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Archivos Julio 2009

No sé si lo leí, lo soñé, lo vi en el cine o me lo contaron. De algún lugar debo sacar esta idea de coleccionar buenos recuerdos.

Hace años, el director de mi periódico de entonces se lamentaba un día porque nos acababan de dar un pisotón. En el argot periodístico, recibir un pisotón significa que la competencia ha sacado una noticia que tu no has olido.

Superando la verguenza, la ofuscación, la rabia y todos esos sentimientos negativos que produce ser víctima de un pisotón en el buen periodista, mi director sacó fuerzas de flaqueza, levantó la cabeza y, como Vivian Leight al final de Lo que el viento se llevó, dijo: "Publícalo; que por lo menos quede para las hemerotecas".

He recordado este episodio al raíz de mi historia de esta mañana con el café con leche, al que sonreí tras revivir un buen recuerdo. Hay que coleccionar buenos recuerdos, hay que propiciarlos y, sobre todo, hay que regalarlos. Para que figuren en las hemerotecas de nuestra memoria y salgan a flote de vez en cuando. Sientan tan bien.

Esta mañana me preparaba el desayuno con la casa aún dormida. Estaba entretenida en la cocina, cuando se me coló un buen recuerdo. Como estaba sola, sonreí al café con leche.

Estuve el viernes en una reunión que convocó la consejera de Sanidad del Gobierno de Canarias con los medios de comunicación de las Islas para informar sobre la evolución de la gripe A y pedir nuestra complicidad en una batalla que nos atañe a todos. .

La consejera Mercedes Roldós y su jefa de comunicación, la periodista Lolina Pérez Caballero, trataron de explicarnos que afrontamos una situación excepcional, en la que también los medios de comunicación deben arrimar el hombro para que la pandemia nos hagan el menor daño posible. Esencialmente, se nos pide que no contribuyamos a generar alarma entre la población.

Yo saqué algunas conclusiones. La primera es que se trata de una gripe, ni más ni menos que una gripe. La segunda es que, como sucede con la gripe común, causará algunas muertes.
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La tercera; que el problema no es la gravedad de la enfermedad sino el alto porcentaje de población que se verá afectado. Es posible que se produzcan aglomeraciones en los centros de salud o que determinadas empresas deban cerrar unos días porque muchos de sus trabajadores cojan la gripe a la vez.

También se nos explicó que la situación es cambiante y que la estrategia que emana de la Organización Mundial de la Salud se va adaptando a esos cambios. Así, es posible que en breve se dejen de dar datos sobre el número de personas que dan positivo a los análisis de gripe A.

Me quedó claro que la mayoría de las personas que han sufrido ya la gripe A han tenido sólo síntomas leves y que se cree que ha habido y habrá casos asintomáticos. Todas estas personas no necesitarán la vacuna, porque ya están inmunizados.

Respecto a la vacuna, lo único cierto es que aún no está disponible. Tampoco se sabe a quién se le administrará primero, aunque parece lógico que el personal sanitario esté en este grupo para garantizar que nos atienda a los demás.

Dice la consejera que hay que estar preocupado pero no alarmado. Creo que buena parte de nuestra alarma nace del goteo de información que empezó ya en abril o mayo con México. No sé cómo estaríamos si todos los días nos informaran de cuántas personas han contraido un cáncer, han descubierto su diabetes o han muerto de las mil y una causas de las que uno puede morir. ¿Viviríamos acongojados o nos daría más bien igual? Todos los fines de semana nos informan del número de víctimas en accidentes de tráfico y no veo yo que nos afecte demasiado.



Cuando allá por el mes de mayo los mexicanos enfermaron de una cosa que se llamó fiebre porcina, aquí, en Europa, observamos la situación con una actitud cercana a la indiferencia. Después el virus cambió de nombre, dejó el reino animal y ahora lleva uno muy serio y enigmático: es el A H1N1. También dio el salto y desde América se extendió por todo el planeta hasta convertirse en una pandemia. Ahora está tan cerca que quién sabe si ya lo habremos respirado. Es un virus muy cosmopolita y, a la vez, del vecindario.

Ésta es una de esas situaciones en las que la alarma se retroalimenta a sí misma y basta que no se quiera crear para que aparezca por todas partes. No puedes informar ni dejar de informar, en ambos casos generas incertidumbre. Si lo dices, porque lo dices, y, si no lo dices, porque no lo dices.
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Con la mosca tras la oreja aunque nos aseguren que el virus es muy flojito y que apenas tiene fuerzas para lastimarnos, asistimos al goteo diario de información. El aumento de casos es galopante y el número de muertos, preocupante, no porque sean muchas, -en realidad son poquísimas-, sino porque ocurren.

En medio de todo este batiburrillo de palabras nuevas y temores fundados o no, surge la tragedia de Mohamed y Dalilah, una pareja que hasta hace unas semanas no era nada más que un par de jóvenes que esperaban un hijo, creo que el primero. En muy poco la tiempo la feliz familia pasa de la alegría al horror, del anonimato a la plaza pública.

La muerte del bebé Rayan -"un error terrorrífico", como dijo el gerente del Gregorio Marañón- es el colmo de los colmos, el no va más de la tragedia. Ahora se ha sabido que la enfermera que al parecer equivocó la vía por la que debía proporcionarle el alimento es una profesional que cubría la ausencia de una compañera, o sea que ella no debía estar en neonatología. La culpa de lo ocurrido me temo, no es solo suya.

La muerte de Rayan en una sucesión de desgracias. Primero enferma de gripe A su madre. Su estado es tan crítico que los médicos optan por practicarle una cesárea antes de que muera. El bebé se salva y nace sano, sin virus de la gripe A, pero va un día una enfermera, se equivoca, y lo mata. Lo increible del asunto es que ni la enfermera ni el bebé debían estar allí. La enfermera porque aquella unidad no era la suya y el bebé, porque su lugar era el vientre de Dalilah y no la incubadora de huérfano prematuro.

Y aún nos queda mucho por ver, la directora general de la OMS, Margaret Chan, ha expresado sus temores por el hecho de que no será posible producir vacunas para toda la humanidad. Chan augura que las vacunas se las quedarán los países ricos. Como siempre, añado yo.


(Un familiar de Rayan llora por su muerte, en una foto tomada esta mañana en Madrid. La foto es de Ballesteros, de la agencia Efe)

Reconozco que soy una mujer bastante crédula. Con el paso de los años me he vuelto más escéptica, pero mi fondo inocentón continúa ahí y se manifiesta de vez en cuando. No quiero renunciar a él, en realidad me gusta esa parte de mí que me hace disfrutar con cosas que para muchos son nimiedades, boberías o asuntos de escaso interés. Y no sé si poner un ejemplo, porque el abanico de tonterías disfrutables es tan amplio que citar sólo una o dos podría confundir más que aclarar la idea.

Ese fondo ingenuo o simplón me deja a veces indefensa frente a un tipo humano relativamente abundante y definitivamente insufrible que se caracteriza por saberlo todo de todo. Cuando mi reserva de inocencia escapa por las rendijas, se pone en primera línea y da la casualidad de que en ese preciso momento me topo con uno de estos especímenes, se me suele quedar cara de boba. Porque no importa de lo que hables, da igual que la conversación trate de expediciones a la luna o de cuál es el mejor desayuno, el o ella -en esto los sexos están muy bien equiparados- siempre sabrá más que tu.

Mira que voy advertida, que me lo digo y me lo redigo: 'es imposible que lo sepa, nadie sabe todo de todo', y que la frase atribuida a Sócrates "sólo sé que no sé nada" forma parte de mi devocionario particular, pero no hay manera. Caigo una y otra vez en la trampa. Es hablar con uno de estos y salir maravillada. Después me doy cuenta del error y me averguenzo por ser tan burra. Cada vez me sucede menos, pero me pasa, porque, por mucho que yo trabaje mi escepticismo, siempre hay alguien capaz de convencerme de que sabe más, aunque sea mentira.

Cuando en noviembre de 1989 cayó el muro de Berlín , fuimos conscientes de que se estaba produciendo un hito histórico. Yo por entonces llevaba apenas unos meses trabajando en La Provincia como redactora de tribunales. Hacía poco que había terminado la carrera y empezaba a trabajar en un periódico, mi sueño desde la infancia. Cuento esto para dar una idea del entusiasmo con el que yo y otros compañeros que se encontraban en parecida tesitura vivíamos los acontecimientos locales, nacionales e, incluso, internacionales. (A alguno este problema se le ha ido corrigiendo con el paso de los años, a otros se nos ha cronificado, como dicen los médicos).
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La caída del muro de Berlín fue un acontecimiento fundamental que dio comienzo a otra etapa histórica, y así se vivió en los medios de comunicación. Muchas personas viajaron a Berlín para unirse a la fiesta desde distintos puntos de mundo, fueron días y días de celebraciones y acontecimientos. Una de estas personas fue un amigo mío, que cogió un tren en Madrid y se marchó a Berlín a vivir aquella explosión de júbilo.

A su vuelta, me sorprendió con un souvenir: un trocito de bloque de construcción con restos viejos de cemento. Era un pedazo de muro, según me aseguró. Yo lo recibí con devoción y mucho agradecimiento. ¡Caramba!, pensé, ¡un pedazo del muro de Berlín está en mi mesa de noche! En mi cabeza se mezclaron escenas de películas de espionaje y de la guerra fría, pues ya he dicho alguna vez que mi imaginación no tiene sentido de la medida.

Tiempo después, mi madre, la señora que limpiaba entonces en su casa o vete tú a saber quién, tiró el trocito de muro de Berlín. A mí me dio más o menos lo mismo, porque ya se había desintegrado y del pedazo inicial sólo quedaba un pizco insignificante, apenas una miga de muro.

Recordé este pedazo de historia el otro día, a raíz de la presentación de Cristiano Ronaldo en el Bernabeú y del entierro de Michael Jackson. No hay equivalencia posible entre los sucesos de noviembre de 1989, el contraro del futbolista y entierro del cantante pop. Lo primero fue un hecho que influyó e influye en la vida de millones de personas; los segundos afectan a muchos, pero de una manera tangencial.

Lo que me pregunto es si lo que empujó a miles de personas a pasar apretujones, calores y otras miserias para asistir a la presentación del futbolista más caro del momento o al entierro del rey del pop, es el mismo sentimiento que me llevó a mí a exponer durante meses, en un lugar destacado de mi habitación, una bolita birriosa de cemento que una vez formó parte del Muro de Berlín.


(Imagen de los días en que cayó el muro de Berlín. Es del archivo de Canarias7)

Hace tres días que no me funciona el sms del móvil, pero nadie me lo había dicho. Es decir, yo los enviaba y él (el móvil) me decía que sí, que los había enviado, pero los pequeños textos se perdían en algún lugar remoto, entre píxeles y lucecitas de colores, sin llegar jamás a su destino.

El destinatario, por supuesto, no podía advertirme de que no le había llegado lo que no le había llegado, porque no podía saber que se lo había enviado.

Calculo que el sistema empezó a fallar hace tres días, pues fue entonces cuando dejé de recibir respuestas a mis sms. No siempre recibo respuestas a mis sms, pero sí en la mayoría de las ocasiones. A menudos es un simple OK, lo suficiente para sentirte leída, que es más o menos lo mismo que sentirse escuchada -no diría que comprendida, porque eso es otra cosa-.telefo.jpg

No me extrañó que no me contestara una persona, ni dos, ni tres ... pero a la cuarta, quinta y sexta ya me empecé a escamar. Y no sólo eso, sino que comencé a sentirme muy sola y abandonada. ¿Qué pasa? ¿A nadie le interesa lo que digo?, me preguntaba

Hoy he comprobado que, en efecto, mi sms está averiado, lo que me tranquiliza. Tras comprobarlo, he corrido a llamar a varias personas a las que mandé sms importantes -algunos los son-.

Hay un código de conducta en el uso de sms, trasladado de otras formas de relación humana. Podríamos llamarlo "la cortesía del sms", (y aquí me copio de mi padre que siempre hablaba de "la cortesía de la carretera" cuando cedía el paso a otro vehículo, se lo cedían a él o pasaba por algún brete que se resolvía gracias a la buena educación de los pilotos). .

Fruto de mis observaciones en este campo, y tras algunos años de usos intensivo del sistema, observo que la respuesta a un sms puede dar la medida de la educación que tiene el destinatario. Hay excepciones, desde luego, y también otros factores que influyen en la respuesta, pero creo que una persona educada siempre responde.

Un OK es lo mínimo y siempre sirve para conservar las formas . Si al OK le añades un "gracias", la cosa va mejorando, y no digamos si contestas con un par de frases, escritas sin faltas de ortografía ni abreviaturas, con sus acentos, sus comas y sus puntos.

A mí, me encamta recibir sms tan completitos, aunque reconozco que hay que tener mucha paciencia para ir dando a la teclita hasta terminar el rompecabezas, y, total, se va a entender igual. Pues no.


Siempre dije que no me gusta pedir favores. Es una forma de ser. Tú vas y dices: es que a mí no me gusta pedir favores; la que está a tu lado agrega: pues a mi me encanta el queso de plato (así se llama al de bola u holandés en Gran Canaria) y el de más allá apostilla que a él no le va nada trasnochar. Quiero decir que no me parecía una característica especialmente relevante.

Como le sucede a mucha gente, con el paso de los años he ido limando algunas aristas de mi forma de ser; otras, también es verdad, las he afilado. Ésta, la que tiene que ver con los favores, se había mantenido inamovible hasta .... esta mañana.

1-M0542512.jpg Lo prometo. Fue esta mañana, de camino al trabajo, cuando caí en la cuenta de que eso de que no te guste pedir favores no es una actitud tan positiva como yo pensaba. Puede ser hasta un acto de soberbia: no pides favores porque no admites ayuda de los demás, porque tú puedes con todo. ¡Pero si eres maravillosa! ¿Cómo vas a necesitar tu de nadie? .

Llegué a esta conclusión en el coche, mi lugar preferido para pensar (tanto que me desvío con frecuencia de mi camino, pero eso lo cuento otro día), que no es reflexionar en plan sesudo, sino más bien un irse a la higuera. Llegue a esta conclusión, digo, tras salirme varias veces por la tangente y dar varios rodeos por terrenos que no vienen al caso, a raíz de un par de favores que me ha hecho una querida amiga esta semana.

Hablo de una mujer muy capaz y no sólo por lo bien que le va en el terreno profesional y en el familiar. Tiene algunas otras virtudes, entre las que destaca la generosidad. Por eso no me ha costado nada pedírselos, porque sabía que, si podía, me los haría con mucho gusto y así ha sido.

En realidad, no me refiero a personas como ella, cercanas y queridas, cuando digo que no me gusta pedir favores. Pienso en gente más periférica a la que, ahora me doy cuenta, no le pido favores muchas veces por soberbia como decía, otras por miedo a que me lo nieguen, es decir, al fracaso; y también por terror a que piensen que soy una carota, una fresca, una caradura, una abusadora, una desvergonzada, que son epítetos que de ninguna manera quisiera yo merecer jamás.

(Ni los quesos son de plato ni la que los empuja es mi amiga)

Me llamó mucho la atención conocer la edad de Michael Jackson. Sólo tenía seis años más que yo y, sin embargo, él siempre formó parte del mundo de los mayores. Durante muchos años -al menos 20-, mientras yo recorría las etapas que conducen de la infancia a la madurez, él siempre fue un adulto, muy bajito al principio, pero un adulto al fin.

Siempre fue alguien familiar gracias a los dibujos animados que veíamos de niños en la tele sobre él y sus hermanos. The Jackson Five se llamaban y debían estar doblados en Mexico o en Puerto Rico. Después, claro, lo conocía todo el mundo. Ahora se ha muerto, pero el carnaval no ha acabado. He leído que uno de sus hermanos va a dar un concierto en su honor en Alicante, y, no sé por qué, me ha olido fatal.

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