A pesar del éxito, -leído desde estas claves porque los lastres y los peligros que genera el nacionalismo también deben ser revisados-, el proyecto sólo ha logrado una mínima parte de sus objetivos y está amenazado de muerte si no logra algún acuerdo entre las fuerzas mayoritarias. Su inmensa división interna, con un popurrí de siglas (NC, PNC, API, AHI, PPM, DMX La Laguna, CAN, UPF, AMF, Nacionalistas Gomeros, ATI, PIL PNL, etc.) es uno de los lastres que se suma, en este momento, a la debilidad del Archipiélago, sobre todo cuando los partidos de ámbito nacional muestran una endeblez insalvables para colocar el poder canario en Madrid.
Al nacionalismo le queda, desde la unidad, objetivos mínimos por cumplir. Algunos de ellos ya establecidos en distintos programas de las formaciones, como un nuevo Estatuto de Autonomía mucho más regionalista, el reconocimiento constitucional de la ultraperificidad, un mayor grado de competencias en distintas materias, especialmente las vinculadas al transporte, como costas, puertos y aeropuertos; el reconocimiento de las aguas archipielágicas o las relaciones externas con el entorno africano. Son estos acuerdos mínimos para un programa de unidad, como el que estableció el acuerdo electoral entre PNC y CC en el 2007, los que podrían servir para establecer la actuación conjunta.
Dentro de este contexto, los nacionalistas grancanarios deben ser conscientes del desequilibro interno en Coalición Canaria, como otro lastre que debe pesar en las decisiones que adopten en el futuro. Aunque parezca que no, la tentación, -siempre viva y constante-, de hegemonía tinerfeña sigue operando silenciosamente y sólo podrá equilibrar la situación la presencia de los nacionalistas grancanarios.

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