El Partido Popular tienen auténtica vocación auto destructiva. Lo tiene todo a su favor. Absolutamente todo, pero se empeñan en despeñarse por el desfiladero del descrédito. Cae en todas las trampas que le tiende el PSOE y en las de sus propios advenedizos. Quizás lo hacen sabiendo que es ahora el momento de autodepurarse. Piensan que lo que hagan pasa poca factura electoral. Les protege lo mal que va la economía, lo peor que irá y que las elecciones están bastante lejos en el tiempo. Aún así, los daños internos y de imagen pueden ser desgarradores.
Las diferencias y las luchas intestinas entre los distintos sectores del PP son el resultado de problemas mal resueltos y la carencia de un liderazgo fuerte. El PP tiene dos graves problemas interrelacionados. En primer lugar no quedaron bien conciliados los distintos intereses y sensibilidades en el último Congreso en el que ganó Rajoy a base de pactos con los barones territoriales. Y en segundo termino, el hecho de que Rajoy sigue siendo un líder acomplejado. Lo es porque fue designado para la presidencia del Gobierno a dedo, y no para liderar el PP. El diseño Rajoy y el de España era otro bien distinto al que hoy asistimos. Le provoca complejo también no haber ganado las elecciones en unas circunstancias dramáticas, de la que el PP salió herido, y ante las que no supo resituarse, y aún no lo ha hecho.
Después están las condiciones personales de Rajoy. El líder del PP sigue dejando pudrir las decisiones sobre su mesa. Ahora dice que se le acabó la paciencia y que el martes dirá algo. Más le vale que ponga orden en sus filas si no quiere llevar a un partido que representa el sentir de diez millones de españoles a la oposición durante los próximos 20 años.

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