- ¿Quiere que le ponga la cita para las cuatro o para las cuatro y media?
- Depende, ¿cuánto durará la consulta?
- En veinte minutos estará lista. Es una cosa muy sencilla.
- Ah, muy bien, A las cuatro y media pues...
Por supuesto, la consulta no se resolvió en veinte minutos ni en treinta, sino en más de hora y media y todos los planes que había hecho para esa tarde se vinieron abajo. Soy de esas personas que prefieren esperar a llegar tarde, de esas a las que la impuntualidad porque sí no les parece un asunto gracioso, sino una gran descortesía.
El otro día me ocurrió esto que cuento en la consulta de un dentista. El individuo que me había dado la cita debió pensar que, total, qué más daba mi tiempo, y me soltó el bulo de los veinte minutos para que yo no siguiera importunando con cómo encajar la cita en mi apretada y disparatada agenda de mujer trabajadora con hijos pequeños.
No sé por qué este tipo de cosas suelen ocurrir con más frecuencia en las consultas médicas. Con algunos da la sensacion de que de verdad creen que sus pacientes no hacen otras cosas. Pero la impuntualidad no es patrimonio exclusivo del sector sanitario.
Una de las cosas que más hacemos los periodistas es acudir a citas. Bien porque te convocan o bien porque tu promueves el encuentro, las citas forman parte de nuestra rutina. Me refiero tanto a citas de cuerpo presente, como a las que se efectúan por teléfono: el llámame a las cinco y a las cinco el móvil está apagado. Dos o tres horas después, ah, lo siento, pensé que no te corría prisa. Y tu te quedas pensando que es cierto que no te corría prisa, pero habías quedado a las cinco.
Si pudiéramos cuantificar todo el tiempo que se pierde por la impuntualidad, probablemente nos llevaríamos una sorpresa, porque la impuntualidad va en cadena. Viene a ser algo así como el efecto mariposa, pero mucho más fácil de entender: Yo llego tarde porque la cita anterior llegó tarde y ahora tu también llegarás tarde por una culpa que en realidad no era mía, sino que viene engordando desde mucho antes, como una bola de nieve que cae por la montaña.
Además de los retrasos en cadena, están los que son en conjunto, aquéllos que se producen todos a la vez. Es cuando se demora el conductor de la guagua que debe llevar a un grupo al aeropuerto o la persona que debia traerles las entradas del concierto. Aquí hay que sumar el tiempo que pierde cada uno, así que, si son cincuenta personas y el retraso es de diez minutos, se han tirado 500 minutos a la basura.
La vida es tiempo y el tiempo es precioso porque es limitado. La impuntualidad sin razones que la justitfiquen es como tirar el dinero por la calle. Y también es una grosería.
