Me recupero con lo que en casa llamamos una película de sofá de una larga noche de emociones. Ayer, los de mi promoción del Claret celebramos nuestras bodas de plata. Creo que nos juntamos cerca de 90 de los 150 alumnos que comenzamos primero de BUP en octubre de 1979 en el colegio de la calle Rabadán.
Parece que fue ayer, pero en esa fecha la Constitución tenía sólo diez meses, el PCE había salido de la clandestinidad apenas dos años antes y la tele sólo tenía dos canales. Felix Rodríguez de la Fuente aún vivía y en Barcelona Manolo Orantes jugaba el torneo Godó patrocinado ¡por Marlboro!
En aquel entonces lo normal era que los colegios, al menos los religiosos, no hicieran mezclas, los curas educaban niños y las monjas, niñas. Así que, a no ser que tuvieras hermanos/as o primos/as, lo normal era que tu infancia transcurriera ajena por completo a la existencia del otro sexo. Pero en 1979 empezaban a cambiar muchas cosas y ésta era una de ellas.![]()
Nosotras no fuimos las primeras. La novedad había empezado tres o cuatro cursos antes, pero sólo en BUP y COU. Hasta octavo de EGB, que se estudiaba en la flamante sede de Tamaraceite, el colegio seguía siendo masculino en exclusiva. Muchas de nosotras, además y por no decir todas, veníamos de colegios femeninos. Como somos de la quinta del 65, en el 79 cumplimos los 14, y con esa edad, mes arriba mes abajo, empezamos a convivir con el otro sexo en las aulas, el patio y las pandillas.
Anoche, con los 44 ya caídos o a punto de caer, nos reencontramos en el Claret de Tamaraceite, gracias a los buenos oficios de la Asociación de Antiguos Alumnos y a la hospitalidad del colegio. Algunos no nos habíamos visto desde hacía un cuarto de siglo y hubo algún que otro equívoco, porque el tiempo o la memoria no había sido igual de clemente con todos.
Reencontrarme con Ciani, Manolo, Paco, Héctor, Lorenzo, Luifer, Elena, con mi tocaya Ángeles, con Miguel, con Jose, con Juan Carlos, con Chencho y con muchos otros a los que no había vuelto a ver en años me provocó la alegría que sólo despiertan los viejos amigos. También me produjo una extraña sensación, porque mi relación con ellos no había evolucionado desde los 15, los 16 o los 18 años. Vernos de nuevo, todos juntos, con nuestro querido profesor de literatura Pedro Fuertes hablándonos desde el escenario del salón de actos - nos regaló el verbo "bienvenir"- , donde nos sentamos creyéndonos alumnos, fue, de veras, volver a principios de los 80.
La noche fue larga y dio para mucho. Hubo sorpresas profesionales -cómo que eres capitán de infantería, ¡tu!-; pero también de las otras -¿has visto qué guapo se ha puesto zutanito?-, algún momento estrella -qué bueno Amadeo y sus anécdotas-, y otros descubrimientos que no catalogaría de inesperados porque las maneras de hoy ya se apuntaban hace 26 o 27 años.
Pero sobre todo hubo mucho buen rollo, porque pusimos nuestras vidas en modo pausa, nos bajamos y nos encontramos con nuestra adolescencia en un dimensión que yo no sé si es la tercera o la cuarta, pero sí que esta madrugada cuando volvimos a casa cerró sus puertas para siempre, como pasa en las series malas de televisión. Por unas horas pudimos dejar de ser cuarentones con obligaciones y problemas para volver a ser despreocupados adolescentes. Lo de anoche no volverá a a repetirse, no habrá más bodas de plata, -quizás de oro-, y no nos volveremos a reunir de esta manera porque a muchos solo nos une los años de colegio.
Hoy sábado, de vuelta al futuro que tanto nos intrigaba entonces, pienso en todo esto y me doy cuenta de que lo que estoy haciendo ahora es guardar luto de nuevo por mi rediviva y otra vez perdida adolescencia.
(La foto es una de las que se proyectaron en la fiesta. Se tomó en uno de nuestros recreos. Es de nuestra época, seguro, porque la he ampliado y he reconocido a algún compañero. Los partidos de vóley eran habituales)
