Nunca pensé que el 2 de agosto de 2009, día de mi santo y fecha marcada en mi agenda desde muchos meses antes como ¡el momento! en que yo iba a respirar el mismo aire que The Boss, acontecerían sucesos tan disparatados.
Todo empezó a las 12.00 del mediodía de ese día, que cayó en domingo. A esa hora salimos tres personas en coche desde Playa América, un lugar situado hacia el sur de Galicia, a hora y poco por autopista de la ciudad de Santiago.
La cita con Bruce era a las 22.00 horas, pero nosotros emprendimos la marcha con diez horas de antelación porque el líder de nuestra expedición, -el responsable de que una persona tan descreída como yo sea en este momento en el que empiezo a redactar estas líneas, madrugada del 4 de agosto, una conversa al brucismo, que no es lo mismo que el bruxismo- quería conseguir entrar en el pit, un lugar privilegiado y reservado sólo a incondicionales capaces de las mayores proezas.
Antes de las cuatro de la tarde estábamos en el Monte del Gozo, el lugar situado a las afueras de Santiago donde se iba a celebrar el concierto. Para llegar habíamos caminado -cuesta arriba- lo que el policía al que preguntamos calculó como kilómetro y medio y que yo estiraría un poco más.
Sabíamos que al menos 400 personas habían dormido en tiendas de campaña para conseguir la opción de entrar al pit, un lugar fantástico para ver el concierto en el que puedes tocar al mismísimo -gente hubo que le tocó también los mismísimos-.
Tuvimos que elegir: o nos arriesgábamos y apostábamos nuestras seis horas de ventaja a la carta de que quizás entraríamos en el pit; o lo intentábamos en otra puerta, si es que había otra. En ese momento, los tres aún pensábamos que todo iba bien y que nuestra anticipación se iba a ver recompensada.
Caminamos más hacia arriba, tras un grupo que nos pareció que iba a lo mismo. Andamos Anduvimos un rato casi a tientas por el monte, porque no había carteles ni nadie a quién preguntar. Llegamos a lo que parecía una puerta por las vallas amarillas, donde ya había algunas decenas de personas haciendo cola. No colocamos al final. Más bien nos tumbamos en la acera cargados de paciencia.
El episodio previo a la entrada en el recinto me recordó al inicio de una película de catástrofes de los años 70. Un grupo heterogéneo de personas que no se han visto antes acaba unida por la necesidad de sobrevivir. Hay una buena galería de fotos en La Voz de Galicia. Fíjate en la foto 3. Debió de tomarse hacia las ocho de la tarde. Cuando nosotros llegamos, la carretera estaba vacía, apenas había un par de centenares de personas que subían y bajaban.
En la foto 3, a la mitad de la cuesta, se ve un pequeño claro, el único. Hay una valla amarilla de las de obra a la izquierda. La pusimos nosotros, el grupo que luchó por su supervivencia: por hacer valer nuestras horas de cola.![]()
Asistíamos a un gran acontecimiento musical, al espectáculo del hombre que representa la quintaesencia del rock & roll como escribió un periodista gallego; habíamos pagado 74 euros por persona con meses de antelación y una mayoría habíamos hecho muchos kilómetros para llegar, pero aquello más parecía un capítulo de alguno de esos concursos de la tele en los que te lo hacen pasar mal.
Para conseguir algo de beber, por ejemplo, había que bajar toda la cuesta de la foto 3 hasta el terrenito de unos labriegos que habían instalado un barra con cuatro maderos y un carro. Tenían hasta tiros de cerveza, botellas de güisqui, ron o ginebra y cajas con bocadillos debajo del tractor, para que no les diera el sol. Todo muy rústico, pero a precio, eso sí, de gran concierto de rock. Nosotros acordamos que lo mejor era no beber nada, porque temíamos que en el interior del recinto iba a ser dificil desaguar. Lo que sucedió después nos dio la razón. Nunca me alegré tanto de no tomar una cerveza.
Durante las cuatro o cinco horas que permanecimos tirados en la acera, en su sentido más literal, nos enfretamos al desaliento, pero luchamos todos juntos y conseguimos una victoria, pírrica, pero victoria al fin, sobre algunos energúmenos que trataron de colarse. Era la ley de la selva.
Nuestro grupo representaba al tipo de gente que fue a ver a Bruce: gente muy normal. La educación del público fue la única y exclusiva razón de que, como dicen las crónicas, la fiesta no acabara en tragedia.
De nuestro grupo formaba parte una señora peinada de peluquería, más apropiada para la cola de la charcutería que para aquella locura del Monte del Gozo; un joven tinerfeño y su novia gallega; dos parejitas de novios, probablemente estudiantes universitarios, de aspecto indie y suaves ademanes; el chófer de una guagua (autobus aquí), bajito, pero con muy buen aspecto y mejor humor; y, entre otros, una pareja que se constituyó en líderes de la ofensiva.
Tras horas de permanecer tirados en la acera, empezaron a llegar caraduras. Los primeros, una pareja de piel muy blanca que, como quien no quiere la cosa, se sentó en el borde de la acera, detrás de nosotros y delante de los cuatro universitarios. La cola en ese momento llegaba al final de la cuesta, pero el asfalto aún se podía transitar. Después hubo otros que se intentaron colar. A algunos los pudimos repeler, pero hubo un momento en que fue necesario llamar a la policía. Lo sorprendente es que la policía vino y echó a los colones, jaleada por nuestros aplausos y vítores. Aún no habíamos entrado.
La organización fue tan desastrosa que cententares de personas hicimos pis entre unos árboles antes de entrar al recinto del concierto. Había que perder la verguenza, porque si no, te lo hacías encima.
Cuando se abrieron las puertas, la aglomeración de gente daba verdadero pavor (vuelve a la foto 3), pero no acabaron allí nuestras tribulaciones. El líder de nuestra expedición nos dio la consigna de que, nada más pasar la puerta, echáramos a correr. Y eso hicimos. Yo me caí dos veces monte abajo y no sé cómo me pude poner en pie y seguir corriendo, antes de que la oleada de gente despavorida que venía detrás me arrollase. Recuerdo echar la vista atrás desde el suelo y verlos avanzar hacia mí como en una película, pero nada más.
Después de la primera carrera, pasamos otra puerta. Alguien nos cortó un poquito la entrada. Saltamos un charco de barro. El descontrol era tal que cualquiera podía haber entrado con una metralleta y nadie le habría dicho nada.
Pasamos esta segunda puerta y volvimos a correr como locos, compitiendo con miles de personas. Nuestras horas de cola sólo nos habían dado una pequeña ventaja en la carrera. Aún así, tuvimos nuestro premio: Segunda fila, tras la valla del pit, en el centro, frente al Boss, disfrutamos de un concierto extraordinario. Él y su banda tocaron durante tres horas sin interrupción, con humor, marcha y entusiasmo. Entendí por qué le llaman el Boss. .
Había tanta gente que permanecimos de pie y encajonados desde las aproximadamente 21.00 horas hasta la 01.10, momento en el que Springsteen abandonó el escenario después de tres horas de inolvidable espectáculo.
Afortunadamente, no habíamos bebido más que un buchito de agua, porque llegar a los urinarios habría sido tarea imposible. Éramos tantos y estábamos tan encajados, que, ahora que lo veo a toro pasado, pienso que escapamos locos. Aquí La Voz de Galicia publica fotos enviadas por internautas que asistieron al concierto, que muestran la magnitud del desaguisado.
La salida fue otra odisea. El camino para salir del Monte del Gozo incluye en uno de sus tramos una escalera de apenas dos metros de ancho. Salimos a cuenta gotas -y otra vez, en el sentido literal del término-.
Ahora que han pasado un par de días y he podido darme cuenta de la magnitud de lo sucedido -nosotros no tuvimos noticias del follón que se formó en la puerta principal hasta el día siguiente-, pienso en todos esos conciertos de música pretendidamente culta que se financian con dinero público para que vayan cuatro gatos.
Cuándo entenderán las autoridades que el rock no es un asunto marginal. Es la música que escucha una mayoría que, además, hace mucho que peina canas, como se pudo ver el domingo en el Monte del Gozo. ¿Te imaginas correr monte abajo para ver quién coge la mejor butaca en una función de ópera?
