Hay días que una no está para confianzas. Como el último jueves. Salía del parking donde guardo mi coche, tempranito por la mañana, dispuesta a comenzar la jornada, aunque no con mucho ímpetu. Otras veces me siento más animada, pero no aquel día.
Se abrió la puerta, asomé el morro y un hombre vestido de verde limón (el chaleco reflectante tan en boga últimamente) me dijo: "Sal por aquí".
(Perdón: olvidé explicar que el de verde era un obrero que dirigía el tráfico porque la calle había sido cerrada por obras)
"¿Eh?", me interrogué a mí misma en mi interior.
"Ven por aquí", insistió y yo me sulfuré por dentro, pero tuve el buen tino de no exteriorizarlo. Obedecí con mucha dignidad y seguí mi camino.
Fue el tuteo, tan a tiro hecho, tan de mañana, lo que provocó en mi un amago de explosión. Hay veces que una no está para tuteos.
Esta conversación la he tenido más de una vez. En esta isla de Gran Canaria es habitual el uso de apelativos cariñosos como "mi niña", una de nuestras expresiones más logradas. Pero hay que saber cuándo usarla y cuándo no deben emplearse. Un "mi niña" en su momento es como un beso; otras puede ser un puñetazo.
Yo no soy "el cariño" ni "el amor" de la charcutera, por muy bien que corte el jamón York. Ni yo, ni muchos otros clientes que tragan por temor a posibles represalias en la cola de la pescadería, en la ventanilla del cualquier administración o en la consulta del médico. Hay momentos en que todos somos "usted".
La línea entre el lenguaje cercano y la invasión es muy fina. A veces la culpa es del que recibe el mensaje, que no tiene el horno para bollos; otras veces -me temo que cada vez más-, el responsable es el que tutea, que no sabe medir distancias.
