Con razón o sin ella, lo cierto es que mi condición de exfumadora me inclina a sentirme con más derecho a opinar sobre la ley del tabaco que otros que nunca han encendido un pitillo.
Como argumento es una tontería, lo sé; pero no lo puedo evitar. Para algo tiene que servirme tanto años de quemar dinero, toses mañaneras y aroma a eau de cenicero.
La ley del tabaco y el derecho o no a fumar donde a cada uno le dé la gana es motivo de discusiones sin final en muchas páginas web y otros lugares de Internet. Pasa como con los perros: todo el mundo tiene una opinión, porque todo el mundo lo ha sufrido, por activa o por pasiva.
Hay quien lo ha sufrido en el grado mayor porque ha perdido a alguien querido que aún seguiría vivo si no hubiera fumado. Desde ese nivel máximo de sufrimiento hasta llegar al que le molesta que su interlocutor huela a cigarrillo, hay una amplia gama de males,
Las maldades del cigarro son numerosisimas. Pero bondades no encuentro ni una. Y fui una gran fumadora, así que sé lo que vale un cigarrillo después del café o al terminar ciertos ejercicios gimnásticos. Pero ni así, ni recordando eso que sabes que recuerdo, podría hablar de una bondad del cigarrillo. Sencillamente, porque ahora sé que todo me gusta más sin humo.
A mí todo eso me ha costado muchos años aprenderlo y lo he entendido después de dos décadas de comprar cajetillas de tabaco y perder mecheros. Todo porque a mí me tocó nacer y vivir hasta cerca de los 40 en una sociedad donde fumar estaba bien visto. Tanto, que se fumaba hasta en la consulta del médico, en clase, en la televisión, junto a un recién nacido o en la habitación de hospital de un enfermo del pulmón.
Ahora, los niños, los jóvenes, los que vengan después y nosotros mismos vivimos en una sociedad hostil al tabaco y eso está muy bien.

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