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La pobreza, la que sufren miles de canarios a causa de la crisis, se convirtió esta semana en arma arrojadiza entre políticos locales. Un error monumental. Primero, por el inmenso respecto que nos deben merecer los pobres; segundo porque la solidaridad va indisolublemente unida a la justicia y es una obligación no solo moral, sino legal; y tercero, porque hoy la solidaridad es un valor añadido que desde el punto de vista estratégico no se debe desdeñar quien tiene un papel público.
Me ha parecido un error del PP no querer colaborar en la apertura de comedores escolares con el Gobierno de Canarias y es un grave error del Gobierno de Canarias eludir sus responsabilidades y echarle la culpa al Estado pidiendo un gran pacto por la pobreza. Algunos partidos han encontrado en las situaciones concretas de pobreza una palanca política, acertada en la medida que han conectado directamente con los vecinos que viven estas situaciones. Otros han preferido las declaraciones grandilocuentes, tachar de demagógico el tratamiento que hace la prensa de este asunto y de politizadas a las asociaciones de vecinos que denuncian el abandono. Quizás estos últimos tendrían que plantearse si ha optado por gobernar al margen de la realidad de pobreza extrema en algunos barrios, no pisarlos en meses, no atender adecuadamente sus demandas, burocratizando las ayudas y en muchos casos desprestigiar a los propios demandantes. Esa es la impresión que causa el PP en el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, que está gobernando como si no hubiese crisis económica que afecta directamente a sus vecinos. Desde los despachos, la visión puede estar muy distorsionada y conduce a la dialéctica política y a los errores.
En un alarde de contradicciones que ponen en evidencia el desenfoque de los asuntos, Ángel Sabroso, el mismo día y en diversas declaraciones, consideró dramática la situación de la pobreza en Canarias para atacar la inactividad del Ejecutivo de Paulino Rivero, pero dijo que la situación en Cruz de Piedra está manipulada políticamente y se hace demagogia con la misma. No puede ser que en Canarias sea grave y en la capital grancanaria, la ciudad más poblada del Archipiélago no pase nada, a menos que no se conozca la realidad o que se piense, sin fisuras, que se están haciendo las cosas bien.
A misma hora que José Miguel Bravo rechazaba el plan del Gobierno de Canarias para paliar en verano la situación de miles de menores abriendo los colegios, su partido lanzaba a los medios de comunicación una nota informativa en la que analizaba la situación de pobreza en Canarias, indicando que la cifra de exclusión en Canarias se disparó al 21% desde que Paulino Rivero estaba en el Gobierno. El mismo día, el portavoz del Gobierno de Canarias salía por peteneras con el asunto desmarcando al Ejecutivo del problema y endosándoselo a Madrid al pedir un gran pacto contra la pobreza. Horas más tarde hablaba Manuela Armas, viceconsejera de Educación del mismo Gobierno, para recordar la grave situación de los menores para los que se abrirían, sí o sí, los comedores escolares en verano.
Este popurrí de contradicciones pone de relieve la falta de discurso de los partidos en un asunto que deben sustraer de la refriega si no quieren traspasar las líneas rojas de elementos tan básicos como la justicia y la solidaridad propias de nuestra cultura, en la que la justicia demanda que unos respondamos por los otros, especialmente por los más desvalidos. No habrá que recordar aquí los principios básicos de la solidaridad y la justicia, más allá de las obligaciones éticas y morales que cada uno tenga contraídas desde sus convicciones personales. Pero sí hay que recordar el respeto que merecen la pobreza y los pobres, con los que no debemos jugar en ni en política ni fuera de ella.

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Desde la última etapa de la dictadura hasta hoy España ha sufrido 17 ministros de Educación, 12 reformas orgánicas del sistema educativo y 5 reestructuraciones del Ministerio de Educación. Es pesado, pero muy significativo hacer el repaso: 1970, Villar Palasí (Dictadura), Ley General de Educación y Financiamiento de la Educación (LGFE); 1980, Juan Antonio Ortega (UCD), Ley Orgánica que Regula el Estatuto de Centros Educativos (LOREC); 1985, José María Maravall (PSOE), Ley Orgánica del Derecho a la Educación (LODE) y Ley Orgánica de Reforma Universitaria (LORU); 1990, Javier Solana (PSOE) Ley Orgánica General del Sistema Educativo (LOGSE); 1995, Jerónimo Saavedra (PSOE), Ley de la Participación, la Evaluación de los Centros Docentes (LPECD); 2000, Pilar del Castillo (PP), Ley Orgánica de Universidades (LOU), Ley Orgánica de Cualificación (LOC) y Ley Orgánica de Calidad de la Educación (LOCE); 2005, Mercedes Cabrera (PSOE), Ley Orgánica de Modificación de la Ley General de Universidades (LOMLGU) y Ley Orgánica de Educación (LOE); y 2013, José Ignacio Wert (PP), Ley Orgánica de para la Mejora de la Calidad Educativa (LONCE).
¿Puede el sistema educativo de un país soportar en apenas 30 años 12 reformas educativas? A la prueba me remito. La justificación para la nueva reforma que ayer dio el Gobierno es la misma que dieron los anteriores: el fracaso escolar. ¿No será que el fracaso escolar es el resultado de la falta de acuerdo político en España para la estabilidad del sistema?

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No podemos decir que no sabíamos que la situación de miles de canarios es dramática. Ha tenido que venir un informe del lejano Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (IVIE), de la Fundación Bancaja y de la OCDE para recordarnos que Canarias fue la comunidad donde más creció la pobreza entre 2008 y 2011, un 21%, casi el triple de lo que lo hizo en el conjunto de España (8%). Lo intuíamos y la avanzó Cáritas en múltiples ocasiones.
En estos días fue portada del periódico un grupo de vecinos de Cruz de Piedra que denuncian las penurias a las que se enfrentan a diario por la falta de recursos y que las ayudas sociales de emergencia del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria se demoran hasta dos meses. Un ejemplo más de la crisis y de cómo las administraciones públicas no responden con prontitud a las necesidades básicas y de cómo la dura realidad supera su burocracia.
Después está el debate político. Mientras la gente lo pasa mal y miles de personas se vuelcan en la solidaridad, la política sigue su desacertado rumbo en estériles debates, tratando de convencer a la gente de que las soluciones pasan por sus argumentos. Este asunto de la pobreza ya pasó por el Parlamento de Canarias sin pena ni gloria de la mano de Román Rodríguez, que propuso un plan después de conocerse la situación que describió Cáritas. Pero ese no era el plan del Gobierno, ni el del PP, y lo rechazaron. Un mes después CC y PSOE proponen el suyo, y ahí está un nuevo papel que sirve al Gobierna para decir que son conscientes de la realidad y que están haciendo algo, pero la realidad es que sigue debatiéndose y a la espera de otros informes mientras la situación los arrastra y el número de ciudadanos que desembocan en la pobreza crece.
Es la misma situación que vivimos con la apertura de comedores. Una respuesta adecuada de José Miguel Pérez a una realidad real y dura, que cientos de niños llegan al colegio sin desayunar y que la única comida decente es la que hacen en los comedores, se convierten en un pin-pan-pun político en el que se cruzan todas las líneas rojas que demanda la responsabilidad, y en este caso la exigible solidaridad para con los pobres, primeras víctimas de una situación que no han provocado ni de la que son responsables

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La negativa de los alcaldes del PP a sufragar los gastos que ocasionan la apertura de colegios y comedores en verano suena a pataleta política y cuestiona seriamente la sensibilidad y la solidaridad que debe cultivar un partido político. En estas cuestiones la política partidista es, a veces, bastante rastrera. Los proyectos o las ideas sirven si salen de sus factorías, las de otros son pasto de la devastación, por encima de la valía, la utilidad o la necesidad de la medida.
No sé qué pensarán las familias de los más de quinientos niños en riesgo atendidos directamente por el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, uno de los más combativos con la apertura de colegios y comedores en verano. No sé qué pensarán los 54.000 parados y sus familias de los argumentos del alcalde Juan José Cardona de que no hay dinero para abrir colegios en verano cuando sólo le toca una pequeña parte del presupuesto. No sé qué pensarán del PP las familias que no llegan a final de mes cuando hay programadas y subvencionadas actividades para el verano en las playas que pagaremos todos y a las que tendrán acceso directo los que no precisan ayuda. No sé qué sentirán cuando se ponen guaguas gratuitas para eventos determinados o se programan actividades culturales con gastos bastante escandalosos como el Festival de Teatro y Danza de Las Palmas de Gran Canaria.
De verdad, no sé qué pensarán los pobres que necesitan mandar a sus hijos al colegio durante el verano para garantizar que puedan cubrir sus necesidades básicas de alimentación en los comedores porque los alcaldes del PP no quieren dar chance a una propuesta de sus oponentes políticos en el Gobierno de Canarias. Ni siquiera sé si los pobres tienen tiempo para pensar estas cosas como lo hago yo ahora, ocupados en sobrevivir día a día y superar la angustia de no tener que dar de comer a sus hijos y garantizar su cuidado.
Es cuestión de pensar, al menos los que podemos dedicarle un tiempo a este ejercicio mental, que en Canarias Unicef contabiliza 102.000 niños que están por debajo el umbral de la pobreza, o que un 34,5% de las familias con cuatro miembros de estas Islas padecen la misma situación, es decir, no tienen en su mano 1.200 euros para vivir con dignidad. Es para pensar que el PP con este asunto no está respondiendo con seriedad a la solidaridad que precisa una parte la sociedad canaria.

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No quiero ser yo el que se sacrifique en el altar de las vanidades y contradicciones de esta isla, y menos con el asunto del teleférico de Tejeda; no estoy para que me asfixie una tonelada de opiniones «políticamente correctas» de los que hablan en nombre de la naturaleza sin que nadie los haya señalado para tal misión, pero no puedo dejar pasar la ocasión de decir lo que pienso al respecto, entre otras cosas porque me pasé un día entero intentando entender qué piensan los que trabajan y viven en Tejeda.
El debate sobre este proyecto es bueno, pero el PP en el Cabildo de Gran Canaria ha ido a cortar por lo sano para evitar más desgaste del necesario, como el que sufre en silencio el grupo de gobierno a cuenta de sus actuaciones en el Oasis. Me parece patética la debilidad política de quien gobierna frente a las presiones de grupos «indeterminados» que surgen como champiñones en torno a cualquier proyecto en Gran Canaria; como lo es la actitud de la oposición, atenta a todo lo que se «opone a algo» y tiene resonancia social para patrimonializarlo y colocarlo en el centro de su programa político. Lo que ocurre en Gran Canaria a este nivel tiene tal grado de sinrazón que merece un estudio sociológico y económico profundo. No es posible que la inmensa mayoría de los debates sobre infraestructuras en Gran Canaria estén tan mediados y transidos de intereses, ni que éstos se diriman en campañas tan «atadas» para las que prestan sus argumentos hasta los más prestigiosos e independientes (?) profesionales. La mayoría de los debates a los que asistimos últimamente están más sujetos a presiones que las que soporta un diálogo democráticamente sano, y los partidos van justo en dirección opuesta a los criterios que deben sostener desde el ámbito público para salvaguardar la naturaleza de estas confrontaciones. A buen entendedor pocas palabras basta, dice el refrán.
Tejeda es hoy, después de un largo trabajo de sus habitantes y sus políticos, uno de esos parajes en los que merece la pena parar y vivir. Ni el PP ni la oposición han tenido en cuenta el proyecto tal y como lo presentan sus vecinos, sino al peso psicológico de los clubes de presión, a los que los políticos, hay que decirlo con todo el peso de su significado, les tienen miedo y sucumben ante su poder. Amén.

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Es cierto que la crisis económica está cambiando a las personas, a las empresas y a las instituciones. Creemos que está cambiando el mundo porque pinchó la burbuja financiera, pero existe otro elemento mucho más poderoso de cambio que está pasando desapercibido por los devastadores efectos que la crisis económica tiene sobre nosotros. El cambio tecnológico es brutal e inevitable. El periodista estadounidense Thomas L. Friedman analizaba en su libro La tierra es plana (2007) cómo las nuevas tecnologías de la comunicación han logrado intercomunicar el planeta y hacer de él un lugar sin distancias, en el que un médico desde la India pueda estar de guardia en cualquier hospital de Estados Unidos, donde las noticias se conocen al instante en el planeta. Estamos en una aldea global, y es el primer cambio que debemos asumir.
Asumamos que no es sólo la crisis; que con la llegada de Internet la economía que conocemos desaparece lentamente, que nunca será la misma. Internet acaba de forma radical con los conceptos tradicionales de empresa y negocio. No solo ha facilitado el trabajo de producción y deslocalización de la actividad; ha convertido el planeta en un gran escaparate global, donde todo se compra y se vende en las redes. Pensemos en empresas como Apple, Google o Amazon, que venden sus productos en todo el mundo y para todos los públicos.
Les recomiendo la lectura del libro de Chris Anderson, La economía 'Long tail' (2007), en el que describe ampliamente este nuevo modelo de negocios de nichos, en el que, curiosamente, desaparece la cultura de masas para satisfacer las demandas individuales en un mercado global. Pensemos en una tienda de discos en Triana y una on line. El negocio local de los discos tiene que ceñirse a lo que exige la tendencia del momento, vender y exponer en sus lineales los grandes éxitos. En Internet cabe todo y de hecho las grandes compañías venden millones de canciones descatalogadas o para nostálgicos en todo el mundo y la suma de esas pequeñas ventas superan a las ventas de los grandes éxitos. Anderson preconiza que en el siglo XXI dominará el mercado quien acapare las ventas a minoristas, porque los negocios se estructuran en nichos para satisfacer a cada individuo. Posiblemente estamos asistiendo al final de la cultura de masas, en la que la publicidad no dicta la demanda, sino que es cada individuo y su grupo social el que compra lo que quiere porque todo está al alcance de su mano y triunfa la diversidad.
Detrás de este concepto de negocio hay otra realidad, quizás más compleja, que se define muy bien a partir de las redes sociales. Internet nos construye un mundo en el que ya no es la institución la que guía al individuo. Contrariamente a lo previsto, que la globalización construiría un mundo plano, Internet ha consagrado y potenciado la individualidad y los microgrupos de identidad. Aunque siguen teniendo mucho poder, no son los gobiernos los que marcan las tendencias, ni es la publicidad de masas, ni son los medios de comunicación los que conforman la opinión. Son las personas, los grupos de personas que interactúan las que forjan las opiniones convirtiendo la red en un mosaico infinito de pequeños mundos. Es importante saber que posiblemente estamos ante la lenta desaparición de la autoridad institucional, de las opinión de masas, de las campañas globales. Internet abre millones de micromundos de opinión, de gustos y de tendencias, microgrupos en los que los sujetos se transmiten unos a otros marcas, valores y opiniones y que cada individuo se ubica en donde se siente más cómodo porque ya no se lo impide la distancia física, ni la opinión mayoritaria, ni la autoridad institucional que en la red es prácticamente nula. No hay fronteras, ni policías, ni guardas de seguridad, es un mundo abierto, sin límite, en el que cada uno es actor de su propia historia que puede escribir, representar y trasmitir a su público sin intermediarios. Todos somos escritores, actores, periodistas y todo cabe en la red agrupándose sin límites. Todos podemos hacer un vídeo y subirlo a Youtube, escribir un libro y editarlo y venderlo en Amazon, dar una noticia y difundirla en las redes sociales, expresar lo que piensa sin someterse a la censura, elegir qué, cuándo, cómo quiere ver la televisión o escuchar la radio o leer una noticia o un libro.
En definitiva, creo que estamos obligados a superar este bucle de quejas y melancolía en el que nos ha metido la crisis y tomar conciencia de que ésta es superable, pero que la tecnología ha cambiado radicalmente el mundo y se quedará con nosotros para siempre. Quien no se adapte que sepa que será engullido por ella.

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europea.png Cuando todo en lo que creemos se derrumba ante nuestros ojos no es extraño que el sueño de una Europa unida y fuerte también haya caído en la pesadumbre de la desazón y en la cloaca del descrédito. La crisis es un monstruo que todo lo devora y ese proyecto sufre también sus duros zarpazos. Los partidos tradicionales están en crisis, las fórmulas de la derecha no han funcionado y la izquierda sigue sumida en su propia crisis de identidad; en medio, millones de ciudadanos buscando una salida y demasiados oportunistas dispuestos a arañar Europa con sus fórmulas extremas o populistas, una amenaza más para los sueños de convivencia.
La crisis económica, política e institucional va creando un frente de escépticos del norte, desencantados del sur, hostiles ingleses y desheredados de la periferia que amenaza seriamente el proyecto de la Unión Europea. Las encuestas no dejan lugar a la duda, los ciudadanos europeos han dejado de confiar en el proyecto y la resaca de la crisis está abriendo el camino a los populismos y a los nacionalismos, de la que España o la Italia de Beppe Grillo son buenos ejemplos. Tampoco se libra Inglaterra, con la irrupción de UKIP; la propia Alemania, con el resurgir del partido Pirata; o Grecia, con los neonazis en ascenso.
La falta de liderazgo es otro lastre de la Unión Europea. A estas alturas, los que creímos en este proyecto, echamos de menos a personajes de distinto signo, como Olof Palme, Willy Brandt, François Miterrand, incluso a Helmut Khol, a la propia Margaret Tachert o a Felipe González, que dieron sentido e impulso al proyecto, frente a un Durao Barroso incapaz de entusiasmar a nadie, una fría e impositiva Merkel, un Holland sumido en la confusión o un oscuro funcionario llamado Rajoy.
Dos de los más influyentes pensadores alemanes, Habermas y Bofinger, y un prestigioso economista, Julian Nida-Rümeli, cuestionaban ya hace algún tiempo en un artículo publicado en El País el rumbo de la Unión Europea, la incapacidad para cambiar su política y para salvar al euro. Culpan directamente a su país de ser incapaz de abandonar sus miedos para consolidar el proyecto y pedían un impulso político para poner en su sitio al poder paralelo de los bancos de inversión, verdaderos creadores del caos en el que estamos.

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Suspende el rey, los líderes políticos, el presidente del Gobierno y el líder de la oposición, suspenden los ministros, el Ejecutivo y los medios de comunicación, Paulino Rivero. España no quiere a sus políticos y desconfía de sus instituciones; a los primeros los consideran un grave problema y de los segundos sólo salvan a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. El rey obtiene la peor nota de su historia y los ciudadanos sitúan, por primera vez, a la Monarquía entre los principales problemas del país junto a los políticos.
La encuesta del CIS correspondiente al mes de abril publicada ayer deja un solar de desolación para los que tienen la responsabilidad de conducir a la sociedad española. El quebranto y la brecha abierta entre ciudadanos e instituciones no tiene precedentes. Se dan datos paradójicos, inconcebibles, como que la diputada de Coalición Canaria, Ana Oramas, está mejor valorada que el propio Rajoy, o que éste tenga una reputación muy parecida a la del portavoz de Amaiur en el Congreso, Mikel Errekondo.
Ante un desaguisado de este calibre en la sociedad española, la primera respuesta del Gobierno era más que tibia, buscaba justificar la situación. La vicepresidenta pretende resolver el asunto con un llamamiento a la moralidad, una ley de transparencia y las medidas contra la corrupción. Siguen sin entender qué es lo que está pasado y lo atribuyen a efectos sociales «normales» en una crisis económica, sin pensar que lo que se rompe es la confianza y que ésta es como el cristal, casi imposible de recomponer.

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Gran Canaria está predestinada al cainismo. Salvo los cientos de kilómetros de invernaderos que proliferan por todo el pasaje insular sin oposición alguna, no hay una sola obra o proyecto de inversión que no esté sujeta a las guerras entre empresarios, con los ecologistas o con las administraciones públicas. No quiero hacer la lista, pero son innumerables y algunas guerras, como la del gas, duran años sin que nadie sea capaz de dar un golpe en la mesa para aplicar la ley, dejar de intentar conciliar intereses económicos o políticos, privados o locales y proteger el interés general, que hoy es la generación de riqueza y el empleo. La última en torno al Hotel Oasis, que ha acabado aburriendo al inversor que ha decidido hastiado llevarse a Tenerife la inversión de 50 millones de euros prevista para el derribo y construcción del nuevo Hotel.
Durante años escuchamos a los empresarios grancanarios quejarse de la burocracia y de que las administraciones públicas entorpecen las inversiones. Los periodistas, alentados por sus quejas hicimos repaso de los proyectos pendientes en la Isla, todos bloqueados por la administración, por los tribunales, por los ecologistas, por los alcaldes o por los ciudadanos. Puertos deportivos, hoteles de cinco estrellas, parques empresariales, centros comerciales. Después fueron los mismos empresarios los que pidieron con insistencia un plan de renovación de las zonas obsoletas. Más quejas hasta que lo obtuvieron, todo sea dicho gracias a la crisis y la caída en picado de la construcción. Ahora, cuando un proyecto de inversión de 50 millones de euros para la renovación del hotel Oasis está desbloqueado se muestran hasta felices del nuevo apalanque y de la huida del inversor. Así lo piensa el presidente de la Confederación Canaria de Empresarios, y otras voces de la patronal, que como mínimo se muestran cautas a la hora de poner en entredicho la decisión del Cabildo de Gran Canaria de declarar zona de interés histórico el viejo palmeral y su entorno.
La solución del Cabildo pone en valor un espacio privilegiado desde un muy cuestionado punto de vista histórico, cuando su verdadero valor es ambiental y, especialmente económico para Gran Canaria. La decisión, que trató de ser conciliadora ante la opinión pública, retrasa de nuevo la inversión al paralizar la licencia, que además se había tramitado acogiéndose a la legalidad. Usando la legalidad, no me cabe la menor duda, ha ganado de nuevo la presión, venga de donde venga, empresarial, ecologista o de los vecinos, poniendo en cuestión la seguridad jurídica imprescindible para los inversores que huyen de esta maraña que nos hemos montado en esta peña.
En el argumento de la protección del palmeral también hay en el cierto grado de hipocresía. El palmeral y su entorno, considerado ahora joya de la corona por el Cabildo de Gran Canaria dese el punto de vista histórico, ha sufrido un abandono también histórico e insultante por parte de la administración pública, convertido en un auténtico basurero por el que ahora se acuerdan que Colón desembarcó.

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Le cuesta mucho al poder político asumir el sufrimiento y el dolor de la gente cuando los intereses que se ven cuestionados son casi intocables. Les cuesta escuchar a las personas a pesar de que hablan en su nombre y dicen que trabajan para ellos. Purificación Sáez, secretaria judicial de Aranjuez, una mujer que se representa a sí misma junto con otras quinientas firmas de juristas que piden al PP que revise la ley hipotecaria, decía en un acto público que hay que legislar «mirando al pueblo» y «no sólo a los poderes económicos, los mercados y los bancos». Habría que añadir que se debe gobernar también sin tener en cuenta el coste político, los intereses de partido, las fechas de las elecciones, cuando se trata del interés general. Yo creo que a la inmensa mayoría de los españoles nos gustaría ver a los partidos políticos sentados en una misma mesa renunciando a sus intereses, en un pacto de entendimiento que nos garantice una salida a la crisis económica, social, institucional y política por la que atraviesa el país.
Me pregunto: ¿cuál es el nexo de unión, el elemento aglutinador, el punto que logre aunar voluntades en torno, por ejemplo, a la reforma de la Constitución? ¿Se hará verdad ese principio según el cual los españoles tomamos medidas cuando estamos al borde del precipicio? ¿O repetiremos la historia reciente y seguiremos divididos y amenazando nuestra convivencia? Ningún llamamiento a un pacto de Estado surte efecto, ni el de la sociedad que lo expresa por múltiples canales, ni el de los empresarios ni el de los propios políticos. Como se imponen los intereses políticos me imagino que sólo habrá pacto cuando el PSOE sienta el aliento de Izquierda Unida en su cuello y cuando el PP vea que es UPyD y los nacionalistas los que les comen el terreno. Será cuando las circunstancias negativas para la recaudación de votos lo demande. No hay en ningún partido, ni tan siquiera el PSOE que lo propone, voluntad de pactar por las buenas. Se sentarán a negociar y firmarán si hay algo que ganar; y en esta ocasión el PP cree que perderá algo y los socialistas creen que no tienen nada que perder. No hay nada que hacer hasta que no superen esta dialéctica y entiendan que se trata de un pacto estructural, casi constituyente, en el que es necesario un cambio radical para afrontar la debacle del país.

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