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Archivos Diciembre 2009

Leo en la edición impresa de CANARIAS7 que fulanita se va "con pena" de la viceconsejería que ocupaba hasta ayer y que (..) considera que ha realizado un buen trabajo en un sector (esto lo añado yo) que pasa por una de las peores crisis de toda su historia.

No la identifico porque hay tantos que actúan como ella, que sería hasta una injusticia ponernos ahora a decir quién es la fulanita en cuestión. Ella sólo representa a un prototipo que es especialmente frecuente entre la clase política.

Antes me producía rechazo esa incapacidad para reconocer errores o negligencias de los políticos desabuelados; ahora, hasta me admira ese desparpajo. Como fenómeno, y no como virtud.

"Haciéndonos viejos" es uno de esas expresiones hechas que se te salvan una conversación cuando alguien te pregunta por tus hijos y tú estás -mentalmente- en otro sitio. Hay expresiones que vienen de los tiempos de Matusalen y que no han perdido vigencia, aunque huelan a rancio.
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Como las plantillas que vienen como opción en los teléfonos móviles para agilizar la escritura de sms, las frases hechas las llevamos en el fichero común de la lengua y las usamos cuando conviene.

A veces tardamos en entenderlas, como ésta de que los niños hacen viejos a los mayores. Yo no he venido a comprenderla hasta tener hijos y sobrinos a mi alrededor y descubrir cómo el tiempo se nota en ellos.

Esto también me pasa con cada cambio de año, que es cuando te paras y te dices: ¿2010? ¡Pero si fue ayer cuando empezamos el siglo! Pero no es así; de ayer hace ya mucho tiempo. O como me decía una amiga: "Ahora de todo hace veinte años".


(La foto es de Fernando O=jeda y fue tomada el 1 de enero de 2009 en la playa de Las Canteras, en Las Palmas de Gran Canaria)

El problema de las micciones caninas es un tema que me preocupa. Ya he escrito sobre él aquí y también aquí . Hace poco, además, el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria ha anunciado una ordenanza en la que abre la mano sobre este particular, a petición de un grupo de dueños de perros que quieren pasear con sus mascotas por el paseo de la playa.
A mí, me sigue pareciendo un problema serio y la complacencia del ayuntamiento, una temeridad, pues supone extender la meada, con perdón, a zonas limpias de la ciudad.

Como internet es como es, un señor de Barcelona que se llama Fernando Hernández Sánchez se ha puesto en contacto conmigo para ofrecerme una solución. Ha patentado y acaba de sacar de fábrica un "pipicán". Sí, señores y señoras, un nuevo artilugio para liberar las esquinas de la ciudad de esa sustancia pestilente formada por decenas y decenas de capas de micciones caninas. Me limito a reproducir la nota que ha enviado con las características del invento y varias fotografías.

Se llama "urinario para can modelo Ruski". Y se trata de un "innovador urinario para perros, elegante y modernista; de diseño estilizado, pero robusto".
Según me escribe Fernando, es "versátil", ya que hay distintos modelos, sin que ninguno de ellos pierda la "misma línea estilizada e innovadora".

Está hecho de acero inoxidable. La base es una plataforma circular, lo que evita rincones con suciedad. Tiene un sifón interior que elimina la posibilidad de que surjan olores del subsuelo y también un sistema de descarga (supongo que de agua), que se acciona con un pulsador para limpiar la deposición.
"Con el urinario para perros evitaremos que las fachadas de nuestros edificios y monumentos ya no estén sucias y parques, farolas, jardines", afirma su inventor.

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(El dibujo y las fotos son del pipican Ruski y me las manda Fernando, su inventor. Tengo su teléfono por si a alguien le pudiera interesar)


Hace unos días quedé con unas amigas para hacer un pizco de deporte. En una de las interrupciones del juego, dos de nosotras aprovechamos para beber agua. Bebíamos al estilo botijo de unas botellitas de plástico y a las dos se nos mojó el escote.

Hacía bastante calor y nosotras sudábamos debido al esfuerzo, así que sentir el chorrillo helado cayendo barbilla abajo fue muy agradable.

Eso me dijo mi compañera. Me comentó que le encantaba mojarse "el canalillo" y yo estuve de acuerdo. Es más, apunté que, a nuestra edad, ésa era una de las escasas ocasiones en las que podíamos darnos ese gusto en público sin que nos miraran mal. Añadí que quizás nos gustaba tanto porque nos recordaba a la infancia.

Dejar caer el agua por el canalillo cuando una bebe al estilo botijo -o al estilo bota si es de vino-, es un placer infantil y refrescante y, además, tiene un ingrediente de rebeldía que no hay que despreciar. Pero yo valoro más lo primero, lo de la vuelta a la infancia, porque ya he dicho en más de una ocasión que soy una sentimental.conta.jpg

A lo mejor por eso me gusta tanto la serie Cuéntame, a la que acaban de dar hoy el primer Premio Nacional de Televisión. Hay momentos del programa que me transportan a mi infancia, casi tanto como me ocurrió el otro día con el refrescante y casi pecaminoso desbordamiento de agua mineral sin gas.

En la foto, las dos parejas protagonistas de Cuéntame en las calles de Vegueta, el barrio histórico de Las Palmas de Gran Canaria.

En estos momentos Aminatu Haidar se juega sus últimos cartuchos y no es un juego de palabras. En verdad, hace equilibrio sobre el filo de la navaja. De un lado, la muerte y el final; del otro, la vida, los hijos y tiempo para emprender más batallas.

A la vista de lo que ha conseguido ya -devolver su causa al foco internacional-, cabe preguntarse ¿quién ganaría qué con su muerte?

Para mí, el triunfo sería vivir.

No hay nada que duela más perder que lo que ya se acaricia con la punta de los dedos. No sé si esa fue la intención de Marruecos cuando frustró a última hora de ayer el regreso de Amitu Haidar a casa, pero lo parece. Una refinada forma de tortura.

Esta mañana he escuchado a la consjera de Bienestar Social del Gobierno de Canarias, Inés Rojas, en la radio. Entre otras muchas cosas, dijo que había hablado con Aminatu Haidar, la mujer saharaui en huelga de hambre en el aeropuerto de Lanzarote, en uno de sus constantes ires y venires de la isla, que es la suya de residencia.

Lo que me llamó la atención es que precisara el hecho de que la entrevista se había celebrado en privado, "sin llamar a los periodistas".

La importancia de la publicidad en nuestra sociedad, no como hecho comercial, sino como acción de hacer público algo, se está apropiando de tal manera de todo, que casi diría que es la principal característica de la era que vivimos.

Si no se hace público, no existe. Parece que es más sustancial el que se vea que el que sea. Hasta tal punto es así, que las mentiras también pueden ser noticia. Y no lo digo por el desgraciado caso del joven Diego, un error por el que nos hemos disculpado todos, sino por otras mentiras que me parecen mucho más peligrosas: las que son a medias y cuesta mucho distinguir de la verdad.