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Para superar la crisis hay que superar el modelo esquizofrénico impuesto de los últimos años, según el cual la felicidad está en consumir y la pervivencia del sistema en nuestro consumo ilimitado. El sistema que está en crisis ha impuesto un modelo económico que se ha convertido en paradigma cultural. Todos hemos asumido que el consumo, el usar y tirar, la provisionalidad en todos los órdenes de la vida, incluida las relaciones interpersonales, son puro consumo. El nuevo paradigma en el que vivimos dice que nada es eterno, que con nada hay que comprometerse a fondo. No hay ningún compromiso con las personas, con la sociedad ni con los proyectos. Hemos aprendido a vivir de forma ansiosa. Lo quiero, lo compro, el lema de una marca que describe perfectamente el modelo. Vivimos en el futuro adelantado lo que aún no tenemos, ni lo que somos. Por eso nos venden los planes de adelgazamiento cuando en los tiempos de descanso nos imponemos metas y nos venden coleccionables cuando nuestro ánimo está predispuesto a la organización, cuando comienza el año o acaban las vacaciones nos instalamos en el futuro; aunque siempre estamos instalados en lo que no tenemos, nuestra felicidad está en los futuros inexistentes, en proyectos hechos en papel mojado y en una cultura que se hace de retazos, de ideales cuestionados. A mí y a mucha gente con la que hablo, al enfrentarnos a la crisis económica nos hemos dado cuenta de que tenemos que destruir el modelo impuesto, el que considera el deseo como una necesidad y la necesidad como un derecho. Quizás por eso los Estados modernos se han empeñado en darnos todo lo que deseamos; y ahora cuando no pueden nos colocamos ante el peligro. En ese afán de satisfacer los deseos nos han dado hasta la posibilidad de que un menor pueda ir una farmacia y comprar una píldora para abortar, o ir a una clínica y pedir el aborto sin que ningún adulto medie en el asunto, sin que exista vínculo alguno entre la decisión y la acción, sin reflexión y sin responsabilidades sobre las consecuencias. Creo que pasamos de la cultura ilustrada, del capitalismo de producción a consumo que nos sitúa fuera de la realidad, que proyecta en el deseo y su satisfacción inmediata la felicidad, en la que la necesidad es subjetiva, de tal forma que solo la satisfacción del deseo calma la insatisfacción y ahoga la infelicidad. Quizás estoy hoy resultando pesado con esta reflexión, pero para mí es importante entender algunas de las claves culturales que nos está dejando la crisis. Decir que no a muchas cosas en las que proyectamos la felicidad está costando la salud psíquica y física a la gente. Con la crisis, incluso los que no la sufren, ya dicen no a muchos de sus deseos, en los que ven el peligro de la supervivencia. Ustedes se han dado cuenta que nos cuesta dejar propina en el taxi o en el restaurante al que vamos una vez al mes, y que un euro adquiere mucho más valor en el bolsillo. Por eso insisto en que la crisis esta dando un vuelco a nuestra forma de vivir, a nuestros valores de años de esplendor y que la felicidad no está en el futuro, en los planes ni en los proyectos, sino en el ahora, construido de retazos de lo mejor de nuestra herencia. Construimos una sociedad imposible, que nos impulsa a lo imposible, sin límites, que solo es consciente de sí misma cuando se cumplen los deseos. Los estados se endeudaron, para dar a los ciudadanos lo que pedían, creando un círculo infernal de deseo, necesidad y consumo. Ahora llegó la hora de pagar y tenemos la misma sensación de angustia que sentimos cuando en febrero llega el recibo de la Visa que nos hemos estallado en Navidad. Nos sentimos inseguros, pero el nuevo deseo es satisfecho con más crédito o nos instalamos en el futuro con un nuevo deseo por cumplir.
Todo eso, que forma parte de la cultura en la que nos sumergimos está ahora cuestionado. Tenemos que aprender a vivir con otros parámetros. La cuestión es cuáles y quién nos los venderá. Algunos abogan ya por la vuelta al renacimiento, a los valores de la ilustración, a la verdad universal, a la oscuridad de la Edad Media.... En ese debate estamos de la mano de Rajoy, eventual encargado del reequlibrio de la economía, que tanto afecta a nuestras vidas en lo cotidiano, a nuestra forma pensar, esa que busca la felicidad y que ya no tiene, respuesta, sencillamente porque no hay dinero.

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Los canarios somos especialistas en la estupidez. Si reuniésemos en un catálogo la lista de barbaridades que en los últimos años hemos debatido para sobrevivir en medio del Atlántico podríamos optar a algún premio cutre, de esos que otorgan en las discotecas a la mejor gansada. Ahora que hay nuevo Gobierno en Madrid, aquí abrimos el manual y nos lanzamos al debate apasionado sobre lo de siempre: el modelo económico, el gas, el turismo, el tomate, el plátano, la electricidad...; esa relación de asuntos inacabados y perpetuamente cuestionados que, sin apenas darnos cuenta, se convierte en un entretenimiento demoniaco, porque mientras nosotros nos miramos el ombligo, otros parten el queso y se lo comen.
Con el PP en Madrid y los nacionalistas en Canarias se dispara ese debate, con ingredientes ideológicos radicalizados incluidos. Por ejemplo las eternas diferencias financieras. El ministro Montoro ya ha dejado claro que no habrá distinción para Canarias, al menos en cuestiones fiscales, pero Canarias necesita alguna distinción. Y aquí comienza la estupidez. Las teorías liberales, a las que me sumo gustoso, poco encajan en un territorio alejado de Europa, con una estructura económica débil, abandonado en el Atlántico y dependiente del exterior. O pagamos esta debilidad o somos otra cosa a la que no nos atrevemos. Un territorio como el nuestro sólo se puede distinguir y ser autónomo económicamente si ejercemos de frontera económica de la Unión Europea, de paraíso fiscal o algo así; si introducimos elementos que permitan la circulación de dinero y bienes entre continentes. La salida para Canarias, amarrada a la Europa continental, es inviable sin las subvenciones que tanto aborrecemos de forma estúpida en este nuevo ciclo. ¿Por qué no podemos constituirnos como territorios off-shore, con baja fiscalidad, amplias posibilidades para el tránsito de mercancías, etcétera? Canarias cuenta con un histórico y especial fuero que poco a poco se extingue con los deseos de equiparación del territorio, lo que constituye, en sí mismo, una contradicción y otra estupidez. No es este un tema que domine y me arriesgo a que me llamen estúpido, pero Canarias está en medio de los tres continentes en plena expansión económica en los que la crisis está haciendo escasa mella. Aquí podemos jugar un importante papel para las empresas de todo el mundo que operan en África, si Europa y el Estado buscan formulas más permisivas con la fiscalidad, por ejemplo.
A mí me parece una estupidez no querer saber si hay petróleo en nuestros fondos marinos y dejar que sea Marruecos quien lo averigüe y quien lo explote. Sería un suicidio, una dejación de responsabilidad sobre nuestra soberanía, sobre el futuro del futuro económico.
Sacralizar el turismo es otra estupidez muy nuestra. Sabemos que este negocio pende de un fino hilo, el de las economías europeas, que si entran en recesión y se resienten las rentas de sus ciudadanos no vendrán de vacaciones. Y como vamos de estúpidos en esta Canarias nuestra, pues nos gustan más los invernaderos que pueblan el territorio y constituyen el 3% del PIB que los hoteles, los puertos deportivos, los campos de golf o los apartamentos, de lo que, hoy por hoy, comemos.
Es estúpido mitificar las energías alternativas. Ni el viento ni el sol son capaces de generar la energía que necesita el sur de Gran Canaria o el de Tenerife para sostener la industria turística. Los modelos alternativos pueden funcionar en economías a pequeña escala, como la de El Hierro, pero no en zonas industrializadas como la nuestra. Yo no dejaré de aspirar a un mundo mejor, más limpio, sostenible como dicen ahora los socialistas, pero con cabeza, con inteligencia, no dejando en la estacada a quien genera riqueza y trabajo porque hay una central de fuel que genera energía para que los turistas tengan césped y agua caliente. Rechazar el gas como energía transitoria, más barata y menos contaminante es otra de nuestras estupideces que nos colocan a la cola del desarrollo y nos convierten en una región más dependiente. Y no sigo con la lista porque la columna no da para más.

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El PP se ha cargado de un plumazo uno de los ejes sobre los que Paulino Rivero diseñó su estrategia para la recuperación del turismo en las Islas. El presidente del Gobierno canario, que copió el modelo de las islas griegas, convenció a Zapatero para bonificar las tasas de los vuelos de nueva implantación y de mayor crecimiento, lo que invitó a compañías como Ryanair a multiplicar sus ofertas para volar a las Islas. Una bonificación que hay que aclarar es una exención de tasas, no una subvención. La medida tuvo sus efectos, como acredita el aumento del número de turistas, pero vino la crisis del norte de África para darle un argumento a Soria y quedar en tablas la disputa dialéctica. La diatriba argumental la podremos comprobar en las estadísticas de enero, porque desde el pasado día 1 no existen bonificaciones, tal y como acordó el Consejo de Ministros del día 30 de diciembre.
Pablo Matos insistió el jueves en el programa de debate político de la RTVC, El Envite, en que no se puede subvencionar a una compañía que dejará de operar desde que desaparezca el dinero. Lo real, al margen de las teorías liberales, es que en Canarias, la debilidad económica y la lejanía, obligan al Estado a subvencionarlo casi todo, desde la leche al transporte, pasando por el tomate. En este asunto hay que pensar más en clave política.
Creo que esta es la primera y más importante metida de dedo en el ojo de Paulino Rivero. Tampoco es casualidad que Soria y Matos controlen, uno desde el Gobierno y el otro desde el Congreso, las áreas clave para la economía canaria, como el turismo, el transporte, las telecomunicaciones o la energía.
Mi miedo es que en la disputa política que se avecina quien salga perdiendo seamos los canarios y que una vez más no se aproveche la ocasión para rentabilizar que Canarias está muy bien representada en el Estado.

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En la película Tacones Lejanos (1991), de Pedro Almodóvar, aparece un peculiar juez interpretado por Miguel Bosé. El juez Eduardo Domínguez es un hombre joven, guapo y con una comprometida carrera que apunta alto. Por las noches, Domínguez se transforma en Femme Letal, una travesti que actúa en los cabarets del submundo inventado por Almodóvar para investigar un asesinato relacionado con la estrella que imita y que la televisión ha convertido en el caso del siglo. La película del manchego cumplió en octubre 20 años. Cuatro años antes Garzón fue nombrado juez de la Audiencia Nacional, un puesto considerado de paso en la carrera judicial, pero que este magistrado nunca quiso abandonar fascinado por los focos y el poder. Quizás en el subconsciente de Almodóvar estaba Garzón cuando pensó en el juez estrella y travestido. El magistrado ya aparecía ese año a bordo de helicópteros y barcos buscando droga. Salía en todos los telediarios y era el prototipo de héroe que se remanga las puñetas de la toga para detener a los malos.
¿Para qué ascender en la Judicatura cuando su juzgado lo colocaba en el pódium de la justicia mediática? No ha habido caso de trascendencia pública en el que Garzón no haya estado. Nécora, el mítico caso contra el narcotráfico gallego. Los GAL, su pasaporte a la política de la mano de Felipe González, reabierto cuando descubrió que a pesar de su sacrificio no lo nombró ministro. Su salto a la fama internacional con Pinochet. Su vuelta a la política judicial de la mano del PP desarticulando el entramado civil de ETA, cerrando periódicos y deteniendo a batasunos. Su fantasía con Bin Laden, con Franco y Gürtel. Su último caso, como corresponde a su condición de estrella, es el suyo propio. Qué pena de juez, muere como el de Almodóvar, en el armario de un guión de psiquiatra y no en los libros de honor de la historia.

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Nunca creí que fueses un perverso destructor de sueños infantiles, pero después de leer tu libro he llegado a pensar que escondes uno de esos monstruos del subconsciente que te obliga a torturar a tus personajes y llevarlos a la confusión, al caos, a las drogas, al abandono en la calle, a una triste habitación o a la muerte. Presentar esta novela en Reyes y en la calle mayor de Triana, justo la noche en la que arranca el drama de Alejandro, cuando los niños tratan de dormir buscando la rendija por la que entrarán en sus casas esos seres mágicos, es una provocación. Lo es para los niños y para los padres, que enfermos de inocencia, pero ilusionados con el ritual, buscan una última hora de libertad, un detalle que poner sobre los zapatos, la pequeña juerga y a los amigos a los que sonreír y abrazar.
Perder la inocencia. Descubrir que los Reyes son los padres y que todo era de cartón piedra es un drama. Y de eso habla tu libro, aunque la ironía que impones en esta novela y el humor fino con el que se suceden los acontecimientos te lleve a situaciones rocambolescas para desarrollar el drama de Alejandro.
Todos hemos vivido la perdida de la inocencia, algunos como tu protagonista, de forma psicológicamente más violenta, pero creo que no hay otra forma de que la fantasía sea violada. Se derrumban los mundos imaginarios y se impone la realidad y si no tenemos otras oportunidades nos hundimos, como muy acertadamente describe Santiago Gil en su libro 'Queridos Reye Magos' al abrir ese garaje municipal para las cansadas y destartaladas carrozas de las cabalgatas.
Los adultos, como los padres del niño imaginario de Santiago Gil, seguimos siendo responsables de la creación de la fantasía en un intento de sostener la inocencia, la pureza originaria, la del paraíso, la que atribuimos a de los bebés. Queremos prolongar el mundo en el que queremos vivir, el de los cuentos y las hadas, el de la felicidad. Pero también somos los encargados de devolver a los hijos a la realidad o por simple dejación abandonarlos a su suerte en el mundo real; aunque yo dudo sobre los límites entre el mundo de Alejandro y el de sus padres, entre mi mundo y el de mis hijas. Pero ese es otro debate.
Perder la inocencia la noche de Reyes es un drama que marca mucho. Al menos yo lo viví así. Es de las cosas que mejor se han grabado en mi memoria. Me lo dijo mi abuela un día del mes de diciembre, antes de Navidad, subiendo a la Montaña de Guía. Ella con su pañuelo negro de eterno luto y una caja a la cabeza, y yo, con apenas siete años, caminando a tropezones a su alrededor, poniendo en peligro su estabilidad y la de la caja esmeradamente preparada por Juanito el del la tienda con la compra del mes. Discutí con ella. Le rebatí y lloré para tratar de que entendiese que los Reyes sí existían, que era imposible su teoría de que los padres compraban y ponían los juguetes en los zapatos. Ella, fiel a su cruel misión de adulta, no me devolvió la ilusión. Insistió en quitarme toda esperanza. Me imagino que con buena intención, como todo lo que hacía por mí. Por aquel entonces las cosas no estaban para Reyes en mi familia.
La verdad Santiago es que no quiero escribir un relato paralelo al tuyo, pero me he sentido tan identificado con Alejandro que no puedo dejar de contar mi pequeña historia de Reyes. En el fondo, contándola, sólo quiero resaltar la facilidad con la que tus novelas conectan con las vivencias humanas. Si abrimos un debate ahora mismo seguro que todos contamos cómo vivimos esa pérdida de la inocencia, en algunos casos más duros que lo que tu relatas y de lo que podamos imaginar.
Tengo que decirles que, por supuesto, no creí a mi abuela. Como no la creí cuando me decía que el "papel lo aguanta todo" tras leerle algunos panfletos que el régimen franquista nos hacía estudiar sobre las bondades del Fuero de los Españoles. Claro, que ella era republicana y había perdido a su marido en el Lazareto de Gando cuando tenía 23 años y tres hijos que sostener en un mundo en el que habían ganado sus enemigos. Pero esa es otra historia.
Descubrí que era verdad lo que mi abuela me trataba de meter en la cabeza meses después, cuando nació mi hermana. Mi hermana, se llama Reyes, Reyes Natalia; y ya se imaginan por qué le pusieron ese nombre. Nació esa noche, precisamente la noche en la que los Reyes me tenían que dejar mi primera y deseada bicicleta. Mi madre se puso de parto a media tarde. La recuerdo cogida fuertemente del respaldo de una silla dando gritos y desde mi inocencia le pregunté qué es lo que le pasaba. "Este niño es tonto, llévatelo de aquí", le dijo a mi abuela, que había parecido desde que comenzó a dar los primeros alaridos. Creo que Las Boticarias entera se enteró de que mi madre estaba de parto. Todos corrieron al Hospital de San Roque. Nos quedamos solos mi hermana y yo. Apareció mi abuela, nos acostó y se marchó. La noche debió ser ajetreada para mi madre. Tenía unos partos tormentosos.
Cuando me levanté no había nadie en la casa. Saqué de la cama a mi hermana para ir a lugar donde habíamos dejado los zapatos el día anterior, la hierba fresca y el agua, además de un par de galletas 'Tamarán'. Allí estaba todo. Nadie lo había tocado. No estaba la bici, ni un triste regalo. Mi hermana y yo nos preguntamos qué podría haber pasado, y la explicación nos la dio mi padre horas después cuando llegó: "Los reyes les han traído una nueva hermana". El hombre había pasado la noche en el hospital de San Roque con mi madre. Aún así, delante de nosotros, sin pensarlo dos veces, cogió una silla y bajó los regalos de encima del armario. Aquel ropero que tantos secretos escondía y al que no llegábamos ni con la silla más alta de la casa. Ni siquiera estaban envueltos. Para mí era un gran coche blanco, un deportivo, no recuerdo de qué marca. Con aquella carcasa blanca de plástico se desvaneció mi última esperanza sobre los Reyes Magos y mi esperada bicicleta.
La verdad que no recuerdo sufrir un trauma. A lo mejor ya había perdido la inocencia y los Reyes eran una de mis últimas etapas en este proceso de cambio que sufrimos lentamente cuando pasamos de la niñez a la madurez. Esto de la adolescencia es cosa de países ricos. Ni tan siquiera recuerdo agravios. Creo que estábamos acostumbrados a ser pobres. Jamás fueron comparables mis reyes con los de los niños del casco, con los que iba a clase, ni estábamos sometidos al consumo, a la apariencia social, como describe Santiago de sus personajes ubicados en una zona céntrica de la capital, con estudios y ejerciendo profesiones liberales. Pero fue un mazazo.


Querido Santiago. Tu sabes que no soy crítico literario y que haberme invitado a estar en la presentación de tu nuevo libro no tiene otra explicación que el cariño y la amistad que desde la infancia nos profesamos, pero me atrevo a hacer una valoración: el final de tu novela es magistral. Las fantasías terminan como las carrozas de la cabalgata del día de Reyes... en los garajes municipales. Son como los barcos fantasmas que surcan los mares. Nos sentimos como papahuevos almacenados, como carrozas destrozadas después de la batalla de flores, como disfraces aparcados en un armario esperando a que alguien los elija cuando llega el carnaval. Ese parece el destino final de los que sucumben a la fantasía en una sociedad construida a base de excesivas razones y escasas ilusiones. Como Alejandro, somos hijos de la razón, ese engaño masivo en el que hemos caído y que nos obliga a aparcar nuestros sueños para dejar paso a un mundo ordenado por las ideas, a la apariencia social y a los deberes impuestos, de los que, siempre terminamos siendo víctimas. Alguien ha escrito de forma errónea que nuestro destino, como el de Alejandro, es renunciar a lo que queremos, a nuestras ilusiones, a las aspiraciones, a los proyectos, a los deseos a los sueños. Hemos decidido que nuestro destino es abandonarnos a un mundo ordenado en el que está preestablecido lo que tenemos que hacer.
Los que intentamos escapar a ese remedo de siglos de historia también tenemos la tentación permanente de sucumbir a al poder de fantasía. Pero yo, ni tú, ni muchos de los que hoy nos sentamos aquí, hemos estado dispuestos a terminar en ese almacén municipal y quizás por eso nos gusta la literatura, la creación, la sabiduría, la fantasía, los sentimientos, ese cúmulo de sensaciones que dejas en tus libros y que nos hacen vivir. Porque, debajo de la crítica y del sufrimiento de tus personajes no hay otra cosa que tu propia búsqueda de la felicidad. Te conozco desde que éramos niños y sé cuáles son algunos de tus deseos más profundos.
Un día un niño se paró ante un pensador y le preguntó:
¿De qué tamaño es el universo?
El universo tiene el tamaño de tu mundo, le contestó el sabio.
El niño, confundido, preguntó de nuevo:
¿Y de qué tamaño es mi mundo?
Del tamaño de tus sueños, le contestó el sabio.
Si tus sueños son pequeños, tu mundo es pequeño, tus metas serán limitadas, tu camino será estrecho, tu capacidad para soportar la adversidad será endeble.
Los sueños dan sentido a la existencia. Si tus sueños son débiles tu comida no tendrá sabor, tus primaveras no tendrá flores, tus mañanas no tendrán rocío, tus emociones no tendrán romances.
Un abrazo y felicidades por dedicarte a esto querido amigo.

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Se me atraganta un poco que Juan Fernando López Aguilar se presente en Canarias en nombre de Carme Chacón como la renovación de los socialistas.
No sé qué lectura hacen sus compañeros de partido, pero Aguilar representa más de lo mismo. La memoria es frágil, por eso recuerdo que se sacudió el polvo desde que pudo salir de Canarias. La capacidad de desmarque del personal es asombrosa. El que ahora avala la renovación, en nombre de una mujer, es más de lo mismo de Zapatero, con el agravante de que dejó botados a los suyos en Canarias y se marchó en cuanto en la olla subió la presión. No sé qué votos puede captar aquí para la exministra de Defensa quien abjuró de sus compromisos, se colocó en el Congreso, y luego en Europa para alejarse de la ciénaga, como el mismo llamó a Canarias. Aguilar sigue siendo un buen ideólogo con dotes de intelectual, pero un político de pasillo, de conspiraciones, de gobierno y de poder. Los periodos de oposición se los ha pasado atrincherado en el partido, creando atmósfera, en silencio activo, esperando un mejor momento para colocarse; como hizo con Zapatero al salir de rondón en 2003. Al menos hay que reconocerle que sigue pensando las mismas cosas que pensaba y decía, defendiendo las mismas ideas y a la misma gente. Yo a estas alturas ni si quiera me arriesgo a asegurar que eso es un valor.
Me producen sopores las lecciones de ética de algunos políticos, entre ellos el propio Aguilar, después de conocer a fondo los detalles y la estela de su paso por Canarias. Insisto en la fragilidad de la memoria. Lo único que no cambia aquí son los personajes. Son los mismos que estaban hace doce años, como Aguilar, que no ha desconectado nunca y ahora reproduce en el partido el mismo esquema con el que entró: o conmigo o contra mí, un artificio mental y político con el que -hay que recordar- su gente perdió el último congreso socialista y como él, muchos abandonaron.
La otra opción en Canarias, es la de José Miguel Pérez, que, aunque no lo ha dicho oficialmente, parece que representará desde el aparato a Rubalcaba, otro de los grandes valores del pasado del PSOE. Me imagino que el secretario general de los socialistas canarios opta por la prudencia y lo seguro, pero a costa de su deseada renovación interna. Rubalcaba, ni de lejos, se acerca al pensamiento de Pérez, a su estilo ni a su ética, ni al proyecto que pergeñó para el PSC. Pérez intenta devolver a Rubalcaba la confianza que depositó en él, en la etapa de Zapatero, al mismo tiempo que amarrar los apoyos del socialismo de siempre con más gente joven y mantener el rumbo del partido hasta el próximo congreso regional.
Lo tiene realmente crudo el líder de los socialistas canarios, al que tampoco le ayuda su silencio permanente y sus escasas dotes para la comunicación oral y política. En su partido está sentenciado por varios sectores. En su afán de renovar y calar un partido en medio de una crisis sin precedentes, dentro y fuera de los muros del PSOE, Pérez ha acumulado un buen grupo de enemigos que van por los pasillos colocándole fecha de caducidad. Dicen de él que será útil en esta etapa de crisis en la que lo dejarán que se coma los marrones, pero que en el próximo congreso sale del partido. A Pérez le resbala el asunto, es más, ha dicho que si no lo quieren se va a su casa sin reproches, que esto es un servicio que presta siendo prior del convento o portero del mismo.
Un apunte más para no cansarles. Como era previsible, los socialistas se han centrado en los candidatos, en los apoyos, en las personas y en la gestión política para la elección de su secretario general. El debate de las ideas está relegado a un segundo plano. Los socialistas no están generando en la sociedad española un debate sobre su futuro ideológico, sobre como resolverán los problemas de los ciudadanos, ahora y en el futuro, cuando vuelvan a ser una alternativa de gobierno. Es una pena que, una vez más, sólo sepamos de los candidatos, de sus comidillas internas, de las listas y de los votos, pero no de qué piensan y qué propuestas harán a los españoles que confían en ellos.

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No queríamos la verdad, pues ahí está la verdad: el déficit es superior al 8% y hay que situarlo este año en el 4%. Lo que pasa es que ya tenemos reparos con la verdad, porque Rajoy y Montoro, en la campaña electoral, aseguraron por activa y por pasiva que no subirían los impuestos y los han subido sin ningún rubor, así sin anestesia, faltando a la verdad a los que les votaron, contradiciendo sus propios argumentos y hasta su ideario sobre economía política, esa máxima que dice que subir impuestos no es de derechas.
El problema es que Rajoy y su gente han abierto la vía de la desconfianza, del recelo de sus votantes y no votantes sobre lo que ha dicho que hará y lo que hará realmente en el futuro. Releo algunos de sus compromisos en materia económica y me pregunto qué pasará mañana, qué anunciará Montoro en contra de todo lo que prometió su partido en su programa y en la campaña electoral.
Me imagino que Rajoy ha calculado el riesgo de decepcionar a sus votantes en la primera semana de Gobierno, que le quedan por delante cuatro años, que la oposición está pendiente de sus problemas internos y que la calle no está para carajeras. Aun así queda en el ambiente un halo de decepción, de regusto agridulce, muy parecido al que percibimos en los giros neoliberales de Zapatero, pero en sentido contrario.
Estoy dispuesto a hacer más sacrificios, temporales eso sí, para que los mercados estén tranquilos y corra el crédito, pero pido a partir de ahora más imaginación al Gobierno.
No solo debe agarrarse a los recortes y las reformas, hoy esperamos medidas de estímulo a la economía, algo más que nos saque del desencanto de la primera rueda de prensa del día 30 de diciembre en la que el PP se volvió socialista subiendo impuestos.

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Si había rey en el Salón del Trono de la Delegación del Gobierno en Canarias era José Manuel Soria. El líder del PP y ministro del Gobierno de España escenificó ayer en esa espectacular sala el triunfo de su partido y el poder que acumula en las Islas y fuera de ellas. Creo que fue un buen gesto elegir Canarias como destino para la primera visita de agenda como ministro de Industria, Turismo y Comercio y es inteligente aliviar las tensiones y los quebraderos de cabeza que su nombramiento ha provocado en más de uno en las Islas.
José Manuel Soria midió hasta el último detalle de esta visita que sabía tenía un alto contenido político. No es casual que la primera entrevista de su agenda en Canarias fuese con el presidente del Gobierno, encarnado en su rival político y su enemigo número uno después de la salida del Gobierno del PP, antes de las elecciones del pasado mes de mayo. No hicieron falta las palabras. Los gestos son suficientes y Soria los prodigó. Era consciente de que todas las miradas estaban puestas en él y en cómo se quiere relacionar con Paulino Rivero. Era una entrevista cargada de «morbo político» que Soria supo disolver con gestos tranquilizadores. Ni una sola palabra más alta que la otra; metido en su papel institucional abrió todas las puertas del Gobierno central a la colaboración y al diálogo con el Gobierno de Canarias y con sus representantes. Ya no es Soria, es un ministro. Debajo del brazo traía un paquete de soluciones que disipó el ambiente reivindicativo que propició Rivero antes del encuentro, entre ellas el logro nacionalista de que el Estado bonifique las tasas aéreas para que las compañías traigan más turistas, una medida que el propio Soria descalificó en la campaña electoral.
En el ambiente quedan las dudas sobre las aspiraciones, ahora secretas, de José Manuel Soria para acabar con el pacto entre nacionalistas y socialistas. Si lo sigue pensando, que entra dentro de la lógica y la estrategia de la oposición, y el PP en Canarias sigue siendo oposición, no saldrá de su boca. Todo lo contrario.
Horas después, en la Delegación del Gobierno en Canarias, José Manuel Soria recibía un homenaje de alto nivel de todos sus compañeros de partido, ahora en cargos institucionales, de empresarios y agentes sociales. Los populares estaban contentos con la vuelta a la casa verde, mientras que Paulino Rivero llevaba en su rostro la incomodidad de una situación que, aunque calculada, no entraba dentro de su sudoku político.

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No entiendo como un ajuste tan duro no es anunciado por el propio presidente del Gobierno, como ha ocurrido en Italia, en Inglaterra o en Grecia. Da la impresión de que Rajoy se ha escondido detrás de la vicepresidenta y de una fecha que le permite que los españoles mañana no se acuerden de nada por la resaca de la noche vieja y la distracción del pavo, las uvas y las campanadas. Tampoco come consuela saber que el PP también es hoy más pobre que ayer, porque a la primera de cambio se ha tragado esa teoría del crecimiento económico que repetían insistentemente, y según la cual, los españoles, con más dinero en el bolsillo reactivarían el consumo. No creo que hoy los pobres consumidores tengamos fuerzas para gastar un poco más de dinero, ni que los empresarios estén animados a invertir con este panorama de desolación que describió ayer el Gobierno. Esperábamos medidas duras, las había anunciado Rajoy, recortes, pero no un aumento del IRPF disfrazado de recargo transitorio de solidaridad que carga a los trabajadores.
En la otra parte del escenario de Noche Vieja, de Facebook y de Twtter, están los escandalizados «rubalcabas», señalando con el dedo a la «derechona» y sus contradicciones. Habla quien tiene que le diga. El déficit no era del 6% como han cacareado durante estos últimos meses, sino del 8% y hay que situarlo en el 4% el próximo año. Además, durante los últimos dos años los socialistas no han tragado más porque son de garganta estrecha y nunca regurgitan. Nos hemos olvidado de que Zapatero echó a la basura años de sabiduría «progresista» para dar paso a un paquete de medidas neoliberales que aún estamos pagando, entre ellas la congelación de las pensiones y otras, las peores, las dejaron para cuando llegara el PP. Decepcionante. Menuda pandilla.

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El rey lo debe estar pasando mal, se le nota en la cara. Pero no hay mal que por bien no venga, debe pensar el monarca, al que le está sirviendo ser víctima de un ambicioso yerno en un momento de baja popularidad y cuestionamiento de su papel, sobre todo por los gastos que genera a las arcas públicas cuando no hay dinero para sanidad o educación. Al rey nunca le ha gustado que se hable mal de él ni de su familia. Siempre lo ha tratado de impedir ejerciendo sus influencias, pero me da la impresión de que se le agotó un poco el crédito, cuestión que, desde mi punto de vista, pone de relieve la madurez de la sociedad española. Me parece sano hablar abiertamente de la monarquía, de sus cuentas, de sus idas y venidas, de sus negocios, de sus funciones y de su conveniencia.
«Un intocable menos del entorno real», fue lo que pensé el primer día que El Mundo publicó los truculentos negocios del enamoradizo yerno del rey con las administraciones públicas. Para ser justos, los había aireado un año antes la revista El Siglo, con mucha valentía y escasa repercusión.
Insisto en que al rey le está viniendo bien todo esto. Al final, obligado por las circunstancias, ha alejado a su incómodo yerno, ha hecho un ejercicio de transparencia sin precedentes dando a conocer su sueldo, el del príncipe y el de las infantas -que, dicho sea de paso, son un lujazo- y ha revitalizado su figura, como quedó ayer patente en el acto institucional del inicio de la X legislatura.
Frente al oscurantismo encubierto por el discurso institucional y las imágenes dulzonas de niños rubios y vacaciones azules en Mallorca, me pongo de parte de la publicación de la cruda realidad, signo de la libertad de expresión de la sociedad española y de la pluralidad política para debatir hasta el propio sistema monárquico.

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