El pacto PP-CC vivió su primera parte como un matrimonio feliz amenazado por su suegra. Vivieron de la crispación introducida por López y quizás fuera la época más fructífera y menos confusa, para los políticos y para los ciudadanos. Cada uno de los miembros del pacto sabían donde estaba el otro. Superado el escollo Aguilar y con la crisis más redoblada en las islas esta última etapa de gobierno es ya una pura campaña electoral en la que cada uno de los socios va por su camino, calcula sus fuerzas, se esconde y hace las trampas que puede. Soria explota sus ventajas electorales en España, que son muchas, y Paulino Rivero su situación estratégica en la presidencia del Gobierno.
Soria se sabe ganador y actúa como tal, es capaz de imponer a Rivero sus criterios y hasta intervenir activamente en Madrid en contra de los intereses de sus socios en el Parlamento. Rivero sigue pensando que queda tiempo y que, en última instancia protege su presidencia repetir un pacto de perdedores, ahora con los socialistas. Piensa que cuanto más crezca el odio entre socialistas y populares más lejos está un acuerdo entre ellos en mayo del próximo año. Debe intuir que cuanto más prepotente y altivo se vuelva Soria más se aleja de un diálogo con los socialistas en el futuro. Y que cuanto más conciliador se muestre y sea José Miguel Pérez más votos perderá y más cerca estará de Coalición Canaria. A fin de cuentas, el candidato por Tenerife de Coalición Canaria piensa que el problema electoral del PSOE y del PP está en Gran Canaria, y que contará él con quién convenga desde Tenerife, donde realmente está centrado el poder.
Quizás por todo esto y algo más a Rivero le interese mantener a Soria en el coche oficial, aunque las relaciones sea insoportables, aunque las traiciones lleguen al corazón de la familia. Piensa el presidente que cada cosa tiene su momento y que a Soria le llegará el suyo, que en política nada es seguro ni fiable y que el tiempo es su mejor aliado.
Quién más prisa tiene es el secretario general de los socialistas canarios, José Miguel Pérez que busca proteger su legado electoral en Gran Canaria, el Ayuntamiento capitalino y el Cabildo Insular, amenazados por el deterioro de Zapatero y no tanto por los errores propios, que se han minimizado en esta última etapa.
Ahora ya no hay más espacio que el de la política electoral, en el que la broca y la ruptura, es uno de sus claves básicas. Es el momento de las propuestas disparatadas, las polémica estériles, las filtraciones interesadas, y las inauguraciones por toda Canarias. Ahora hay que esperar al debate del Estado de la Nación, al resultado de las elecciones catalanas y a la elaboración de los Presupuestos en Madrid. Serán estos elementos los que definan el futuro de Zapatero, el de Soria y el de Paulino Rivero. Para que se defina alguna cuestión de fondo en Canarias habrá que espera dos años más.
En definitiva, estamos, desgraciadamente para los canarios , en el mismo lugar político que hace dos años, y en el mismo que hace cuatro, seis, ocho, diez y doce. La gobernabilidad de Canarias se garantiza de dos en dos años y los partidos hacen política en tornos a este ciclo que marca las política nacional, las elecciones generales y las autonómicas.
Creo que una de las respuesta está en la reforma electoral, pero de esa respuesta pocos políticos canarios quieren hablar seriamente y será la sociedad civil la que termine tomando las riendas. Hay que profundizar en un sistema que permita a los canarios hacer política al margen de lo que pasa en Madrid. En inviable un sistema autonómico con este nivel de dependencia de lo que pasa en el Congreso o en el Gobierno. Hay que profundizar en un sistema que permita mayorías contundentes y liderazgo en todo el archipiélago y en el que el poder de las islas sea institucional, centrado en los cabildos, y no en los partidos políticos que ahora determinan las mayorías y hasta la distribución de los recursos de todos los canarios.
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