La mayor virtud de los socialistas es la de enredarse en sí mismos. Tienen problemas para salvar el honor en las próximas elecciones y andan en los prolegómenos de una crisis en toda regla por el relevo de Zapatero, único asunto del que el presidente no se preocupa, quizás porque ya ha tomado la decisión de quedarse y seguir metiendo la pata.
Los procesos de primarias abiertos, especialmente en Madrid y en Valencia, son, en sí mismos, un cuestionamiento de la autoridad de Zapatero, al que un amplio sector del PSOE da por muerto y lo quieren obligar a que tome la única decisión trascendental que le queda por tomar en esta última legislatura. A Zapatero sólo le queda iniciar el proceso de sucesión para la secretaria general y la presidencia del Gobierno tras el estrepitoso fracaso de su política ante la crisis económica, la inviabilidad de su programa social y el agotamiento de sus convicciones ideológicas.
Los focos de oposición dentro de su partido crecen como champiñones y lo que hasta ayer era un debate prohibido es hoy una disputa abierta disfrazada con florituras socialdemócratas. Antonio Asunción, un socialista de los de recorrido en la vieja guardia, ha sido el primero en poner nombre al asunto y colocar el debate en su sitio al pedir primarias para el candidato a la Moncloa. Antes fue Tomás Gómez, un hombre elegido por el propio Zapatero, el que se atrevió a poner límites a la autoridad del presidente para nombrar candidato en Madrid; pero mucho antes ya opinaba, en privado, que el presidente era un «cadáver político». Y esa es la otra clave del asunto, porque muchos socialistas detectan el olor a muerto que desprende Zapatero y están dispuestos a salvar la herencia, mientras que el presidente prefiere convertirse en un zombi.
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Olor a muerto
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