José Manuel Soria disfrutó este fin de semana de uno de sus mejores momentos. Disfrutó con pasión su momento de gloria al lado de Rajoy que no olvida su apoyo en Valencia. Luces, cámaras, y flash que inmortalizaron ante su gente y ante sus enemigos su honor. Hoy, al borde de su piscina, en su chalet de Tafira, relee la prensa con gusto, mientras resuenan en sus oídos los aplausos de un público entregado. Repasa uno a uno los nombres de los que ha marcado como enemigos y esboza una sonrisa de satisfacción burlona mientras planea satisfacer su necesidad de venganza. Hoy piensa que el destino está escrito para quien dentro y fuera de su partido lo intente desafiar.
Cuando Soria está en el escenario, con todos los focos sobre él, se pierde en el laberinto de su vanidad, desconecta de la realidad y desprecia al resto del mundo que no se doblegue a su pensamiento, a su voluntad. Sus convicciones liberales, de las que tanto alardea, nada tienen que ver con sus prácticas políticas y cotidianas. No cree en la libertad de las personas, ni en la del pensamiento. Mucho menos en las de las empresas y en el mercado. No soporta la crítica democrática. Siempre la atribuye a sentimientos de frustración de quien la ejerce, a sospechas de traición, a viles intereses o, simplemente, las descalifica. Acosa a quien le planta cara por sus desmanes, a quienes no quieren dejarse atropellar como empresarios o como profesionales. A quien está dispuesto a colaborar con su causa lo convierte en empleado, en subalterno a sueldo, sin capacidad para discernir ni tener vida propia.
Quien cree en la libertad y busca ejercitarla, la traduce siempre a lo concreto, a la vida cotidiana, al ejercicio del poder y en la vida privada, en la familia y en el despacho. La libertad produce tolerancia con los cercanos; el deseo de buscar espacios para expresar opiniones y respetarlas; se transforma en honradez con las propias ideas y en la constante sospecha de que todo lo que proviene del exceso de autoridad horada la propia libertad. Yo se lo vengo advirtiendo desde hace tiempo: todos los líderes políticos gozan muy poco de su valía, mucho de su «momento», pero siempre pagan un alto precio por el engreimiento, la altanería, la falta de cintura, la incapacidad para la compasión, la crueldad y la incoherencia.
Es sorprendente que Soria y López Aguilar se parezcan tanto en su forma de conducir en la práctica sus respectivos idearios. A ambos los he tratado y en ambos siempre he encontrado ese trasfondo de pensamiento único, propio de la estructura mental de los dictadores. Los dos han puesto a muchos canarios en la tesitura de elegir a la fuerza, de vender sus almas; ambos han apurado decisiones en los límites de la ética para satisfacer sus posiciones políticas y su poder. Siempre lo han hecho en contra de la libertad, en contra de los procesos de la moral democrática. Soria, más que López Aguilar, ha pervertido el sentido de las sanas relaciones entre personas, profesionales, políticos, empresas e instituciones. Las ha concebido como meros colaboradores o como enemigos a abatir. Ni siquiera las ha ignorado. Creo que si algo hay que temer en personajes como Soria es la detentación del poder.
La presencia de Mariano Rajoy estos días en las Islas la usó como termómetro de su poder. Ha medido a quien está con él o contra él y ha hecho la lista de agravios y desagravios. En el PP lo saben muy bien. Son muchos los que permanecen en el proyecto porque creen en el ideario popular, aplauden al líder y esperan, en silencio, como en las mejores dictaduras, el momento de la caída. Lo saben muchos grancanarios, empresarios y profesionales que a lo largo de estos último cuatro años de gobierno han visto traicionados y abandonados sus intereses, en el mejor de los casos, porque también los hay humillados.
Ya se lo dije una vez. El poder, los flash y la ostentación no son suficientes para ejercer el liderazgo y pasar por el mundo como hombre de bien y político honrado. Aunque gane al calor del fracaso socialista, Soria ya ha perdido.
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