Este semana ha llegado a juicio la tragedia de In Sil Oh, una niña coreana de 11 años que fue violada y asesinada (presuntamente, el jurado aún no ha emitido su veredicto) por un hombre que hasta entonces pasaba como amigo de la familia.
Todo ocurrió en Las Palmas de Gran Canaria, muy cerca del lugar donde trabajo, en una calle cotidiana, doméstica. Ahí al lado.
Ha sido una semana muy dura para sus padres, que han tenido que revivir la pesadilla dos años después de enterrar a su nena. El juicio comenzó el lunes y ha acabado este jueves en la Audiencia Provincial de Las Palmas.
El miércoles fue el turno de los forenses, que relataron la agonía de la niña con precisión académica: Restos de ADN en la cavidad vaginal, aplastamiento craneal, hongos de espuma en la boca que revelan una larga agonía ...
Fue un relato terrible. Cuando acabaron, su madre se quitó un zapato y le dió tres golpes en la cabeza al acusado antes de que la Policía la contuviera. La madre de In Sil Oh se llama Yong Min Kim y yo sólo quería mandarle un abrazo.
(Esta foto de In Sil Oh cuando era pequeña, estuvo expuesta en el juicio /J.P.C.)
Hay un prototipo de padre/madre que en su versión más pura y, si me coge desguarnecida, es capaz de hacerme sentir inferior. El complejo es momentáneo, pero he de reconocer que existe y que es como esa piedra con la que siempre se vuelve a tropezar.
El prototipo se caracteriza por su perfección... bueno, más bien por su creencia en que esto es así. Es ese joven de gafas con el que intercambias unas frases en la puerta de la guardería a la hora de recoger a los niños y que, mientras tu le cuentas que tu hija ha empezado a hablar, él te suelta que al suyo lo lleva ahora a clase de chino mandarín.
Ayer por la mañana charlaba con una vecina sobre lo distinta que había sido nuestra infancia. Ella, que es abuela y está jubilada, recordaba unos cuentos que costaban 15 pesetas. Los compraba con mucho sacrificio porque sólo le daban medio duro a la semana y tardaba meses en reunir lo necesario. Me habló de las muñecas recortables, de los juegos con otros niños en la calle y me citó el último libro de Ana María Matute, que me ha recomendado varias veces y en el que la escritora aventura que "tal vez la infancia es más larga que la vida".
Hoy hay niños que carecen de tiempo porque son víctimas del miedo de sus padres a que lo pierdan y no esten preparados cuando llegue el futuro, que siempre viene corriendo. Tenis, idiomas, baloncesto, ballet, logaritmos neperianos, pintura, solfeo, baile de salón, esgrima ... Hay progenitores presas de un afán desmedido por sacar partido a sus pipiolos. Que hagan todo lo que ellos no pudieron hacer. En algunos casos, el síndrome es tan agudo que juraría que la deuda que pagan los niños es la de los padres, pero también la de los abuelos, bisabuelos, tatarabuelos y algunas generaciones más hasta casi rozar el medievo.
El prototipo puro de esta especie se siente autor de la famlia perfecta y cuando alardea de ello sólo falta que suene de fondo la melodía de La tribu de los Brady para que todo sea estupendo.
Ayer tuve un corto encuentro con un hombre que aunque no representa al prototipo puro del que hablaba, sí que se le acerca. Me soltó la fanfarronada habitual sobre sus hijos y yo le escuché con educación. Pero mientras me hablaba me acordé de los niños ahogados de Teguise, pensé en lo que dice la Matute sobre la infancia y me prometí que nunca más daría importancia a cosas que no la tienen.