En Anzo, el barrio de Guía en el que yo crecí, la calle principal separa el municipio de Guía y el de Gáldar. El barrio fue uno de los primeros en mancomunar servicios por puro instinto, sin necesidad de decretos ni regulaciones. Lunes y viernes pasaba el camión de la basura de Guía y la gente que vivía en Gáldar cruzaba la frontera y depositaba su basura en Guía. Martes y jueves los vecinos de la raya de Gáldar hacían lo propio. La plaza, la ermita y el local de la asociación de vecinos estaban en Guía, pero por allí aparecían siempre los alcaldes de los dos municipios para hacer promesas y poner dinero. La raya era un lujo. Siempre llegaba algo, si no era de Gáldar era de Guía. Después vinieron las mancomunidades y las privatizaciones y yo también perdí la pista de cómo resuelve el barrio las ventajas de la raya. Me imagino que algunas habrán perdido gracias a la racionalidad que impone los tiempos que corren, quizás la misma que debe imperar en el debate sobre la reducción de los municipios.
Los alcaldes canarios no quieren ni oír hablar del tema. Ayer hablé con varios sobre la información de Jesús Quesada publicada el pasado domingo en CANARIAS7 en la que decimos que, si se aplican los criterios de la Unión Europea, 49 municipios tendrían desaparecer para fusionarse. Me dicen que es una locura y me ofrecen todo tipo de argumentos para concluir lo contrario. Me plantean razones históricas, políticas, de eficiencia en la gestión, de conveniencia vecinal...
La mayoría de los alcaldes no está por la labor de perder espacio político y de gestión pública y mucho me temo que la medida, si hay que aplicarla, no será por acuerdo político. Tendrá que venir muy impuesta desde fuera de España.

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