Parece una confabulación de los astros, especialmente de la luna nueva que pone fin al Ramadán, coincidiendo con el noveno aniversario del 11-S en Nueva York y la intención de un fanático pastor norteamericano de quemar 200 ejemplares del Corán como signo de protesta contra la construcción de una mezquita en la 'zona cero'. La siempre mágica astronomía nos revela que las heridas en Estados Unidos siguen abiertas y que el debate religioso más tormentoso de la humanidad sigue vivo.
Asusta el tono de ingenuidad que reina en España en torno a este asunto. Hay siempre un silencio espeso en el mejor de los casos, o una defensa a ultranza del multiculturalismo ante el conflicto. En nuestro país las heridas del atentado islamita del 11-M se han cerrado mucho antes que en Estados Unidos. La sociedad española ya no parece señalar al mundo musulmán radical como responsable de ese atentado; más bien es Aznar el que ha cargado con toda la culpa, a modo de chivo expiatorio de una sociedad acobardada, que no se atreve dibujar los perfiles de ninguno de sus enemigos externos a pesar de sufrir la más grave agresión a la Nación.
La ingenuidad es un grave error de los demócratas y una debilidad de la izquierda. El conflicto religioso sigue vigente, aunque es asimétrico porque Occidente hace siglos que no busca esa guerra. El conflicto de civilizaciones es más fuerte que el religioso por mucho que nos empeñemos en negarlo y esconderlo. El tan cacareado multiculturalismo está cuestionado por la negativa de algunos grupos, como el islámico, a integrarse; a lo que hay que añadir una comprensión equívoca del significado de la integración que conduce a la conciencia a un respeto extremo de su cultura y a una falsa práctica de la convivencia.
La sociedad Occidental, a pesar de su fuerza, es mucho más débil que la islámica. Nuestra fortaleza es la libertad, el pluralismo y la democracia. Nuestros valores de convivencia se convierten en el asidero de los radicalismos, los nuestros y los de fuera, pero también en la excusa de las culturas que no desean la integración. Desde la democracia el islam busca defender su fe y expandirse, mientras que nuestra civilización ni tan siquiera quiere identificarse a sí misma. Más bien se avergüenza.
Una vez fue al revés. Fue el cristianismo, como civilización global, la que agredió al resto de las culturas, incluida el Islam. Bien es verdad que el cristianismo evolucionó gracias a nuestras propias guerras de religiones y derivó hacia la tolerancia y la laicidad, bases de la estructura democrática que sustenta el orden en el que vivimos. Hoy para Occidente no es una cuestión de religión, sino de civilización, de sociedad amparada en nuestro potente sistema económico, en nuestra intensa e irresistible tecnología y en el convencimiento ingenuo de que las democracias conducirán al islam de la teocracia a la laicidad.
Lo cierto es que, bien por el hecho religioso o por nuestra aplastante tecnología, el islam nos percibe como una amenaza. Su visión teocrática y sus propias peculiaridades religiosas le hace reaccionar con violencia contra Occidente. Ambas 'macroculturas' provocan un choque de intereses que los occidentales percibimos con incomodidad y que evitamos a toda costa, posiblemente por las irrenunciables dudas que genera nuestra propia civilización.
Ser occidental es vivir esta dudosa y tortuosa realidad cultural en la que nos desenvolvemos, pero es mil veces más valiosa que una sociedad teocrática y monolítica, como la que dejamos atrás en Occidente con las luces, o como la que práctica hoy el mundo islámico. Ser occidental es vivir entre dudas, andar muy escasos de fe, en la búsqueda diaria del sentido del mundo, en cómo superar el conflicto, muchas veces negándolo.
Quien cree que no existe un conflicto entre dos cosmovisiones está cometiendo otro pecado de escrúpulo occidental, que no es otro creer que reconocer las diferencias puede llevarle al racismo, a la exclusión y al integrismo, a todo lo contrario a lo que sustenta la tolerancia y el pluralismo. Pero la tolerancia se basa en el rechazo a todo dogma impuesto, en impedir el perjuicio mutuo y en la reciprocidad, que es lo que Occidente se exige a sí mismo para la convivencia y debe exigir a los que quieran vivir entre nosotros. Los límites no están en la libertad de credo y culto, sino en la exigencia de respeto a todas y cada una de las leyes que rigen la cultura de la libertad y la democracia.
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Occidente
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