Antes de los recortes en sanidad y de los hospitales regidos por la eficiencia económica, el protocolo médico indicaba que el diagnóstico debía comenzar descartando en orden de gravedad de lo peor a lo benigno. Si Mariano Rajoy lo hubiera aplicado en su diagnóstico del Estado de la Nación, habría convenido con buena parte de los ciudadanos en que la catatonia generalizada no se cura con las flores de Bach.
Pero tenemos un presidente que ha convertido La Moncloa en el País de las Maravillas, y que, como la Alicia de Carroll, está convencido de que lleva en los bolsillos pócimas mágicas y trozos de tarta que lo hacen transparente si pronuncia la palabra "transparencia". De este modo, considera que algo resulta creíble si él, personalmente lo cree, aunque esa creencia carezca de fundamento, y que si, por ejemplo, evita citar a Bárcenas nos olvidaremos de los sobres y de que el futuro del PP está vinculado al pasado de Gürtel.

Así, resulta que el debate del Estado de la Nación ni es debate ni diagnostica nada, salvo la distancia, insalvable sin más democracia, que separa a sus señorías de los ciudadanos. Ciudadanos que, por cierto, creen que el debate no lo ganó Rajoy ni Rubalcaba, porque se dan cuenta de que, mientras los políticos se afanan por demostrar que están haciendo algo importante y que llaman "salvar a España", los españoles seguimos retrocediendo en el tiempo, perdiendo derechos y recursos económicos. El Estado de la Nación es como esa Blancanieves, en blanco y negro, de los Goya, aunque hay días, como los de ayer, en que una marea de colores toma las calles para reivindicar la vuelta al presente real.
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