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Archivos Septiembre 2009

"Desde que tengo la plancha soy feliz". Me lo soltó así, sin más preámbulos, con la sinceridad y el desparpajo propios de una conversación entre desconocidas. Además, el lugar donde nos encontrábamos la desconocida y yo era apropiado para confidencias. Estábamos las dos en un baño turco, sentadas frente a frente. y entre vapores nos sinceramos en cinco minutos

Se refería a una plancha de las que se usan apara alisar el pelo y no a las que se emplean para quitar las arrugas a la ropa, o para cocinar un bistec.

Y me lo dijo así, con rotundidad, segura de sí misma. Después me fue aclarando que tenía el pelo algo rebelde y que esa circunstancia la había traído de cabeza desde niña.

Cuando llegó mi tiempo me despedí, salí de la cabina y me metí en la ducha con aquella frase en la cabeza. Me pareció que tenía carácter de declaración de principios y que podía equipararse a otras grandes palabras de la historia. Como aquel "juro que no volveré a pasar hambre" de Escarlata O'hara plancha.jpg"

Desde luego, no creo que mi confidente no tuviera otros problemas. No me pareció ni una mema ni una frívola; simplemente había solucionado un asuntillo y los asuntillos también tienen su importancia en el rompecabezas con el que vamos componiendo nuestra felicidad.

Esto sucedió ayer. Esta mañana, mientras me dirigía en coche al trabajo oí en la radio a varios dirigentes sindicales y políticos escandalizados por la jubilación que se lleva un directivo bancario .

¡Tres millones de euros! ¿Qué habrá hecho para merecer tanto dinero? ¿Habrá descubierto una cura para el cáncer? , me pregunté. ¿Será verdad que el dinero da la felicidad?, me volví a preguntar.

Me dejé ir por estos derroteros mientras aguardaba en un semáforo, cuando me vino a la cabeza mi vaporoso encuentro del dían anterior y la felicidad que esconde una modesta plancha para alisar el pelo.

Si le damos a la palabra esencial el significado de alma, meollo o médula; de contenido y no de importancia, puedo decir que el otro día viví un momento esencial. Un momento que llamaría histórico, si el adjetivo no estuviera tan desgastado. No historia en sentido plural, sino particular.

Estuve en el entierro de Herminia Dos Santos Alemán, una mujer sobre la que había leído algo, pero de la que no sabía más que era la esposa de Rafael Egea Ramírez, el farnacéutico que fusilaron en agosto de 1936 en Gran Canaria por participar en la resistencia al golpe de Franco, junto al diputado del Frente Popular Eduardo Suárez Morales. Ambos, Suárez y Egea, pertenecen al santoral laico del antifranquismo isleño. Pero no Herminia, sobre la que se pasa de puntillas.egea.jpg

De ella sólo sabía que había acompañado a su marido en la huida final y que estaba embarazada cuando la metieron presa. Me intrigaba su apellido. El Dos Santos la dotaba de exotismo y su tragedia, de una aureola de heroicidad.

Una reflexión recurrente entre los actores es que una de las virtudes de su profesión es que permite vivir otras vidas. Algo parecido pasa a veces con el periodismo. Hay entrevistas que casi te permiten vivir otras vidas.

Algo así me pasó la semana pasada con el hijo, sí, de aquella Herminia que yo casi había convertido en personaje de novela. La historia de Fernando y de sus padres se transformó en un reportaje y yo, por circunstancias del oficio, asistí al entierro de las cenizas de Herminia, al encuentro al fin de la pareja, separada el 6 de agosto de 1936 por un pelotón de fusilamiento.

Por Fernando hijo supe más cosas de Herminia, cómo participó ella misma en la resistencia, de sus andanzas posteriores, de cómo le fue la vida y también que el Dos Santos le veían de su padre, un portugués afincado en Guía. Y que a su madre la llamaban en Guía "la portuguesa".


(En la foto de Fernando Ojeda, algunos de los asistentes al entierro de Herminia)

Llevo unos días en que la organización brilla por su ausencia en mi vida y el tiempo se me escurre entre las manos, como mermelada de fresa.

Le digo a mis hijas que hay tiempo para cada cosa y que cada cosa tiene su tiempo, porque, sinceramente, creo que es así, también porque así me lo dijo mi madre y, además, porque conozco gente que hace real la frasecilla. Pero no yo.

Así que últimamente mi vida se ha convetrido en un batiburrillo de obligaciones amontonadas. El asunto no tendría mayor trascendencia si no hubiera víctimas que lamentar, como este blog, por ejemplo, que lo tengo más triste ...

Leo en un despacho de la agencia Efe que "los diputados de la comisión de Igualdad del Congreso respaldaron ayer la iniciativa de declarar el 22 de septiembre Día Mundial de las Niñas con el objetivo de denunciar la situación de precariedad y discriminación que sufren 500 millones de menores en todo el mundo".

Y sigue: "En declaraciones a los medios, la presidenta de la comisión de Igualdad, Carmen Calvo, aseguró que las niñas 'son las más pobres de todos los pobres' y el miembro de la familia 'que se relega en beneficio del menor varón".

pobre.jpg"Todos los grupos parlamentarios se sumaron ayer a una iniciativa de la ONG Plan España que propone declarar el 22 de septiembre como Día Mundial de las Niñas, 'en un santoral civil y laico' que sirva de recordatorio para las decisiones económicas, educativas o políticas, precisó Calvo", según agrega la nota de agencia.

Y termina: "Alrededor de 450 millones de mujeres sufren problemas de salud como consecuencia de la malnutrición que padecieron en su infancia y 140 millones de mujeres son víctimas de la mutilación sexual, según datos del Informe 2009 "Las niñas en la economía global: hay que sumarlas" de Plan España, presentado ayer".

"Además, el informe apunta que más de 900 millones de niñas y mujeres sobreviven con menos de un dólar al día, lo que representa un 70% de todos los pobres del mundo".

(La foto también es de la agencia Efe y está fechada en 2006. Es una niña, en un basurero de Nairobi)

Escribo por la noche en la cama, gracias a estos adelantos cuasi mágicos del portátil y la wifi... Esta mañana pensaba en lo rápida que soy imaginando; quiero decir, que, acertaré o no, pero yo casi al instante le pongo imagen a las palabras. Nunca se lo he preguntado a nadie, pero siempre he supuesto que a todo el mundo le pasa lo mismo. Una escena de mi infancia que tengo grabada en la memoria explica muy bien a qué me refiero con esto de ponerle una foto a lo que me dicen.

Estamos mi abuela Paulina y yo en el pasillo de la casa donde vivíamos cuando yo tenía cinco años. La fecha la sé exacta pues el recuerdo tiene que ver con el nacimiento de la más pequeña de mis hermanas. En la escena que tengo en la cabeza mi abuela -que es altísima porque yo la veo desde mi altura infantil- habla por teléfono. El aparato merece otro aparte, es negro y pesado, de aquellos de baquelita.
telefono.jpg

Mi abuela habla por teléfono y yo estoy cogida a su falda. No recuerdo si mis otros dos hermanos también, aunque supongo que sí. Cuelga y nos dice o me dice con una gran sonrisa que tenemos una hermanita nueva. Inmediatamente yo me la imaginé: rubia -nunca ninguno de nosotros fuimos rubios- , de pelo largo, llevaba un gran lazo, un vestidido muy mono y por supuesto, caminaba. Después me llevé un chasco -que enseguida se me pasó-, cuando llegó a casa y resultó ser un auténtico bebé de teta.

Volví a este recuerdo de la infancia por el portátil, la wifi y mi sorpresa el domingo por la mañana, cuando alguien en casa preguntó a que hora era la final del Eurobasket y una de mis hijas dijo que se lo preguntaría a Pablo, que estaba conectado. Pablo vive en Madrid, y allí estaba ayer por la mañana, a 2.051 kilómetros, pero tan a mano.

He buscado en internet teléfono de baquelita y salen algunas ofertas de venta de ejemplares de los años 40 o 50. Así que el aparato que usó mi abuela aquel día y que estuvo en mi casa todavía algún año más podría tener 20 o 30 años de uso. O si no de uso, sí de existencia en el mundo como modelo. Es decir, que ya se fabricaba en los años 40 y nosotros lo estábamos utilizando en 1970.

Ahora todo va mucho más deprisa y cualquier aparato es antiguo en pocos meses. Sobre esto ha escrito Esther Pérez Verdú, en la página sobre tecnología que publica todos los sábados en CANARIAS7. De la ansiedad que produce la contínua avalancha de novedades. Yo a veces añoro aquellos tiempos en los que los teléfonos ni tenían libro de instrucciones ni se perdían. Eran tipos serios que estaban siempre en el mismo sitio.

La mayoría de nosotros somos gente sin grandes aristas, que no destaca ni por arriba ni por abajo ni por la derecha ni por la izquierda, ni tan siquiera por el centro. Somos contradictorios, pero no mucho. Egoistas, pero hasta cierto punto. Y también tenemos algo de buenas personas. Somos la mayoría, y somos como la mayoría.

A veces nos creemos aburridos porque nuestras vidas transcurren por caminos trillados y no nos damos cuenta de nuestras fortunas, que también las tenemos. Son vidas predecibles pero también hasta cierto punto, porque tambien son cambiantes y están sujetas a muchos albures.

En este transcurrir tan pacífico cualquier incidente puede convertirse en un acontecimiento. Y esto, como todo, da pie a muchas lecturas. A veces convertimos en una desgracia algo que carece de importancia o, al contrario, y es casi peor que lo anterior, hacemos como que no pasa nada, no vaya a ser que crean que nos importa ... algo.

También es muy triste que nos agarremos a la rutina como el náufrago al salvavidas y que nunca nos echemos a nadar, no vaya a ser que flotemos o, incluso, que lleguemos más lejos.

Veo mi vida como un puzle que destrozo con mucho gusto cuando empiezan las vacaciones y que no vuelvo a montar hasta que acaban.

En años como éste en que cojo tantos días de vacaciones que más parecen una excedencia, me cuesta mucho recomponer el puzle. Tantos días sin orden me hacen olvidar algunos detalles.

Me cuesta, pero poco a poco voy encajando las piezas: me refiero a nimiedades tan importantes como las clases de ballet de mi hija pequeña o a asuntos fundamentales, como informar a familiares y amigos de nuestro regreso. Hay que darles un toque, para que nos vuelvan a incluir en sus vidas.

A modiño,como dicen los gallegos, las piezas del rompecabezas se van colocando en su sitio y puedo volver a poner mi vida a velocidad de crucero.

Siempre he creído que una de las virtudes de una ciudad pequeña -la mía, desgraciadamente, ya no lo es tanto- es que permite mantener relaciones que son imposibles en urbes más pobladas.

Siempre recuerdo una anécdota que viví en París hace ya algunos años, en casa de una canaria casada con un parisino. Ella llevaba poco tiempo en la capital francesa cuando yo fui a visitarla, por lo que le sonó tan extraño como a mí, que la esposa de un amigo de su pareja la citara para una cena ¡con tres meses de antelación!

Cuando colgó el teléfono, después de consultar una agenda inexistente y comprometer la cita para fecha tan lejana, las dos nos reímos con nuestra mejor cara de catetillas.

La gran posibilidad de intercambio social es una de las razones por las que merece la pena vivir en ciudades manejables como es o era Las Palmas de Gran Canaria.

No tienes que quedar con tres meses de antelación para ver a un amigo; incluso no tienes ni que quedar. Porque hay veces, como me ocurrió a mí ayer, que se para una moto a tu lado, la pareja que va en ella se quita el casco y resulta que son tus queridísimos amigos M y J. ciudad.jpg

O entras en la frutería y el que está delante de tí en la cola es un viejo conocido de tu tía, o vete tu a saber.

La pérdida del anonimato que conlleva el vivir en una ciudad manejable (sin embargo, una compañera de estudios en Madrid valoraba justo lo contrario: el anonimato de la macrourbe) también tiene su lado negativo. Hay veces que quieres desaparecer y justo te encuentras de frente a la persona que no querías ver.

Yo soy una persona poco saludona. Tengo amigas, me estoy acordando de una en concreto, muy saludonas. De esas que siempre tienen qué decirle a todo el mundo y terminan hablando más que tú con la persona que tú le acabas de presentar. Yo economizo mucho. Al teléfono soy la persona más parca del mundo.

También es verdad que no reaccionas igual con todo el mundo. Es muy distinto encontrate con alguien muy querido que con otro alguien no tan querido. Pero ese alguien no tan querido te para y te saluda, y te pregunta qué tal y tu le contestas que muy bien. Y te pregunta por tu familia y tu por la suya, aunque en tu fuero interno dudas si la tiene .... Normalmente, este tipos de diálogos se acaban después de varios "muy bien".

Aparte de estos contactos que dejan sabor a nada, una población de tamaño medio también facilita el multiencuentro. Es decir, que te topes de pronto con varias personas conocidas -queridas o no-, que, además, no se conocen entre sí. En estas circunstancias yo lo suelo pasar fatal porque trato de atender a todos y, como es imposible, me pasa como al malabarista al que se le caen todos los bolos.

(En la foto aérea de Fernando Ojeda, aspecto de Las Palmas de Gran Canaria. La bandera ya no está)

Ayer por la mañana recibí una lección de esas que duran segundos y que, sin embargo, te dejan cavilando durante horas.

Serían las once de la mañana de este martes, 8 de septiembre, -festivo en Gran Canaria por ser el día de su patrona, la Virgen del Pino-, y no había un alma en la calle salvo yo misma, que me dirigía al trabajo, pues es sabido que el santoral no rige para la prensa.

Caminaba cabizbaja, pensando en que hacía un día magnífico para ir a la playa, cuando un pequeño utilitario rojo se detuvo a mi lado. Su conductor, un hombre moreno de unos cuarenta y tantos, del que no recuerdo ningún rasgo destacable, tal era la normalidad de su aspecto, me preguntó si era de la zona. Yo le contesté que sí, dispuesta ya a dar indicaciones sobre esta calle o la de más allá. teror.jpg

Estaba tan segura de que me iba a preguntar una dirección o un horario que, cuando me ofreció "huevos de corral fresquitos puestos hoy mismo", reaccioné con una sonrisa que era más el inicio de una risa y le contesté que no. No agregué que si estaba loco, pero se me pasó por la cabeza y me temo que me leyó el pensamiento.

Fue todo tan rápido que no reaccioné hasta que el hombre ya se había marchado. Entonces me di cuenta de que había sido una burra, que uno no puede contestar así -con una sonrisa que era el principio de una risa- a un hombre que se busca la vida con huevos frescos de corral en una calle sin un alma porque es festivo. Al instante, pero demasiado tarde, comprendí que lo menos que merecía el hombre de los huevos era un respeto.

También me pareció una señal -otra- de que la situación económica está muy fea.

Aunque no todo el mundo saca la misma conclusión. Antes de escribir este post, conté la historia a un compañero, pero debí de hacerlo muy mal porque su única reacción fue preguntarme si le había comprado los huevos.

(La foto es de Arcadio Suárez. No había un alma en mi barrio porque como se ve en la foto todas estaban en Teror, donde está la basílica de la Virgen del Pino)

Me acaba de decir una compañera que tener trabajo hoy en día es todo un lujo. Como tener tiene más razón que un santo; pero ya dijo Pascal que el corazón tiene razones que la razón no entiende. Y viceversa, agrego yo, porque, por más que mi razón asuma y entienda que este regreso al tajo de hoy es una fortuna, mi corazón se obstina en creer justamente lo contrario.