Me atrevo a iniciar una reflexión desde el sabor agridulce que deja esta batalla que hemos sostenido contra la corrupción. Una sensación que muchos de nuestros lectores comparten: La satisfacción por la acción política que ha permitido romper la impunidad en la que se venía actuando en Canarias la empaña la sensación de que se han abierto otras esferas de impunidad que ya comienzan a recolocarse.
Desgraciadamente para Canarias, la corrupción ha sido la gran estrella del último tramo de nuestra reciente historia y de la campaña electoral que termina hoy. Desde que los socialistas llegaron al poder decidieron que así fuera. Se trataba de confirmar una sospecha colectiva por las vías adecuadas, con los instrumentos adecuados. Detrás de esta iniciativa se escondía un deseo objetivo de poner las cosas en su sitio. Creo que es indiscutible que la política puesta en marcha por el Gobierno de Zapatero ha dado sus frutos y debe continuar. Todo lo que es lucha contra la corrupción debe ser apoyado. Se trata de una lacra, una práctica que atenta contra los derechos democráticos.
En el caso de Canarias en esta última etapa hay que reflexionar sobre las consecuencias negativas derivadas de esta acción política. Después de todo lo que hemos visto me quedo con un amargo regusto: se han depurado algunas conductas reprochables, pero se han gestado otras más aberrantes. Se han puesto cosas en su sitio pero se han abierto heridas en todos los campos de la sociedad canaria.
La lucha contra la corrupción en Canarias ha traído la sospecha como motor de la vida pública; la intoxicación como arma de destrucción política; la caza de brujas que se ha desatado en muchas instituciones en busca de culpables; ha abierto una potente vía para la destrucción de los intereses políticos y económicos de los competidores; y lo que es más grave: un sistema de autoprotección que abre nuevas vías para la corrupción y crea una nueva esfera de impunidad. A esta acción política, que busca el restablecimiento de valores del sistema democráticos, justa y hasta filantrópica, se le han colado intereses e intenciones perversas y hasta venganzas.
Este tampoco es el camino. Por wello creo que se debe abrir uan reflexión colectiva, especialmente en el ámbito político para reconducir el ambiente de sospecha y restablecer el equilibrio que debe presidir una compleja sociedad como la nuestra a la que hay que devolver la tranquilidad.

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