Es fácil prender la mecha del odio y la violencia. Las ideas simples, las que se sustentan en la desconfianza, no encuentran barreras en la mente humana. El populismo, de la derecha y el de la izquierda, lo saben y las explotan en el seno de las democracias, sobre todo en épocas de crisis. La historia está plagada de errores humanos sustentados en el rechazo, el odio y la venganza. Europa no es ajena a este fenómeno imparable, alimentado por la angustia de la crisis y la globalización cultural. Los extremismos se cultivan y prenden rápidamente sin que reparemos en ellos hasta que la realidad nos vence, como ha ocurrido en Oslo.
En la paz noruega anida, desde la Segunda Guerra Mundial el germen de la radicalidad extremista nazi, que resurgió en los 90 con los Lebensborn, algunos de cuyos ideales explota el populismo con el que ha ido ganado adeptos el Partido del Progreso.
A pesar de los brotes ultraderechistas que padece Noruega, la templanza y la respuesta de sus ciudadanos es digna de destacar. En línea contraria al ideario del execrable pensamiento de Anders Berihng Breivik, los noruegos han optado por fortalecer la democracia y sostener su vocación pacífica. Su gente y su gobierno han expresado el dolor y la solidaridad sin retórica y ha reafirmado su voluntad de seguir construyendo la historia la margen del populismo.
Aún así, es un error pensar que Breivik representa a alguien. No representa al cristianismo, ni a ninguna iglesia, ni a la masonería, ni tan siquiera a la ultraderecha. Es sólo un engendro ideologizado y mesiánico, un obseso de sus propias ideas, un enfermo, un psicópata, que muy bien podría haber estado en cualquier secta de cualquier signo, incluso en Al Qaeda.
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Noruega y Breivik
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