El otro día soñaba despierta, mientras esperaba en un semáforo. Normalmente aprovecho el coche para oír la radio, pero hay momentos en los que el sonido radiofónico pierde sus contornos y se convierte en el ruido de fondo de mi imaginación. O, dicho en román paladino, se me va el baifo y me marcho por los cerros de Úbeda a buscar ideas o boberías, que también puede ser.
Era un semáforo de esos eternos y yo empecé a enlazar pensamientos con mucha energía. El punto de partida fue un refrito. No de pimiento y cebolla, sino periodístico. Es decir, un plagio, un robo, una fusilada. Una copia que no cita la fuente original, se aprovecha del trabajo ajeno y lo hace parecer como propio.
Trabajé con un director de periódico que decía que no sólo era elegante citar a otro medio de comunicación, si se daba el caso de que lo tuvieras que utilizar como fuente de una noticia. También era propio de honestos e incluso, de precavidos: ¿Y si era errónea? Se llama juego limpio, fair play para los ingleses. 
En este caso, el refrito que desencadenó mis pensamientos fue uno que me había llegado al correo, en uno de los párrafos de un texto que se presentaba como nota de prensa, lo que viene a ser el colmo de un refrito. Lo cacé al vuelo, porque el original era mío y además, muy reciente. Todavía estaba caliente y bastante grasiento, por cierto.
Hay algo que no he explicado y que aquí resulta esencial. En cuestión de refritos, como en todo en la vida, hay categorías. Éste era de la superior. Su autor no se había molestado en disfrazar el robo con una redacción nueva, simplemente había copiado palabra por palabra, lo había colocado entre otros párrafos -no sé si originales-, y la había enviado por email. A mí, entre otros.
Hace unos años, algunos colegas de la prensa escrita local decíamos con ironía que en determinadas emisoras de radio se oía el aceite crepitando por las mañanas. Algún locutor era tan descarado que se podía oír el ruido que hacían las hojas del periódico al pasar, pues hacía su informativo matutino con las informaciones que tú te habías currado el día anterior, a menudo con bastante esfuerzo.
Hablo de tiempos sin móviles, email, internet y todas esas novedades que facilitan mucho el trabajo, pero también lo domestican. De los tiempos en que los refritos eran hechos concretos, aislados, definidos. Hoy, en la era del corta y pega global, te acechan por todas partes y tienen multitud de formas.
Especialmente sibilino es el refrito que se cree elegante, porque cita en pequeñlto la fuente original. Aquí te enlazo uno bestial. Si vas al final del artículo, verás que pone CANARIAS7, abajo a la izquierda. El artículo es mío, todo mío, pero ahí está sin firma, sin permiso, sin enlace ... ¿Será verdad lo que dice? Yo sí lo sé. ¿Lo sabe el que lo fusiló?
Sentadita en mi utilitario, con el runrún de la radio de fondo, empecé a imaginar qué pasaría si la originalidad se esfumara y todos nuestras lecturas fueran resultado de un corta y pega encadenado y circular. Que nadie buscara ideas nuevas, sino que todo fuera un refrito sin fin. Y entonces cambió el semáforo y yo arranqué, no muy convencida de que la idea fuera tan descabellada.
(Umberto Eco habla de mermelada comunicativa, aunque no creo que se trate exactamente de lo mismo).
(En la foto de morguefile, unas papas fritas, of course)