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Novedades en la categoría mujeres

El coche es el lugar en el que escucho la radio. A menudo voy sola, así que hay cierta intimidad entre ella y yo. Quiero decir, entre las personas que hablan y yo.

Esta mañana iba al trabajo con la radio autonómica y Cristine., una amiga de Clementina, la segunda mujer asesinada por su pareja en Canarias este año.

Cristine contó que era belga de nacimiento, pero que se consideraba canaria después de tantos años radicada en Tenerife. Habló de Clementina, su amiga muerta, y de sí misma pues contó que también ella había sido una mujer maltratada..

Clementina, según su vecina, era una "mujer sufrida", que nunca denunció a su marido.

Explicó con claridad cómo el hijo de la mujer asesinada había encontrado a sus padres ensangrentados y como había sacado a su hermana pequeña de la casa. La niña, aseguró, no se había enterado de nada porque dormía cuando se produjo la agresión.

La tinerfeña de origen belga lamentó que Clementina no hubiera denunciado nunca a su pareja y aprovechó el micrófono para pedir a las mujeres que no duden en denunciar si sufren malos tratos que ella misma lo había hecho y ahora una psicóloga de la Guardia Civil la llamaba todos los meses para saber cómo estaba
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Cristine relató que había conocido a su marido en el programa el "Diario de .. " de Antena 3, en Madrid. Se trata de un hombre venezolano al que describió como un ser encantador hasta que contrajeron matrimonio. Entonces la maltrató y ella lo denunció. No llegaron al año de matrimonio.

Me pareció que Cristine hacía bien al ponerse de ejemplo, -una especie de aquí me maltratas aquí te denuncio- y también que quizás Clementina estaría hoy viva si hubiera tenido sus reflejos.

(La foto es de Angel G. Medina, de la agencia Efe y corresponde al minuto de silencio que se celebró este lunes en la Delegación del Gobierno en Canarias, en Las Palmas de Gran Canaria)

Compruebo esta mañana de lunes con alivio que esta noticia no ha pasado desapercibida como temí el viernes.

En el tiempo que ha permanecido publicada hasta este momento en que escribo, ha tenido más de mil visitas y al menos once comentarios, a pesar de que creo que nunca se colocó en la portada de canarias7.es

El calvario por el que pasó la niña yemení, de la que solo sabemos que tenía 12 años, es terrible. Más de una vez en estos días he tratado de imaginar qué pasaría por su cabeza cuando la casaron con el bruto y todo lo que vino después hasta su muerte, pero no he sido capaz.

Soy tan cobarde que empiezo a ponerme en su lugar y desisto, porque me parece que no voy a poder con ello. ¿Qué podríamos hacer para evitarlo?

Disfruto como muchas de mi contemporáneas de un razonable éxito profesional, lo que me da independencia económica, me hace sentirme lo que antes se llamaba "realizada" y tan protagonista de mi tiempo como cualquier hombre.

También como muchas de mis contemporáneas disfruto de relaciones saludables con la mayoría de los hombres que me rodean. Salvo excepciones, los hombres con los que me relaciono no me dan un trato peor por el hecho de que yo sea una mujer; a lo mejor sí porque no les gusto, pero no por el mero hecho de ser mujer.

Las actitudes machistas que debo soportar no pasan a mayores. Y la mayoría de las veces son insignificantes, tanto como los mismos personajes de las que provienen.

Sé que soy una mujer afortunada, muy afortunada. Miles de mujeres, -millones-, soportan hoy en día distintos tipos de malos tratos por la única razón de ser mujeres.

También sé que si no hubiera sido por otras mujeres -y hombres- que lucharon antes que yo, yo hoy podría ser una de ellas. A lo mejor no sería una esclava sexual ni sufriría violencia física, pero tal vez no habría estudiado una carrera o no podría hacer algo tan cotidiano como ir en bicicleta por la calle.

Hoy día internacional de la mujer, va por todas ellas, por todas esas mujeres.

Y aquí, Ricardo Solfa hablando de mujeres. No estoy muy segura de que el sentido de la letra no sea un poco machistoide, pero la canción siempre me gustó.


Después de un tiempo fuera de juego debido a lo que mi médico de cabecera calificó de síndrome gripal, vuelvo a la superficie. Estos días de estar en casa sin nada que hacer mas que esperar pacientemente a que el síndrome escampe, me he sentido al margen del tacatá diario. Yo me he parado y me he hecho a un lado, pero el rodaje de la película continúa sin mi personaje.

Una enfermedad venial como es ésta, a la que me dispongo a dar carpetazo en cuanto la burocracia me lo permita, te regala tiempo para ciertas cosas. Yo he aprovechado todo el que he podido para leer y así he conseguido acabar las 626 páginas de María Antonieta. La última reina, de Antonia Fraser, una biografía que me ha atrapado como hacía tiempo.

Salvo algunos errores en concordancias e incluso en términos, que dudo que sean de traducción sino más bien fallos de un corrector informático y que seguramente han sido enmendados en ediciones posteriores (yo he leído la primera de Edhasa, de septiembre de 2006); la narración de Fraser parece hecha para mí. Ya sé que no es así, faltaría más, pero se adapta de tal forma al libro que siempre voy buscando, que me lo he llegado a creer.

Bromas aparte, se trata de un relato histórico sustancioso, una novela magnífica que fue verdad. María Antonieta aquí no es un cliché, es una mujer profundamente humana que disfruta, disparata, sufre e incluso tiene la regla.
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Su propia correspondencia y la de algunos de sus coetáneos, más los testimonios que quedaron escritos, las memorias de algunos de los protagonistas y otras fuentes sirven a la autora para construir un fresco sensacional. Visitamos el backstage de la más refinada corte de Europa, donde una cena para ocho requería de los servicios de 25 criados.

Allí conocemos al "célebre peluquero Léonard" que iba los domingos a Versalles a peinar a la reina y que, entre semana, "dejaba las labores cotidianas en manos de otros, entre ellos su ayudante, conocido como 'le beau Julian" (p.215)

O a la modista Bertin a quien llamaban "la ministra de la moda" ( p.215) : "El despliegue de arrogancia de Rose Bertin se convirtió en un distintivo de su tienda de la Rue Saint Honoré a medida que fue corriendo la voz de que la reina era su clienta" (p.214).

De la torpeza sexual de Luis XVI, que no fue capaz de tener relaciones completas con su mujer hasta unos años después de la boda, a los indicios de una historia de amor entre María Antonieta y un apuesto oficial sueco. Frasier proporciona toda la información que posee sobre la relación entre ambos, pero, con honestidad, no llega a dar por probado que la relación amorosa se consumara.

La autora tiene tiempo para ir al detalle y hacer de la reina una persona con la que nos podemos identificar o, al menos, comprender. Primero, la niña inexperta; después, la joven despilfarradora, marchosa y extravagante; a continuación, la madre y, al final, la víctima.

El puntillismo de Fraser llega a la última celda que ocupó María Antonieta, a su estado físico -menstruaba sin cesar, por lo que aventura que quizás sufría un cáncer de útero-, a las últimas humillaciones -tuvo que hacer pis delante del carcelero-, y a su valentía camino de la guillotina.


(Este es el libro que sirvió a Sofía Coppola para hacer su película. Como siempre pasa, el libro es otra cosa)

Esto no sabía si contarlo, pero una conversación, esta mañana, con una de mis amigas del periodo cuaternario me ayudó a decidirme. La susodicha me dijo que me leía y que seguía mis andanzas a través de este blog, cada vez más descarado y personal, por lo que casi no creía necesario ya llamarme por teléfono. No es que antes del blog me llamara mucho, todo hay que decirlo, pero la intención y la atención hay que agradecerla.

Comparto con el resto de la humanidad la pena por la muerte de Michael Jackson. En realidad, más que por su muerte, por la vida que le impusieron desde niño. Una vez dicho esto, abandono el panorama planetario para volver a mi entrañable barrio. Más concretamente, al supermercado del que hablé hace unos días, por lo que no voy a extenderme sobre lo orgullosos que estamos de él en el vecindario.

Esta mañana, además, ganó otro punto en mi personal tabla de puntuación y no por el negocio en sí, sino por la demostración de solidaridad vecinal que tuve la suerte de presenciar.
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Llegué a eso de las 7:45, quizás 7:50. Son horas en las que todavía entra mucho proveedor de mercancía, y en eso estaban cuando yo intentaba pagar un kilo de naranjas de zumo, cuatro peras y un pan de molde, e irme a casa a desayunar.

Entró el repartidor del agua mineral -al que conozco y saludo porque va también por mi casa-, sin más incidente que una cuestión de trámite que resolvió con la cajera. Pero, tras él -y menos mal que aún estaba él-, entró un atribulado operario que arrastraba un palé sobrecargado sobre una plataforma con ruedas.

En el palé llevaba en equilibrío varios pisos de botellas de refresco de plástico, de las de dos litros, una caja de cartón grande con docenas y docenas de huevos en su interior, y otros alimentos que no llegué a distinguir.

El hombre debía ser inexperto o torpe, o estaba dormido, o simplemente se despistó, porque, al girar para entrar en el super, lo hizo con tanta brusquedad que la carga se volcó con gran aparato y conmoción entre los presentes. Al instante se oyó la voz de la otra dependienta que gritaba ¡Mi mano! ¡Mi mano! Todos los que estábamos allí: el del agua mineral, la cajera, el inexperto, una señora que pasaba por la acera y hasta yo misma, saltamos hacia la mercancía volcada y empezamos a tirar cada uno por donde pudo y sin el menor orden ni concierto. Terminamos de destrozar los paquetes, pero no lográbamos quitarle el peso a la dependienta, que seguía gritando: ¡Mi mano! ¡Mi mano!

Reconozco que vivimos un momento de confusión y que yo misma llegué a perder la sangre fría que me ha caracterizado en otras ocasiones, hasta que la señora que pasaba por la acera dijo que la única solución era desmontar el cargamento empezando por arriba.

Rápidamente, el repartidor del agua mineral tomó el mando, y empezó a dar órdenes, se liberó a la dependienta, y su compañera corrió a ponerle un paquete de ensaladilla rusa congelada en la mano, que sólo estaba contusionada y no amputada, como yo me había temido.

Como parecía que se había restablecido la calma, volví a la caja a intentar pagar mi kilo de naranzas de zumo, mis cuatro peras y mi pan de molde, cuando el repartidor torpe cogió un cuchillo para romper lo paquetes que aprisionaban su mercancía, con tan mala suerte que pinchó una botella. Pinchó bien, porque el chorro de refresco salió abundante y a mucha presión en dirección a mi camiseta blanca inmaculada, y yo entonces ya no pude reprimir un ¡joder!

(La foto la coloco sólo como ilustración, para alegrar. No tiene nada que ver con el supermercado al que me refiero. Lo digo porque parece que se vislumbra una marca en el borde del frutero, pero no es la mía.)

Soy una persona muy muy desordenada. Tanto que me han asegurado, aunque yo no me lo creo, que mi foto figura en algunas enciclopedias junto a la definición de mujer desordenada. Hay veces que mi mesa de trabajo parece el resultado de la descarga de un volquete, más que el lugar por donde campan mis ideas. Lo cuento a modo de excusa, porque mi escasa diligencia a la hora de documentar los textos que escribo, me ha impedido encontrar un post donde ya hablaba de lo que traigo hoy a colación y que no es más que amor a las piedras.

No me refiero a las piedras preciosas ni a las del ríñón, ni tan siquiera a las del camino. Hablo de las que se rozaron con la historia. De una iglesia románica, de un castillo que no sea de naipes, de los adoquines de una plaza bicentenaria, de las ruinas de una batalla. Lo mío es una mezcla entre devoción más o menos científica y sentimentalismo común

Las Palmas de Gran Canaria, mi ciudad, es una urbe más bien joven y, encima, ultraperiférica, como se dice ahora. Se fundó en 1478 y está en una isla, a muchos kilómetros del continente. Es poca cosa, si la comparamos con otras que son milenarias y que siempre aparecen en los libros de historia. Pero tiene muchas piedras de las que a mí me gustan. Lo que pasa es que aquí los hechos, salvo el paso de Colón y algún otro asunto como el nacimiento de Pérez Galdós, Alfredo Kraus y Juan Negrín, son importantes sólo de costa para adentro.


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Este lunes, 22 de junio, acudí a una convocatoria que el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria celebra todos los años, desde hace ya un puñado, con motivo de las Fiestas Fundacionales de la ciudad, que nació tal día como ayer, 24 de junio, hace 531 años. Por eso, aquí, las fiestas de San Juan tienen su empaque. No es una onomástica, es un cumpleaños.

La propuesta consiste en dar un paseo por el casco histórico de la mano de expertos que explican in situ la historia de una calle, de una casa o su relación con tal o cual personaje. Un año se habló de los cementerios de los ingleses; este lunes, de cuatro mujeres artistas que vivieron en el barrio antiguo.

De las cuatro elegidas, la más conocida es Carmen Laforet (Barcelona, 1921- Madrid, 2004), que vivió parte de su infancia y juventud en Las Palmas de Gran Canaria, antes de convertirse en una gran escritora. Un sobrino de Carmen, Juan José, es periodista y cronista oficial de la ciudad, encargado, por cierto, de coordinar estos paseos históricos.

Además de Laforet, nos hablaron de Pilar de Lugo, una pintora que murió en 1851, a los 31 años, víctima de la epidemia de cólera morbo que asoló la ciudad ese año. Después, conocimos a María Suárez Fiol, profesora de canto de los hermanos Kraus y de Pepita Miñón, la soprano que nos habló de ella. Y, al final del paseo, supimos de María Joaquina Viera y Clavijo, una intelectual que murió en 1819.

Disfruté mucho con el recorrido, por lo que se dijo y por el lugar donde se dijo cada cosa. Además, hizo una noche fabulosa, de esas cálidas y remolonas de principios de verano, tan prometedoras y optimistas que rejuvenecen.

Cuando nos explicaban que Pilar había tenido tantos hermanos o que, como era una mujer, no podía pintar del natural ni ir a una academia, yo miraba a la fachada de la que había sido su casa y me la imaginada en una de las ventanas, mirándonos. O pisaba los adoquines y pensaba: por aquí pasó esta mujer.

Lo mismo me ocurrió con los otros personajes. Es lo que tiene oír las historias en el lugar donde ocurrieron, parece que reviven.


(La foto de Arcadio Suárez está tomada durante la visita en la plaza de San Antonio Abad, en el barrio de Vegueta. Este es el lugar donde se fundó la ciudad el 24 de junio de 1478. La casa blanca de la izquierda es la de Pilar de Lugo, la pintora que murió en la epidemia de cólera morbo.)

Esta mañana en clase de pilates me he dado cuenta de que las abuelas tienen cuádriceps. Podrás pensar que es una perogrullada, pero a mí me ha parecido todo un descubrimiento.

De repente, mientras intentaban emular a la profesora, me fijé en una de mis compañeras de clase y me di cuenta de que ella, a pesar de su edad algo avanzada, también tenía cuádriceps, que era el músculo que tratábamos de estirar en ese momento con no poco sacrificio.

Fue como una iluminación y no porque desconociera que las mujeres han dispuesto de cuádriceps desde los tiempos de Eva, sino porque hasta entonces no lo relacionaba. No asociaba la idea mujer-madura con término tan gimnástico.

Pero ésta no fue la única revelación que tuve hoy. Pocos minutos después del episodio muscular, me encontraba en el interior de una de las cabinas del vestuario del gimnasio. Estaba concentrada en la tarea de no perder el equilibrio al desvestirme, pero no pude evitar oír una conversación entre mujeres -también maduras- sobre el discurso de Obama.. No es que hubieran oído hablar de él, es que lo habían leído y lo analizaban.

Me fui mascullando para mis adentros sobre ambos acontecimientos, cuando, al llegar a la rotonda de Belén María, tuve que ceder el paso a una furgoneta de carga. El intérés, en este caso, estaba en la persona que conducía el vehículo: una mujer con edad para ser abuela que iba con ambas manos al volante, cara de fijeza y un pitillo humeante entre los labios.

Seguí mi camino y al llegar al periódico para iniciar la jornada me di cuenta de lo mucho que me había cundido ya la mañana. En poco menos de dos horas había eliminado tres topicazos:las abuelas no tienen músculos, las abuelas no saben de política y las abuelas ni fuman ni conducen.

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Yo creo que ésta es una frustración que arrastro desde pequeñita. Siempre quise ser una gran deportista y es evidente que no lo soy, aunque por el afán con el que me entrego en los partidillos de pádel que juego con mis amigas, cualquier día tengo una lesión de campeona. Me parece que esta frustración la he volcado un poco en mis hijas, porque yo creía que para ellas iba a ser mucho más fácil acceder al deporte de verdad. Y en parte así es, pero no tanto como yo había creído.

A través de lo que me cuentan ellas, mis sobrinos, otros padres, hijos de amigos y mi propio trabajo de campo he llegado a tener un cierto conocimiento del mundo del deporte infantil. Este moderado y siempre parcial conocimiento me hace concluir que las niñas siguen en desventaja. En la mayoría de los deportes de equipo, -salvo los estrictamente femeninos como puede ser la natación sincronizada-, la primacía sigue siendo masculina en todos los aspectos. En algunos, la presencia de niñas es testimonial y se ha logrado a base de muchas ganas y esfuerzo por parte de la jovencita y de sus padres. Para bastante gente, todavía, el deporte del muchacho es cosa seria, mientras que lo de la niña es para que corra un poco. Y no se trata, como también ocurre, de que ellas quieran ser ellos, sino de que ellas sean tanto como ellos.

Esta es una idea que me ronda casi desde la infancia, porque siempre fui más aficionada a pelotas, bicicletas y patines. que a muñecas y cocinitas, y que me vino a refrescar un artículo que publicó Conchita Martínez hace unos días.

No creo que la desventaja parta de una confabulación de las federaciones contra el deporte femenino, al menos no es una confabulación consciente. Son reminiscencias de una sociedad de orígenes muy machistas que se resisten a desaparecer. Hace sólo 48 años se publicó esto que sigue en una revista de tirada nacional en España. Lo incluí hace apenas quince días en un reportaje en el periódico impreso, pero no me importa repetirlo. Me parece muy ilustrativo, exagerado, pero ilustrativo.

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"Una mujer que tenga que atender a las faenas domésticas con toda regularidad, tiene ocasión de hacer tanta gimnasia como no lo hará nunca, verdaderamente, si trabajase fuera de su casa. Solamente la limpieza y abrillantado de los pavimentos constituye un ejemplo eficacísimo, y si se piensa en los movimientos que son necesarios para quitar el polvo de los sitios altos, limpiar los cristales, sacudir los trajes, se darán cuenta que se realizan tantos movimientos de cultura física que, aun cuando no tiene como finalidad la estética del cuerpo, son igualmente eficacísimos precisamente para este fin>".

( Teresa, revista de la Sección Femenina, marzo de 1961. Reportaje sin firma)

(No he podido comprobar una pista que me dejó Sergio (Avatareño Mayor) en el último post y que me ha empujado a terminar ya este texto sobre el deporte femenino. Va de fútbol y habrá que seguir buscando)

Conductora como soy -con a-, sufro de vez en cuando aquello de "mujer tenías que ser", frase recurrente que usa el machus automovilísticus cuando pretende herir tus sentimientos y/o hundirte en la miseria y carece de otro tipo de argumentos que expliquen su impericia -o la tuya- al volante.

Por todo esto y alguna cosa más no he podido resistirme a cortar y pegar aquí este sandunguero comunicado que remite una compañía aseguradora. Dice así:


Los hombres son más peligrosos al volante
-AsesorSeguros.com afirma que ellos llegan a pagar hasta un 56% más que las mujeres en el seguro de su coche
-El 90% de los conductores responsables de accidentes mortales en 2008 eran hombres

Madrid, 18 de marzo.- Los hombres tienen accidentes de coche más graves que las mujeres. El análisis de los perfiles de los usuarios de AsesorSeguros.com, comparador de precios de seguros de coche on-line, revela que los varones, en especial los jóvenes, tienen una prima de riesgo mucho más elevada que las mujeres a la hora de asegurar su coche. Además, según la DGT, el 90% de los conductores responsables de accidentes mortales en 2008 eran hombres.
Los hombres empiezan a conducir antes que las mujeres. Suelen obtener el carnet de conducir con 21 años, mientras las mujeres lo hacen de media casi a los 23. Ellos normalmente conducen coches de mayor cilindrada, algo que, unido a una conducción generalmente más agresiva, hace que los accidentes ocasionados por varones suelan tener de media un coste mayor que los de las mujeres. Además, ellas suelen usar el coche para trayectos más cortos, lo que reduce aún más el riesgo de accidentes graves. Por todo esto, la mayoría de las compañías aseguradoras rechazan ofrecer cobertura a hombres menores de 25 años o con menos de 2 años de carnet ......"


Y eso es todo por hoy.

Este martes participé en la versión regional del programa 59 segundos de TVE, un espacio de debate al que acuden seis periodistas y un invitado. El programa lleva ya bastantes semanas en antena y desde el principio se caracterizó por una presencia masculina mayoritaria. En muchísimas ocasiones - si exceptuamos a la conductora de programa, Fátima Hernández-, la mesa ha estado compuesta íntegramente por varones. Varones los periodistas, varón el invitado.

La exclusiva presencia masculina se repitió tantas veces que llamó la atención. ¿Dónde están las mujeres periodistas?, me preguntó más de una amiga con cierto desaliento. Me consta que el programa intentó desde casi el principio invitar a mujeres periodistas a los debates, pero salvo honrosas excepciones -Marta Cantero, Herminia Fajardo, Carmen Ruano y Carmen Merino - sólo cosechó negativas -la mía, entre ellas-.

Será que nosotras tenemos el sentido del ridículo más desarrollado. O puede que sintamos más pudor a hablar sobre asuntos que no dominamos del todo. No lo sé, seguramente cada una tuvo una razón distinta para rehusar la oferta. No quiero caer en lo mismo que critico. Las mujeres no respondemos a un prototipo. Somos muy distintas unas de otras y, desde luego, no somos trémulas damiselas que se sonrojan cuando alguien les dirige la palabra. Aunque también las haya.

Es un hecho que durante semanas la dirección del programa, en manos de la periodista Chenty Llorca, recibió una y otra vez la misma negativa cuando invitaba a alguna mujer periodista. Hasta este martes.

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Con motivo de la celebración el pasado domingo 8 de marzo del Día Internacional de la Mujer -que no de la mujer trabajadora -, al equipo de 59 segundos se le ocurrió reunir a un grupo de mujeres periodistas y que la mesa, por una vez, estuviera formada sólo por mujeres.

El 8 de marzo es una de las efemérides que suelen festejar los medios de comunicación. A nosotros en Canarias7 se nos ocurrió publicar una serie de entrevistas, un reportaje sobre los grupos feministas en la transición, y apoyar desde la edición impresa con más ímpetu que otros años la elaboración de nuestro mural del día de la mujer. 59 segundos decidió reunir a mujeres periodistas. Muchas creemos que el Día Internacional de la Mujer debe seguir celebrándose, como otros días internacionales instaurados para reivindicar situaciones injustas que no debemos olvidar.

La decision de invitar sólo a mujeres fue también un intento más del programa para animar a las reticentes de la prensa a salir en la tele. Esta idea no gustó a todos. Algunas personas se la tomaron a coña -el chistecito machista ese inocente del que hablé hace unos meses-, y para otras fue casi una ofensa a las propias mujeres.

Una compañera de la mesa -Carmen Ruano-, inició su primera intervención en el programa con una protesta por el hecho de que fuéramos todas mujeres y la entrevistada -otra mujer-, la consejera de Bienestar Social, que lleva asuntos considerados de mujeres, y no el consejero de Empleo, por ejemplo. Al día siguiente, una compañera del periódico me vino a decir que estaba muy de acuerdo con Ruano.

Si no las entendí mal, para ellas el invitar a mujeres a hablar de temas de mujeres, cuando en programas anteriores apenas se les había visto el pelo, constituía una discriminación más. Desde este punto de vista, sólo tratando temas considerados de hombres podíamos sentirnos satisfechas. Es decir, para ser iguales teníamos que ser como ellos.

Yo discrepo, y así lo dije, porque creo que ahí está parte del problema. A veces pretendemos ser iguales no desde nuestra diferencia, perspectiva o forma de ser, sino desde la suya. Es decir, reconocemos el hecho de que ellos siguen siendo los dueños del club y que nosotras, para entrar, tenemos que aceptar sus normas. Es como cuando yo jugaba de niña con mi hermano y mi primo, tenía que aceptar sus reglas, tenía que ser un niño más.

Parece que nosotras mismas nos avergonzamos de los llamados temas femeninos, que, por otra parte, según destacaron algunas de las otras periodistas que intervinieron este martes -Marisol Ayala, Letizia Martín, Herminia Fajardo y Soraya Morales-, también deberían ser temas de hombres y viceversa, al menos desde el punto de vista de un debate periodístico.

También desde esta perspectiva cualquier opción debe ser válida en cuanto a participantes: sólo hombres, hombres con mujeres, mujeres con hombres y, por supuesto, solo mujeres. Aunque sea con motivo del Día Internacional de la Mujer, que, por otra parte, es una razón excelente.

(En la foto de Efe, un grupo de mujeres llora su marcha de un asentamiento israelí en Gaza, en 2005).