Los terribles presagios de las previsiones metereológicas que incluyen ahora un vocablo nuevo (ciclogénesis explosiva, que, por cierto, más parece un tipo de muerte celular que un fenómeno invernal), me traen el recuerdo de Judy Garland, cuando mucho antes de convertirse en la mamá de Liza Minelli, volaba arrastrada por el viento al encuentro del mago de Oz.

Archivos Febrero 2010
En el último mes y medio he estado en dos fiestas de cumpleaños para adultos. Como ya habrás supuesto no hablo de cine X ni de pornografía, ni tan siquiera de aquellos dos rombos que truncaron las veladas televisivas de nuestra infancia. Lo de adulto viene por la edad de los protagonistas.
Se trataba de celebrar los primeros cincuenta años de un señor en un caso y de una señora, en el otro. Fueron fiestas muy divertidas, emotivas y entrañables, pero no las traigo a colación por eso. Lo normal es que una fiesta de estas características sea emotiva, divertida y entrañable, si no, ni es fiesta de cumpleaños ni es nada.

Las traigo a colación por la idea que me viene rondando a partir de la polémica que ha generado la intención del gobierno de extender la jubilación hasta los 67 años. Hillé lo segundo con las fiestas, que fueron primero, ya que, al fin y al cabo, a los protagonistas de ambas sólo les queda 17 años para jubilarse -a mí seis años más-.
Volví a hilar, esta vez con una de las sensaciones que guardo en los cajoncitos de mi memoria y me acordé de lo viejos que nos parecían las personas de 50 -incluso de 40- cuando éramos niños. Es verdad que los niños tienen un punto de referencia distinto al nuestro, pero también es cierto que los cincuentones de ahora ya no visten ni se peinan ni piensan como los de los años 70.
Hay infinidad de consideraciones que añadir: la forma de vestir, las costumbres, las mejoras sanitarias etcétera, etcétera. Todo secunda la idea de que los 50 de ahora bien podrían ser los 40 de hace diez años o, incluso, los 30 de hace 20.
Hilaba pensamientos y de repente me dije, cáspita, ¿y no será esto la eterna juventud?
Una juventud que no es para siempre, pero sí para mucho. Nuestra generación -en los países ricos- disfruta del doble, quizás del triple, de tiempo del que disponían las generaciones anteriores o disponen ahora ciudadanos de otros países.
En Suazilandia, el último estado de la tabla que figura aquí, la esperanza de vida es de apenas 33 años. La misma que en el Paleolítico Superior, según la misma entrada de la Wikipedia.
Nosotros tenemos la posibilidad de morir a los 80 por el hecho de haber nacido en España. En la Grecia de Pericles la media era de 28 años. A priori nosotros podremos vivir varias vidas griegas. ¿Construiremos un partenón?
Es triste decirlo, pero puedo presumir de ser una experta en tabaco. Fui una gran fumadora durante un par de décadas y lo dejé del todo hace un año, gracias a una sesión de hipnosis inquietante pero efectiva.
Cuando digo que soy una experta en la materia, me refiero a la parte de la materia que domina un consumidor -o víctima-, no a la parte que corresponde a un fabricante, agricultor, comerciante o, en la otra banda, a un científico que combate o detecta sus pavorosos efectos.
Cuando escribo estas líneas tengo en la mente la imagen de dos mujeres que conozco y que están muy enfermas a causa del tabaco. Tu sabes que el tabaco es malo, pero verlo tan cerca lo convierte en evidente.
Digo que soy una experta y lo soy como consumidora. Sé lo que es levantarse y tomarse un café con avidez, porque después viene el pitillo. Si hablaba por teléfono, encendía un cigarrito, si ponía en marcha el coche, si empezaba a estudiar, si iniciaba una charla... Yo era de las fumadoras capaces de reencender una colilla del cenicero o de vestirse a una hora intempestiva para salir a la calle a la búsqueda de un bar abierto donde comprar tabaco.
Pero de eso hace ya mucho tiempo, porque antes de dejarlo del todo pasé por unos años de fumadora vergonzante durante los cuales reduje bastante el consumo.
Desde que no fumo, huelo mejor y soy mucho más feliz. Como me dijo un veterano ex fumador hace ya algún tiempo, al poco de dejarlo te da la sensación de que nunca has fumado. Yo casi me siento así, como si nunca hubiera fumado, con la diferencia de que aún puedo ponerme en el lugar de los que fuman, tanto de los que quieren dejarlo como de los que no. Sé a qué les sabe la boca, cómo respiran después de subir una escalera, cuánto odian las toses mañaneras y cuan convencidos están de que nunca podrán dejarlo.
Hace unos días la Sociedad Española de Epidemiología calculó en 1.500 el número de muertes que se habían evitado cada año desde que en 2005 se aprobó lo que se conoce popularmente como la ley del tabaco. Ahora, y tras anunciar un recrudecimiento de la norma, el Gobierno dice que no, que va a esperar a terminar con la presidencia de la UE, que le da mucho trabajo y que ya después se pone a ello.
Yo léi una cosa, leí la otra y no pude remediar pensar en las dos mujeres enfermas que conozco y en si sería posible saber cuántas muertes se evitarían si no hubiera que esperar por Europa.
La primera clasificación de un domingo es por sus partes, puede tener dos o nada más que una. El que tiene dos se divide en mañana resplandeciente (aunque llueva) y tarde prometedora; el segundo es como un cuerpo sin cintura, va todo en la misma pieza.
Cada uno de estos dos tipos de domingo tiene subtipos y sus correspondientes subespecies. Yo hoy tuve domingo largo y con cintura, con mañana resplandeciente y tarde prometedora, que tuvo lugar, además, en plenos carnavales de una ciudad tan carnavalera como es Las Palmas de Gran Canaria, donde tiene usted su casa.
Y si por la mañana aún alcancé para ver a algún rezagado de la noche anterior y para oír al encargado de una gasolinera dar gracias al cielo porque esto de los carnavales es sólo una vez al año; por la tarde opté por una solución muy apropiada para el domingo concreto que viví hoy, que, además de tener cintura, puede inscribirse en el género de los ni fú ni fá -que es también el nombre de una murga chicharrera- es decir, en el de los sosegados, domésticos, confortables y algo sosos. Cogí la bicicleta y me fui a callejar por la ciudad.
Lo hago de vez en cuando en tardes como ésta, con poco tráfico y mucho día aprovechado a la espalda. Me pongo unos cascos con la música, me echo a la calle y me siento como si me metiera en un videoclip..
En eso estaba, cuando sonó en mi cabeza Slowly de Aute, que me llevó del golpe a una etapa muy añorada del pasado. Entonces pensé en escribir sobre el tremendo poder evocador de las canciones. Algunas huelen, otras dan calor y a veces hay alguna que logra que me ría sola.
Pocas veces se ha escenificado tan bien una caída en desgracia. Sucedió ayer en el Museo de Cera, en Madrid. La figura de Jaime de Marichalar salió en carretilla del museo rumbo a un almacén, donde dicen que la van a guardar por si acaso.
La foto que cuelgo es de Efe, pero yo la noticia la ví en televisión. Las cámaras captaron el momento en que la imagen en cera del ex de la Infanta salía de cuadro torero donde lo habían reubicado tras el "cese temporal de convivencia". Una vez que el cese se ha convertido en definitivo, don Jaime -ahora Jaime a secas- ya no pinta nada en el museo, reservado a los que son alguien. Sic transit gloria mundi, que dirían los clásicos.
Para la mayoría de nosotros la macroeconomía es un arcano misterioso que sube y baja por razones caprichosas. Situaciones inexplicables como la bancarrota de todo un estado-¿cómo puede hundirse el país del Partenón?- contribuyen a acrecentar nuestra perplejidad, pero no tanto como el hecho de que en medio de tanto retroceso una empresa del sector más señalado diga que en 2009 tuvo ¡9.000 millones de beneficios!
No me pareció especialmente atlética cuando me la presentaron en la cena de clausura de una reunión profesional, pero me dio su teléfono con tanto entusiasmo, que la cité para un partido de pádel en cuanto me fue posible,
Diremos que se llama Avi -este no es su nombre real, pero lo usa en las distancias cortas-, y que es andaluza, aunque cuando yo la conocí llevaba ya una docena de años de intensa residencia en Las Palmas de Gran Canaria, y digo intensa porque, como más tarde se verá, no fue la protagonista de esta historia una visita de cumplido.
(Ni ella, ni su consorte, que aquí la pareja es elemento quintaesencial)
Pocos días después de aquel encuentro fortuito, la llamé para jugar a la hora de comer de un día bastante caluroso. A pesar de que seguramente le cambié los planes, porque la avisé con escasa antelación, le pareció todo estupendo: la hora, el sitio, las otras jugadoras y no es que le gustara el calor, porque no es tonta, precisamente, pero lo encajó con tanto optimismo que hasta me pareció que había refrescado.
(Entonces no sabía que el buen humor y las ganas de agradar eran elementos estructurales de su forma de ser.)
Jugó y jugó tan bien o tan mal como las demás y en un descanso, entre set y set, abrió una gran bolsa de deporte que había traido al hombro y sacó una botella de agua. No era una botella de las pequeñas, como la que lleva la mayoría, no; la suya era de las de dos litros y además estaba fría. En la bolsa también había unos vasitos de plástico, nos invitó a nosotras y a los de la cancha de al lado. Y después acabamos el partido.
Aquel fue el principio de poco más de un año de encuentros semanales para jugar al pádel, que acababan siempre con un cortado y un rato de charla. También coincidimos en una cena de homenaje a un amigo común, en dos fiestas de cumpleaños y en su propia despedida, que ha sido hace unos días.
Nada más, porque no hubo tiempo. Una de esas vueltas famosas que da la vida ha hecho que la pareja se traslade a la Península y, como auguró ella misma en su fiesta, nos volveremos a ver, pero ya no será lo mismo.
Una de las personas que intervinieron en el homenaje de Avi, Meri, compañera del mismo gremio, dijo , entre otras cosas, que "uno es lo que va haciendo", una frase que a mí me llegó como un fogonazo, como esas bombillas que se ponen encima de los personajes de los tebeos cuando tiene una idea genial. Se es lo que se va haciendo, claro, pensé, un goteo que va calando ...
También, en la misma reunión, concurridísima, hablaron dos de las amigas que hizo en la Isla y que formaron parte de su círculo privado. Una de ellas expuso que se habían hecho amigas sin darse cuenta, "de a poco". Creo que usó esta expresión que yo adjudico a los argentinos y que tiene mucho que ver con el se es lo que se va haciendo.
Decía que la visita larga -doce años- del matrimonio gaditano no fue de cumplido. No hicieron mis amigos como algunos que se trasladan en cuerpo, pero no en alma. Me refiero a los que no hacen migas con la gente del lugar -se cual sea este lugar- o quieren, como los guiris en Maspalomas, que los super vendan el queso de su tierrra y los bares sirvan pintas en lugar de botellines. Son gente que se muda, pero no se mueve.
No fue el caso de esta pareja, que hizo amigos, se aclimató a lo isleño, se hizo querer y quiso lo suyo. Y así la despedida fue, en verdad, multitudinaria y muy entrañable porque hablamos de personas estupendas.
Ahora que ya se han marchado, me doy cuenta de cuánto me caló ese chirimiri andaluz de buen humor, bondad e inteligencia, y que ahora mismito, mientras escribo estas líneas, me llena de nostalgia.
