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Un juez que pretendió investigar los crímenes del franquismo acaba sentado en el banquillo gracias a la denuncia de los herederos de ese franquismo, y las diligencias previas de una causa a la que aún le queda mucho para llegar a juicio se pueden descargar completas en internet. O al menos así lo anuncia esta página web que enlazo.

Esto último no debe estrañar a estas alturas. Ayer, el día en que el juez levantaba el secreto, varios documentos fueron mostrados en el telediario de la 1, sin que se enmascararan nombres ni datos de personas que quizás tengan sólo una relación colateral con el escándalo.

Por una vez, y sin que sirva de precedente, tendré que estar de acuerdo con Esperanza Aguirre, que dijo que había que esperar, porque los que juzgan son los jueces y no la policía.

También en estos días Santiago Carrillo, que acaba de presentar un libro que me resulta muy apatecible, -Los viejos camaradas se titula-, ha dicho respecto a la corrupción: "Lo grave de esta lacra es que hace perder la confianza en la política y en todos los políticos y crea siempre un terreno favorable a la aparición de un salvador que dictatorialmente nos saque de esa situación". (El País)

Y Garzón en el banquillo. Lagarto, lagarto ...

Esto me ocurrió ayer, a esa hora imprecisa del día en la que la mañana ya está lista, pero todavía no es el momento de sentarse a la mesa. Ese lapso en el que el día se toma un respiro, la ciudad se ralentiza y algunas calles parecen vaciarse, me cogió caminando hacia una cita para el almuerzo.

Iba pensando en mis cosas, cuando un acelerón, un derrape y, a continuación, un berrido huracanado me sacó de mis pensamientos. "¡Guarra!", gritó un individuo que conducía sin dejar de acelerar hasta que desapareció carretera arriba.

Como la calle estaba en calma, el alarido sonó estentóreo, potente, avasallador. No iba dirigido a mí, eso lo tuve claro desde un principio. No porque no lo sea, que no lo soy, -un insulto no necesita ser verdad-, sino porque la tensión dramática de aquel instante no estaba puesta en la acera donde yo estaba, sino en la calzada, donde una mujer madura -de sesenta y pico-, permanecía agarrada al volante de su utilitario, que apenas unos instantes antes acababa de pararse a causa de un semáforo en rojo.

Tgrito.jpgodo ocurrió muy deprisa. Fue uno de esos acontecimientos que pasan de forma tan veloz que sólo después puedes ordenar las piezas. Los recreas en tu cabeza a cámara lenta y únicamente así comprendes lo que pasó.

Esto fue lo ocurrido según mi reconstrucción: En algún momento previo la mujer del utilitario -la veterana, como diría una amiga mía de Montevideo-, hizo alguna maniobra que, con o sin razón, disgustó a un individuo que iba al volante de otro vehículo.

Después, la señora dobló la esquina y se posó con dulzura en la cola de los que habían quedado atrapados por el cierre del semáforo. En ese momento aparezco yo por la acera, pensando en mis cosas. Acto seguido, el derrape, el coche que pasa como una exhalación dejando tras de sí el berrido - "¡guarra!"-, y la veterana que recibió el insulto, sin soltar el volante. Me pareció que el vozarrón del energúmeno se había estampado en la ventanilla del coche como un escupitajo.

Pero, además, el alarido fue tan insultante, que tuvo el mismo efecto que producen los sucesos extraordinarios cuando tienen lugar ante extraños y estos olvidan su extrañeza, dejan a un lado las convenciones sociales y se tratan de tú. Así nos ocurrió a otra mujer que iba por la acera y a mí. Aunque no habíamos sido presentadas, tras escucha el grito nos hablamos para compartir nuestro estupor, porque era demasiado grande y nos desbordaba.


Vivo en un barrio de los de toda la vida del centro de la ciudad. Aquí la pervivencia de casas terreras permite que la densidad de la población sea baja. Y, como somos menos, nos relacionamos más. Por eso algunas noticias vuelan. No me refiero a cotilleos, no son posibles porque las relaciones no son tan estrechas. Hablo de noticias como si van a cambiar de sitio la parada de guagua del colegio tal, o si será cierto que en los bajos del antiguo cine va a abrir un hipermercado de una famosa cadena.

Hace poco hemos tenido una gran novedad. Han reabierto el local del delicatessen. Lo aclaro. Este es un barrio céntrico, no hay escasez de tiendas, pero hace alrededor de un año nos cerraron el super que un vecino muy ocurrente bautizó como el delicatessen en un ejercicio de ironía. El delicatessen era un super de marcas blancas muy de andar por casa. Era muy poco aristocrático, pero a nosotros nos gustaba. Cuando lo cerraron, justo en el momento en el que las noticias sobre la crisis económica arreciaban, dejó tras de sí un sentimiento de derrota.

Ahora, todo eso ha cambiado, En el mismo local han abierto un super convencional y no sabes lo contento que está todo el mundo. Tanto que me temo que las dos empleadas del comercio se nos están asustando.

El otro día entré sobre las ocho de la mañana. Iba muy sonriente, feliz, como quien llega a una fiesta que sabe llena de amigos. Me dirigí a una de las dos empleadas -que, encima, es muy guapa y simpática-, y le pregunté por el horario.

"Abrimos a las 7.30 de la mañana...", empezó a contarme, pero yo no la dejé terminar con mis grititos de júbilo.. " ¡A las 7:30 de la mañana!", exclamaba, imaginándome ya cuántas cosas iba a resolver a esa hora en el nuevo super de la esquina.

Pero me paré a tomar aliento y ella aprovechó para continuar su explicación: "... y está abierto hasta las nueve de la noche..."

"¿No cierran al mediodía?", pregunte al borde del paroxismo. "¡No, no!", me contestó ella, la verdad, ya algo mosca.
"¿Y lo sábados?", volví a preguntar. "¡Igual, igual, el mismo horario!", me espetó, contagiada por mi entusiasmo.
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Asimilé la noticia, le dije que me parecía un horario maravilloso y le pregunte si habia notado que la gente del barrio estaba muy contenta con la apertura. Ella me contestó que sí, que lo había notado. Entonces nos interrumpió una vecina algo mayor que saludó a gritos desde la calle y dijo algo sobre un hijo suyo, como si aquella chica que hablaba conmigo fuera de su familia. La joven me miro y me repitió que sí, que lo había notado.

La otra tarde estuve en un gran almacén. De esos que tienen la mercancía tan bien colocada que al verla te preguntas cómo has podido vivir hasta ese momento sin ella. Soy más bien recatada en mis gastos, pero cuando voy con mis dos hijas la cosa se pone difícil. Ese día la pequeña consiguió un maillot de ballet que no pensaba comprar, y la mayor unas medias de baloncesto que no le hacen ninguna falta, pero quién se resiste.

Es un almacen muy grande que frecuento poco -no soy asidua de ninguno-, y para comprar las dos cosas a las que iba dimos vueltas y vueltas. En estos casos lo mejor es ir a tiro hecho y, si puedes, ponerte unas orejeras de esas que llevan las mulas cuando tiran de un carro para que no se distraigan. Si no lo haces así, en cada vuelta aumenta el riesgo de que bajes la guardia y metas en la cesta cosas que no pensabas comprar o/y que no te hacen maldita la falta.

En una de esas me topé con un expositor de sujetadores para hacer deporte, una prenda que hace tiempo que quiero comprarme pero que siempre dejo para otra ocasión. Me paré en el expositor y traté de encontar mi talla, pero las piezas estaban revueltas y fuera de su lugar. Era el auténtico totum revolutum de los sujetadores deportivos. womanCN_1929.jpg

Me empeciné en no pedir ayuda porque había visto por el rabillo del ojo al dependiente encargado del asunto y era un jovencito al que no veía a priori muy puesto en asuntos de sujetadores y sostenes.

Pero era una misión imposible, el expositor era como una cama sin hacer, como el armario de un adolescente atribulado. Busqué y rebusqué y recuerdo que llegué a decirle a mis hijas que eran todos enormes. Pobre de mí.

Al rato tuve que darme por vencida y pedir ayuda al muchacho. Me miró algo azorado y tras unos instantes de duda me señaló varios modelos colocados sobre unos turgentes bustos de plástico. Elegí uno y él me preguntó la talla. Fue un momento crítico porque casi no sé qué número calzo, mucho menos voy a recordar qué tamaño de sujetador me sostiene.

Le dije que ni idea y entonces él puso cara de desolación. Parecía que habíamos llegado a un callejón sin salida, pero la sensación de fracaso sólo duró unos instantes. De repente a él se le iluminó la cara. Recordó que la tienda disponía de unas cintas métricas específicas para este tipo de calibraciones. "Usted se la pone y mira por este lado y, donde coincida, ésa es la talla".

Pudorosamente, el muchacho se apartó un poco y me pareció que incluso miraba hacia otro lado mientras yo medía mi pectoral. El resultado fue la talla patatín. Se lo dije y, ante mi sorpresa, exclamó: "¡Imposible!".

Le contesté que no era para tanto, pero él no escuchaba mis protestas. Es verdad que empezó a rebuscar en el expositor pero con muy poco ánimo. De vez en cuando levantaba una prenda con una mano y decía: "Éste no, éste no, sólo llega hasta la talla patatón y usted tiene la patatín.." Creo que fue en ese instante cuando empecé a verme a mí misma como una mujer de Botero. Sentí que me iba inflando, inflando y a duras penas conseguí salir del gran almacén.


(La foto es de Clarita/Morguefile)

Anoche cogimos un taxi a la salida del trabajo porque yo había dejado el utilitario en el garaje. Nos recogió un hombre de unos cuarenta y pico, alto, delgado, moreno y con la cabellera en retirada. Al menos ése es el aspecto que intuí desde el sillón de atrás, con la escasa claridad que proporcionaban las luces de la calle. Un tipo normal, salvo por su acento latinoamericano.

Le informamos de la dirección a donde debía llevarnos y él nos apuntó que acababa de ocurrir un accidente en la avenida marítima. Nos sugirió que tiráramos por dentro; es decir, que fuéramos callejeando en lugar de coger la autovía que bordea la ciudad.

"¿Saben? Éste es mi tercer día como taxista", nos comentó.JGS_TaxiTaxi.jpg

La confidencia tuvo la virtud de acortar distancias entre nosotros y provocó que mi compañero de viaje aprovechara la coyuntura para preguntarle por su origen: "¿Colombiano quizá?"

"No, venezolano", contestó. "Venezolano, pero con pedigrí canario", precisó.

Luego aclaró que sus padres habían emigrado en los 50 y que él llevaba seis años en Canarias, que se encontraba muy bien, en fin... Yo le comenté que tenía parientes en Argentina, unos parientes, por cierto, a los que no conozco porque descienden de un hermano de mi abuelo que émigró hacia principios del siglo XX, y ya ha llovido mucho desde entonces.

A lo mejor no era ésa su intención, pero la aclaración de que tenía "pedigrí canario" me sonó a postura defensiva, como decir: oiga no se vaya usted a creer que soy extranjero extranjero; sí soy extranjero pero menos.

Y como me pasa a menudo, tomé esa premisa como cierta y me fui pensando en sus razones: Quizas el hombre había sufrido algún que otro capítulo de xenofobia y temía que le fuéramos a salir con aquello de 'parece mentira un venezolano con empleo con tantos canarios que hay en el paro', o, simple y llanamente, se enorgullecía de sus orígenes.

Aparte de dura, la vida de una familia de emigrantes debe ser emocionante. Imaginemos a los padres de mi protagonista en el momento de su partida. Son los años 50. No hay más medios de comunicación que el correo y el teléfono y éste último es caro y engorroso. La idea de que la familia pueda hacer una escapadita para verlos es, en principio, una quimera. Se marchan sin saber si volverán a ver a sus seres queridos o a pisar su tierra. Cuarenta años después su hijo conduce un taxi por las calles de la ciudad que abandonaron -quizas procedían de otra isla, no lo aclaró-.

Durante el trayecto hablamos de acentos y yo, para agradar, le dije que me gustaba mucho el suyo, que sonaba muy dulce. Él se soltó un poco y nos contó que a su padre le preguntaban en Venezuela que si era cubano y que en todos los años que llevaba en aquel país no había perdido el deje canario. "Se te pegan los modismos, pero no pierdes el acento. Yo ya llevo seis años aquí", señaló.

Pensé que hablaba con conocimiento de causa, porque había heredado el oficio de emigrante de su padre y debía saber mucho sobre acentos en tierra extraña.

(Foto: La foto es de Gracey/Morguefile y, desde luego, no es el taxi de mi chófer con pedigrí. Anoche no llovía)

Este domingo el colorín de El País me trajo un regalo: un reportaje sobre el maquis. Me interesa mucho la Historia, pero hay episodios que me apasionan más que otros y la guerra civil es uno de ellos. En Los últimos que se echaron al monte, el periodista Jesús Ruíz Mantilla narra la avenura de Juanín y Bedoya, guerrilleros contra la dictadura en las montañas de Cantabria. La lectura de este reportaje me ha traído a la memoria una de las situaciones más emotivas que he vivido como periodista.

Ella quería casar bien a la niña. Nada de empleadillos de medio pelo. La niña tenia que salir del barrio y vivir una buena vida. No como la suya, tan cutre, tan con olor a rancio.Tenía que salir de ese bloque de pisos lleno de enormes bragas tendidas. No es que las vecinas no lavaran otras prendas; en realidad lo de las bragas era testimonial en un abigarrado muestrario de sábanas, calcetines, paños de cocina, pantalones, camisas, camisetas, calzoncillos ...

Una amiga mía se compró hace poco un ordenador portátil, Llevaba años comentando en voz alta "me gustaría comprarme un portátil, me gustaría comprarme un portátil", pero nunca encontraba el momento.