los blogs de Canarias7

Novedades en la categoría galicia

Un centro de salud debe ser uno de los lugares donde más evidente es nuestra condición humana. En el mío hay una sala de espera alargada a la que dan varias consultas. Está la matrona que atiende a las embarazadas; los pediatras, las enfermeras y los médicos de familias, esos todoterreno de la medicina.

En la sala de espera de un centro de salud hay que tener paciencia, porque, como dicen los carteles pegados a las puertas de las consultas, la hora que te han dado es orientativa o más bien, diría yo, sólo una excusa, un poner algo para que no te sientas tan perdida.

Estos lugares pueden ser muy entretenidos si se tienen ánimos para entrar en las tertulias espontáneas que se suelen organizar. A mí muchas veces me basta con escuchar. Se oyen cosas como: "Eso es el metabolismo, mujer ...", y es una señora gorda que así, tan ricamente, acaba de diagnosticar el origen de los males de otra muy flaca que se queja de su peso.

Hace unos días me entretuve con el caso de una niña que acababa de cumplir los 14. Al parecer, el sistema pasa de manera automática a los niños que cumplen esa edad del pediatra al médico de familia. Esta niña se acaba de enterar porque habia venido por una gripe, se había presentado con un volante de urgencias y la habían mandado por primera vez al mismo médico de familia que llevaba a sus padres.

En la sala de espera alargada de mi centro de salud, la consulta de pediatra está justo enfrente de la del médico de familia, por lo que la niña de 14 años sólo tuvo que darse la vuelta. Como soy tan amiga de buscarle comparaciones a las cosas, metáforas, similitudes y tonterías así, en seguida vi la lasca que yo podía extraer a la situación.

Aquel cambio era mucho más trascendente que un mero trueque de puerta, era el salto de la infancia a la madurez. De esperar su turno rodeada de bebés y otras deliciosas menundencias, la niña de 14 había pasado a estar sentada junto a un puñado de gente que ya no cumpliría los 60. Ahora sí había dejado de ser una niña.


Photo credit: anitapatterson from morguefile.com

cies3.jpg

-" Va de excursión, ¿eh?", me pregunta con ganas de tertulia la señora a la que le he encargado dos tortillas de papas hecha con huevos caseros -una con chorizo y otra con cebolla-. (En Galicia, hasta una tortilla puede ser una experiencia celestial).
-"Sí", le contesto.
-"¿Con toda la familia?", me inquiere en tono de cotilleo pero con mucha elegancia.
-"No", voy con un grupo de amigas, respondo entre dientes.
-"¡Cómo! ¡Sólo mujeres!", exclama sin ocultar su estupor ante tan novedosa situación.
-"Sí", vuelvo a contestar con cierto regodeo.
-"Pero, irá un 'home' para llevar el barco", da por seguro la buena mujer. Claro, cómo van a salir a la mar nueve mujeres solas sin el amparo de un recio varón, pienso para mis adentros.
-"No", vuelvo a responder.
-"Entonces, irán con los niños...", concluye buscando un atisbo de normalidad de acuerdo con la ecuación si hay mujeres, hay niños.
Pues no. Hace un par de miércoles disfrute de una de las actividades más apetecibles que se ofrecen al veraneante en el Val Miñor: una salida en barco por los vericuetos de esta costa extraordinaria. No es la primera de este verano. Él sábado anterior estuve en Cies, las islas legendarias que presiden la Ría de Vigo, hoy declaradas Parque Nacional. Y si este viaje del sábado fue una invitación de unos buenos amigos y tuvo carácter familiar -fuimos con maridos e hijos-, la de hace dos miércoles fue una travesura, una escapada de un grupo de viejas amigas que se confabularon bajo la consigna: ¡Hoy, sin maridos! ....

....... este texto quedó a medio escribir hace unos días. Fue una de las víctimas de ese extraño estado que nos asalta a algunos cuando vemos que se acerca el final de las vacaciones. Está entre la ansiedad y el zafarrancho de combate; entre la depresión y el tributo más arrebatado al carpe diem de Horacio. Porque las vacaciones se acaban de repente: tenías un montón de días y en un plis plás, nadie sabe cómo, estás con la soga al cuello.

He vuelto al trabajo sin más síndromes que un catarro gallego fuertemente arraigado y una tremenda melancolía por tantas personas queridas que no volveré a ver hasta el próximo mes de agosto. Pero este año, además, siento más que nunca el regalo de estar viva cada vez que la tragedia del 20 de agosto vuelve a ocupar mis pensamientos con su equipaje de tristeza.


(Foto: Uno de los excelsos parajes que visito cada año. La isla sur de las Cies, parte del Parque Nacional de las Islas Atlánticas)

elia.JPG

Mi anfitriona de ayer es inclasificable. No responde a convenciones. En ella todo es superlativo. Incluida la generosidad, que le desborda en forma de bolsas llenas de cosas. Es también esencialmente original. Puede que te invite a un gin tonic y acto seguido te corte una rodajita de una lima que saca del fondo de su bolso de Mary Poppins. Todo esto sería normal en una casa, pero no tanto en la terraza de un chiringuito de playa, donde, por supuesto, ponen limón a los combinados. Pero no lima y los gin tonic, lo sabe todo el mundo, es preciso tomarlos con lima.

Es muy coqueta y, aunque ya hace mucho que es abuela, se mueve por la vida con mentalidad juvenil. Ella no se relaciona con abuelas; bueno, sólo con una, pero ésta tampoco responde al arquetipo tradicional. Este par de amigas, veteranas de muchas batallas, se mueven por la vida con una pandilla compuesta por sus hijos, sus nietos y los amigos de unos y de otros. Y lo mismo van a la tremenda fiesta de cumpleaños de los 50 de Carlos que a tomar unas copas en esa discoteca tan de pueblo que hay junto a la carretera.

A mi anfitriona de ayer nada se le pone por delante. Hace con la vida como con la lima y el gin tonic: si no hay, lo consigue. Y así montó casi de la nada una suerte de paraíso en un punto de la costa donde nadie más habría invertido un céntimo, y en el que ella ha creado un refugio con detalles propios de un resort de cinco estrellas y el encanto salvaje que debió tener la cabaña de Robinson Crusoe.

El refugio tiene jacuzzi pero su mejor tanto es su ubicación privilegiada, al filo de unas rocas en las que rompe el mismísimo Atlántico. Está tan cerca del mar que se diría que esta casita navega. Y el océano aquí es tan frío que estoy segura de que hay una máquina de cubitos de hielo en la orilla, que funciona todo el día. Es revoltoso, transparente y está lleno de vida: de estrellas de mar, de bulgaos (que aquí llaman caramujos) talla extra large, de colonias de mejillones que cubren por entero las rocas; de lapas, de algas de colores brillantes, de erizos que pinchan y de poblaciones de percebes, bichos enormes que viven allí donde las olas rompen con más furia.

Cuando la marea está alta, las piscinas naturales de mi amiga se llenan y aquello es la caraba. El acceso, todo hay que decirlo, es un poco accidentado, pero una vez que se alcanzan los grandes charcos (aquí, pozas) y se vence la resistencia a entrar en el agua helada, el baño es una experiencia insuperable.

percebes.JPG

Mi amiga, la anfitriona perfecta, no sólo te pone al alcance de la mano una baño inolvidable en un punto virginal de la costa gallega, sino que después, cuando el hambre arrecia, se saca de la chistera un menú de cuatro tenedores, gin tonics con lima, un surtido de cigarrillos por si alguien se ha quedado sin ellos, y música, por supuesto, que no debe faltar por si se tercia un dancing mientra se pone la sol justo enfrente de nuestras narices.

(Pies de foto: Arriba, una de las invitadas observa la puesta de sol. Abajo, percebes del jardín)

Imagine un día calurosísimo. Usted tiene 25 años y la noche anterior ha estado de fiesta. Apenas ha dormido unas horas, pero ese día debe conducir 90 o 100 kilómetros porque está invitada a comer en la casa de una señora gallega, galleguísima. Una señora de las que reciben como Dios manda. Si espera una comida frugal, está usted muy equivocado. La frugalidad es una virtud poco cultivada en este país de verdes y suaves montañas.

Llega usted con toda su resaca a cuestas y con el calor del camino que ha hecho en un utilitario de los de antes, de los de ventanilla a manivela y cables que asoman por debajo del volante. De los tiempos en los que el aire acondicionado era un extra solo en vehículos de alta gama.

Usted espera una ensalada, una ensaladilla, quizás unas croquetas a todo meter. ¡Cuán errado está! La señora que, repito, es gallega, galleguísima, le tendrá preparado todo eso y más, mucho más. Quizás no tenga el omnipresente pulpo a feira -más propio de bares y tabernas-, pero a cambio puede que le ofrezca un contundente chorizo y algún fruto de la mar, -almejas quizás-, y empanadillas, croquetas, queso de tetilla...

Usted se entrega en los aperitivos porque están deliciosos y son abundantísimos y, además, nadie ha tenido la gentileza de ponerle sobre aviso. No se deje engañar por el aspecto inofensivo del gazpacho. Es sólo para despistar. La verdadera comida está por llegar. A pesar de que hasta las merluzas buscan la sombra porque esa leyenda de que aquí siempre está lloviendo es una falacia, hay cocido gallego. Y este es un cocido gallego, galleguísimo. O sea, descomunal.

Como usted tiene la fortuna o la desgracia de ser nueva en la plaza, la invitada, la novia del jovencito, la canaria de allende los mares, la colocarán en un lugar preferente en la mesa y, aprovechándose de su candidez, le servirán una ración de obispo.

La fuente de las carnes da respeto, con su medio metro de diámetro desbordado. Hay de todo, hasta un par de orejas de porco (el cerdo de aquí) con sus pelillos. Ya saben a quién le va a caer una de estas sugerentes orejas, junto a otros treinta tipos de elementos diversos entre verduras, carnes, vísceras y alguna legumbre.

Hay que festejar el cocido, pero a usted no le cabe un garbanzo en el estómago. Así que hace de tripas corazón y va comiendo poco a poco. Está todo sabrosísimo y en su punto exacto de cocción. Sabe a gloria pero todo tiene un límite. A trancas y barrancas lograr acabar con el platazo que le han servido mientras, además, trata de evitar que se le note que está a punto de explotar.

Va dejando la oreja para el final; más bien, va escondiendo la oreja como puede entre los restos de los otros ingredientes. Picotea para disimular hasta que alguien le hace la pregunta salvadora: ¿Terminaste? ¡Sí, sí!, exclama con júbilo casi a punto de lanzarse a bailar una muñeira.

Se recoge la mesa y cuando usted cree que ha llegado la hora del café, que ya está bien de comer, avisan que hay cañitas (hojaldre relleno de nata o de crema) y filloas -los crepes gallegos-. Tienes que probarlas, le dicen con un tono que suena a amenaza, y le sirven una de cada.

Termina la comida; se toma café y se abre el aguardiente. Tras la tertulia y antes de que le den tiempo a recuperarse, alguien empieza a hablar de merienda, entonces, presa del pánico, se levanta como puede, da las gracias más efusivas a su anfitriona, coge impulso y se echa a rodar por el jardín, camino de la salida.