Si es obligado señalar una conclusión sobre el debate de ayer ésta es que los ciudadanos seguimos padeciendo la crisis y Zapatero y Rajoy siguen a lo suyo. No es una conclusión que requiera gran esfuerzo ni dificultad, era lo previsto en el control de daños de los dos grandes partidos en este debate.
Por partes. Zapatero sigue en el mismo sitio en el que estaba, aunque ha ganado algo más de tiempo. Se presentó como estadista, como el presidente que gobierna con previsión y con un plan. En realidad sólo secuenció sus improvisaciones a lo largo de la crisis. Lo hizo como si todos sus planes de reforma y las medidas que ha ido adoptando estuviesen estudiadas y aplicadas en cada circunstancia y en cada momento de forma eficaz.
Zapatero se presentó como el presidente que todo lo tiene bien atado, pero no resultó creíble. ¿Quién pondría la gestión de sus recursos en manos de alguien tan poco fiable como él? Esta era la pregunta que planeaba sobre todo el debate. La respuesta sigue siendo la misma: Zapatero no lo es. No reconoce sus errores; sigue instalado en el discurso positivista de que estamos saliendo de la crisis. Niega la realidad, según Rajoy para mentir; yo no me atrevo a tanto pero si digo que está acobardado por las criticas de los tiburones europeos y piensa que puede burlarlos con una capa de maquillaje. Sus planes llegan mal, tarde y a regañadientes; no tiene la valentía suficiente para meter mano a las reformas que anuncia porque ideológicamente no puede. No está convencido de la necesidad de un pacto, de hecho Rajoy y Rosa Díez le recordaron las ocasiones en las que se le ofreció y no los aceptó. Está resignado ante los acontecimientos y sólo ha decidido esperar.
Trató de contentar a todos, menos a Rajoy, y sobre todo a sus semejantes ideológicos. Pero ayer obtuvo el titular por el que lleva trabajando desde hace quince días: «Rajoy no quiere un pacto». Él sigue en el mismo sitio, esperando que escampe el temporal.
La otra pregunta que rondaba el debate se centraba en la alternativa. ¿Lo es Rajoy?. Propuso una serie de medidas liberales inasumibles por la izquierda, con el único propósito de que Zapatero no accediera a ellas y evitar caer en la trampa del pacto de Estado. Rajoy tampoco quiere un pacto. Rajoy dejó claro que quiere seguir poniendo a Zapatero frente a sus contradicciones hasta que se ahogue en sus fracasos.
Rajoy se mostró claro y contundente. Sabe de lo que habla cuando hace los números y relata las necesidades de la nación. Es el hombre de fiar en la gestión, pero le pierde sus escasas facultades políticas para rematar las faenas. La única alternativa que planteó fue la de proponer al PSOE que sustituya a Zapatero. Una pobre conclusión para quién se esperaba pidiese claramente un adelanto de las elecciones y que fuese Zapatero el que se agarrara al poder. No sonó su sentencia política al contundente «vayáse señor González» que pronunció Aznar en otro difícil contexto.
Rajoy dejó claro que la solución no era Zapatero, pero no aclaró que él era la alternativa. Son los acontecimientos, no Rajoy, los que lo convierten en la única ilusión política frente a un Zapatero que muchos españoles ya perciben, además de poco fiable, como un tramposo.
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