, permitiendo al Gobierno de Cameron definirla y tratarla como vandalismo.
Quién nos garantiza que nuestros jóvenes, a los que ni siquiera conocemos en los grandes barrios marginales de las islas, no se lancen a la calle o expresen su malestar ante cualquier situación conflictiva. ¿No fue eso lo que ocurrió hace una semana en el polígono de Jinámar, donde los propios vecinos se plantaron ante la policía para impedir la detención de un joven que conducía sin carnet y que se dedicaba al trapiche con drogas? ¿No fue una de esas acciones de defensa de la subsistencia, más que una acción de un clan? No lo sé, pero la desesperanza de los pobres no se parece en nada a nuestra melancolía y desconcierto de pudientes asalariados o empresarios y desde las instituciones se detectan los afectos de la bolsa, pero tardan en llegar los lamentos silenciosos de los más afectados por la crisis que van rumiando, sin apenas hacelo consciente, el malestar.

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Estoy de vacaciones. He aprovechado para las reformillas del hogar, esas que siempre están pendientes por falta de tiempo y del valor necesario para, después de una semana de intenso trabajo, perder un domingo con el taladro en la mano y la aspiradora enredada en los pies a punto de hacerme caer. Les confieso que no he escrito ni una línea, ni si quiera he permitido las actualizaciones del ordenador por temor a que los teletipos me quiten el sueño y el tiempo. Quedé saturado del mes de julio. No faltó de nada, convocatoria de elecciones incluida, justo el día antes de que comenzara mi periodo de descanso.
Hoy, pendiente de la cita en esta columna y sin ganas, me he asomado tímidamente a los periódicos en busca de inspiración. He comprobado que el mundo como lo dejé hace una semana. La situación económica está cada vez peor y Zapatero suspendió sus vacaciones mientras los nacionalistas canarios siguen deshojando la margarita de sus intereses, a la espera de que a alguno de los grupitos que lo conforman lo pierda la necesidad.
De repente me he dejado algo atrás, pero para llegar a esta conclusión no me hacía falta mucha exploración informativa. Los datos son para los análisis, pero el verdadero termómetro está en la calle, en la gente, que en cualquier taxi o en el café, no duda en contar lo mal que lo está pasando y como la crisis ha cambiado sus vidas, sus planes de futuro, los de sus familias. Ahora que tengo más tiempo, me he dedicado a escuchar a la gente y les confieso que lo peor de esta crisis es ver como los que te rodean renuncian a su futuro y al de sus hijos, como se desploman sus economías y sus vidas, quizás al mismo ritmo con el que otros se hacen más ricos. Todos hemos tenido que hacer ajustes, pero algunos más que otros; y los que menos tienen hoy, son más pobres porque han perdido hasta la ilusión.
Una amiga de las de siempre me contó como, después de años de ser 'clienta ejemlar' de un banco de marca canaria, la llamaron el otro día para comunicarle que se acabaron los rojos en su cuenta y el pago aplazado. La misma funcionaria que llevaba sus cuentas, en una absurda discusión le terminó espetando: "Debes vivir con lo que tienes". Dos años antes le había ofrecido una segunda hipoteca, una VISA, un crédito para comprar otro coche y otro para el consumo. Milagros piensa ahora en vender, no en comprar. Quiere deshacerse de su casa y marcharse de alquiler para evitar la subida de la hipoteca y la cascada de impuestos. No quiere oír hablar de comprar otro coche; el que tienen tendrá que tirar muchos años remendado. Con su marido no cuenta mucho. Ha trabajado en la construcción y ahora depende de si le sale alguna chapuza.Su ilusión es tener algún empleo fijo. Su hijo terminó ingeniería, pero no encuentra trabajo a pesar de que es un emprendedor nato. Su hija estudia en la ULPGC y se las arregla bien con las becas y alguna colaboración de fin de semana, pero ya ha renunciado a su sueño de estudiar un máster en Inglaterra. Mi amiga piensa que, si las cosas siguen como van, puede perder su trabajo de funcionaria interina. Maldice a Zapatero porque no ha sabido velar por sus sueños, pero teme que llegue Rajoy y haga lo mismo que Cameron en Inglaterra, que termine de destrozar su vida. Milagros, que siempre ha sido una luchadora, ha decidido congelar su vida, poner en pausa sus sueños y suspender los de sus hijos.

Iván, el hijo de Milagros, es un joven formado, con una imaginación desbordante; tiene proyectos y se mueve con ellos entre las empresas del sector de las tecnologías sin que nadie le haga caso. "Ni la imaginación cotiza bien si no estas dentro de las empresas", me comenta desolado, sabiendo que si las cosas no cambian no habrá futuro. Está pensando en emigrar a Estados Unidos. Marcos tiene 24 años y hace dos años que dejó de estudiar para ayudar a su padre como albañil en una empresa familiar. La crisis los sacó del mercado a patadas y las deudas se han comido lo poco que pudieron ahorrar. Él se echa a la carretera a las cinco de la mañana para recorrer la ciudad durante 12 largas horas en un taxi que no es suyo. Logra sacar, en el mejor día, cuarenta euros que entrega a su madre para pagar las deudas, la comida, la hipoteca y las necesidades de sus hermanos. Está desesperado porque todos sus planes se han truncado.
Les contaría alguna historia más de las que he descubierto esta semana, como la de Javier, esperando un trabajo desde hace cinco con su título bajo el brazo; la de Ariadna, dos carreras, casi con treinta años y cobrado un euro por una hora de trabajo de azafata; o la de Pablo, con casi cincuenta años y sin ninguna esperanza de encontrar trabajo; la de José... pero no les quiero cansar con más historias sobre la crisis. Estamos de vacaciones.

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