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Novedades en la categoría miscelanea

¿Por qué la emoción es siempre "contenida"; los homenajes, "sentidos" y las vacaciones, "merecidas" ?

Hay palabras que vienen con lastre, como si el que las escribe no pudiera despegarlas, como si sustantivo y adjetivo fueran hermanos siameses unidos por el esternón.

Con lo elegante que es emoción a secas. Y homenaje; porque, si no es sentido, ni es homenaje ni es nada. Y vacaciones, porque lo novedoso sería que no fueran merecidas. Escribir se fue a pasar unas inmerecidas vacaciones ...

Esta mañana mi costilla, las churumbelas y yo partimos rumbo a la Gran Canaria interior, dispuestos a pasar un día de campo. El asunto no tiene más interés que el hecho inusitado de que ni mi costilla ni yo íbamos armados con nuestros correspondientes teléfonos móviles. En mi caso, porque el sábado por la noche salí del periódico sin él y malditas las ganas de volver a buscarlo. En el suyo, porque le dio la gana.

Se puede decir que lo mío fue una privación impuesta, pero no así la de mi media naranja que lo hizo con alevosía y a sabiendas de que ¡yo lo había olvidado!

Telephone_cord_6[1].jpgMe enteré de improviso, cuando ya había arrancado el coche y conducía feliz sintiéndome dominguera por todos los poros de mi piel. Sólo me faltaba cantar a voz en grito aquella canción que decía ".. adelante hombre del sescientos la carretera nacional es tuya.. ". Aunque yo hubiera dicho "..mujer del sescientos".

Poco me duró la fiesta. Recuerdo que iba a realizar un cambio de carril, cuando noté por el rabillo del ojo que él me taladraba con esa mirada que guarda para las grandes ocasiones. Me espetó: " Voy sin móvil".

Así, sin más, sin que le temblara la voz. Sin excusas, sin una explicación...

Reconozco que me dejé llevar por el pánico. ¡Un día entero sin móvil fuera de casa¡ Mi cabeza empezó a idear posibilidades de catástrofe que no íbamos a poder solucionar porque estábamos ¡ya! incomunicados. Si el coche se para, si nos quieren avisar, si ocurre algo, si alguien se pone enfermo, los si, si, si, si daban vueltas a mi cabeza mientras trataba de mantener la atención en la carretera.

A los pocos minutos me convencí de que la decisión no tenía vuelta de hoja y traté de dominarme. Como terapia acudí al pasado e intenté recordar aquellos tiempos, no tan lejanos, en los que sólo había teléfonos inmóviles. Pensé que la humanidad había sobrevivido y empecé a serenarme.

Sinceramente, iba a escribir malos entendidos, aunque no estaba segura de si ponerlo junto (malosentendidos) o separado (malos entendidos). Bendito Google. Le pedí el plural de malentendido y me mandó a la Fundéu, donde me solucionan el problema, aunque no a mi gusto. Me sonaba mucho mejor Los malos entendidos, como a dramón del XIX.

Quizás porque la idea que llevo en la cabeza tiene más que ver con entendidos malos (por perniciosos) que por equivocados (mal interpretados). En realidad, son perniciosos y también están mal hechos. Me refiero a esas pequeñas interferencias que van minando una relación y que, si no se miran de frente y se resuelven, van creciendo como ocurre con la bola de nieve que engorda al rodar por ladera, como crecen las piedras en el riñón o los callos en los pies.

Es una cuestión muy delicada, porque a menudo las interferencias son tan mínimas que ni se notan, pero a fuerza de persistir hacen mucho daño. Es la teoría de la gota china, que es capaz de provocar la muerte con algo muy pequeño.

Por eso, para evitar desastres sin remedio y que uniones que parecían eternas se disuelvan como el azúcar en el agua, lo mejor es deshacer los malentendidos cuanto antes. Y los malos, también.

Hace pocos menos de un año secundé una campaña de blogueros contra la anorexia y la bulimia. Lo que nos pedían era que escribiéramos entradas contra ambas plagas, utilizando el mayor número de las palabras claves que usan las personas enfermas para comunicarse en internet.

Así supe que palabras como Ana y Mía o expresiones como princesas de porcelana eran términos del argot. La campaña pretendía sacar de los primeros puestos en los buscadores los artículos que promocionan estas enfermedades, los que explican cómo vomitar y atrocidades como ésta. De estas manera, cuando personas enfermas buscaran en internet artículos que las ayudaran a vomitar o a no comer, encontrarían textos que les hablarían de escapar del horror. Esto se publicó en junio de 2008.


Desde entonces este post recibió muchos comentarios, pero yo seguí la recomendación de los promotores de la campaña y no los publiqué para evitar que el tiro saliera por la culata. Sólo di el visto bueno a algunos que iban en la misma línea que el propio post. El artículo sobre la plaga de la anorexia ha seguido cosechando comentarios, pero hace ya mucho que no publico ninguno. Sin embargo, este domingo he abierto el administrador del blog y he visto uno que me ha estremecido. Sólo dice "ayúdenme".

Lo firma Abigail y yo llevo todo el día pensando cómo podría ayudarla.


Tengo una amiga que acaba de ser abuela y todos los días me cuenta las pequeñas calamidades a las que se enfrenta su nuera. Que si la niña como o no come, que si duerme, que si tiene gases... Los hijos de mi amiga, padres de su nueva nieta, y la pequeña pasan estos primeros días en el centro hospitalario donde se produjo el alumbramiento, rodeados de profesionales y de todo tipo de medios para sacar al bebé adelante, así que a priori no hay motivo para preocuparse.

Esta mañana después de escuchar el último parte, volví a mis ocupaciones con una idea rondándome la cabeza. Me acordé de mis propias tribulaciones tras el nacimiento de mis dos hijas y de lo impotente que me sentí en algunos momentos que, por fortuna, nunca pasaron a mayores.

De mis niñas pasé a todos los niños y a qué diferentes son las circunstancias en que nacen. Me pregunto cómo se las arreglan las madres de sociedades en desarrollo y también cómo se apañaron mi madre, mis abuelas, mis bisabuelas, mis tatarabuelas... y así, trepando por el árbol genealógico, llegué al pensamiento de que nosotros, los que ocupamos ahora el planeta, somos el resultado de muchísimos alumbramientos y crianzas en condiciones mucho más precarias que ahora, tanto más cuanto más se camine hacia atrás en el linaje de cada cual. baby_feet_xenia_antunes-4.jpg

Así es como llegué, tras hablar con mi miga sobre su nueva nieta, a verme como el resultado de muchas generaciones de madres heroicas que afrontaron partos y crianzas sin médicos, comadronas, pañales desechables, esterilizadores de biberones ni sacaleches. Llegué a verme -a vernos-, como el resultado de un montón de éxitos encadenados.

(Xenia/ Morguefile)

amor.jpgA veces me pongo a escribir y no sé a dónde me llevará el teclado. Es como si cada palabra llamara a la siguiente, como si existiera un código interno entre ellas: después de tí voy yo.

Si escribo amor, busco a continuación algún término que reste solemnidad a lo que precede. Así escribo amor y a su lado pongo calamares. Y de los calamares voy quizás a aquellos que comía de pequeña en un bar que se llama Hermanos Rogelio y que ya existía cuando yo era niña. De vez en cuando en aquellos años, mis padres nos llevaban a éste bar u a otro similar a tomar una cena temprana con papas arrugadas, gambas al ajillo y corneto de fresa.

Del corneto de fresa voy a mi madre, que disfrutaba como una enana con los helados y ponía una cara de pilla cuando se daba el gusto de tomarse uno. El gusto del paladar me lleva al "con mucho gusto", que es una respuesta que oigo mucho a algunos amigos de Ámerica Latina. Será casualidad o un indicio de cómo se trata la gente por allá.

Parecido, pero mucho más categórico o definitivo es la expresión "eso hecho", que usa mi padre cuando le pides algo. Recuerdo, de niña, cuando vénía con algún encargo del colegio: "Tenemos que llevar Canción de Navidad de Dickens, mañana ¿eh?"

Y eso se lo decía yo a las siete o a las ocho de la tarde, en una época en la que no había más librerias que las de Triana y las de Tomás Morales. Que ni El Corte Inglés existía entonces. Pero el libro estaba al día siguiente en mi maleta del cole.

Hablando de maletas del cole, este martes comienzan las clases. Con la vuelta a la aulas se da el definitivo carpetazo al verano como concepto vacacional, que en lo climático aquí, en Canarias, aún nos queda para rato.

Para los que acompasamos nuestras vidas al calendario escolar, el inicio de las clases es más año nuevo que el propio año nuevo. O al menos, así me ocurre a mí. Es un verdadero borrón y cuenta nueva.

Así me paso el mes de vacaciones ideando objetivos extraordinarios. Muchos se quedan en los celajes de agosto, allí subidos esperando a mi vuelta el año próximo. Otros los he ido adoptando de a poquito -una expresión argentina que me encanta-, y así ahora mi vida va algo mejor gracias a los objetivos de sucesivos agostos, que este año, por cierto, son bastante modestos, a tono con el clima de crisis que sufrimos.

(La foto viene a cuento no por los calamares ni por el corneto de fresa, sino por el amor y por las vacaciones. Y amor porque los protagonistas de la foto se quieren y también por lo que yo los quiero a los dos.)

Hace muchos muchos años, cuando la tele era en blanco y negro, ponían dibujos animados de Mickey, Minnie, el pato Donald y ese tipo de gente. Había un episodio que protagonizaba Goofy o un primo suyo, que retrataba muy bien la conversión que algunos experimentan cuando se sientan al volante.

El otro día mencioné una reunión que había organizado con las cuatro mejores amigas de mi hija pequeña. Ente las doce de la mañana y casi las nueve de la noche estuve entregada a la fiesta. Así la llamó mi hija, que tiene ocho años.