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Archivos Octubre 2010

Muchos políticos están convencidos, a juzgar por su actos, de que el resto de los mortales somos idiotas y, la verdad, es que nuestra falta de respuesta a muchas provocaciones da que pensar que sí, que lo somos.

Cuando empecé a trabajar como periodista sentía mucho respeto por las personas que ejercían puestos de responsabilidad. Era tan inocente que no pensaba nunca mal, después ya empecé a pensar un poquito mal y ahora lo que me cuesta es pensar bien.

La excepción no es la regla en esto, desgraciadamente. El político raro es el que reúne las condiciones que, a mi juicio, debería tener una persona que se dedica a organizar la vida de los demas y a administrar su dinero.

No hablo siquiera de corrupción, no creo que esté tan extendida como parece. Hablo de sentido común.

Me acuerdo mucho de él cuando leo cosas como esta: El Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria plantea que la nueva ordenanza de tráfico prohíba "cerrar las puertas del vehículo, tapas de motor o maletero con brusquedad", según ha escrito el periodista Javier Darriba.

Quería hablarte de la nefasta moda del "ese". Fíjate en un reportero de televisión o en cualquier habitual de los micrófonos, por uno u otro lado (del micrófono) y atento a los "ese".

De unos meses para acá, quizás más, llevo observando con pavor cómo se extiende esta moda cursi y absurda que, a poco que nos descuidemos, acabará siendo norma.

Es como "el mismo" o " la misma", una costumbre que me rechina.

Ahora ya las cosas, los asuntos, los problemas no son suyas o suyos, de él o de ella, son de la misma o del mismo, que no hay que olvidarse de esa otra cusilería. (Zapatero dijo hace unos días que iba a nombrar a Fernández de la Vega miembra ¡miembra! del Consejo de Estado.)

Contra el mismo o la misma ya no hay nada que hacer, pero creo que aún podemos hacer algo contra el "ese". Me explico:

Por algún motivo que se me escapa -quizás por pendatería-, alguien tuvo la original idea de cambiar el adjetivo demostrativo "este" (esta) por ese (esa). Tal vez pensó que era muy elegante. Lo triste es que la idea ha ido prosperando.

Te pongo un ejemplo y ya no digo más: La reportera está hablando de un acto que tiene ahí, justo a su espalda; de un acto conocido, identificado, cercano, lo puede coger con la mano, pero ella no dice "este acto"; no, ella dice "ese acto".

Y lo dice con con cierta pendatería, como si el "ese" dotara de misterio o tal vez de glamour al sustantivo que acompaña.

¿O debiera decir 'desacompaña?

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(Las fotos son de mi mañanita de sábado. Una es de guris en la playa de Las Canteras donde nos dimos un baño glorioso, y la otra de unas rocieras en plena calle de Léon y Castillo. La globalización) playa.JPG

Me llama un amigo peninsular para preguntarme por el mar canario. Lo hace no sin cierto retintín, aunque él no pertenece, de ninguna manera, a esa mayoria continental que ignora todo o casi todo sobre Canarias.

Cualquier canario que haya estado en la Península puede contar más de una anécdota sobre lo poco que se sabe de nosotros en el resto del país. Es normal. Estamos más lejos de Madrid que Holanda, como le gusta decir a mi amigo Cristóbal. Pegaditos a África y con tanta relación con Latinoamérica que se diría que somos trozos desgajados de aquel continente.

Nuestro clima, nuestro acento, nuestras costumbres, nuestra gastronomía, ... casi todo lo nuestro es más distinto que otros distintos de dentro de la misma Península, y eso es por la distancia, porque hay mar por medio. También porque somos pocos, apenas un par de millones y tenemos poco peso -aunque digan que hay muchos obesos-.

Los tópicos contribuyen a la fenomenal empanada, pero no los culpo. Yo tampoco sé mucho de Cuenca o de Huesca, de Zamora, de Toledo o de Castellón. Lo que pasa es que ellas tienen mucho en común con Madrid, Zaragoza o Valencia y no tienen que defender cosas extrañas como mares interiores y locuras parecidas.

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Los franceses están a punto de paralizar el país porque Sarkozy quiere elevar la edad de jubilación de 60 a 62 años. Aquí hicimos una huelga contra la reforma laboral, pero, con tan pocas ganas, que el tiro ha salido por la culata y en vez de cuestionar me temo que sirvió para respaldar el cambio del gobierno.

Ahora, el objetivo es elevar la edad de jubilación a los 67. Cuando eso ocurra seguro que nosotros nos vamos a la playa para evitar complicaciones.

(En la foto, un clásico en Gran Canaria. la vista del Teide en un día de cielo claro.La foto la hice ayer con el móvi.)

Esta mañana, como todas las semanas, he ido a ver a mi amigo Pedro, vendedor de la ONCE, para comprar mi cupón del viernes. Lo hago por el cupón, pero sobre todo por el placer de charlar con él. Al llegar ya me dijo que le parecía que ya había estado por allí esta semana. Saqué el cupón, vimos la fecha y comprobamos que él tenía razón, ya llevaba en el monedero el número para el 15 de octubre.

Un festivo a mitad de semana despista. Ya decían en la Ser el miércoles que ese día era "relunes", porque el martes había sido como un domingo extra.

Antes de ver a Pedro, he tenido el gusto de toparme con un camarada conductor la mar de optimista. O eso me pareció.

Estábamos varios coches parados en un semáforo y él con nosotros. Conducía un pedazo de cuatro por cuatro, enorme, llevaba la ventanilla abierta y cantaba a pleno pulmón aquella preciosa canción del folklore insular que dice "... a Canarias vino un día una inglesa soñadora, que el ver el cielo quería siempre azul y a todas horas... "

Llevaba esta canción puesta en la radio del coche, que sonaba por debajo de su vozarrón. Lo gracioso es que miraba al resto de los conductores y continuaba cantando con mucha seriedad, como si estuviera en un escenario, o así.

Me dejó pegado su optimismo y la canción también.

Y de la actualidad me quedo con la noticia del año o de la década: el rescate de los mineros, que empezó como tragedia y ha acabado en comedia.

Qué historia hubiera sido en manos de Azcona y Berlanga.

Todo tiene arreglo menos la muerte, por eso nos conmociona tanto. Más cuanto más cerca. Acaba de morir Adán Martín, un hombre que fue presidente del Gobierno de Canarias en la primera mitad de esta década, y la noticia ha cosechado un sinfín de comentarios en las ediciones digitales de los periódicos. Centenares de ciudadanos anónimos expresan sus condolencias con un arrobo que causa cierto estupor. ¿De verdad lo sienten tanto?

Es humano creer que sí, que honradamente sienten la muerte de un hombre risueño que les suena de verlo en los periódicos o en los telenoticias y cuya desaparición es una injusticia, como todas las que se producen antes de tiempo.

Desde luego que hay condolencias sinceras, las de aquellos que intentan ponerse en el lugar de los deudos o del propio finado; las de quienes de verdad lo conocieron e, incluso, las de aquellos que no saben muy bien quién fue, pero que lo sienten como sentirían la de cualquier otro congénere.

Pero hay otras que no son tan auténticas y que más parecen competir en un concurso de tristeza. En un entierro el importante es el muerto, y en este caso, la amplificación de los medios de comunicación y la relevancia que tuvo en vida, convierten su entierro, además, en acontecimiento social.

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En el velatorio de una persona mayor a la que yo apreciaba mucho, uno de sus hijos me dijo que me fuera, que no servía para nada estar allí, porque su madre estaba muerta y ya cualquier cosa que intentáramos hacer por ella no tenía ya ningún sentido. Tuve que admitir que llevaba razón y me fui algo dolida, porque, en el fondo, lo que había hecho era resaltar el hecho de que yo esperé demasiado y cuando quise despedirme ya era tarde.

Recordé este episodio al leer comentarios de ciudadanos que critican el hecho de que el Gobierno de Canarias decidiera otorgar a Martín la medalla de oro de la Comunidad Autónoma a las pocas horas de su fallecimiento, ¿para qué si ya no se va a enterar?

Porque los discursos, las medallas, las condolencias sinceras y las lágrimas no son para el difunto, sino para sus familias y también para todos nosotros, los que seguimos quedando aquí. La fanfarria sirve para enmascarar el recordatorio de la muerte, como el azúcar que me ponía mi madre en la cucharita con la aspirina desleída en agua. .


(En la foto de Arcadio Suárez, el féretro con los restos de Adán Martín, camino de la iglesia),

Este sábado fui a ver una función de ballet con mis hijas y una de sus amigas. Como llegamos con bastante antelación, nos sentamos en la cafetería del teatro a tomar un tentempié. Acabamos y decidimos que aún nos daba tiempo de hacer otra cosa antes de que abriera la sala. Como soy muy impaciente, no esperé a que viniera el camarero para pagar y fuí a su encuentro para hacerlo cuanto antes.

Él estaba en la barra cargando su bandeja con otro pedido. Le dije lo que quería y él me respondió: "17".

Terminó de completar su bandeja y se marchó en dirección a la terraza. Yo me quedé mirando a los tres camareros que esperaban tras la barra. Los tres estaban con los brazos caídos a la espera de trabajo, pues era un momento de tranquilidad.

Ellos me miraban y yo les miraba. Y, como tardaban, reiteré: "Me hacen la cuenta, por favor".

Uno de ellos, el que estaba más cerca de la máquina registradora, me contestó con una sonrisa: "17".

Yo le respondí: "sí, la 17".

Y así estuvimos unos minutos. Yo, con prisa, pero tranquila, pues la sonrisa del camarero impedía cualquier asomo de enfado por mi parte, pero el hecho es que no me hacía la cuenta de la "17" y ninguno de los tres hombres que estaban tras la barra estaba haciendo nada en absoluto.

Al cabo de unos instantes, volví a insistir: "La mía es la 17, me haces la cuenta".

Y él, todo sonrisas, contestó de nuevo: "17"

Así estuvimos quizás diez minutos. Yo decía "17" y él respondía "17". No caí hasta el cuarto o quinto "17". ¡17 era la cantidad que debía pagar!

Cuando lo entendí, me entró un ataque de risa, pagué y salí de allí bastante más divertida que avergonzada. El camarero, sin embargo, mantuvo la compostura hasta el final. Todo un profesional.

Necesitaba un día como el de ayer para hacer lo que hice. Me refiero a que no habría podido llevar a cabo aquella tarea, si el ayer no hubiera sido uno de esos momentos de optimismo que supongo que todos tenemos de vez en cuando.

No sé si podrás ponerte en mi lugar, porque sé que en esto soy un bicho raro. Te lo voy a contar: ¡Visite mi perfil de Facebook! Sí, esto fue lo que hice..

Todo tiene su explicación: Me paso el día tras un teclado. Así que es fácil de entender que cuando llego a casa por la noche puede que no me apetezca abrir el portátil y vérmelas con otro teclado, como estoy haciendo en este preciso momento. teclado.jpg

Lo de Facebook fue una relación que comenzó mal. Cuando me decidí a entrar lo hice por nostalgia y no por curiosidades tecnológicas. Me encontré a una amiga del colegio,-sí, de la época del cuplé-, que lleva mucho tiempo viviendo una doble vida: la de carne y hueso y la virtual. Y me dijo que esa otra vida virtual estaban muchas de nuestras viejas compañeras de la infancia y como yo añoro mi infancia -sin estridencias-, me animé a hacerme socia de Facebook.

Ahora bien, si tenemos en cuenta que tarde más de dos horas en encontrar la forma de colocarle la tarjeta sim a mi iphone y que dediqué otras dos a averigüar que tenía que enchufarlo al ordenador para echarlo a caminar, es fácil de entender que lo mío con Facebook fue desde el principio una odisea.

Te ahorraré detalles, pero mi entrada en esa red social fue torpe y complicada. Además, coincidió con un problema muy gordo que tuve en el portátil y que ya he contado en alguna ocasión. Requirió una compleja y arriesgada operación de trasplante, que pudo llevarse a cabo gracias a la inestimable intervención de mi amigo A., experto en la materia.

Vete sumando obstáculos. A mi propia torpeza, la del aparato, que no acababa de coger rumbo, y después: la ansiedad.

Resultó que, como ya había cogido piso en Facebook, las visitas comenzaron a llegar sin esperar a que yo terminara de poner la casa y venga a llegar correos, correos y más correos con solicitudes de amistad, invitaciones y otras proposiciones siempre muy honestas que yo no me veía con ánimo de corresponder.

Primero porque no tenía portátil y después porque había olvidado la contraseña, y como la bola continuaba engordando, cada vez me daba más pereza abrir mi pisito de Facebook. Temía encontrarme a todos aquellos amigos con los que había sido tan poco delicada, de sopetón. Siempre pensaba: ya lo arreglaré mañana.

Y así pasaron meses, hasta que el otro día lo comenté en el periódico y mi compañera Esther me dijo que quizás podría contarlo en este blog. Y eso he hecho. Pero antes, ayer, no sé cómo, reuní las fuerzas necesarias para abrir mi apartamento en la red social y empezar a recibir visitas, no muchas, no creas. Me temo que tardaré en volver.

(La foto es de archivo)

Que el mundo está mal repartido no es ninguna novedad, pero hay días que los teletipos cuentan historias que me dan de lleno en el corazón. Y sólo son dos fotos.
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Según el pie de foto de la primera, Karima Bibi (a la izquierda) es la madre de estos dos bebés siameses y permanece con ellos en una ambulancia, mientras en el exterior su marido protesta porque se niegan a operar a los niños. Sucedió este sábado en Karachi, Pakistán.

La segunda foto que, como la primera, está firmada EFE / Hyder Ali, muestra a los dos bebés plácidamente dormidos, ajenos por completo a su terrible situación.

Ví estas dos fotos mientras revisaba el teletipo en el periódico. La situación de la madre me sobrecogió, traté de ponerme en su lugar y de hacerme a la idea del tamaño de su desesperación.

Decía que el mundo está muy mal repartido: en el mismo repaso por el servicio de agencia me topé con esta otra noticia sobre París Hilton, una chica sinsustancia como diría mi madre.

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