los blogs de Canarias7

Archivos Marzo 2011

He oído al corresponsal de TVE en Libia decir esta noche que Gadafi ha comparado su entrada en Benghazi -el último bastión rebelde-, que da por segura, con la de Franco en Madrid en la guerra civil.

Me pregunto si los países democráticos harán también lo que hicieron entonces y dejarán solos a los rebeldes libios como hicieron con la República.

Me he encontrado a unos amigos en el supermercado. Ellos compraban aperitivos y bebida para ver el partido de fútbol de la Champion y yo, verduras para hacer un puré. Después he llegado a casa y me he mostrado dispuesta a tirar unas judías pintas que había cocinado el día anterior con escasa fortuna, pero una buena amiga me convenció para que les diera una segunda oportunidad.

Le di la oportunidad y ellas respondieron. Cuando abrí la tapa de la olla exprés me agradecieron el gesto con un delicioso aroma, absolutamente inesperado. Ademas, comprobé que estaban tiernas, algo que me sorprendió muchísimo, pues ya había perdido la fe después de tres o cuatro intentonas.

Llamo intentona al gesto de poner al fuego la olla, esperar a que salga el vapor por la válvula, bajar el fuego, darle 20 minutos ... y así hasta tres veces. Llegué a pensar que nunca iban a ablandarse. Pero todo llega en esta vida y al final conseguí que aquellas judías pintas dieran su brazo a torcer.

También preparé el puré de verduras en la otra olla, que para eso tenemos dos.

Mientras cocinaba en la acogedora intimidad de mi pequeña cocina oía las noticias de Japón. Escuché al emperador y todos aquellos datos terribles sobre la catástrofe nuclear y de repente me parecieron muy valiosas mi modestas y domésticas judías pintas, que para mí esa noche fueron el símbolo del bienestar, ni más ni menos.

Esta mañana, cuando me dirigía al periódico, vi con el rabillo del ojo a unos operarios enfrascados en una obra que me pareció que era del ayuntamiento. Probablemente será una más de esta marea de inauguraciones que llega cuando las elecciones están a las puertas.

El afán de los obreros me recordó de manera inmediata a mis tiempos de estudiante y a aquellas vísperas de exámenes que pasaba estudiando hasta las tantas porque no había aprovechado el trimestre.

Y aquí podemos usar la máxima de la piedra, el animal y el tropiezo.

Un centro de salud debe ser uno de los lugares donde más evidente es nuestra condición humana. En el mío hay una sala de espera alargada a la que dan varias consultas. Está la matrona que atiende a las embarazadas; los pediatras, las enfermeras y los médicos de familias, esos todoterreno de la medicina.

En la sala de espera de un centro de salud hay que tener paciencia, porque, como dicen los carteles pegados a las puertas de las consultas, la hora que te han dado es orientativa o más bien, diría yo, sólo una excusa, un poner algo para que no te sientas tan perdida.

Estos lugares pueden ser muy entretenidos si se tienen ánimos para entrar en las tertulias espontáneas que se suelen organizar. A mí muchas veces me basta con escuchar. Se oyen cosas como: "Eso es el metabolismo, mujer ...", y es una señora gorda que así, tan ricamente, acaba de diagnosticar el origen de los males de otra muy flaca que se queja de su peso.

Hace unos días me entretuve con el caso de una niña que acababa de cumplir los 14. Al parecer, el sistema pasa de manera automática a los niños que cumplen esa edad del pediatra al médico de familia. Esta niña se acaba de enterar porque habia venido por una gripe, se había presentado con un volante de urgencias y la habían mandado por primera vez al mismo médico de familia que llevaba a sus padres.

En la sala de espera alargada de mi centro de salud, la consulta de pediatra está justo enfrente de la del médico de familia, por lo que la niña de 14 años sólo tuvo que darse la vuelta. Como soy tan amiga de buscarle comparaciones a las cosas, metáforas, similitudes y tonterías así, en seguida vi la lasca que yo podía extraer a la situación.

Aquel cambio era mucho más trascendente que un mero trueque de puerta, era el salto de la infancia a la madurez. De esperar su turno rodeada de bebés y otras deliciosas menundencias, la niña de 14 había pasado a estar sentada junto a un puñado de gente que ya no cumpliría los 60. Ahora sí había dejado de ser una niña.


Photo credit: anitapatterson from morguefile.com

Es la fuerza de la costumbre, que cantaba Gabinete Caligary, lo que hace que me desilusione cuando abro mi blog y sólo encuentro mensajes basura -spam-, donde debieran haber comentarios de mis dos millones de lectores y medio.

Después de tantos años escribiendo en periódicos convencionales sin tener nunca la seguridad de que alguien, en efecto, te leía, me he acostumbrado pronto a saber cuánta gente me pincha y, a veces, hasta lo que opinan. Es la costumbre que nos va modelando.

No soy de beso fácil. Es una cuestión de carácter. Hay personas que reparten besos como si fuera el arroz que se lanza a los recien casados cuando salen de la igleisa. Yo no; a mí me cuesta.

No todos los besos son iguales. Depende mucho de dónde se van a depositar. Si en el rostro de un niño, en la mejilla de una amiga o en la boca de un amante. No es lo mismo el beso que le das a tu madre que el par que se dan dos señoronas sin rozarse: muac por aquí y muac por allí. Estos son besos en el aire o al aire.

El beso puede ser sabroso, cálido, gélido, pringoso y hasta apetitoso. También puede descafeinarse y globalizarse hasta perder toda su personalidad, como le ha pasado a las calles de las ciudades que han cambiado tiendas por franquicias.

Hasta hace unos años, en Canarias se saludaba con un sólo beso. Era una de nuestras señas de identidad, como los bidones de agua en las azoteas, el gofio, la primavera perenne, la guagua o el ustedes. Es una costumbre que se va diluyendo. La estamos perdiendo y es una pena.

El beso de antes, por ser único, era definitivo; ahora, con el cambio, me temo que nuestros besos pierden contundencia. Como le ha pasado a las calles.


Mi hermana 'la madrileña' me hizo llegar hace algún tiempo un correo con el siguiente texto:

Conferencia en Stanford. La última disertación iba sobre la conexión mente- cuerpo -la relación entre el estrés y el malestar físico. El orador (jefe de psiquiatría en Stanford) dijo que una de las mejores cosas que un hombre puede hacer por su salud es casarse con una mujer, mientras que una mujer, una de las mejores cosas que puede hacer por su salud es cultivar su relación con sus amigas. Al principio, todo el mundo se rió, pero hablaba en serio. .

El texto continúa así:

"Las mujeres conectan entre ellas de manera diferente y se proporcionan sistemas de apoyo que las ayudan a lidiar con el estrés y las experiencias difíciles de la vida. Físicamente, esta cualidad "tiempo para las amigas" nos ayuda a fabricar más serotonina -un neurotransmisor que ayuda a combatir la depresión y puede producir una sensación general de bienestar. Las mujeres comparten sus sentimientos, mientras que los hombres a menudo se relacionan en torno a actividades (...)

Cuando lo leí me pareció interesante y le dije a mi hermana que tratara de averiguar el origen del escrito. Al poco me mandó un par de correos en portugués cuya relación con el asunto no entendí, así que se quedó suspendido en la bandeja de entrada de mi correo. Creo que lo guardé por lo que me decía mi madre. ("El que guarda siempre tiene" era uno de sus mantras. Recordarlo me trae su imagen, tan clara tan clara, que me emociona.)

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Hoy, víspera del Día de la Mujer he pensado en aportar mi granito de arena a la celebración y me he topado con el supuesto texto de Stanford colgado en mi bandeja. Y he pensado que se podría aprovechar como quien utiliza un resto de cocido para una ropa vieja o para unas croquetas, como diría mi amiga Marisol.

Dejando al margen el hecho de que no he podido verificar su origen, te copio el texto de marras porque, a la luz de mi experiencia, yo creo que no va desencaminado. No sé si a los hombres les ocurre lo mismo, pero yo puedo asegurar que a mí me sienta muy bien estar con mis amigas y también que con mucha frecuencia descubro hilos invisibles de complicidad en relaciones con mujeres a las que en lenguaje común calificaríamos de extrañas.

No pretendo ser excluyente, ni decir que con mis amigos hombres no me pasa, pero es dintinto y, además, lo que se celebra mañana es el Día de la Mujer. Felicidades.

(La foto es de Paco Campos, de la Agencia Efe, y se tomó en la exposición titulada "Heroínas", del Museo Thyssen-Bornemisza.)

Puede que uno de los enigmas que más me interesen en la actualidad por razones obvias es qué ocurrirá con la prensa impresa cuando los periódicos digitales acaben de encontrar su lugar. Hay opiniones para todos los gustos, como suele suceder en asuntos tan novedosos.

Como dice José Miguel Pérez, líder de los socialistas canarios, vivimos un cambio de era, algo similar a la revolución industrial, que fue un fenómeno que puso del revés a la sociedad de la época.

Pérez lo dice con conocimiento de causa porque antes que político es historiador. Si lo sabré yo que fui alumna suya en COU, -con mucho aprovechamiento, por cierto-.

El también presidente del Cabildo de Gran Canaria es un hombre de grandes discursos, porque sabe mucho y le cuesta resumir. Tarda en ir al grano, que decimos en lenguaje llano.

En una reciente entrevista en Canarias7 admitió que la comunicación no es su fuerte. Al menos cierto tipo de comunicación.

No es un hombre de titulares, como lo fue, por ejemplo, en sus tiempo José Carlos Mauricio, que prácticamente no hacía otra cosa cuando hablaba con periodistas.

Me acordé de este encuentro con el líder socialista al leer estas declaraciones de Nicholas Carr sobre Internet y el "picoteo informativo".

Se le critica a Pérez -y no cabe duda de que es un inconveniente para un político que necesita votos-, el hecho de que no proporcione eslóganes porque para él todo tiene sus matices, sus razones, sus consecuencias. Habría que preguntarse qué nos interesa de un político: que nos endulce el oído o que mejore nuestra vida. El fondo o la forma. Continente o contenido.

Dice Carr que "Internet nos hace superficiales" porque vamos de un enlace a otro dando saltos, sin poder prestar la atención que dedicamos a un libro tradicional. El exceso de oferta produce un efecto perverso. Lees de todo, pero no te enteras muy bien de casi nada.

Quizás todo esto pueda aplicarse al discurso de José Miguel y a la prensa tradicional. Quizás Internet, que ha sido llave para las revoluciones democráticas árabes, lo sea también para todo lo contrario. Que aumente nuestro adocenamiento en lugar de la profundidad de nuestro pensamiento. Al menos cierta forma de usar la web.


Photo credit: FlyingPete from morguefile.com