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Novedades en la categoría en primera persona

La ultracomunicación provoca situaciones chuscas. A mí me pasa con el WhatsApp. Es tan práctico, tan rápido, tan eficiente que a veces tiene efectos perversos.

Hace un par de días le pregunté a mi hija adolescente si tenía ya la foto del muerto y al redactor encargado del tema, que dedicara la tarde a estudiar.

El redactor me contestó que hacia mucho tiempo que había acabado la carrera y a mi hija no le dio un soponcio porque conoce a su madre.

Suele pasarme a menudo, cruzo las conversaciones. Son las prisas.

Soy tan impaciente que quiero que el mensaje llegue antes de escribirlo. Me pregunto si la telepatía será alguna vez una realidad.

La velocidad es un signo de los tiempos. Nos falta sosiego para muchas cosas, sobre todo para disfrutar de este preciso momento.

Achacaba mis equivocaciones con el wasap a la presbicia, pero parece que son más habituales de lo que creía.

Lo sé porque saqué este tema hace unos días en una reunión y un amigo contó, muerto de risa, que le había pasado algo parecido con un mensaje de amor dirigido a su novio. Envió un rotundo "te quiero" a un compañero de trabajo y lo dejó absolutamente descolocado.

Siempre me ha gustado el dialecto marinero. A veces por el significado y otras por el significante, que diría mi profesora de lengua. Obenque me suena de maravilla, y no por lo que significa -que también-, si no sobre todo por cómo suena.

¿Qué le vamos a hacer? Cada uno tiene sus manías. Yo tengo varias: una de ellas, además del gusto por la jerga marinera, es la de inventar comparaciones y símiles casi constantemente. Me imagino la vida en constante comparación con algo.

El otro día, sin ir más lejos, bajaba en bicicleta una cuesta que, previamente, me había costado mucho esfuerzo subir. Pero bajar, la bajé en un pis pás.

Mientras me deslizaba cuesta abajo me surgió la inevitable comparación: Eran tan fácil bajar como ¡comerse unas croquetas! Sí, pensé en las croquetas, en lo que cuesta hacerlas -las caseras-, en lo que me gustan y en la rápido que desaparecen de la fuente.

Y volviendo al principio: la ciudad un domingo por la mañana es como una encalmada en el mar, una encalmada urbana de calles vacías y apenas algún peatón en busca del pan y del periódico.

Pero llega el lunes y arrecia el temporal. Subimos hasta el viernes con mucho esfuerzo y a veces también el sábado es parte de la cuesta .

Después, el domingo es como una croqueta, que se come de un bocado.


Photo credit: diegotecno from morguefile.com

No hay nada más triste que un blog abandonado. Ésta idea se me acaba de ocurrir esta mañana soleada de sábado al disponerme a atender la sugerencia de mi amigo Javier, que anoche me llamó la atención por la inactividad de este blog.

Dice él -y yo no lo discuto- que éste ha sido uno de los periodos más largos de abandono -de teclas caídas podríamos llamarlo- en la historia del Virtualario.

Le agradezco el empujón porque, si no, no sé a dónde habría ido a parar:¿ A la rendición total, quizás?

No me fallan ni las ganas ni las ideas -buenas, malas o regulares siempre hay alguna-; me falla el momento. Encontrar el momento, quiero decir.

Prueba de ello es que tengo varias fotos en mi teléfono hechas ex profeso para ilustrar esas ideas que se me van ocurriendo.

Y dicho todo esto llegamos al pan duro que ilustra esta entrada.

Lo que se ve es parte del salpicadero de mi utilitario y un trozo de pan duro que estuvo allí depositado desde la mañana hasta la tarde del viernes y se paseó conmigo por toda la ciudad y parte del extrarradio.

No lo tiré hasta que mi hija mayor me hizo caer en la insensatez. Llegó a obligarme a que lo tocara para que comprobara con mis propios dedos que aquello era una piedra.

Esta crisis económica tan larga y persistente no está calando en los huesos y nos está cambiando hábitos. Al menos eso veo yo a mi alrededor.

Siempre he tendido más hacia la austeridad que hacia el derroche, y en los últimos años el fiel de la balanza se ha ido inclinando más hacía lo primero que hacia lo segundo por razones obvias. Pero nunca pensé que mi conciencia ahorradora, incrustada en los huesos por mi madre, iba a llegar tan lejos.

pan.jpgVuelvo al pan y a la escena en mi coche, a cuando mi hija me preguntó con mucho aspaviento :"¡Mamá! ¿qué hace este pan duro aquí?"

Reconozco que no tuve valor para confesarle que había decidido tirarlos unas horas antes y que me había arrepentido en el último minuto porque pensé que era una pena no aprovecharlo, que hasta ese modesto trozo de pan duro podía tener un destino mejor que el vertedero.

Rápida y evagélicamente, relacioné pan y peces y pensé que ya encontraría el momento para asomarme a cualquier muelle y tirar el alimento a un sitio donde sería, sin duda, aprovechado.


Mi abuela materna, que nació en 1905 y con la que viví algunos de los mejores momentos de mi primera infancia, trajo entre su equipaje, cuando se trasladó a Gran Canaria desde una ciudad de la Península, una talega de tela con elásticos y un rimero de pequeñas bolsas de celofán, plegadas como los cartuchos de papel marrón.

Ella y mi abuelo cambiaron de ciudad cuando su hija, mi madre, se casó con un canario, mi padre. Como era hija única, cerraron el comercio que regentaban desde antes de la guerra, empaquetaron su vida y se embarcaron para las Canarias. Esto debió ocurrir hacia mediados de los 60.

Las bolsitas de celofán y los elásticos procedían de la tienda, donde se usaban para hacer paquetes. Esto lo entendí muchos años después, a esa edad en la que logras atar cabos y reconstruir las historias de tu familia a base de encajar recortes de muchas conversaciones deslabazadas inconexas.

Pero, para mí entonces, el origen de los elásticos era un enigma. Sólo sabía que procedían del fondo del inmenso armario de mi abuela, que estaban en una talega de tela gris y que nunca se acababan. Podía pedir los que necesitara, pero nunca malgastarlos ni dejarlos por ahí tirados.

Las bolsitas tenían el tamaño perfecto para la merienda que me daban para la guardería -entonces jardín de infancia-. Dos o tres galletas María y un trozo de chocolate Tirma.

Mi abuela vivió la guerra civil en una de las ciudades más castigadas por el conflicto. Quizás por eso, porque sabía lo que era una crisis, metió en su equipaje los elásticos y las bolsitas, pese a que era el traslado de una casa entera y a que se jubilaban sin apuros económicos.

Seguramente lo hizo porque no entendía que hubiera sido de otra manera. ¿Cómo iba a tirarlos si eran útiles?

He recordado esta vieja historia a la vuelta de las vacaciones. Cuando, tras unos días de aislamiento de la realidad, me he dado un cabezazo con la crisis, que galopa como uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis. Y he pensado en cuántos de los antiguos hábitos es preciso recuperar.

(Los elásticos de mi abuela eran más finitos y los colores no eran tan brillantes, pero eran algo así)


Photo credit: duboix from morguefile.com

Lo he dicho más de una vez en este blog: soy una sentimental. No sé si es la edad, pero cada vez me cuesta menos emocionarme por menudencias que en otra época habría mirado con desdén.

Ya digo que no sé sin cosas de la edad, pero esta mañana noté que mis ojos estaban a un tris de humedecerse cuando partió la guagua escolar.

Soy una sentimental, pero no una histérica, o al menos eso creo. No me emocionó la despedida cotidiana, sino la certeza de que la de hoy fue la última ocasión en la que se producía esa escena en el caso de una de mis hijas, que ya abandona la infancia y se mete de pleno en la bendita adolescencia.

Ella no era muy consciente, pero yo sí, porque lo veo con la perspectiva que dan los años y sé lo importante es ese salto, mucho más, si se me permite, desde el punto de vista de una sentimental confesa

En ese tris en el que mis ojos estuvieron a punto de humedecerse, pasaron por mi cabeza algunas de las viñetas que componen nuestra vida de los últimos años.

Su primer día en el colegio de los mayores, las despedidas por la ventana, las meriendas, el corre corre diario, aquella tarde que llevaba muletas y uno de sus compañeros del alma le bajó la mochila, adorable en su papel de caballero de 7 años.

guagua.jpg

Venía pensando en esto y en la importancia de este día para ella, cuando me senté en mi mesa en la redacción del periódico, encendí el ordenador y abrí mi correo.

Y allí estaba, un mensaje de facebook que me informaba de que una de mis antiguas compañeras del colegio me había etiquetado en una foto. Me picó la curiosidad y fui a por ella.

¿Y qué foto había colocado mi amiga? La última que nos hicimos con nuestra clase el año en el que, como mi hija esta mañana, abandonamos la infancia y emprendimos rumbo a la vida adulta.

Hilé una cosa con la otra y me dije que yo no eran más sentimental que la mayoría, o al menos que muchas de mis antiguas compañeras, ahora reencontradas gracias a ese invento del maléfico que se llama red social.

Acabo de enviar un sms: "Querido X tu artículo me ha emocionado ..." Más o menos esto le he dicho a una persona a la que admiro y aprecio y a la que conozco desde hace ¡26 años!

Entre esa persona y yo hay una buena y larga relación, de esas reposadas por el tiempo. Una relación serena, diría.

Sin embargo, no creo que hubiera descolgado el teléfono para decirle cuánto me había emocionado su artículo. Seguramente por temor a importunar. Una llamada teléfonica es siempre una invasión, casi una impertinencia y a mí me da mucho pudor entrar en territorios privados.

Pero existe el sms. Para mí, uno de los más grandes inventos de la era tecnológica. El más modesto seguramente y el más barato también. Probablemente, el más utilizado, el más democrático y el que, quizás, más volumen de negocio proporcione. Céntimo a céntimo se hace un fortunón.

Tiene la virtud de la discreción, es humilde y no se impone. El receptor puede o no abrirlo, leerlo ahora o más adelante, responder o no; y borrarlo sin más.

Soy una devota de los detalles en todas sus amplísimas posibilidades y esos gestos pequeños que tanto dicen encuentran en el sms un vehículo perfecto.

Su sencillez va de la mano de su eficacia. A veces no nos damos cuenta de estas cosas, porque no nos paramos a pensar en ellas. Enseguida hacemos de la novedad una costumbre y parece que siempre fue así. Pero no está tan lejano el tiempo en el que no había más mensajes que los de papel y los post-it eran el no va más de la modernidad.

Eficacia, humildad, buen precio y también intimidad. Un sms camina entre dos y es tan privado que anima a decirnos cosas que tal vez nuca nos diríamos a viva voz por pudor, pereza o porque, total, para qué perder el tiempo en nimiedades.

Hace unos días abrí la puerta del aparcamiento donde guardo mi utilitario, media dormida y cargada con mi bolsa del gimnasio, la del entrenamiento de mi hija mayor, el bolso bolso y la neverita con el almuerzo, cuando cruzó delante de mi una rata que más parecía un conejo; y esto no es una frase hecha.

Fue un visto y no visto, pero verla y salir huyendo como alma que lleva el diablo fue todo uno. En mi carrera despavorida llegué hasta la calle.

Si conocieras el edificio donde está mi plaza de garage, entenderías que llegar a la calle es un dato importante, porque explica muy claramente la magnitud del pánico que me embargaba.

Una vez en la calle, me di cuenta de que estaba vendida. Eran las ocho y media de la mañaba, por lo que ni mi hermano ni mis sobrinos estarían ya en casa, únicos vecinos del edificio a quienes yo molestaría a esas horas por ¡una rata!

Estaba muy nerviosa y confusa porque necesitada el coche, pero no me atrevía entrar de ningún modo. ¿Y si volvía?

En medio de este desconcierto descubrí a través del cristal de la puerta de entrada al edificio, a un vecino, un chico joven al que véia por primera vez. Empecé a dar golpecitos en el cristal con las llaves para llamar su atención.

Toc, toc, toc.. Los golpecitos fueron tan insistentes y nerviosos que el joven no pudo hacerse el sueco, -de haberlo querido-.

Me abrió la puerta y entré con mis cuatro bolsas al hombro y cara de haber visto a un fastasma.

Le conté lo ocurrido y aceptó acompañarme al garage. Entré con él y mientras el joven buscaba la rata yo abrí el coche y salté al sillón del copiloto con todas las bolsas que llevaba.

Quedé encajada, pero a salvo.

Hoy he vuelto a ver a mi vieja y querida amiga Ali después de muchos años. La reunión incluyó a otras dos viejas y queridas amigas, pero a estas las he visto más a menudo a lo largo de los últimos años, si por a menudo se acepta intervalos de muchos meses.

Todo es relativo y lo que antes nos parecía una eternidad ahora es un pispás, un chascar de dedos...¡Ah! Estamos tan ocupadas en la que seguramente será la etapa más ocupada de nuestras vidas, que el tiempo se nos escurre entre los dedos.

Casi sin darte cuenta el tinte para las canas es tan habitual como antes fue hacer los deberes y recibes sms enigmáticos que acaban en "spray" donde debía poner "sorry" o contestan con un "pl" donde se quiso decir "ok". Sólo porque la presbicia se ha instalado en tu círculo de amistades, el mismo círculo que antes tenía que pedir permiso para salir de noche o se conjuraba para compartir un cigarrillo.

Y todo: las viejas y queridas amigas, el tinte, la presbicia, las agendas saturadas, los "sprays", los "pl" y este tiempo que va pasando mientras escribo y en el que me fijo ahora son piezas de este asunto tan sabroso y desbordante que llamamos vida y que yo cada día cuando me levanto me propongo apurar con avaricia.

Me he encontrado a unos amigos en el supermercado. Ellos compraban aperitivos y bebida para ver el partido de fútbol de la Champion y yo, verduras para hacer un puré. Después he llegado a casa y me he mostrado dispuesta a tirar unas judías pintas que había cocinado el día anterior con escasa fortuna, pero una buena amiga me convenció para que les diera una segunda oportunidad.

Le di la oportunidad y ellas respondieron. Cuando abrí la tapa de la olla exprés me agradecieron el gesto con un delicioso aroma, absolutamente inesperado. Ademas, comprobé que estaban tiernas, algo que me sorprendió muchísimo, pues ya había perdido la fe después de tres o cuatro intentonas.

Llamo intentona al gesto de poner al fuego la olla, esperar a que salga el vapor por la válvula, bajar el fuego, darle 20 minutos ... y así hasta tres veces. Llegué a pensar que nunca iban a ablandarse. Pero todo llega en esta vida y al final conseguí que aquellas judías pintas dieran su brazo a torcer.

También preparé el puré de verduras en la otra olla, que para eso tenemos dos.

Mientras cocinaba en la acogedora intimidad de mi pequeña cocina oía las noticias de Japón. Escuché al emperador y todos aquellos datos terribles sobre la catástrofe nuclear y de repente me parecieron muy valiosas mi modestas y domésticas judías pintas, que para mí esa noche fueron el símbolo del bienestar, ni más ni menos.

Un centro de salud debe ser uno de los lugares donde más evidente es nuestra condición humana. En el mío hay una sala de espera alargada a la que dan varias consultas. Está la matrona que atiende a las embarazadas; los pediatras, las enfermeras y los médicos de familias, esos todoterreno de la medicina.

En la sala de espera de un centro de salud hay que tener paciencia, porque, como dicen los carteles pegados a las puertas de las consultas, la hora que te han dado es orientativa o más bien, diría yo, sólo una excusa, un poner algo para que no te sientas tan perdida.

Estos lugares pueden ser muy entretenidos si se tienen ánimos para entrar en las tertulias espontáneas que se suelen organizar. A mí muchas veces me basta con escuchar. Se oyen cosas como: "Eso es el metabolismo, mujer ...", y es una señora gorda que así, tan ricamente, acaba de diagnosticar el origen de los males de otra muy flaca que se queja de su peso.

Hace unos días me entretuve con el caso de una niña que acababa de cumplir los 14. Al parecer, el sistema pasa de manera automática a los niños que cumplen esa edad del pediatra al médico de familia. Esta niña se acaba de enterar porque habia venido por una gripe, se había presentado con un volante de urgencias y la habían mandado por primera vez al mismo médico de familia que llevaba a sus padres.

En la sala de espera alargada de mi centro de salud, la consulta de pediatra está justo enfrente de la del médico de familia, por lo que la niña de 14 años sólo tuvo que darse la vuelta. Como soy tan amiga de buscarle comparaciones a las cosas, metáforas, similitudes y tonterías así, en seguida vi la lasca que yo podía extraer a la situación.

Aquel cambio era mucho más trascendente que un mero trueque de puerta, era el salto de la infancia a la madurez. De esperar su turno rodeada de bebés y otras deliciosas menundencias, la niña de 14 había pasado a estar sentada junto a un puñado de gente que ya no cumpliría los 60. Ahora sí había dejado de ser una niña.


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