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Archivos Noviembre 2009

Hace unos días, cuando saltó la primera información sobre los supuestos malos tratos a la niña Aitana escribí la entrada titulada Noticias que estremecen . Ayer, domingo, Emma me dejó este comentario: "ahora a rectificar Ángeles", y anoche Cuinpar, que había opinado sobre el supuesto abuso, escribió: "(Y ahora es cuando una servidora se está comiendo con papas todo lo que dijo y pensó...)"

Se refieren las dos al auto judicial que se conoció el sábado y que se puede leer aquí . En este auto, el juez decreta la libertad provisional de Diego P.V. , porque según la autopsia practicada a la niña, ni sufrió abusos ni fue maltratada ni tiene quemaduras. Murió a causa de un caída fortuita.

Entre la nota de prensa de la Guardia Civil del miércoles, en la que se anuncia la detención de un joven por "como presunto autor de sendos delitos de abusos sexuales y lesiones a una niña de tres años", según la agencia Acnpress, y el auto de puesta en libertad, se produjo la muerte de la niña.

En esos días todos los medios de comunicación canarios, y los más importantes del ámbito nacional (el telediario de TVE o los informativos de la SER, por ejemplo), siguieron la noticia. Es un hecho relevante y el telediario de TVE llegó a hacer conexiones en directo con el hospital donde trataron de salvar a Aitana.

¿Cómo no íbamos a hacerlo? Si la Guardia Civil informa de un delito en una nota de prensa, los medios difunden la noticia. Lo hacemos todos los días. No hay razones para dudar de que la Guardia Civil haga unas acusaciones tan graves, si no está razonablemente segura de ello.

Sin embargo, el desaguisado es de tal calibre que los medios de comunicación no podemos excusarnos en que nosotros no detuvimos a Diego, ni enviamos la nota de prensa, ni tan siquiera activamos el protocolo que tiene Sanidad para presuntos casos de abusos o malos tratos.

Nosotros lo contamos, difundimos la foto del joven y lo relacionamos con unos hechos terribles. No sólo se le ha muerto la hija de su novia, con la que vivía y a la que seguramente quería, también le han detenido, acusado y colgado en la moderna plaza pública que son los medios de comunicación. Además, con internet, su imagen ha dado la vuelta al planeta, no hay nada más atractivo que el morbo. Somos así.
prenafeta1.jpg En lo que respecta a nosotros, los periodistas, creo que debemos aprender la lección y ponernos en guardia. Porque no es la primera vez que ocurre, aunque no recuerdo un error tan grave y evidente.

En los últimos tiempos, el derecho a la presunción de inocencia parece haberse diluido en aras de una justicia que más parece del lejano oeste que de la España del siglo XXI. Un episodio del caso Pretoria es un buen ejemplo de a lo que me refiero. La forma en que los detenidos fueron expuestos a los fotógrafos -esposados y llevando una bolsa de basura con sus pertenencias entre las manos-, provocó críticas como ésta , porque era vejatorio, no era necesario y, además, creo que es hasta ilegal. Fue también un hecho inusual, lo normal es que la furgoneta entre al garaje para desembarcar a los detenidos a salvo de las cámaras.

Lo ocurrido con el caso Pretoria es sólo un ejemplo de la ligereza con la que en ocasiones se tratan estos asuntos. Parece que una presunción es suficiente para que te coloquen delante de los focos. Lo hemos visto más veces en Gran Canaria y otros lugares del país. En la mayoría de los casos serán acusaciones fundadas, pero no siempre se acierta a la primera y entonces el daño es irreparable. Como ha ocurrido con Diego, al que hay que pedir perdón.

Hay que ponerse en su lugar y pensar que cualquiera puede ser víctima de un error así. Si me detuvieran con razón o no, agradecería que me protegieran de la voracidad de las cámaras. Con él no tuvimos compasión ninguno de nosotros.

Pero, si la policía, la guardia civil o los jueces pasean al detenido ante las cámaras, a sabiendas de que están ahí, ¿qué debemos hacer: mirar para otro lado o contarlo?

(En la foto, detalle de uno de los detenidos del 'caso Pretoria', cuando fueron conducidos a la Audiencia Nacional esposados y con una bolsa de basura entre las manos.)

Llevo semanas, puede que meses, con las alas cortadas. La culpa es solo mía, por mi ignorancia. Se trata además de una ignorancia que podría tener remedio, si yo no fuera tan recalcitrante. Me refiero a este portátil de mis amores que hoy, 26 de noviembre de 2009, vuelve a funcionar como una seda.

Y no gracias a mí, por supuesto, sino merced a las buenas artes de mi querido A., que es un fiera y un valiente, pues sé de buena tinta que en este cacharrito con teclas y pantalla vivía un alien como el de la película de la teniente Ripley. alien.jpg

Yo no lo ví, pero sé que el alien salió de repente, con las fauces abiertas y dando alaridos. Sé también que no se comió a mi amigo, porque éste, hombre de sangre fría y reflejos de acero, cerró el pc de golpe, con tal fuerza y precisión que el bicho quedó espachurrado entre el teclado y la pantalla.

Ahora mi portátil funciona muy bien y yo he recuperado mi libertad para navegar sin tino. Sólo queda algún restillo de baba del alien, pero ya la voy secando con un trapito

Vivir de las noticias, como es mi caso, tiene muchas consecuencias, efectos, concomitancias y hasta riesgos. Uno de estos últimos es la posibilidad de que, a fuerza de conocer asuntos sorprendentes, acabes por no sorprenderte de nada.

Desde hace veinte años respiro y exudo noticias, como suele pasarle a cualquiera que dedique a este oficio. Sin embargo, tanta novedad no ha acabado con mi capacidad de estremecimiento. ¿Qué otra cosa se puede decir ante titulares como éste
"Detenido por abusar sexualmente y causar quemaduras y lesiones a una niña de tres años"?


El "(...) todo es según el color del cristal con que se mira (...)" de Ramón de Campoamor es una de mis frases de cabecera. Me parece que explica muchas cosas, porque todo depende.

Hace unas semanas, me dirigía a pie con una compañera de trabajo a un bar de menús que hay cerca del periódico, donde solemos matar el hambre cuando no podemos perder el tiempo en ir a casa. Era un día tremendamente soleado, tórrido, y en el polígono industrial donde está la sede del periódico hay pocas sombras. No me refiero a que todo sea perfecto o brillante, sino a que faltan toldos, árboles o tejadillos bajo los que guarecerse del sol.

Aquel día hacía tanto calor a la hora de comer que, si nos hubiéramos cruzado con un beduino en su camello, no nos hubiera llamado la atención. Seguramente, no lo habríamos ni mencionado.

Íbamos tan panchas por la acera, hablando de nuestras menundencias, cuando se nos acercó una mujer bastante mayor, cargada con bolsas de supermercado. Iba resoplando tanto que se diría que iba a explotar.

Nos preguntó dónde paraba la guaga y, como era un poco más allá y nos cogía de paso, me ofrecí a llevarle dos de las bolsas.

Este polígono es una especie de cul-de-sac de la ciudad. Después sólo está el océano. No es un lugar que conduzca a otro y, por lo tanto, el transporte público es muy escaso. Además, para llegar, hay que subir una cuesta larga y empinada que en coche se hace en un pispás, pero que a pie resulta una odisea.

En esta tesitura, entre el calor y el paupérrimo transporte público, acercarse al polígono sólo para comprarle al nieto sus croquetas es una insensatez, de ese tipo de insensateces que solo hacen las abuelas.

Y aquí es donde viene a cuento lo del cristal de Campoamor.

Últimamente voy por la vida como una gran dispersión. Pienso en muchas cosas a la vez y así me va. Las ideas, las preocupaciones o las boberías se me apelotonan en la sesera y, a menudo, me hacen dar trompicones.

Dos episodios recientes lo demuestran. El primero ocurrió en un cajero automático. Saqué dinero - 150 eurazos de mi alma-, pero los dejé en la máquina, asomados a la ranura, pobrecitos míos, allí solos y abandonados.

Recogí mi tarjeta y simplemente olvidé arrancar el fajito de billetes de la boca del cajero. Ocurrió porque mi cabeza iba mucho más rápido y, aunque no había concluido la operación, yo ya estaba en otra cosa.

Lo más tristes es que no me di cuenta hasta varias horas después, cuando abrí la cartera para pagar el menú en un bar. Fue un momento de esos en los que te quedas fría. ¡Recórcholis! ¿Dónde está la pasta?, me pregunté.bil.jpg

Como no te lo puedes creer, porque es increible, abres y cierras la cartera, la reviras, la miras de lado y de perfil... y al cabo de unos instantes, caes en la cuenta: Eres una burra.

Cuando superé el sofocón, corrí a otro cajero para comprobar que, efectivamente, me habían descontado 150 euros, que yo no tenía en mi cartera. Por consejo de una amiga, que mantuvo la cabeza fría pese a mi tribulación, llamé por teléfono al banco, donde una amable -de verdad- señorita me explicó el funcionamiento del cajero automático.

Resulta que el dinero está exactamente 90 segundos en la boca del cajero y que, si nadie lo retira, la máquina se lo vuelve a tragar. Comprendí que tenía una posibilidad y me aferré a ella.

La apabullé a preguntas: ¿Es mucho tiempo 90 segundos? ¿Cuánto tarda una persona en acercarse al cajero cuando se marcha la que está antes? ¿Es normal que la gente coja dinero que no es suyo? ¿Usted qué cree?

He de decir que la telefonista se solidarizó conmigo y me dio esperanzas. No era tanto el dinero -aunque para mí se trata de una cantidad importante-, sino el fracaso, la burrada. Pero la historia acabó bien.

Al día siguiente apareció un ingreso en mi cuenta por valor de 150 euros. Efectivamente, el cajero se tragó los billetes después de los 90 segundos y, como yo había avisado que eran míos, me los devolvieron tras hacer balance.

Entonces vino la segunda parte. Con mi dinero en la cuenta, cogí el coche y di la vuelta a una rotonda con tanta alegría que el móvil, que iba sobre el salpicadero, salió volando por la ventanilla del copiloto, que estaba abierta. Lo ví volar.

Tuve el buen tino de dar la vuelta entera a la rotonda y de parar. Me bajé, expliqué al único coche que esperaba en el ceda el paso que aquellos trozos de plástico que se adivinaban en el suelo eran mi móvil, mi batería y la tapa de mi móvil. El tio se lo tomó a risa, pero yo recuperé las piezas. Las monté y ¿voilá! funcionaba.

Felicité a una amiga alemana por el 20 aniversario de la caída del muro y me lo agradeció con una sonrisa. Por su edad -debe pasar de los 60-, los acontecimientos que dieron lugar a la construcción del muro, su existencia durante tantos años y su posterior caída no son para ella capítulos de un libro de historia, sino episodios a los que puede poner la cara de una abuela, de un primo o de un vecino.

La conversación empezó en Berlín, pero, como suele pasar, fue derivando. Hablamos de libertad y de democracia y ella me hizo una observación que al principio casi me ofendió por un punto estúpido mío de chovinismo, y que después me dio que pensar. Me dijo que muchos españoles aún no habían asimilado la democracia y que con ellos no se podía hablar de según qué cosas.

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Se refería mi amiga a ese tipo de gente que no acepta que los suyos -su partido, su bando-, haya cometido no digo ya un delito, ni siquiera un error. Los suyos, faltaba más, todo lo hacen bien.

Para este tipo de gente, todo gira en torno a la ecuación nosotros frente a todos los demas. Yo no discuto que cada uno piense como le dé la gana, lo que cuestiono es la falta de autocrítica con uno mismo y con los de uno.

Hay gente, ya lo decía mi amiga, con la que mejor no sacar según qué temas, porque no van a ceder ni un àpice. Son los mismos que si tienen que elegir, siempre optarán por uno de los suyos, no importa que sea un saldo o un corrupto, si es de los suyos. Sectarismo lo llaman y hay mucho, mucho, mucho.

(En la foto de la agencia Efe, celebraciones en la Puerta de Brandeburgo por la caída del muro)

"Derramada". Así me dijo que se había quedado sobre la silla. La expresión con la que mi amiga quería hacerme ver lo cansada que estaba, me pareció un hallazgo genial.

Una mujer derramada, más si es conocida, no es un panorama frecuente. Se derraman los colacaos, pero no las mujeres de cuarenta y tantos.

Me la imaginé desbordando los límites de la silla donde se había posado, toda desparramada ella. Y me acordé de los relojes de Dalí.

Antes de ver a mi amiga en ese estado, había pasado por el centro de salud, un lugar tragicómico como José Luis López Vázquez, cuya pérdida lamenta media España o más bien España entera.
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Un centro de salud es un sitio muy serio, porque allí se va a tratar el asunto más serio que puede tener uno, que es la salud propia o familiar, pero hay veces que te entretienes.

Yo esperaba mi turno leyendo un periódico. En concreto, estaba enfrascada en una información de Público sobre Rodrígo Rato, Caja Madrid y Aguirre.

Entonces llegó una señora mayor con bastón, se sentó a mi lado, preguntó si don fulanito estaba pasando consulta y ... metió la cabeza en mi periódico.

Tanto la metió que tuve que mirarla a ver si se daba por aludida. En lugar de eso, me preguntó si el de la foto de mi periódico era Rodrigo Rato; le dije que sí, porque soy una persona que se precia de tener educación.

A ella le pareció que el de la foto no podía ser Rato, que estaba muy viejo. Me armé de paciencia y le aseguré que sí, que era él ... Ella metió un poco más la cabeza hasta casi taparme la visión del artículo que estaba leyendo con su cogote y concluyó que sí, que era él. Me pareció que lo asumía como una derrota.

Después me preguntó que si no me parecía que había sido guapo, le dije que no, ya un poco derramada como mi amiga. Es más: creo que le hubiera dicho que no me parecía guapo, aunque hubiera sido el mismísimo Paul Newman redivivo, sólo por no ceder más terreno ante aquella señora que me empezaba a dar miedo.

"A mí, sí me gustaba", me dijo, "era tan hombre", agregó con un suspiro.

Después de un tiempo fuera de juego debido a lo que mi médico de cabecera calificó de síndrome gripal, vuelvo a la superficie. Estos días de estar en casa sin nada que hacer mas que esperar pacientemente a que el síndrome escampe, me he sentido al margen del tacatá diario. Yo me he parado y me he hecho a un lado, pero el rodaje de la película continúa sin mi personaje.

Una enfermedad venial como es ésta, a la que me dispongo a dar carpetazo en cuanto la burocracia me lo permita, te regala tiempo para ciertas cosas. Yo he aprovechado todo el que he podido para leer y así he conseguido acabar las 626 páginas de María Antonieta. La última reina, de Antonia Fraser, una biografía que me ha atrapado como hacía tiempo.

Salvo algunos errores en concordancias e incluso en términos, que dudo que sean de traducción sino más bien fallos de un corrector informático y que seguramente han sido enmendados en ediciones posteriores (yo he leído la primera de Edhasa, de septiembre de 2006); la narración de Fraser parece hecha para mí. Ya sé que no es así, faltaría más, pero se adapta de tal forma al libro que siempre voy buscando, que me lo he llegado a creer.

Bromas aparte, se trata de un relato histórico sustancioso, una novela magnífica que fue verdad. María Antonieta aquí no es un cliché, es una mujer profundamente humana que disfruta, disparata, sufre e incluso tiene la regla.
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Su propia correspondencia y la de algunos de sus coetáneos, más los testimonios que quedaron escritos, las memorias de algunos de los protagonistas y otras fuentes sirven a la autora para construir un fresco sensacional. Visitamos el backstage de la más refinada corte de Europa, donde una cena para ocho requería de los servicios de 25 criados.

Allí conocemos al "célebre peluquero Léonard" que iba los domingos a Versalles a peinar a la reina y que, entre semana, "dejaba las labores cotidianas en manos de otros, entre ellos su ayudante, conocido como 'le beau Julian" (p.215)

O a la modista Bertin a quien llamaban "la ministra de la moda" ( p.215) : "El despliegue de arrogancia de Rose Bertin se convirtió en un distintivo de su tienda de la Rue Saint Honoré a medida que fue corriendo la voz de que la reina era su clienta" (p.214).

De la torpeza sexual de Luis XVI, que no fue capaz de tener relaciones completas con su mujer hasta unos años después de la boda, a los indicios de una historia de amor entre María Antonieta y un apuesto oficial sueco. Frasier proporciona toda la información que posee sobre la relación entre ambos, pero, con honestidad, no llega a dar por probado que la relación amorosa se consumara.

La autora tiene tiempo para ir al detalle y hacer de la reina una persona con la que nos podemos identificar o, al menos, comprender. Primero, la niña inexperta; después, la joven despilfarradora, marchosa y extravagante; a continuación, la madre y, al final, la víctima.

El puntillismo de Fraser llega a la última celda que ocupó María Antonieta, a su estado físico -menstruaba sin cesar, por lo que aventura que quizás sufría un cáncer de útero-, a las últimas humillaciones -tuvo que hacer pis delante del carcelero-, y a su valentía camino de la guillotina.


(Este es el libro que sirvió a Sofía Coppola para hacer su película. Como siempre pasa, el libro es otra cosa)