Para Zapatero y algunos de sus ministros las discrepancias son enriquecedores debates internos y expresión de libertad de opinión en el Partido Socialista. Un principio en el que no creen, si no, de otro modo, no se entiende que convoquen en Madrid a todo el aparato del partido para que en la plaza pública respalden al líder, suscriban una resolución sobre la política económica del Gobierno y apoyen la subida de impuestos. Esta salida a los rumores de crisis interna viene a confirmar que, efectivamente, Zapatero y su entorno han vivido una rebelión y la han sofocado rápidamente, llamando a filas y cerrando la posibilidad de que en los próximos meses vuelvan a trascender signos de malestar o descontento.
La llamada de Leire Pajín a rebato, sus argumentos sobre la delicada situación por la que atraviesa el Gobierno, son otros de los signos de la debilidiad socialista en este último mes, a la que han contribuido no sólo los errores, sino el cambio de posición del hasta ahora grupo bandera del PSOE.
El cambio de rumbo editorial de El País en torno a la política económica compromete seriamente uno de los pilares básicos de la estrategia del socialismo español, que no es otro que la comunicación. Los socialistas creen más que nadie en la propaganda de masas y la ejercitan, pero nunca tienen en cuenta una de sus condiciones intrínsecas: que intoxica. Por mucho que se edulcore la realidad y por mucha propaganda que se despliegue, Zapatero está seriamente tocado en su gestión por la improvisación con la que se ha movido para solucionar uno de los problemas más graves con los que se ha podido chocar un dirigente en la democracia española.
La carta que su jefe de gabinete, José Enrique Pérez Serrano, dirigió a los ministros pidiéndoles ideas urgentes para el proyecto de ley para la reconversión de la economía española, que Zapatero había vendido a los españoles como algo hecho, es el ejemplo más claro de improvisación y ligereza de un Gobierno ante una crisis económica como la que vivimos. Es el peor signo de la insolvencia de un Gobierno ante los problemas de los españoles. Esta carta, que pasó desapercibida por los efectos de la propaganda, ha calado profundamente en los poderes reales del Estado, que miran con incredulidad a la presidencia del Gobierno en la que se ha encastillado Zapatero.
El PSOE tiene otro problema paralelo al poder y que se ha evidenciado en esta última discrepancia: el de su propio partido y su proyecto. El poder siempre coarta y silencia la libertad, y la nueva generación de socialistas que ha nacido al calor de José Luis Rodríguez Zapatero está incapacitada para responder con la libertad de opinión que dice tener. Sólo posee retazos de ideología, y sólo responde a impulsos juveniles para rechazar las ideas que no encajan con el discurso aprendido y para imponer un modelo de sociedad aún sin definir, aunque se siente más cómoda con dictaduras como la cubana, que con democracias como la americana, la británica o la fracesa, siempre sospechosas.
Ante esta coyuntura, el PP sólo tiene que esperar a que el mal tiempo tumbe a Zapatero. Al Partido Popular la corrupción no le roza ante la opinión pública, para mayor frustración de los socialistas que han hecho de este tema la bandera de la lucha contra la derecha para neutralizar la oposición.
Rajoy ha caído varias veces en la trampa de dejarse atrapar por la acción policial y judicial en los casos de corrupción. Hoy, tras el verano, Rajoy es consciente de que está en la mejor posición y se ha lanzado a la búsqueda de apoyos parlamentarios entre los nacionalistas para, llegado el momento, aislar al presidente. Sólo tiene que dejar hacer a Zapatero para que se siga equivocando, mantener el aliento en su cuello y hacer del Parlamento su patíbulo. Lo demás viene por añadidura, piensan en el PP, que por no terner, no tiene problemas de identidad ideológica, aunque sí de sectores e intereses, ahora mismo contenidos, a la expectativa del poder, pero que arrasarán si Rajoy no llega a La Moncloa.
Muy lejos quedan para el PP y para el PSOE, y para muchos analistas, las llamadas a un gran pacto parta salir de la crisis. Ese ya no es el escenario frente a la crisis. Ahora sólo cabe esperar un mayor grado de crispación política, de incertidumbre y de errores. Sólo cabe, como a Zapatero, la esperanza en el devenir, porque el Gobierno sólo ha decidido resistir y esperar que pase la tormenta.
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