los blogs de Canarias7

Archivos Junio 2009

Esto no sabía si contarlo, pero una conversación, esta mañana, con una de mis amigas del periodo cuaternario me ayudó a decidirme. La susodicha me dijo que me leía y que seguía mis andanzas a través de este blog, cada vez más descarado y personal, por lo que casi no creía necesario ya llamarme por teléfono. No es que antes del blog me llamara mucho, todo hay que decirlo, pero la intención y la atención hay que agradecerla.

Comparto con el resto de la humanidad la pena por la muerte de Michael Jackson. En realidad, más que por su muerte, por la vida que le impusieron desde niño. Una vez dicho esto, abandono el panorama planetario para volver a mi entrañable barrio. Más concretamente, al supermercado del que hablé hace unos días, por lo que no voy a extenderme sobre lo orgullosos que estamos de él en el vecindario.

Esta mañana, además, ganó otro punto en mi personal tabla de puntuación y no por el negocio en sí, sino por la demostración de solidaridad vecinal que tuve la suerte de presenciar.
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Llegué a eso de las 7:45, quizás 7:50. Son horas en las que todavía entra mucho proveedor de mercancía, y en eso estaban cuando yo intentaba pagar un kilo de naranjas de zumo, cuatro peras y un pan de molde, e irme a casa a desayunar.

Entró el repartidor del agua mineral -al que conozco y saludo porque va también por mi casa-, sin más incidente que una cuestión de trámite que resolvió con la cajera. Pero, tras él -y menos mal que aún estaba él-, entró un atribulado operario que arrastraba un palé sobrecargado sobre una plataforma con ruedas.

En el palé llevaba en equilibrío varios pisos de botellas de refresco de plástico, de las de dos litros, una caja de cartón grande con docenas y docenas de huevos en su interior, y otros alimentos que no llegué a distinguir.

El hombre debía ser inexperto o torpe, o estaba dormido, o simplemente se despistó, porque, al girar para entrar en el super, lo hizo con tanta brusquedad que la carga se volcó con gran aparato y conmoción entre los presentes. Al instante se oyó la voz de la otra dependienta que gritaba ¡Mi mano! ¡Mi mano! Todos los que estábamos allí: el del agua mineral, la cajera, el inexperto, una señora que pasaba por la acera y hasta yo misma, saltamos hacia la mercancía volcada y empezamos a tirar cada uno por donde pudo y sin el menor orden ni concierto. Terminamos de destrozar los paquetes, pero no lográbamos quitarle el peso a la dependienta, que seguía gritando: ¡Mi mano! ¡Mi mano!

Reconozco que vivimos un momento de confusión y que yo misma llegué a perder la sangre fría que me ha caracterizado en otras ocasiones, hasta que la señora que pasaba por la acera dijo que la única solución era desmontar el cargamento empezando por arriba.

Rápidamente, el repartidor del agua mineral tomó el mando, y empezó a dar órdenes, se liberó a la dependienta, y su compañera corrió a ponerle un paquete de ensaladilla rusa congelada en la mano, que sólo estaba contusionada y no amputada, como yo me había temido.

Como parecía que se había restablecido la calma, volví a la caja a intentar pagar mi kilo de naranzas de zumo, mis cuatro peras y mi pan de molde, cuando el repartidor torpe cogió un cuchillo para romper lo paquetes que aprisionaban su mercancía, con tan mala suerte que pinchó una botella. Pinchó bien, porque el chorro de refresco salió abundante y a mucha presión en dirección a mi camiseta blanca inmaculada, y yo entonces ya no pude reprimir un ¡joder!

(La foto la coloco sólo como ilustración, para alegrar. No tiene nada que ver con el supermercado al que me refiero. Lo digo porque parece que se vislumbra una marca en el borde del frutero, pero no es la mía.)

Soy una persona muy muy desordenada. Tanto que me han asegurado, aunque yo no me lo creo, que mi foto figura en algunas enciclopedias junto a la definición de mujer desordenada. Hay veces que mi mesa de trabajo parece el resultado de la descarga de un volquete, más que el lugar por donde campan mis ideas. Lo cuento a modo de excusa, porque mi escasa diligencia a la hora de documentar los textos que escribo, me ha impedido encontrar un post donde ya hablaba de lo que traigo hoy a colación y que no es más que amor a las piedras.

No me refiero a las piedras preciosas ni a las del ríñón, ni tan siquiera a las del camino. Hablo de las que se rozaron con la historia. De una iglesia románica, de un castillo que no sea de naipes, de los adoquines de una plaza bicentenaria, de las ruinas de una batalla. Lo mío es una mezcla entre devoción más o menos científica y sentimentalismo común

Las Palmas de Gran Canaria, mi ciudad, es una urbe más bien joven y, encima, ultraperiférica, como se dice ahora. Se fundó en 1478 y está en una isla, a muchos kilómetros del continente. Es poca cosa, si la comparamos con otras que son milenarias y que siempre aparecen en los libros de historia. Pero tiene muchas piedras de las que a mí me gustan. Lo que pasa es que aquí los hechos, salvo el paso de Colón y algún otro asunto como el nacimiento de Pérez Galdós, Alfredo Kraus y Juan Negrín, son importantes sólo de costa para adentro.


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Este lunes, 22 de junio, acudí a una convocatoria que el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria celebra todos los años, desde hace ya un puñado, con motivo de las Fiestas Fundacionales de la ciudad, que nació tal día como ayer, 24 de junio, hace 531 años. Por eso, aquí, las fiestas de San Juan tienen su empaque. No es una onomástica, es un cumpleaños.

La propuesta consiste en dar un paseo por el casco histórico de la mano de expertos que explican in situ la historia de una calle, de una casa o su relación con tal o cual personaje. Un año se habló de los cementerios de los ingleses; este lunes, de cuatro mujeres artistas que vivieron en el barrio antiguo.

De las cuatro elegidas, la más conocida es Carmen Laforet (Barcelona, 1921- Madrid, 2004), que vivió parte de su infancia y juventud en Las Palmas de Gran Canaria, antes de convertirse en una gran escritora. Un sobrino de Carmen, Juan José, es periodista y cronista oficial de la ciudad, encargado, por cierto, de coordinar estos paseos históricos.

Además de Laforet, nos hablaron de Pilar de Lugo, una pintora que murió en 1851, a los 31 años, víctima de la epidemia de cólera morbo que asoló la ciudad ese año. Después, conocimos a María Suárez Fiol, profesora de canto de los hermanos Kraus y de Pepita Miñón, la soprano que nos habló de ella. Y, al final del paseo, supimos de María Joaquina Viera y Clavijo, una intelectual que murió en 1819.

Disfruté mucho con el recorrido, por lo que se dijo y por el lugar donde se dijo cada cosa. Además, hizo una noche fabulosa, de esas cálidas y remolonas de principios de verano, tan prometedoras y optimistas que rejuvenecen.

Cuando nos explicaban que Pilar había tenido tantos hermanos o que, como era una mujer, no podía pintar del natural ni ir a una academia, yo miraba a la fachada de la que había sido su casa y me la imaginada en una de las ventanas, mirándonos. O pisaba los adoquines y pensaba: por aquí pasó esta mujer.

Lo mismo me ocurrió con los otros personajes. Es lo que tiene oír las historias en el lugar donde ocurrieron, parece que reviven.


(La foto de Arcadio Suárez está tomada durante la visita en la plaza de San Antonio Abad, en el barrio de Vegueta. Este es el lugar donde se fundó la ciudad el 24 de junio de 1478. La casa blanca de la izquierda es la de Pilar de Lugo, la pintora que murió en la epidemia de cólera morbo.)

Este viernes escuchaba La ventana, el programa de Gemma Nierga en la SER, como tengo por costumbre cuando voy en el coche por la tarde. Juan José Millás hablaba del alcalde de Barcelona. Hereu protagoniza una polémica porque tiene un blog, pero no lo hace él, sino una empresa.

Millás comentó la insensatez del asunto porque, dijo, "un blog es como un cepillo de dientes". No te limpias los dientes con el cepillo de otra persona, tampoco escribes el blog de otra persona. La esencia de estas ventanitas virtuales, vino a decir el escritor, es que son absolutamente personales, es algo que nadie puede -o debe- hacer por ti, como algunas otras cosas de la vida.

Yo esta máxima la llevo al pie de la letra, aunque hay veces que me pregunto si en vez de hacerlo yo a él (a Virtualario), no me estará haciendo él a mí. Pero me temo que esto no sea posible.

Vivo en un barrio de los de toda la vida del centro de la ciudad. Aquí la pervivencia de casas terreras permite que la densidad de la población sea baja. Y, como somos menos, nos relacionamos más. Por eso algunas noticias vuelan. No me refiero a cotilleos, no son posibles porque las relaciones no son tan estrechas. Hablo de noticias como si van a cambiar de sitio la parada de guagua del colegio tal, o si será cierto que en los bajos del antiguo cine va a abrir un hipermercado de una famosa cadena.

Hace poco hemos tenido una gran novedad. Han reabierto el local del delicatessen. Lo aclaro. Este es un barrio céntrico, no hay escasez de tiendas, pero hace alrededor de un año nos cerraron el super que un vecino muy ocurrente bautizó como el delicatessen en un ejercicio de ironía. El delicatessen era un super de marcas blancas muy de andar por casa. Era muy poco aristocrático, pero a nosotros nos gustaba. Cuando lo cerraron, justo en el momento en el que las noticias sobre la crisis económica arreciaban, dejó tras de sí un sentimiento de derrota.

Ahora, todo eso ha cambiado, En el mismo local han abierto un super convencional y no sabes lo contento que está todo el mundo. Tanto que me temo que las dos empleadas del comercio se nos están asustando.

El otro día entré sobre las ocho de la mañana. Iba muy sonriente, feliz, como quien llega a una fiesta que sabe llena de amigos. Me dirigí a una de las dos empleadas -que, encima, es muy guapa y simpática-, y le pregunté por el horario.

"Abrimos a las 7.30 de la mañana...", empezó a contarme, pero yo no la dejé terminar con mis grititos de júbilo.. " ¡A las 7:30 de la mañana!", exclamaba, imaginándome ya cuántas cosas iba a resolver a esa hora en el nuevo super de la esquina.

Pero me paré a tomar aliento y ella aprovechó para continuar su explicación: "... y está abierto hasta las nueve de la noche..."

"¿No cierran al mediodía?", pregunte al borde del paroxismo. "¡No, no!", me contestó ella, la verdad, ya algo mosca.
"¿Y lo sábados?", volví a preguntar. "¡Igual, igual, el mismo horario!", me espetó, contagiada por mi entusiasmo.
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Asimilé la noticia, le dije que me parecía un horario maravilloso y le pregunte si habia notado que la gente del barrio estaba muy contenta con la apertura. Ella me contestó que sí, que lo había notado. Entonces nos interrumpió una vecina algo mayor que saludó a gritos desde la calle y dijo algo sobre un hijo suyo, como si aquella chica que hablaba conmigo fuera de su familia. La joven me miro y me repitió que sí, que lo había notado.

El pasado día 10, vi esto en la tele y en You tube está justo la parte que más me interesó del reportaje de Comando actualidad, un programa muy bueno de TVE. Inmediatamente decidií colgarlo para que lo pudieran ver mis ochenta mejores amigas y amigos, como haría la Miranda Boronat de Terenci Moix.

Esta mañana he enviado un mensaje por email. Comprendo que este hecho por sí sólo no cautive tu interés. Enviamos muchos correos electrónicos todos los días, tantos que, si pudiéramos verlos ir de un lado para otro de una forma física, la imagen sería parecida a la de una calle de New Delhi en hora punta. O como esas fotografías nocturnas en las que las luz de los faros de los coches forman líneas resplandecientes.

Hablo de ese correo en concreto y no de otro, porque se trataba de un mensaje en el que yo había puesto mucho miramiento por la persona a la que iba destinada. Lo escribí, lo borré, lo reescribí. Cambié las palabras como quien enroca en un tablero de ajedrez. Deshice lo andado y volví a ponerlo en pie, busqué un sinónimo, revisé una conjugación y finalmente leí el conjunto tres, cuatro, quince.. quizás veinte veces.

No sin esfuerzo, vencí mi ya preocupante afán perfeccionista y di la orden de enviar al ordenador. Entonces, mi deseo de perfección fue sustituido por esa inseguridad que es marca de la casa aunque nadie lo sepa y cedí a la tentación de acudir a la bandeja de elementos enviados y revisar de nuevo, por vigésimo quinta vez, el texto.

¡Noooo! ¡Falta un acento!! ¡Un acento! ¿Cómo no lo había visto? La falta de aquella tilde desbarataba el conjunto y ponía en entredicho toda mi obra. Y ahora, ¿qué podía hacer? No podía pedir al destinatario que me devolviera el correo, de todas formas la copia de mi primer envío seguiría existiendo... ¿Y pedirle que la borrara? .... ¿y enviarle el acento en un correo aparte?

He tenido dos fiestas de cumpleaños de dos queridos amigos en apenas quince días. Me refiero a cumpleaños de adultos; de niños tengo cada dos por tres, porque ellos cumplen todos los años. Al contrario que los mayores, que dejamos de cumplir a una edad imprecisa entre la infancia y la juventud y no volvemos a hacerlo hasta los 40, en muchos casos con gran despliegue de medios.

Es una moda: ahora a los 40 hay fiesta, a veces fiestón, Se considera que es una edad frontera, quizás la puerta a la madurez. O una edad medianera que marca la mitad de la vida. porque confiamos en llegar a los 80 o más.

Este tipo de eventos suelen ser grandes ocasiones, por eso se cuida mucho el equipamiento, el equipo, el condumio y la bebida. Así que, por lo general, a las fiesta de los 40 -dentro de nada, de los 50- se invita a gente que importa. No es como aquellas fiestas de la adolescencia, que eran de cuantos más mejor. Birthday Cake - candles lit.jpg

Ahora el enfoque es distinto. Ya no vamos a conocer, vamos a reconocer, a festejar la amistad, que es uno de los mejores diplomas que se pueden conseguir en la vida.


He acabado El corazón helado, de Almudena Grandes, un tomazo de los gordos que me ha tenido enganchada durante algunas semanas. Unos libros absorben más que otros. Hay algunos que te sujetan con unas hebras tan sutiles que, a la menor distracción, te pierden. Entonces se quedan arrumbados en la pila de los libros a medio leer de la mesita de noche. Otros, como este corazón helado, te agarran bien fuerte, tanto que te quitan más tiempo del razonable y te mantienen amarrada con una maroma de petrolero hasta que se produce el agridulce momento de la despedida: quieres conocer el final de la historia, pero al mismo tiempo temes que se acabe. Cuando las páginas se agotan, te queda una sensación de vacío, de tiempo por llenar. ¿Y qué leo yo esta noche? FO.JPG

Ahora estoy en esa tesitura, aunque la propia Almudena Grandes da un listado de libros en el epílogo que dedica a explicar sus fuentes y a los agradecimientos. Quizás siga esa senda, que no es la de los elefantes.

La historia que cuenta Grandes es la de dos familias colocadas en bandos distintos durante la guerra civil y las consecuencias que esto tiene para sus descendientes. Leer sobre estos tiempos de dictadura me sirve para muchas cosas: para entretenerme, para saber más, para disfrutar y también para darle la importancia que tiene al hecho de votar, de tomar una decisión, colocarla en un sobre y mandarla al Parlamento Europeo. Ahí es nada.

(Imagen de este domingo de elecciones. La foto es de Fernando Ojeda)

Esta mañana en clase de pilates me he dado cuenta de que las abuelas tienen cuádriceps. Podrás pensar que es una perogrullada, pero a mí me ha parecido todo un descubrimiento.

De repente, mientras intentaban emular a la profesora, me fijé en una de mis compañeras de clase y me di cuenta de que ella, a pesar de su edad algo avanzada, también tenía cuádriceps, que era el músculo que tratábamos de estirar en ese momento con no poco sacrificio.

Fue como una iluminación y no porque desconociera que las mujeres han dispuesto de cuádriceps desde los tiempos de Eva, sino porque hasta entonces no lo relacionaba. No asociaba la idea mujer-madura con término tan gimnástico.

Pero ésta no fue la única revelación que tuve hoy. Pocos minutos después del episodio muscular, me encontraba en el interior de una de las cabinas del vestuario del gimnasio. Estaba concentrada en la tarea de no perder el equilibrio al desvestirme, pero no pude evitar oír una conversación entre mujeres -también maduras- sobre el discurso de Obama.. No es que hubieran oído hablar de él, es que lo habían leído y lo analizaban.

Me fui mascullando para mis adentros sobre ambos acontecimientos, cuando, al llegar a la rotonda de Belén María, tuve que ceder el paso a una furgoneta de carga. El intérés, en este caso, estaba en la persona que conducía el vehículo: una mujer con edad para ser abuela que iba con ambas manos al volante, cara de fijeza y un pitillo humeante entre los labios.

Seguí mi camino y al llegar al periódico para iniciar la jornada me di cuenta de lo mucho que me había cundido ya la mañana. En poco menos de dos horas había eliminado tres topicazos:las abuelas no tienen músculos, las abuelas no saben de política y las abuelas ni fuman ni conducen.

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Tengo unas amistades relativamente nuevas que he hecho a base de pequeñas dosis. Son amistades construidas a empujoncitos, como moja el riego por goteo, y provocadas por las circunstancias. Se trata de las madres, abuelas y cuidadoras de los niños que cogen la guagua escolar con mis hijas. Seis años de encuentros diarios a las 7.30 de la mañana dan para mucho.

Ese punto inicial de la mañana, cuando aún la ciudad se despereza, es un momento doméstico y cotidiano que une si se tiene buen rollo; si no, es imposible. Me refiero a algún personaje seco como la mojama, de los que no saludaban ni a tiros y a los que ni el riego por goteo humedece. De esos ha habido, lo sé; pero la verdad es que no me acuerdo.

Componemos una curiosa pandilla. Tenemos edades y ocupaciones diversas, pero nos une un mismo obejtivo: sacar adelante a la camada. Esta meta nos proporciona una gran complicidad. El problema de uno de los niños -y cuando digo problema puedo referirme a que se ha olvidado la merienda- es un problema de todas y todas a una, como en la obra de Lope, corremos a aportar soluciones cuando alguien pulsa el botón de la alarma.

guagua.jpgHemos pasado juntas un buen rato, si se suman los diez o quince minutos que compartimos todas las mañanas. Es una amistad lenta como decía, hecha a porciones, ya que, para juntar una hora de conversación, hay que sumar tres, cuatro días, quizás cinco.

El encuentro mañanero es también un instante de recreo antes de empezar el día, pues siempre es grato saludar a una amistad, aunque sea a la carrera y mucho antes de desayunar.

(En la foto de Fernando Ojeda, guaguas escolares en posición de descanso)

Es curioso cómo pasamos de la seguridad a la duda en sólo un instante. Las vidas pacíficas y apacibles tienen un inconveniente: nos creemos que son eternas e imperturbables. Por eso, el castañazo duele más. Me refiero a zarpazos como la muerte o la enfermedad. De repente, tu mundo se tambalea y te sientes terriblemente indefenso.

Pero hay zarpazos y zarpazos. No es lo mismo la muerte de un anciano que la de un niño. En ambos casos desaparece una persona querida, pero en el segundo se pierde además una vida que nunca llegó a vivirse.

Cuando ocurre, algunos se quedan en el fondo del pozo, vencidos por la pena. Otros , unos pocos, sacan fuerzas de flaqueza, se levantan, se arremangan y se ponen a hacer cosas importantes, porque tras una experiencia así sólo se pueden hacer cosas que importan de verdad.

Éste es el caso de mi amigo Santiago, un amigo novísimo pues lo conocí la semana pasada, cuando me contó su historia.