Algunos de mis amigos llegaron decepcionados y alarmados de la fiesta del Pino. El año pasado yo también sentí miedo cuando regresaba a casa después de la visita a la Virgen que mi familia tiene por costumbre hacer cada año. Cientos de jóvenes caminaban en pandillas, muchos de ellos completamente borrachos y exaltados. En algún momento temí un altercado o arrollar a alguno de los que, de forma desafiante y 'litrona' en mano, cruzaban la carretera o se paraban en medio sin miedo alguno por sus vidas. Este año no subí, pero el relato de mis amigos es idéntico. Llegaron a Teror con la sensación de que esa no es la fiesta de los grancanarios, sino otra excusa para un el deseado botellón de fin de semana. La primera estampa, al subir por la carretera de Tamaraceite, es un gran supermercado lleno de jóvenes comprando bebidas. A partir de ahí cualquier cosa te puedes encontrar. 'Macro altavoces' con estruendoso bacalao, asaderos portátiles, bolsas de plástico con grandes botellas que van quedando por el camino, jóvenes, literalmente, tirados en el suelo, sirenas de ambulancias que suben y bajan atendiendo los comas etílicos.
Los peregrinos que mantienen la tradición por convicción religiosa o por sentirla como parte de su ser grancanario, adelantan la subida para evitar el espectáculo y situaciones desagradables. Otros buscan recorridos alternativos que les permitan disfrutar del camino. Los que deciden adentrarse esa noche en una de las subidas 'oficiales', convertidas ahora en 'rutas del bacalao', tienen como única compensación llegar a Teror a la medianoche, justo cuando suenan las campanas de gloria que lo inundan todo, y refugiarse en el templo, a los pies de la virgen.
Han pasado las fiestas y el éxito se ha medido por la afluencia de peregrinos, por una lucida y participativa Romería, por la elegancia de los actos oficiales, muy pegados al protocolo, y por la devoción a la Virgen de muchos grancanarios. La otra fiesta es como si no existiese. Se olvida rápidamente. Intencionadamente la reducimos a anécdota. La percibimos como irremediable o como daño colateral. Creo que es un error que pagaremos caro. Es necesario una profunda reflexión sobre el deterioro de esa tradición de peregrinos. Hay que recuperar tradiciones como la de caminar, cantar y compartir pan y vino de forma sana. Quién la organiza la fiesta tendría que apuntar algunas medidas que ayuden a recuperar el espíritu que siempre animó la subida a El Pino, reflejo de la idiosincrasia de la sociedad grancanaria.
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Caminito de Teror
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Somos lo que somos, Manuel. Y si un día esta porquería de sociedad se convierte mayoritariamente en lo que va camino de ser, quienes no la compartimos tendremos que apartarnos a un lado para no llenarnos de lo que son ellos: mierda.
Cest la vie, mon ami.
Un saludo desde Teror.