No logro entender que algunos miembros de la Judicatura se rasguen las togas con la absolución del ex presidente de la Audiencia Provincial, José Antonio Martín y Martín, cuando el debate jurídico sobre la tipificación de la conducta del magistrado al orientar al abogado de Bornia ya era controvertida en la misma sala que lo condenó. El magistrado Javier Varona, nada sospechosos de ser un hombre de derechas, dijo en su voto particular que la conducta de Martín era reprobable, pero no delictiva. En la misma línea se manifestó otro hombre poco sospechoso en la izquierda, el ex fiscal general del Estado, Eligio Hernández, quien proclamó, en medio de una fiesta de incomprensión generalizada, la inocencia de Martín. Esa algarabía generalizada es, posiblemente, la clave de bóveda de muchos tropiezos, errores y desautorizaciones políticas y judiciales. Martín y Martín se vio envuelto en la paranoia de la sospecha que vivimos en esos meses. «Hasta el presidente de la Audiencia es un corrupto», gritaba enardecido el país. Políticos y periodistas analizamos sesudamente cómo el fenómeno alcanzaba el corazón de la Justicia. ¿Qué queda de esa etapa? Además de errores inducidos por ese estado febril, archivos, absoluciones y un rosarios de imputados en casos que no llegan a sumar la dimensión y la proporción que el asunto adquirió. Posiblemente esa algarabía propició el clima necesario para la condena de Martín y Martín, a pesar de las escasas y poco contundentes pruebas para acreditar jurídicamente la lamentable actuación de asesoramiento a un narcotraficante. Se requerían modelos ejemplarizantes para la nueva etapa y el presiente de la Audiencia Provincial era una pieza de caza mayor, como algún juez lo definió en la cacería de conejos en la que estaba.
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22 Enero 10Efectos de la sospecha
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