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Archivos Febrero 2011

No nos hemos repuesto aún de la visión del golpista exteniente coronel Tejero desnudo de cintura para arriba como cualquier otro de los miles de jubilados que vienen en invierno a Canarias y leemos que Obama ha dicho que Gadaffi ha perdido "toda legitimidad". No sé cuándo tuvo legitimidad ese hombre.

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Hace unos diez años estuve en Sirte (la ciudad natal del dictador) con un rally, en realidad con el único que he cubierto en mi vida, y recuerdo que junto al lugar donde acampamos había una exposición muy curiosa, Dentro de varias carpas blancas, en medio de la nada, colgaban fotografías del dictador y de sus supuestos éxitos en forma de puentes y cosas así. Me pareció todo muy ingenuo.

Gadaffi pierde la legitimidad para quedarse, según el desafortunado razonamiento de Obama, pero no se percata. No le entra en la cabeza y por eso va a provocar una masacre.

Y mientras el mundo árabe vive su caída del muro y su toma de la Bastilla todo a la vez, en España estamos muy preocupados por unas pegatinas que les van a poner a las señales de tráfico y por la ley del tabaco que no acabamos de digerir.

Yo soy muy optimista con la ley del tabaco. Hemos ganado muchísimo y al tiempo se verá.

El país huele mejor, aunque también me han dicho, gente que lo ha sufrido, que esto no es así en ciertos locales cerrados donde la desaparición del humo ha dejado al descubierto el olor a pies sudorosos, el tufo que sales de los retretes y también de algunas axilas poco aseadas.

Como el humo del tabaco tapaba los malos olores, el petróleo disimulaba los crímenes de Gadaffi. Ahora ya no se fuma y Gadaffi ya no controla el petróleo.


(En la foto de la agencia Acfipress, Tejero, en bañador en La Palma el pasado día 24 de febrero, 30 años y un día después de haber dado su golpe de Estado)

En los últimos años me encontré a Carmelo Artiles un puñado de veces por los alrededores de la plaza de La Feria, en Las Palmas de Gran Canaria. Supongo que tenía su despacho profesional por la zona, o que vivía por el barrio. La verdad es que nunca se lo pregunté por un punto de pudor, por aquello que Carmelo, don Carmelo, ya no era un personaje público, sino ciudadano anónimo y yo esas cosas las tengo muy en cuenta.

Carmelo Artiles fue presidente del Cabildo de Gran Canaria entre 1983 y 1991 y en ese cargo lo conocí y lo traté por mi condición de periodista. En aquellos tiempos éramos bastantes menos los que acudíamos a las ruedas de prensa y seguíamos la actualidad local, así que el trato entre los unos y los otros era bastante cercano para bien y para mal.

Dice hoy en un artículo en la prensa el alcalde Jerónimo Saavedra que Artiles se caracterizó por su humildad.

Pese a ser un texto escrito yo lo oí en la radio, porque la locutora Mara González lo leyó mientras conducía esta mañana hacia el periódico. Así que me dio tiempo de digerirlo.

Me hizo recordar aquellos encuentros casuales y brevísimos, en los que él saludaba como si temiera molestar, como si yo -mire usted qué bobería- no le fuera a reconocer, como si hubiera asumido que él ya no era importante.

Pensando esta mañana en él, ahora que ha muerto, y en esos encuentros en la calle (me decía: "¿qué hay niña?", con toda la sencillez que retrata Saavedra), me doy cuenta de la importancia de ese quitarse importancia que tenía Carmelo Artiles.

¿Quién sabe a dónde nos llevará la tecnología? Yo ahora echo de menos un dispositivo capaz de llevar lo que pienso directamente al ordenador, sin necesidad de que lo abra, lo encienda, teclee, corrija... y piense las cosas dos veces.

Así, a lo mejor, mi suegra sabría cuántas veces me acuerdo de ella, porque la quiero mucho. Pensaba esta tarde en esto mientras recogía la cocina con la música de un radiocasete a todo volumen.

¡Ah! ¡Un radiocasete! ¡Espanto, mofa y befa de la modernidad!

Si sirve de disculpa diré que era un radiocasete, pero yo estaba escuchando un CD, que es algo así como el paso intermedio entre el vinilo y el casete y el MP3 y .... ¡el pirateo! Y ahí quería yo llegar.

Pero antes, un inciso: Escuchaba "Grandes éxitos" de Aute, un autor por el que tengo una especial predilección. A mi suegra le gusta mucho Aute y así todo está relacionado.

La música no sólo es música en sí misma, sino también es lo que le quedó prendido aquella vez que la escuchaste. Y la música no sólo es lo que te rodeó entonces, también puede ser la foto de lo que eras entonces. Y eso es lo que me pasa a mí con Aute, que me permite reencontrarme con esa mujer que fui hace 25 años.

La música -y esto lo dice una mujer sin oído- es algo maravilloso. Pero está en peligro, como otras cosas que han sido arrolladas por la avalancha tecnológica, como Mubarak. Pero esa es una de las tantas partes buenas de la tercera dimensión.

(Esta es una de mis canciones preferidas de Aute,pero me lo he pensado mucho antes de pegarla aquí. ¿Le llegará al autor un tanto de lo que tu y yo escuchamos?)

He leído en el Diez minutos que Lucía Bosé ha celebraso su 80 cumpleaños en Madrid. A la fiesta han asistido, entre otros ilustres personajes, la duquesa de Alba y Carmen Lamana.

La segunda tiene sus años y la primera no creo que cumpla ya los 80, pero se pasea por las revistas del brazo de un hombre bastante más joven que ella, al que llaman novio. Las comparaciones son odiosas pero se pueden hacer pese a este dicho tan dicharachero. Así que los comparo y él me sale muy beneficiado: es un rejuvenecido consorte.

Como su novia está ya tan pochita, él a su lado parece un mozalbete, a pesar de sus canas, entradas capilares y arrugas.

¡Cómo ha cambiado la percepción de la edad! Sobre todo entre los ricos, llamados también pudientes, que es una palabra trasnochada que me encanta.

Recuerdo a mi abuela materna, Paulina, con el pelo blanco y una cara divina. No era un bellezón, pero sí tenía un tipazo y una piel sonrosada que yo recuerdo, más de 20 años después de su muerte, suave y sin arrugas. Seguramente tenía mejor pinta ella a sus 70 que yo a mis 45.

Pero en aquel tiempo ella, con 70, era una anciana. Que no se tiñera el pelo y vistiera de medio luto por la muerte de su marido influían en esa percepción de ancianidad. Era una vejez militante, como si se hubiera dicho: esto es lo que me toca, esto es lo natural.

Las cosas han ido cambiando progresivamente y cada vez aceptamos con menos resignación el paso del tiempo. Tiene su lado bueno, que yo creo que es el que nos afecta a la mayoría, pero también otro muy extravagante.

Porque en esto, como en todo, hay clases y no es lo mismo envejecer con lo justo que hacerlo con tanto dinero como poco seso. Así, se hacen operaciones e injertos y se buscan novios con un afán que unas veces roza el ridículo y otras resulta casi una traición a la vida.