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Archivos Septiembre 2011

Cada vez que publicamos en www.canarias7.es una noticia relativa a la guerra civil, a Juan Negrín o a la recuperación de la memoria histórica surgen comentarios que hoy en día parecen mentira.

Si la noticia es sobre Juan Negrín, preguntan por el oro de Moscú, obviando olímpicamente el hecho de que ha sido demostrado que el llamado oro de Moscú se empleó para financiar a la República en guerra, por acuerdo de un gobierno legalmente constituido que se defendía de unos golpistas.

Hay un ejemplo reciente. Esta noticia sobre el hallazgo de los restos de un soldado republicano que murió en la batalla del Ebro. Las palabras del experto que realiza el descubrimiento y lo estudia son estremecedoras, o al menos a mí me lo parecen.

Sin embargo, muchos de los comentarios que han pasado el filtro del moderador convierten el hallazgo arqueológico en excusa para volver a lo de siempre "¿y Paracuellos?". El que comenta no puede apreciar el interés de un testimonio histórico que aparece ahora, sino que tiene que irse al tú más, como si todavía estuiviéramos en esas.

Es solo un ejemplo pero me parece el más evidente. No importa lo que se investigue, lo que se descubra, no importa lo que usted me cuente, yo sigo en mis trece. Son los erre que erre del 'caspismo' español que inmortalizó Martínez Soria.

En mi ejemplo se perpetúan las dos españas del 36, como si no hubieran pasado más de 70 años de aquello, pero hay otras circunstancias en las que se demuestra que la información fluye pero no empapa.

Nos aferramos a una par de ideas y con eso tiramos toda la vida: No me venga ahora a decir que no abrigue al niño cuando tiene fiebre, que así lo hizo siempre mi abuela y aquí estamos todos. Es el así se ha hecho siempre, o el eso lo sabe todo el mundo.

Supongo que son debilidades propias de la condición humana, pero en el caso de las dos españas me llama la atención sobremanera. No me refiero a los teóricos del antiguo régimen, a los organizados.

Hablo de la gente sencilla como tu o como yo que, despues de 33 años de democracia, aún conserva conceptos inculcados en la escuela ... franquista.

El otro día uno de mis compañeros me comentaban algo que había ocurrido en determinado ayuntamiento. Hablábamos de un proyecto , modesto pero muy resultón, que ponen en marcha los actuales gobernantes. Me explicó que, en realidad, ya estaba previsto en el anterior mandato, pero que los gobernantes anteriores no habían sido capaces. "Fueron cuatro años perdidos", me dijo.

El comentario de mi colega no cayó en saco roto. En vez de olvidarlo o archivarlo en asuntos para pensar más tarde, lo conservé en la zona noble de mi cabeza y le di vueltas y más vueltas.

Siempre me ha producido una gran desazón comprobar la incompetencia en lo público. Ver con tus propios ojos cómo se ha malgastado dinero de todos en proyectos inútiles o superfluos, cabrea. Más si son corruptelas o corrupciones, pero las incompetencias también son relevantes porque el resultado es el mismo: se malgasta el dinero público.

Me parece que el sistema tiene más o menos resuelto cómo atajar la corrupción. Está claro que robar está mal y hay formas de castigarlo. Lo normal es que un individuo o individua que haya sido condenado desaparezca de las listas electorales.

No ocurre lo mismo con los incompetentes, los vanidosos y los tontos. No se ataja la negligencia.

Puedes haber dilapidado cuatro años de gestión sin haber sacado un proyecto adelante o sin haber resuelto problemas de los ciudadanos que es para lo que se le paga, que no pasa nada, nadie te va a pedir cuentas.

Si eres tan hábil como para sobrevivir en tu partido, te eternizarás en la poltrona. Si no aquí, por allí; y, si no es ahora, en el siguiente mandato. Hay auténticos artistas de la nada.

No saben hacer nada, nunca han hecho otra cosa más que figurar y cuando hablan sueltan humo, pero ahí siguen, flotando en el estanque de la vida pública.

Seguí con mis reflexiones y se me ocurrió la insensatez de crear un sistema de puntos, de tal manera que todo cargo público partiera de un determinado número al inicio del mandato. Así a cada decisión fallida, a cada embuste, a cada falta de diligencia y demás incompetencias se les iría restando tantos. Al llegar a cero, a la calle y sin posibilidad de volver a presentarse como le ha pasadao, por fin, a Casimiro Curbelo, aunque éste por otro motivo.


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(En la foto de Arcadio Suárez, un bastón de mando de un alcalde)

El coche es el lugar en el que escucho la radio. A menudo voy sola, así que hay cierta intimidad entre ella y yo. Quiero decir, entre las personas que hablan y yo.

Esta mañana iba al trabajo con la radio autonómica y Cristine., una amiga de Clementina, la segunda mujer asesinada por su pareja en Canarias este año.

Cristine contó que era belga de nacimiento, pero que se consideraba canaria después de tantos años radicada en Tenerife. Habló de Clementina, su amiga muerta, y de sí misma pues contó que también ella había sido una mujer maltratada..

Clementina, según su vecina, era una "mujer sufrida", que nunca denunció a su marido.

Explicó con claridad cómo el hijo de la mujer asesinada había encontrado a sus padres ensangrentados y como había sacado a su hermana pequeña de la casa. La niña, aseguró, no se había enterado de nada porque dormía cuando se produjo la agresión.

La tinerfeña de origen belga lamentó que Clementina no hubiera denunciado nunca a su pareja y aprovechó el micrófono para pedir a las mujeres que no duden en denunciar si sufren malos tratos que ella misma lo había hecho y ahora una psicóloga de la Guardia Civil la llamaba todos los meses para saber cómo estaba
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Cristine relató que había conocido a su marido en el programa el "Diario de .. " de Antena 3, en Madrid. Se trata de un hombre venezolano al que describió como un ser encantador hasta que contrajeron matrimonio. Entonces la maltrató y ella lo denunció. No llegaron al año de matrimonio.

Me pareció que Cristine hacía bien al ponerse de ejemplo, -una especie de aquí me maltratas aquí te denuncio- y también que quizás Clementina estaría hoy viva si hubiera tenido sus reflejos.

(La foto es de Angel G. Medina, de la agencia Efe y corresponde al minuto de silencio que se celebró este lunes en la Delegación del Gobierno en Canarias, en Las Palmas de Gran Canaria)

Después de vieja he vuelto a pedalear. He regresado a la bicicleta como quien vuelve a un lugar querido de la infancia y la estoy disfrutando muchísimo.

La técnica ha avanzado mucho también y las nuevas bicicletas casi andan solas. Todos los días compruebo con satisfacción que no soy la única y que en Las Palmas de Gran Canaria decenas de personas cogen todos los días su bicicleta para ir al trabajo, a la playa o para hacer ejercicio.

Salen, pese a que esta ciudad sigue siendo hostil para los ciclistas. Hay carriles bici, pero son pocos, inseguros y están mal conectados. Si vas por la carretera, los coches protestan y, además, te la juegas, y si vas por la acera, es probable que te caiga algún exabrupto.

Gran parte de la ciudad es llana y las cuestas son abordables para buena parte de los ciclistas habituales. Además, el clima es perfecto, mucho más amable que el de otras ciudades que nos llevan décadas de adelanto en este terreno.

Ecológica, barata, sana ... ¿A qué esperamos si sienta tan bien?


Mi abuela materna, que nació en 1905 y con la que viví algunos de los mejores momentos de mi primera infancia, trajo entre su equipaje, cuando se trasladó a Gran Canaria desde una ciudad de la Península, una talega de tela con elásticos y un rimero de pequeñas bolsas de celofán, plegadas como los cartuchos de papel marrón.

Ella y mi abuelo cambiaron de ciudad cuando su hija, mi madre, se casó con un canario, mi padre. Como era hija única, cerraron el comercio que regentaban desde antes de la guerra, empaquetaron su vida y se embarcaron para las Canarias. Esto debió ocurrir hacia mediados de los 60.

Las bolsitas de celofán y los elásticos procedían de la tienda, donde se usaban para hacer paquetes. Esto lo entendí muchos años después, a esa edad en la que logras atar cabos y reconstruir las historias de tu familia a base de encajar recortes de muchas conversaciones deslabazadas inconexas.

Pero, para mí entonces, el origen de los elásticos era un enigma. Sólo sabía que procedían del fondo del inmenso armario de mi abuela, que estaban en una talega de tela gris y que nunca se acababan. Podía pedir los que necesitara, pero nunca malgastarlos ni dejarlos por ahí tirados.

Las bolsitas tenían el tamaño perfecto para la merienda que me daban para la guardería -entonces jardín de infancia-. Dos o tres galletas María y un trozo de chocolate Tirma.

Mi abuela vivió la guerra civil en una de las ciudades más castigadas por el conflicto. Quizás por eso, porque sabía lo que era una crisis, metió en su equipaje los elásticos y las bolsitas, pese a que era el traslado de una casa entera y a que se jubilaban sin apuros económicos.

Seguramente lo hizo porque no entendía que hubiera sido de otra manera. ¿Cómo iba a tirarlos si eran útiles?

He recordado esta vieja historia a la vuelta de las vacaciones. Cuando, tras unos días de aislamiento de la realidad, me he dado un cabezazo con la crisis, que galopa como uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis. Y he pensado en cuántos de los antiguos hábitos es preciso recuperar.

(Los elásticos de mi abuela eran más finitos y los colores no eran tan brillantes, pero eran algo así)


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