osé Manuel Soria está disfrutando de uno de los mejores momentos políticos después del tormentoso episodio que lo llevó ante los tribunales de Justicia y lo colocó al borde del abismo político y personal. Tras horas muy amargas disfruta con pasión y hasta con cierta saña de la derrota de sus enemigos. Deleita y administra el éxito de su apuesta por Rajoy desplegando todo su poder dentro de su partido. Goza de la oportunidad que le otorga la crisis económica y ya se ve sentado en el primer despacho de la plaza Rafael O'Shanahan y en la mesa del Consejo de Ministros dos años después. Es su momento, el del poder y la autoridad, el momento en el que Soria más se crece, pero paradójicamente también el de su perdición.
El poder no es suficiente para ejercer el liderazgo; como no lo es la pura inteligencia. Esta condición está preñada de muchas cualidades o virtudes, entre ellas la compasión, en sentido de «padecer-con», y la cercanía. Tampoco lo es la buena planta, la forma física o el discurso impecable. Sí lo es, y Soria la posee, la cualidad de saber en profundidad de qué van las cosas, cómo abordarlas, situarlas en los contextos socio políticos y económicos, y orientarlas desde la propia ideología. Sí lo es la capacidad para dar juego, coordinar y conjugar a todos los sectores, intereses y corrientes políticas; una virtud ésta que Soria no cultiva y que le lleva a pasar a cuchillo a todo el que en su partido discrepa o se equivoca. Es lo que piensa de él Larry Álvarez, del que se desconoce qué ofensa o qué traición ha cometido contra el partido para que prescindan de él a todos los niveles, y al que se dispone a rematar en las listas que confecciona; o Carmen Guerra, fiel servidora de su política, entregada a los leones tampoco se sabe muy bien por qué; o Pérez-Camacho, un político con vida propia, del que se prescinde de la noche a la mañana, quizás, precisamente, por eso, por tener opinión propia.
Dice un amigo que José Manuel Soria graba los favores en la arena y las ofensas en mármol. Yo no puedo decir lo mismo, porque nada le debo ni nada me debe, pero si sé que en su partido, y fuera de él, hay mucha gente que opina como mi amigo. Todos los líderes políticos gozan muy poco de su valía, mucho de su «momento», pero siempre pagan un alto precio por el engreimiento, la altanería, la falta de cintura, la ausencia de compasión, la incapacidad para el perdón y, sobre todo, por su lejanía de la gente. A mí, y a mucha gente con la que comparto esta visión, el sufrimiento, la dureza de algunas situaciones, me hace más condescendiente, receptivo y vulnerable, sobre todo cuando valoro las circunstancias de los otros. Por eso tengo la impresión de que el calvario que pasó el líder del PP sometido a la inmoral política de Aguilar en los tribunales, -el único desierto en su carrera política-, no ha sido suficiente para hacerlo políticamente «humano». Yo no tengo una gran amistad con Soria. Nuestra relación se ha caracterizado siempre por las diferencias y la desconfianza, -a pesar de que creo que es un gran político-; por eso no puedo valorar con certeza algunos aspectos de su evolución personal, pero tengo la impresión de que ha fortalecido sus defensas desplegando, con más intensidad, sus barreras. A mí me sigue sorprendiendo su forma de saludar, y es sólo un elemento más en este arriesgado análisis de un líder canario. Cuando saluda estira la cabeza, despliega los hombros y logra sacar algunos centímetros a su ya considerable estatura. Se convierte en coloso frente a su interlocutor. El ritual continúa con un apretón de manos en el que emplea toda su fuerza, que a mí me resulta doloroso, y con el que termina marcando el territorio y estableciendo una muralla. «¿Cómo estás?» y «¿cómo lo ves?» son sus dos preguntas habituales, destinadas a sondear tu opinión previa. Yo no sé si este ritual de barrera lo despliega sólo conmigo. Sé que me tiene estima en lo personal y en lo profesional. Me lo ha dicho, incluso ante las más duras críticas, públicas y privadas, aunque eso es lo menos importante en la relación entre un periodista y un político. Nunca sabremos hasta dónde llega la verdad y hasta dónde el halago; hasta dónde la amistad y hasta dónde el interés, y algunas veces creo que a Soria sólo le mueve su propio interés.
El mundo, o por lo menos el mundo por el que yo apuesto, lo mueve el afecto y el corazón, mil veces más potente que la razón. No creo que se llegue a ningún destino que merezca la pena desde la frialdad, la altivez y el daño hacia quienes te han querido, servido y admirado lealmente durante tantos años.
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Soria
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