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Un momento de la manifestación del domingo 19 de mayo de la Marea Blanca, organizada por la Mesa en Defensa de la Sanidad Pública en Madrid. EFE/Javier Lizon


El bipartidismo agoniza, según apuntan casi todos los estudios de opinión. Eso significa que, si se mantiene la tendencia, de las próximas elecciones saldrá un Parlamento muy dividido y, para aquellos que creen que lo mejor para gobernar es un rodillo mayoritario, casi inmanejable.

Sin embargo, tal fragmentación no sería más que el reflejo de la creciente pluralidad de la sociedad española. Para los que piensan que dicha pluralidad no representa un perjuicio, sino un beneficio, su crecimiento solo puede redundar en la mejora del debate público, pues los argumentos tendrán que refinarse para aspirar a convencer a personas muy distintas.

Pero los sondeos también muestran algo mucho más preocupante: el crecimiento exponencial de la abstención, fruto de la desafección que una gran mayoría ciudadana profesa hacia los partidos tradicionales. Este divorcio es paralelo al distanciamiento que sienten los ciudadanos respecto de los medios de comunicación, a los que reprochan tanto no haber cumplido con su función de defensa de los valores democráticos como su negligencia por no haber sabido o querido alertar de la situación en la que ahora estamos. A las insoportables tasas de pobreza que sufre Canarias, por ejemplo, solo se llega si los que tienen que vigilar miran hacia otro lado.

La desafección política y mediática son dos de nuestros problemas más graves, porque una sociedad democrática no puede sobrevivir sin la política y sin la comunicación, fundamentales para que nos sigamos entendiendo como una comunidad de personas que desean vivir juntas. Sus crisis no son, pues, más que las dos caras de una moneda: la crisis de la sociedad misma.


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Las ideologías son constitutivas de la política porque son la sistematización de convicciones, creencias y anhelos sinceros sobre lo que es el bien común. Quienes las patrocinan, generalmente los partidos, han de asumir la tarea de convencer de que esas ideas son dignas del mayor reconocimiento. En eso debería consistir la lucha electoral.

No forma parte de la ideología la mentira porque ésta no se orienta a sumar voluntades mediante el uso de la razón, sino a engañar y confundir a los electores. Y esto es lo que parece pretender el ministro Gallardón cuando trata de convencernos de que su posición respecto a la protección de la maternidad y del no nacido es sincera y fruto, en su caso, de una ideología cristiana. A la sazón, Cristina Almeida acaba de recordarnos la sentencia del Constitucional que demuestra que, cuando el ministro de Justicia era presidente autonómico, se despidió a una secretaria de Presidencia cuyo delito había sido quedarse embarazada y desear tener el hijo estando separada. Esto no es ni ideología ni cristianismo, sino simple maldad.

El problema de Gallardón no consiste en que defienda ideas cristianas (pues ¿por qué habrían de estar fuera del juego político un partido demócrata-cristiano?) sino en el hecho de que solo le guía el acaparamiento y ejercicio del poder para su conveniencia y la de sus acólitos. Para ello, poco le importa darle un barniz pseudocristiano a su discurso, pues cuenta con la Conferencia Episcopal para, llegado el caso, confirmar que lo que hace al buen cristiano es salvar antes el embarazo que a la embarazada.

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Las palabras "justicia" y "solidaridad", que forman el universo de la moral, no figuran en el repertorio conservador, y si el PP llegara a usarlas sería para desvirtuarlas hasta que "justicia" significara perseguir a las mujeres que aborten y "solidaridad" el que unos pierdan el empleo para que otros se forren. Por eso no se pronunciaron en la rueda de prensa del viernes en la que nos informaron sobre lo que ya se sabía: que las promesas electorales del PP eran un timo político y que, a pesar del palabrerío, lo fían todo a los espíritus "sacrificio" y "austeridad".

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Como la cobardía de Rajoy se lo impide, les tocó a Santamaría, De Guindos y Montoro vaticinar que durante los próximos meses 1,3 millones de personas más perderán su trabajo, hasta llegar a 7,5 millones de desempleados. Cuando se alcance esa cifra, muchos de ellos no recibirán ni la migaja de los 400 euros. Es de esperar que el PP los invite a sacrificarse una vez más por la "sostenibilidad" de un sistema que los ha expulsado sin piedad.


Para el PP, todo esto no es ni "injusto" ni "inmoral", se trata de "lo que hay", y ante los hechos consumados no queda otra que la razón de Estado. Fue lo mismo que pensó Agamenón cuando levantó el cuchillo contra Ifigenia: ¿Qué valor tiene una hija si los dioses nos han prometido los vientos a cambio del sacrificio? Pero Agamenón no vivía solo, y tras su regreso victorioso de Troya, su esposa Clitemnestra lo mandó a la otra vida. La buena mujer debió pensar que ni todas las Troyas juntas valían más que la inocente Ifigenia, de la misma forma que ninguna España vale más que uno solo de esos españoles que a día de hoy pasan hambre.


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Los jueces decidirán, suponiendo que se atrevan y los dejen, si los papeles de Bárcenas son la prueba de que la cúpula del PP, más que a dirigir esta organización política, se ha venido dedicando a sacar dinero para sus cuentas bancarias. En un Estado de derecho, como dice la Constitución que es España, corresponde a los jueces, y no a los ciudadanos o periodistas, imputar los delitos y determinar las penas.

No obstante, aun cuando no constituyera delito, no significa que no fuera reprobable, pues tampoco es delito colarse en el médico, pero basta con el intento para que uno sea merecedor de un espontáneo escrache. Así, parece vituperable lo que los papeles de Bárcenas insinúan: que la crema popular ha estado viviendo a cuerpo de rey. Y esto último no es metáfora, sino simple comparación con lo que comenzamos a saber sobre la vida y obra de los primus-inter-pares de La Zarzuela: que hasta al más descarriado de los miembros que se portan mal lo remuneran con un millonario contrato catarí, en vez de mandarlo al carajo, que es lo que haría la familia común española.


Da la impresión de que, si no fuera por la pasta gansa y la supuesta erótica del poder, sería difícil explicar qué hacen algunos individuos en política, cuando a la mayoría no se les conoce talento para este menester. Según los susodichos, papeles, parece que hasta el arcángel Aznar podría haber estado cobrando pingües sobresueldos por dedicarse en cuerpo y alma al "bien común", al estilo Ana Mato. A la falsa política le pasa como al falso arte y al falso periodismo: se dice que se hace por vocación, pero solo si viene acompañada de prebendas o sinecuras.


@Luisadelrosario


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La brecha entre ricos y pobres es cada día más amplia y profunda en Europa, y España es uno de los países que está a la cabeza de dicha desigualdad. Pero no toda ella es consecuencia de la presente crisis. Sabemos, porque así lo indican las cifras, que poco hizo el PSOE en tiempos de bonanza para recortar la pobreza en España. Eran momentos en los que la clase media española, que por aquel entonces aún merecía ese nombre, miraba para otro lado, embriagada por la moda consumista y la ilusión de autosuficiencia. Algunos continúan en plena resaca, y quizás por eso cuando leen que 40 menores entran en "riesgo" cada mes en la capital grancanaria o que los colegios públicos abrirán en verano para dar de comer a los escolares isleños insisten en sentirse ajenos al drama social.

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A ellos, incluido el "sabio" del socialismo de salón, Felipe González, el bochorno no se lo producen los desahucios ni las colas para comer en Cáritas, sino las manifestaciones o escraches. Métodos "nazis" decía ayer la secretaria general del PP, Dolores de Cospedal, dando una nueva vuelta de tuerca a la ramplonería guionizada del partido conservador. El disparate de la comparación refleja no ya el error intelectual, sino la grosera pretensión de hacernos creer que la historia del nazismo no incluye campos de concentración, exterminios y asesinatos en masa, sino, según la dirigente popular, grupitos minoritarios vociferando frente a la casa de los poderosos y corruptos políticos judíos.

Si algo caracteriza a los políticos profesionales españoles es su capacidad de producir vergüenza ajena en quienquiera que los oiga.

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La cercanía de unas elecciones, que hoy día no son más que la vía legal para acceder al poder, trastorna a los pretendientes, más preocupados por la próxima encuesta que de la ideología que dicen representar o de la ética de la que se proclaman portaestandartes. Chipre es un ejemplo del miedo de Merkel a perder el bastón de mando, pues, a su insensato juicio, los electores alemanes no «entenderían» otro rescate si los rescatados se limitaran a sufrir las penurias de la crisis y no mostraran los estigmas del castigo infligido.

Similar es el caso del Reino Unido, donde el líder de los liberales, Nick Clegg, azuzado por la creciente influencia de la ultraderecha, aboga ahora por cobrar a los extranjeros que entren en las Islas un peaje, como si fueran mercancías.

Por este apego al poder se explica también la mala borrachera del PSOE con el caso de Ponferrada. En su ansia por obtener la alcaldía, dejó al margen cualquier consideración moral que suponía el pactar con un acosador sexual condenado en firme y nada arrepentido de su sucio pasado. Como respuesta al estupor del exiguo electorado que le queda, los socialistas acaban de «reforzar» sus estructuras para que errores como este no vuelvan a suceder. Mejor harían en reforzar su ética, perdida precisamente en el camino a La Moncloa, y apostar con valentía por los valores democráticos, caiga el ayuntamiento que caiga.

Ni la democracia consiste sólo en unas elecciones ni los valores de aquella se dan por supuestos. Hay que defenderla cada día. Y dado que los partidos no parecen estar por la labor, sólo quedamos los ciudadanos para protegerla.


@Luisadelrosario


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Los periodistas, junto con los jueces, son los profesionales menos valorados por los españoles, según la última encuesta del CIS. Se trata de una apreciación generalizada que, sin ánimo de desarrollar una explicación sociológica, puede ser explicada por varias razones. Por lo pronto, tal vez sean éstas las dos profesiones que, en los últimos tiempos, más se han destacado por su servidumbre respecto de la clase política, paradigma de lo más denostado por los españoles.

Efectivamente, jueces y periodistas aparecen, en no pocas ocasiones, como los colaboradores necesarios de ese estado de podredumbre que los españoles señalan como el modus vivendi de la política. En el caso de los jueces, el supremo esperpento de la expulsión de Garzón, el caso Dívar y, más recientemente, la parsimonia con la que el magistrado se toma la posible imputación de la infanta Cristina abundan en la mala imagen de un colectivo que, en los grandes asuntos de Estado, siempre se ha destacado por su servilismo. Merecido se lo tienen por el silencio cómplice.

El caso de los periodistas es aún más alarmante, porque los jueces tienen detrás de sí, al menos, un corpus de pensamiento, la ciencia jurídica y la filosofía del Derecho, que goza de excelente salud académica, aunque, en la práctica, ni se note. En cambio, las Ciencias de la Información, a pesar de su nombre, son una mera retahíla de consejos de la abuelita en formas de lecciones de redacción periodística, además del arte de usar las comas y los puntos. Es de lamentar que la mayoría de los periodistas se conformen con eso y con el rollo trasnochado de la objetividad: mera palabrería sin significado que los más ridículos entre nosotros no dudan en elevar a categoría filosófica. En su mayoría, con este pobre bagaje intelectual, también se limitan a sostener el degenerado statu quo, y así les va. O peor, así nos va.

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Antes de los recortes en sanidad y de los hospitales regidos por la eficiencia económica, el protocolo médico indicaba que el diagnóstico debía comenzar descartando en orden de gravedad de lo peor a lo benigno. Si Mariano Rajoy lo hubiera aplicado en su diagnóstico del Estado de la Nación, habría convenido con buena parte de los ciudadanos en que la catatonia generalizada no se cura con las flores de Bach.

Pero tenemos un presidente que ha convertido La Moncloa en el País de las Maravillas, y que, como la Alicia de Carroll, está convencido de que lleva en los bolsillos pócimas mágicas y trozos de tarta que lo hacen transparente si pronuncia la palabra "transparencia". De este modo, considera que algo resulta creíble si él, personalmente lo cree, aunque esa creencia carezca de fundamento, y que si, por ejemplo, evita citar a Bárcenas nos olvidaremos de los sobres y de que el futuro del PP está vinculado al pasado de Gürtel

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Así, resulta que el debate del Estado de la Nación ni es debate ni diagnostica nada, salvo la distancia, insalvable sin más democracia, que separa a sus señorías de los ciudadanos. Ciudadanos que, por cierto, creen que el debate no lo ganó Rajoy ni Rubalcaba, porque se dan cuenta de que, mientras los políticos se afanan por demostrar que están haciendo algo importante y que llaman "salvar a España", los españoles seguimos retrocediendo en el tiempo, perdiendo derechos y recursos económicos. El Estado de la Nación es como esa Blancanieves, en blanco y negro, de los Goya, aunque hay días, como los de ayer, en que una marea de colores toma las calles para reivindicar la vuelta al presente real.


@Luisadelrosario


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Los medios internacionales se han pasado la semana tratando de explicar lo que significa en España ser un «chorizo». Una palabra que con ya reiterada frecuencia aparece junto al nombre de decenas de políticos que se definen a sí mismos como "servidores públicos". En el colmo del cinismo, los señalados se jactan de su transparencia y la reclaman a sus contrincantes. Entre tanto, los ciudadanos, a los que llaman "público", se convierten en la pieza de caza de los medios de comunicación patrios, que se afanan por mejorar su share a base de gritos, insultos y ejercicios de vana disputa que uno olvida tan pronto como pasa la página o apaga el televisor.

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Evidentemente, no todos los informativos foráneos son un dechado de virtudes, pero la mayor parte de los nuestros, o al menos los que mayor influencia tienen, representan justo lo contrario, de tal forma que llega uno a preguntarse qué hubiera pasado si en lugar de la aparición catódica, el presidente se hubiera presentado corporeizado en una sala llena de tertulianos.


Acostumbrados como están a la vana disputa, al arte de la erística y a la papilla regurgitada, tomando el símil de Habermas, es fundada la sospecha de que nada se puede aclarar en teatrillos televisados o radiofónicos en el que gana el que más grita o más dinero reparte enviando la palabra debate al 1111.


Una democracia sin medios de comunicación y, por consiguiente, sin esfera pública, no es tal democracia. Pero no es suficiente su mera existencia, pues también existen en las dictaduras y en las tiranías, sino que deben contribuir a la crítica y al debate serios. En el caso español, su credibilidad está a la par con la de los políticos y la escasa atención que ha recibido Ada Colau, por ejemplo, no hace sino hundirla aún más ante la ciudadanía.


@Luisadelrosario



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Existen búmeran de madera, de plástico, de fibra de carbono y también de palabras. Y como los primeros, estos últimos se utilizan para aturdir u hostigar, pese a que tienen el inconveniente de que regresan al punto de origen. Ayer lo comprobó el presidente del Partido Popular, Mariano Rajoy, quien, en invocación catódica, nos permitió seguir su intervención ante su propia tropa. A cambio, nos pidió un acto de fe.


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Ya sea en el poder o en la oposición, el PP nos ha dicho que en España defraudan las familias de los dependientes, que cobran cuando éstos han muerto, que los parados trabajan y cobran en negro; que los viejos abusan de la sanidad y que los funcionarios son unos gandules que abusan del café. Además, nos ha dicho que del Prestige salían "hilillos", que el 11M fue obra de ETA, que en Iraq había armas de destrucción masiva, que Garzón les tenía manía y que Dios castiga a los gais.


Ahora, añaden que Bárcenas es un particular, que nos enseñarán la contabilidad A para demostrar que no existe la B y que hay una conspiración judeomasónica en alguna parte.


Parece evidente que el PP ayer estaba "aturdido" por su propio búmeran, tanto que ni su 'community manager' pudo inventar una etiqueta peor para apoyarles: #YocreoenRajoy, y en los Reyes Magos y la Virgen María, le respondían en Twitter.


Como Nixon, en su día, lo niegan todo, aunque, a diferencia de aquel, sin aceptar preguntas, entre otras porque no les han hablado a los españoles, pues el lugar que corresponde es el Congreso y no la sede de un partido. Hasta que no lo hagan, como dice Cospedal, sabemos que el papel aguanta lo que le echen, y la tele también, por lo que seguiremos donde estábamos, en un lodazal inmundo.



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