La campaña electoral se parece más a un concurso de televisión que a un plebiscito. Un repaso por las primeras páginas de los periódicos, por las Web de los medios más importantes del país y de los telediarios y debates televisivos, nos evidencia que más que informar sus programas parecen anuncios publicitarios a favor de las opciones políticas a las que arropan. No es una cuestión que sea censurable. Se trata de un ejercicio de libertad de los medios de comunicación y un derecho de los ciudadanos a recibir la información y la interpretación de la misma. A mi juicio, lo único censurable es el hecho del que parten los partidos políticos y los ideólogos: los ciudadanos no son adultos. Un principio que comienza a ser un error de estrategia.
Las campañas están montadas con objetivos concretos muy estudiados, pero todos consideran que la inmensa mayoría de los ciudadanos de este país son vulnerables y se les puede hacer cambiar de opinión. Precisamente, la dura lucha que se observa en los medios, en la publicidad de las campañas y en la crudeza de la misma son una señal de que de que esta premisa deja de ser cierta y que cada día es más amplio el grupo de ciudadanos que tienen criterio propio. Que no se dejan arrastrar por los sentimentalismos de la izquierda ni por el hiperrealismo de la derecha y que votarán en función de una análisis que nada tiene que ver con la ideología, sino con el pragmatismo.

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