Hay días que echo tanto de menos a mi madre que me falta el aire. A pesar de que hace ya algunos años de su muerte, pensar en ella me sigue encogiendo el corazón.
Nunca creí que la echaría tanto de menos, quizás porque nunca fui tan valiente como para imaginarme la vida sin ella, la ciudad sin ella, el mundo sin ella.
Esta nostalgia es la misma que ella me describía al hablar de su madre, cuando ya habíamos perdido a la abuela Paulina. "Angelines", me decía, "a veces parece que estoy hablando con ella".
A mí a veces me ocurre algo similar. De repente me digo: "Tengo que llamar a mamá". Como si el deseo se abriera paso a la realidad en el fondo de mi cerebro, casi como dicen que les ocurre a las personas amputadas, que siguen quejándose de un dolor en el miembro que ya no tienen.
Nosotros los que estamos en la meseta de la vida, en la parte de la velocidad de crucero, la que viene después del crecimiento y antes del decrecimiento (término, por cierto, que describe una teoría que merece tener en cuenta) estamos expuestos a estas pérdidas porque la vida es así.
Pero el saberlo inevitable no rellena el hueco de la ausencia, sólo la domestica.
(Borré por error un comentario que creo que firmaba Alicia. Si lo escribes de nuevo , intentaré no ser tan torpe)
Intentaba hacer un queque o bizcocho, pero la cosa se complicó.
He hecho muchos, siempre con la misma receta del vasito de yogur. Como tengo tanto éxito con mis queques y se acaban tan rápidamente, en esta ocasión decidí doblar los ingredientes y aumentar la producción. No pensé que esta idea me trajera complicaciones.
Al final de la operación, con mis tres moldes por fin en el horno, mi cocina parecía el plató de "El Guateque" ...
... sólo que en lugar de espuma de jabón había azúcar, harina, masa y cáscaras de huevos repartidos por varios sitios. No diré que la imagen era dantesca, para no exagerar, pero algo asustaba.
Lo que parecía un rato de felicidad doméstica acabó siendo un descalabro. Al final yo no tenía el plácido semblante de un ama de casa de una película de Doris Day,
sino el del malo de Los Inmortales justo antes de que Lambert le corte la cabeza.
Empecé con orden y limpieza pero pronto todo comenzó a torcerse. El bol que siempre había usado para mezclar los ingredientes de mi famoso queque de limón se quedó pequeño a la mitad del proceso No pensé en esta consecuencia al doblar la producción.
Cuando ya había echado los dos yogures, los dos vasitos de aceite de oliva, los seis de azúcar y dos de harina... me di cuenta de que por ese camino no llegábamos a ningún lado. Empezaba a desbordarse..
Recurrí a otro recipiente mayor, el que tengo -o tenía- para centrifugar la lechuga.
Transvasar la mezcla no fue una experiencia agradable. Como aún no había sido batida, el azúcar había formado un ladrillo en el fondo: Me costó despegarlo. Continué con el proceso, pero ya me había puesto nerviosa.
Casqué los ocho huevos, busqué los sobres de levadura -fallo, sólo quedaba uno- y cogí dos limones para rallarlos y exprimirlos. A estas alturas todo estaba pringoso.
Enchufé la batidora. La metí en la masa, la puse en marcha y escuché un ¡crack! Me sobresalté; pronto comprendí que el golpe lo había producido el choque de las cuchillas de la batidora con una protuberancia interior de mi antigua centrifugadora (donde se apoya la cesta que gira con la lechuga dentro).
No le di importancia y continué mi trabajo.
Unté los moldes con mantequilla y al darme la vuelta para coger el recipiente con la mezcla: ¡Horror! ¡La mezcla se estaba saliendo por el fondo!
Fue uno de esos momentos en los que hubiera querido tener otra mano más. Pero no la tengo y salí como pude del brete. Limpiar la cocina llevó su tiempo.
Al final una de mis hijas encontró el cachito de plástico que había roto la batidora en un bocado y hubo desayuno para varios días, pero yo me quedé pensando si había valido la pena doblar la producción.
¡Qué decepción Ana Obregón! No esperaba que recurriera a Proust para presentar la gala drag del carnaval de Las Palmas de Gran Canaria, pero sí que diera un poco más de juego; al menos, que hubiera memorizado cuatro tópicos sobre la ciudad. Más que nada porque aquello era un trabajo.
Le ha tocado a ella, pero seguramente no es lo peor que ha desfilado por los carnavales de la ciudad en cuanto a presentadores importados se refiere.
Nunca he sido carnavalera de las de primera fila. Miro las fiestas desde cierta distancia, con simpatía a veces, con desapego otras. No me quitan el sueño, aunque he pasado noches muy divertidas. A veces todo está en uno mismo.
No entiendo qué gracia tienen las murgas, pero eso es un problema mío. Seguramente porque no les he prestado la atención que merecen y no se puede apreciar lo que no se conoce. A las reinas las he empezado a admirar cuando me las he topado a pie de calle en las cabalgatas y a las comparsas les reconozco el tesón.
Lo que más me gusta del carnaval son las ocurrencias geniales de la gente normal. ¿Cómo puede alguien disfrazarse de tapa de alcantarilla y tener gracia?
Todos en conjunto han sido capaces de crear una fiesta que es un tesoro, una marca, una atracción, un motivo que nos distingue, algo que cuidar, valorar y mejorar.
El carnaval es patrimonio, aunque no sea de piedra, es un bien dinámico que va dando pasos atrás y adelante en cada nueva edición.
Hay un carnaval popular, privado, el que cada uno se organiza; y otro institucional, público, el que se vende al exterior y al interior. El que nos representa.
Algo que yo limaría es esa arraigada constumbre de traer presentadores paracaidistas, que aterrizan, dicen que qué bonito es Palma de Canarias y se largan al día siguiente con la pasta en el bolsillo.
La Obregón me parece el ejemplo perfecto de esto que digo. ¿Era necesaria?, ¿sabía dónde estaba?, ¿quién dio más audiencia a quien: las drags a la presentadora o viceversa?, ¿qué pintaba allí? ¿de verdad es tan tonta?
(En la foto de Gerardo Montesdeoca, Drag Kuki, gandor de este año)
Un buen amigo es como una lata de sardinas. No caduca, no defrauda y alimenta. Uno no se come a un amigo. Al menos no es habitual en esta parte del planeta. Pero hay ratos que son más ricos que la mejor de las ostras o que el más fino de los bacalaos. Ummm, qué rica es la amistad.
Un amigo nutre el corazón, que también necesita de su alimento. Es un plato que se cocina a fuego lento durante toda la vida. Se sazona, se huele, se prueba y se mima para que no se malogre, para que esté muy bueno.
Porque un amigo tiene que durar, si no, no es un amigo. Será un episodio, un sucedáneo, un sucedido o un suponer. Pero amigo, desde luego, no es.
Es esa lata de sardinas que deambula por la despensa. Está allí para un apuro, para lo que sea menester; no necesita aspavientos, ni ceremonias; ella está allí, tan modestita, en su esquina de la alacena, como esos amigos a los que no vemos a nunca, pero que sabemos siempre a mano.
Y cuando hace falta se abre (la lata) o se coge (el teléfono) y allí está la sardina o el amigo, igual de dispuestos.
Las amistades, como son para siempre, dan alegría a toneladas. Hay alegrías grandes y abultadas y otras más pequeñitas, como esa tapa que te ponen con el aperitivo, que es apenas un bocado, pero sabe a gloria. Son esos encuentros inesperados que te dejan con la cara iluminada y el alma tan ancha.
Después hay alegrías enormes, de esas que no caben por la puerta. Nos cuesta darnos cuenta y las vemos después. Cuando se han pasado. ¿Te acuerdas?
Los amigos son confortables, amorosos, cómodos, sustanciosos, seguros, fiables, majaderos y, a veces, algunas veces, bastante más divertidos que las sardinas.
(Escribí este texto como regalo para una amiga portuguesa, una señora de las de coraje y alegría. Él, mucho más modesto que las sardinas, tuvo el honor de ser leído en su fiesta, entre amigos y fados). Photo credit: jeltovski from morguefile.com
El otro día, hojeando una revista de ballet en la escuela donde mi hija recibe sus lecciones, encontré el probable origen de mi primer apellido. En la mancheta de la publicación figuraba el apellido Arantzibia.
El descubrimiento me produjo una alegría parecida a la que se siente al encontrar a un viejo amigo por la calle. Como si aquella Arantzibia de la revista -vasca sin duda-, fuera de la familia.
Pienso en uno y en otro y me siento eslabón entre ambos, en un proceso que ha tardado siglos y que ha llevado a nuestra apellido de una punta a otra del globo.
Estos hallazgos demuestra que el origen del apellido está en el País Vasco, desde donde en un momento determinado -por lo que sé, muy pronto-, emigró a Canarias, donde fue paulatinamente adaptando su fonética a la forma de ser isleña.
Y de aquí, a Cuba, y de Cuba, a Florida, para que en la muy yanki liga de baseboll figure un jugador que responde al nombre de JP Arencibia.
Daba vueltas en mi cabeza a la aventura maravillosa de mi apellido, cuando me topé con mi amiga Marisol, nacida en Cuba, pero decididamente replantada en Gran Canaria. Como muchísimos otros canarios que procedemos de otras regiones o países, o que tenemos familiares de aquí o de allá, Marisol es una de nosotros, porque esa mezcla es lo que nos hace ser como somos, es parte de nuestra riqueza.
Pensé también en la gran cantidad de amigos, conocidos, familiares o amigos de mis amigos que nacieron en Canarias y ahora viven en otro lugar del planeta.
Después me imagine al presidente del Cabildo de Tenerife muy preocupado por el lugar de nacimiento de las personas que tiene que tratar a diario, y hasta me hizo gracia.
Resulta paradójico -por no decir patético- que las víctimas del franquismo sólo hayan conseguido hablar ante un tribunal como efecto colateral de la denuncia de un grupo fascista contra el juez que había decidido escucharles.
Al final Pino Sosa y los demás han logrado ser escuchados. No lo han contado todo -en unos minutos no cabe una vida-, pero han puesto la paradoja en los telediarios y en las primeras planas de todos los periódicos.
Esta es la parte buena de lo malo: que el juez sea el juzgado ha servido de altavoz a los relatos de las familias de los desaparecidos. El tiro por la culata.
El PP ha dedicado estas últimas semanas a anunciar las grandes reformas que pretende poner en marcha. En algunos casos, como en Educación, hemos perdido la cuenta de cuántas veces se ha modificado el sistema. Es un baile de la yenka continuo, izquierda, derecha, delante, detrás, un, dos, tres y siempre volvemos al mismo sitio.
No sé si sería evaluable el coste económico que acarrea este continúo hacer y deshacer la madeja. Yo pienso ahora en los profesionales que las sufren y en los alumnos que quedan atrapados entre una y otra reforma.
¿Cuánto durará la próxima? ¿Lo que tarde en perder el PP?
Ha pasado tantas veces que parece una película que ya hemos visto, un déjà vu, el día de la marmota de Bill Murray, como decían esta mañana en TVE en referencia a la reforma financiera.
Las reformas tardan su tiempo en tramitarse de tal manera que cuando llegan a las escuelas ya casi están sentenciadas. Sometida al cambio permanente la enseñanza parece siempre de prestado, en precario, y así no hay manera de comprobar si, a lo mejor, la penúltima reforma ha dado en el clavo.
Un poquito de consenso y quizás algo menos de soberbia podría venir bien al sistema educativo, que al fin y al cabo es el lugar donde se cuece nuestro futuro.