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Novedades en la categoría politica

La capacidad de algunos políticos para mantener que una cosa blanca es negra me sigue causando estupor a pesar de que por mi trabajo ya llevo años de contactos más o menos intensos con la especie.

No son todos iguales, desde luego, pero hablo de una categoría abundante. Desconozco si el político fabulador nace o se hace, pero sí que hay algunos que son unos verdaderos campeones. Te miran a los ojos y te dicen con dulzura que, desde luego, la Tierra es plana.

El mundo se hunde, pero ellos sostienen que todo va fenomenal, sobre ruedas. La gente no tiene trabajo y el paro galopa como un mustang desbocado, pero ellos argumentan que en realidad lo que ocurre es que se están creando empleos. Hay que saber leer la estadística, dirán a poco que los apures.

Ya se sabe que todo en esta vida es relativo y que depende del color del cristal con que se mira, como dejó dicho don Ramón de Campoamor, pero hay cristales y cristales. Y una cosa es el optimismo o el punto de vista y otra, la mentira, la irrealidad, la invención.

Como soy optimista, me convenzo de que el político fabulador tiene los días contados en buena medida gracias a las nuevas tecnologías que han democratizado los canales de expresión y también gracias a la crisis. Las vacas flacas no han hecho más exigentes y ahora tenemos más interés en fiscalizar a los que nos administran. No perdonamos una. Nuestra arma es la información.

(Este artículo lo publiqué este martes en el periódico. Lo pongo aquí por si interesa en el mundo virtual)

¡Qué decepción Ana Obregón! No esperaba que recurriera a Proust para presentar la gala drag del carnaval de Las Palmas de Gran Canaria, pero sí que diera un poco más de juego; al menos, que hubiera memorizado cuatro tópicos sobre la ciudad. Más que nada porque aquello era un trabajo.

Le ha tocado a ella, pero seguramente no es lo peor que ha desfilado por los carnavales de la ciudad en cuanto a presentadores importados se refiere.

Nunca he sido carnavalera de las de primera fila. Miro las fiestas desde cierta distancia, con simpatía a veces, con desapego otras. No me quitan el sueño, aunque he pasado noches muy divertidas. A veces todo está en uno mismo.

No entiendo qué gracia tienen las murgas, pero eso es un problema mío. Seguramente porque no les he prestado la atención que merecen y no se puede apreciar lo que no se conoce. A las reinas las he empezado a admirar cuando me las he topado a pie de calle en las cabalgatas y a las comparsas les reconozco el tesón.


Lo que más me gusta del carnaval son las ocurrencias geniales de la gente normal. ¿Cómo puede alguien disfrazarse de tapa de alcantarilla y tener gracia?

Todos en conjunto han sido capaces de crear una fiesta que es un tesoro, una marca, una atracción, un motivo que nos distingue, algo que cuidar, valorar y mejorar.

El carnaval es patrimonio, aunque no sea de piedra, es un bien dinámico que va dando pasos atrás y adelante en cada nueva edición.

Hay un carnaval popular, privado, el que cada uno se organiza; y otro institucional, público, el que se vende al exterior y al interior. El que nos representa. kuki.jpg

Algo que yo limaría es esa arraigada constumbre de traer presentadores paracaidistas, que aterrizan, dicen que qué bonito es Palma de Canarias y se largan al día siguiente con la pasta en el bolsillo.

La Obregón me parece el ejemplo perfecto de esto que digo. ¿Era necesaria?, ¿sabía dónde estaba?, ¿quién dio más audiencia a quien: las drags a la presentadora o viceversa?, ¿qué pintaba allí? ¿de verdad es tan tonta?


(En la foto de Gerardo Montesdeoca, Drag Kuki, gandor de este año)

El triunfo del PP en las elecciones de este domingo ha sido tan espectacular que el mapa de España se ha quedado teñido de azul.

El PSOE se ha quedado diezmado y, a cambio, el Parlamento se ha llenado de partidos pequeños que seguramente darán mucho color en los debates.

Veremos cuántos "populares de toda la vida" reaparecen ahora que pintan oros para la derecha. Y veremos también cuántos "exsocialistas de toda la vida" se hacen los longuis para no quedar señalados.

Y veremos qué pasa con la economía, que es el verdadero quid de la cuestión.

He oído esta mañana en la radio autonómica a un candidato del PP decir que el día 20 de noviembre se decidía el fin de la crisis. Es decir, que el triunfo del PP garantizaba el fin de las vacas flacas en España

Quedan pocos días para las elecciones y hay quien dice cualquier cosa, con tal de atrapar incautos. No sé qué dirá este mismo señor, cuando el paro supere los cinco millones en el primer trimestre del año que viene, como ya vaticinan los expertos.

Soy una indecisa y por lo tanto, destinataria preferente de los mensajes electorales, pues somos nosotros, lo que aún rumiamos nuestro voto, los que podemos quitar o no la razón a las encuestas.

Me pregunto dónde estaríamos ahora, si Rajoy, el de los hilillos del Prestige, hubiera ganado las elecciones de 2008.

¿Habría evitado el pinchazo de la burbuja inmobiliario, el gran filón del paro en España? ¿Estaríamos como Italia, Grecia o Portugal? ¿O como Alemania, creando empleo?

Mucho me temo que ni Rajoy es Merkel ni los tejidos productivos de ambos países tienen punto de comparación.

Las indecisas como yo somo importantes en una elecciones, pero también los decididos del "totalporunonopasanada" que se quedan en casa, y los viscerales que, pase lo que pase, digan lo que digan, jamás cambian el sentido de su voto.

Algunos de estos últimos tal vez acudan a las urnas como van al estadio a ver a su equipo, ciegos de lealtad, y con las orejeras puestas para no mirar a los lados, no vaya a ser que alguién tenga una idea mejor.

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(EFE/Salvador Sas. Comida electoral en Vigo)

Esta noche cuando contemplaba la llegada de Rajoy y Rubalcaba al palacio de congresos de Madrid donde se iba a celebrar el gran debate de las elecciones del 20-n no pude evitar pensar en una película del oeste, en un duelo a las puertas del saloon.
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Es la política espectáculo, el todo por la audiencia. ¿Que nos interesaba más? ¿El contenido? ¿El morbo del enfrentamiento? ¿Someterlos al examen?

No sé hasta qué punto este tipo de debates puede influir en el voto de los electores, pues la mayoría llega con una idea preconcebida.

Es como un hincha de fútbol, que nunca se pasará al equipo rival por muchos goles que meta.

Yo, a priori, soy más de Rubalcaba que de Rajoy, pero cada vez me siento más incómoda en este bipartidismo tan encorsetado.

Cada vez también valoro más mi voto, lo pienso y lo maduro, le saco brillo y lo medito.

(La foto es de EFE/Alberto Martín)


En este biparrtidismo nacional nuestro, yo me imagino el vaivén político como el de un péndulo.

Ahora el de Zapatero está colocado en el punto más alto de su lado negativo, a donde sólo se llega con mucho impulso.

Lo lógico sería que Rajoy, que es su polo opuesto, estuviera ahora en su cénit positivo, sin embargo parece que todavía no ha cogido el impulso necesario.

La otra tarde estuve en un gran almacén. De esos que tienen la mercancía tan bien colocada que al verla te preguntas cómo has podido vivir hasta ese momento sin ella. Soy más bien recatada en mis gastos, pero cuando voy con mis dos hijas la cosa se pone difícil. Ese día la pequeña consiguió un maillot de ballet que no pensaba comprar, y la mayor unas medias de baloncesto que no le hacen ninguna falta, pero quién se resiste.

Es un almacen muy grande que frecuento poco -no soy asidua de ninguno-, y para comprar las dos cosas a las que iba dimos vueltas y vueltas. En estos casos lo mejor es ir a tiro hecho y, si puedes, ponerte unas orejeras de esas que llevan las mulas cuando tiran de un carro para que no se distraigan. Si no lo haces así, en cada vuelta aumenta el riesgo de que bajes la guardia y metas en la cesta cosas que no pensabas comprar o/y que no te hacen maldita la falta.

En una de esas me topé con un expositor de sujetadores para hacer deporte, una prenda que hace tiempo que quiero comprarme pero que siempre dejo para otra ocasión. Me paré en el expositor y traté de encontar mi talla, pero las piezas estaban revueltas y fuera de su lugar. Era el auténtico totum revolutum de los sujetadores deportivos. womanCN_1929.jpg

Me empeciné en no pedir ayuda porque había visto por el rabillo del ojo al dependiente encargado del asunto y era un jovencito al que no veía a priori muy puesto en asuntos de sujetadores y sostenes.

Pero era una misión imposible, el expositor era como una cama sin hacer, como el armario de un adolescente atribulado. Busqué y rebusqué y recuerdo que llegué a decirle a mis hijas que eran todos enormes. Pobre de mí.

Al rato tuve que darme por vencida y pedir ayuda al muchacho. Me miró algo azorado y tras unos instantes de duda me señaló varios modelos colocados sobre unos turgentes bustos de plástico. Elegí uno y él me preguntó la talla. Fue un momento crítico porque casi no sé qué número calzo, mucho menos voy a recordar qué tamaño de sujetador me sostiene.

Le dije que ni idea y entonces él puso cara de desolación. Parecía que habíamos llegado a un callejón sin salida, pero la sensación de fracaso sólo duró unos instantes. De repente a él se le iluminó la cara. Recordó que la tienda disponía de unas cintas métricas específicas para este tipo de calibraciones. "Usted se la pone y mira por este lado y, donde coincida, ésa es la talla".

Pudorosamente, el muchacho se apartó un poco y me pareció que incluso miraba hacia otro lado mientras yo medía mi pectoral. El resultado fue la talla patatín. Se lo dije y, ante mi sorpresa, exclamó: "¡Imposible!".

Le contesté que no era para tanto, pero él no escuchaba mis protestas. Es verdad que empezó a rebuscar en el expositor pero con muy poco ánimo. De vez en cuando levantaba una prenda con una mano y decía: "Éste no, éste no, sólo llega hasta la talla patatón y usted tiene la patatín.." Creo que fue en ese instante cuando empecé a verme a mí misma como una mujer de Botero. Sentí que me iba inflando, inflando y a duras penas conseguí salir del gran almacén.


(La foto es de Clarita/Morguefile)