"Desde que tengo la plancha soy feliz". Me lo soltó así, sin más preámbulos, con la sinceridad y el desparpajo propios de una conversación entre desconocidas. Además, el lugar donde nos encontrábamos la desconocida y yo era apropiado para confidencias. Estábamos las dos en un baño turco, sentadas frente a frente. y entre vapores nos sinceramos en cinco minutos
Se refería a una plancha de las que se usan apara alisar el pelo y no a las que se emplean para quitar las arrugas a la ropa, o para cocinar un bistec.
Y me lo dijo así, con rotundidad, segura de sí misma. Después me fue aclarando que tenía el pelo algo rebelde y que esa circunstancia la había traído de cabeza desde niña.
Cuando llegó mi tiempo me despedí, salí de la cabina y me metí en la ducha con aquella frase en la cabeza. Me pareció que tenía carácter de declaración de principios y que podía equipararse a otras grandes palabras de la historia. Como aquel "juro que no volveré a pasar hambre" de Escarlata O'hara
"
Desde luego, no creo que mi confidente no tuviera otros problemas. No me pareció ni una mema ni una frívola; simplemente había solucionado un asuntillo y los asuntillos también tienen su importancia en el rompecabezas con el que vamos componiendo nuestra felicidad.
Esto sucedió ayer. Esta mañana, mientras me dirigía en coche al trabajo oí en la radio a varios dirigentes sindicales y políticos escandalizados por la jubilación que se lleva un directivo bancario .
¡Tres millones de euros! ¿Qué habrá hecho para merecer tanto dinero? ¿Habrá descubierto una cura para el cáncer? , me pregunté. ¿Será verdad que el dinero da la felicidad?, me volví a preguntar.
Me dejé ir por estos derroteros mientras aguardaba en un semáforo, cuando me vino a la cabeza mi vaporoso encuentro del dían anterior y la felicidad que esconde una modesta plancha para alisar el pelo.





