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Archivos Febrero 2009

Acaba de salir de la imprenta Cartas del Sur al Norte. 40 días con los 40 últimos, un libro que recoge testimonios de 40 personas que viven en los 40 países peor situados en el Índice de Desarrollo Humano. de Naciones Unidas.

En una de las cartas se afirma lo siguiente:

"La vida en Zimbabue es muy triste. Tenemos la tasa de inflación más alta del mundo:165.000%. La esperanza de vida es la más baja: 33 años en las mujeres y 35 en los hombre. Está sin trabajo el 80% (...)
"Es muy difícil conseguir comida. Lo que se encuentra en algunas tiendas es comida importada, y la mayoría de las personas no tiene suficiente dinero. Una barra de pan cuesta 100.000.000, 00 de dólares zimbabueses, cuando se encuentra (...)
"Nosotros, las personas de Zimbabue, creemos que la vida en Europa y en América es mucho más confortable porque hay democracia y los gobiernos respetan los derechos humanos. Las personas en esos países pueden satisfacer fácilmente sus necesidades básicas y no están hambrientas. Los gobernantes de ahí no intentan morir en el poder, dejan el poder cuando termina el tiempo de su mandato (..)

(Estos fragmentos corresponden a la carta que escribe una mujer de 50 años, de la que se suprime la identidad por su propia seguridad, según se explica en el libro)


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Cartas del Sur ... incluye al final un par de páginas con estadísticas de España para que el lector compare. La esperanza de vida de los españoles es de 78 años y de las españolas, de 84. La inflación anual era del 3,4% en 2005 (ahora es más baja debido a la crisis), que es el dato que figura en la publicación, parte de una campaña puesta en marcha por una organización católica.

Las estadísticas están bien, pero me interesan mucho más los testimonios. Como el de Ndodong David, nacido al sur del Chad, que afirma que sus padres se dedicaban "a la agricultura arcaica basada en la energía muscular".
De su carta extraigo también este párrafo donde se ve cómo los africanos idealizan Europa: "Sin ningún conocimiento sobre España y los españoles, pienso que España (sic), como otros países europeos, ha resuelto el problema del hambre y la falta de infraestructuras sociales y económicas, así como el paro que se vive en el Chad. Pienso que a la edad de 27 años, como yo, un español tiene un trabajo que le permite vivir y construirse un porvenir".

Cartas del Sur al Norte. 40 días con los últimos 40 ha sido coordinado por José Eizaguirre y Aurora Lassaletta y editado por PPC, Editora y Distribuidora, S.A. (2009). Los derechos de autor se donarán a la Fundación Entreculturas.


(En la foto de la presentación del libro este miércoles en Madrid aparecen de izquierda a derecha: Luis Aranguren, director editorial de PPC; José Eizaguirre, coordinador del libro; María, coautora nigeriana; Luis Arancibia, director de Entreculturas y Claudio M.J. Antonio, coautor angoleño)

- ¿Quiere que le ponga la cita para las cuatro o para las cuatro y media?
- Depende, ¿cuánto durará la consulta?
- En veinte minutos estará lista. Es una cosa muy sencilla.
- Ah, muy bien, A las cuatro y media pues...

Por supuesto, la consulta no se resolvió en veinte minutos ni en treinta, sino en más de hora y media y todos los planes que había hecho para esa tarde se vinieron abajo. Soy de esas personas que prefieren esperar a llegar tarde, de esas a las que la impuntualidad porque sí no les parece un asunto gracioso, sino una gran descortesía.

El otro día me ocurrió esto que cuento en la consulta de un dentista. El individuo que me había dado la cita debió pensar que, total, qué más daba mi tiempo, y me soltó el bulo de los veinte minutos para que yo no siguiera importunando con cómo encajar la cita en mi apretada y disparatada agenda de mujer trabajadora con hijos pequeños.

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No sé por qué este tipo de cosas suelen ocurrir con más frecuencia en las consultas médicas. Con algunos da la sensacion de que de verdad creen que sus pacientes no hacen otras cosas. Pero la impuntualidad no es patrimonio exclusivo del sector sanitario.

Una de las cosas que más hacemos los periodistas es acudir a citas. Bien porque te convocan o bien porque tu promueves el encuentro, las citas forman parte de nuestra rutina. Me refiero tanto a citas de cuerpo presente, como a las que se efectúan por teléfono: el llámame a las cinco y a las cinco el móvil está apagado. Dos o tres horas después, ah, lo siento, pensé que no te corría prisa. Y tu te quedas pensando que es cierto que no te corría prisa, pero habías quedado a las cinco.

Si pudiéramos cuantificar todo el tiempo que se pierde por la impuntualidad, probablemente nos llevaríamos una sorpresa, porque la impuntualidad va en cadena. Viene a ser algo así como el efecto mariposa, pero mucho más fácil de entender: Yo llego tarde porque la cita anterior llegó tarde y ahora tu también llegarás tarde por una culpa que en realidad no era mía, sino que viene engordando desde mucho antes, como una bola de nieve que cae por la montaña.

Además de los retrasos en cadena, están los que son en conjunto, aquéllos que se producen todos a la vez. Es cuando se demora el conductor de la guagua que debe llevar a un grupo al aeropuerto o la persona que debia traerles las entradas del concierto. Aquí hay que sumar el tiempo que pierde cada uno, así que, si son cincuenta personas y el retraso es de diez minutos, se han tirado 500 minutos a la basura.

La vida es tiempo y el tiempo es precioso porque es limitado. La impuntualidad sin razones que la justitfiquen es como tirar el dinero por la calle. Y también es una grosería.

Martes de carnaval, 12.30 horas, paseo de Las Canteras. Las Palmas de Gran Canaria. En la arena, bañistas: en el agua, algunos más. El sol brilla y el cielo es de color azul celeste. En el paseo hay un montón de gente. Como es fiesta, muchos han aprovechado para dar una vuelta, que es un entretenimiento sano y muy barato. Ya desde el parque Santa Catalina se les veía venir. Allí había niños disfrazados que se hacían fotos delante del escenario; aquí, en el paseo, la gente se arremolina porque se oye la batukada que se acerca.

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(En las fotos de Arcadio Suárez, Las Canteras, a la altura de La Puntilla, este martes de carnaval por la mañana. Si las pinchas, puedes buscar detalles)

Como hace bastante calor a estas horas del mediodía, a algunos percusionistas les corre el sudor por la frente. Detrás viene una comparsa y después otros grupos de carnaval. Entre el público, los del país son la mayoría, pero también hay mucho guiri con cámara de fotos y representantes de ese melting pot que es este barrio de la ciudad. Así, el personaje más autóctono que pueda despacharse observa junto al guiri intemporal, personaje entrañabilísimo de la playa que cambia de cara pero no de calcetines -siempre blancos y con sandalias- . Y con ellos, codo con codo, el hindú -que ya es tan de aquí como cualquiera-, el coreano, el senegalés, el puertoriqueño, el marroquí, el chino o el australiano en esta mañana de martes de carnaval junto al mar.

La noche del sábado me di una vuelta por la cabalgata del carnaval de Las Palmas de Gran Canaria. No llegué a verla entera porque fue larguísima. Ochenta y tantas carrozas y lo que va en medio, que para mí es lo mejor. Me refiero a los que somos de a pie. Como esta señora de rosa sin afeitar de aquí abajo.

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Ya se sabe que el Carnaval lo mantienen los que se lo curran durante el año. Los miembros de las comparsas, afilarmónicas y murgas, los diseñadores de los trajes de las reinas, los drags y los grupos de amigos que preparan durante meses, con paciencia y afición, los disfraces o la carroza, en el caso de los más pudientes.

Después estamos todos los demás, los que nos disfrazamos con lo que nos prestan o con lo que recopilamos a última hora. Una peluca de aquí, un pompón por allá, una lentejuela que sobró de aquel año, a ese blusón si le cortas una manga...

Unos (llamémosles profesionales) y otros (los amateur) son complementarios e imprescindibles. Constituyen un ejemplo de simbiosis y representan distintos grados de evolución desde el 'me pongo un sombrero y me pinto una ceja' hasta llegar al drag, figura elaboradísima, definitiva y singular del carnaval canarión.

Todo esto -el vestuario, la lentejuela, el refajo- sería el medio para facilitar el objetivo que es pasarlo en grande. Olvidarnos de la enfermedad, las deudas, los exámenes, el paro ... y salir a la calle a reirnos, mayormente. También a maravillarnos con el ingenio de algunos, que salen disfrazados de la Mona Lisa o de I-pod y resulta que van muy bien. Pero sobre todo salimos a festejar la alegría de estar vivos, aunque muchos no nos demos ni cuenta.


(Aquí abajo te pego una foto que me hice con una mascarita divertidísima).

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Hay un prototipo de padre/madre que en su versión más pura y, si me coge desguarnecida, es capaz de hacerme sentir inferior. El complejo es momentáneo, pero he de reconocer que existe y que es como esa piedra con la que siempre se vuelve a tropezar.

El prototipo se caracteriza por su perfección... bueno, más bien por su creencia en que esto es así. Es ese joven de gafas con el que intercambias unas frases en la puerta de la guardería a la hora de recoger a los niños y que, mientras tu le cuentas que tu hija ha empezado a hablar, él te suelta que al suyo lo lleva ahora a clase de chino mandarín.

Ayer por la mañana charlaba con una vecina sobre lo distinta que había sido nuestra infancia. Ella, que es abuela y está jubilada, recordaba unos cuentos que costaban 15 pesetas. Los compraba con mucho sacrificio porque sólo le daban medio duro a la semana y tardaba meses en reunir lo necesario. Me habló de las muñecas recortables, de los juegos con otros niños en la calle y me citó el último libro de Ana María Matute, que me ha recomendado varias veces y en el que la escritora aventura que "tal vez la infancia es más larga que la vida".

Hoy hay niños que carecen de tiempo porque son víctimas del miedo de sus padres a que lo pierdan y no esten preparados cuando llegue el futuro, que siempre viene corriendo. Tenis, idiomas, baloncesto, ballet, logaritmos neperianos, pintura, solfeo, baile de salón, esgrima ... Hay progenitores presas de un afán desmedido por sacar partido a sus pipiolos. Que hagan todo lo que ellos no pudieron hacer. En algunos casos, el síndrome es tan agudo que juraría que la deuda que pagan los niños es la de los padres, pero también la de los abuelos, bisabuelos, tatarabuelos y algunas generaciones más hasta casi rozar el medievo.

El prototipo puro de esta especie se siente autor de la famlia perfecta y cuando alardea de ello sólo falta que suene de fondo la melodía de La tribu de los Brady para que todo sea estupendo.

Ayer tuve un corto encuentro con un hombre que aunque no representa al prototipo puro del que hablaba, sí que se le acerca. Me soltó la fanfarronada habitual sobre sus hijos y yo le escuché con educación. Pero mientras me hablaba me acordé de los niños ahogados de Teguise, pensé en lo que dice la Matute sobre la infancia y me prometí que nunca más daría importancia a cosas que no la tienen.

No me quito de la cabeza el naufragio de Teguise, aunque me temo que pasará lo de siempre. Después de un par de días de estupor y de golpes de pecho, minutos de silencio y declaraciones más o menos afortunadas, pasaremos a otra cosa. Y aquí no ha pasado nada. Se sospecha que el gran trozo de mar que separa la costa africana de Canarias está sembrado de muertos. Y van a seguir muriendo. Quizás en este mismo instante.

La crisis de la que huyen sí que es una crisis y no la nuestra, que sabemos que tarde o temprano acabará. La de ellos no; la de ellos no sólo es peor, es que es perenne.

La presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Nancy Pelosi, estaba hoy especialmente contenta tras recibir en Italia documentos sobre sus orígenes familiares. Según un despacho de agencia fechado en Roma donde está de visita, Pelosi ha recibido las actas de nacimiento de su abuelos paternos de manos del presidente de la Cámara de Diputados de Italia, Gianfranco Fini. El redactor de la nota que distribuye Efe reproduce la expresión de Pelosi al recibir los documentos: "¡Mamma mía!', estoy desbordada por la emoción", dicen que dijo la poderosa dama.

Como soy muy dada a dejarme llevar por la imaginación, rápidamemente le puse cara a Tommaso Fedele D'Alesandro, nacido en Montenerdomo en 1868, abuelo de Pelosi, y a su abuela María Foppiani, nacida en Rovegno, en 1894. Les puse cara y los coloqué en la cubierta de uno de esos barcos de emigrantes color sepia que entraron en EEUU por la isla de Ellis, donde los ancestros de la futura presidenta de la Cámara de Representantes debieron guardar cola y someterse, supongo, al trato humillante y altanero que todos los estados dispensan a los que vienen porque son pobres. Me pregunto si podrían creer entonces Tommaso Fedele y María que una nieta suya llegaría a ser mujer tan principal en el país de acogida.

El ¡Mamma mía! de Carla Pelosi -de soltera D'Alesandro- muestra cuan importante es el origen para todo ser humano. La historia familiar forma parte de lo que somos y es más valiosa en casos como éste, en el que el desarraigo viene de tan lejos.

Tommaso y María emigraron por la misma razón que lo hicieron las personas que han muerto esta madrugada en la costa de Teguise. Tommaso y María tienen una nieta triunfadora, pero los muertos de esta mañana no tienen ni nombre. Leo los titulares, miro las fotos y se me parte el corazón.

Un miembro destacado del equipo A ha fallado a sus compañeros. Ha roto la única regla que carece de excepciones, que es la que dice que todo lo nuestro (lo de mi equipo) es irreprochable y todo lo del contrario (llamémoslo B) es deleznable. Al enemigo, dice la norma, ni agua.

Así, lo que ha dicho el díscolo de A no se toma por su contenido, ni por unos ni por otros. Se toma por su forma, como el rábano se coge por las hojas. No importa si tiene razón; lo trascendente es que ha dado oxígeno al contrario, el cual tampoco es capaz de abordar el asunto de una manera razonable, sino como hacen los niños chicos cuando te sorprenden en una falta: ¡¡¡¡Ja, ja, uy, uy, uy, te cogí!!!

El problema es que los equipos del cuento no son de fútbol ni compiten en un concurso de televisión. Son partidos políticos que se presentan ante nosotros prometiéndonos una gestión inteligente. Pero si tenemos en cuenta la regla del principio, para formar parte de A o B no es necesario tener inteligencia, basta con seguir al de delante.

Toda esta historia de Saavedra y su petición de dimisión del ministro Bermejo se convierte en notición porque la regla del juego es la que decíamos: todo lo mío es magnífico y todo lo del otro es despreciable. Él la ha roto, ha mordido al perro.

Y así el debate no se centra en ver cuánta razón tiene o no al pedir que el ministro dimita, sino en que ha dejado en evidencia a sus correligionarios. (Y después está el puntito morboso, cómo nos gusta una pelea, un rifirrafe, una ruptura. No todos los días se separa la Pantoja.)

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El asunto me recordó a una rueda de prensa a la que asistí hace unos años, aún gobernaba Felipe González y no sé si el PP se llamaba todavía AP. La rueda de prensa la ofrecía un diputado nacional del bloque conservador por Las Palmas, -un hombre al que, por otra parte, respeto mucho-, que anunciaba su dimisión, harto de no tener capacidad de intervención en las decisiones de su grupo.

Una vez que el diputado dimisionario hubo expuesto sus argumentos, un avispado periodista, hoy retirado de la primera línea, simplificó sus palabras y le preguntó si podría definirse como parlamentario botón* lo que él había sido y ahora criticaba.

(*Con b, por el botón que pulsan los diputados para votar; porque lo que él criticaba es que sólo se le quería para eso. Aunque puede que lo hubiera escrito con v, por el verbo votar)

Como muchas otras personas, soy de las que piensan que el lugar de nacimiento o la raza no nos hacen a unos mejores que a otros, y que el hecho de que yo no lleve burka o no viaje en patera no son méritos míos, sino casualidades. Hay tantas cosas que te vienen dadas con la familia en que naces, que sería de género tonto sentirse mejor que otros por asuntos en los que no has intervenido. No decidimos nacer en un país democrático, si fuera posible hacer tal cosa, Zimbabue estaría vacío.

Siempre he pensado que el derecho a la búsqueda de la felicidad, proclamado en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, fue un extraordinario hallazgo de los fundadores de ese país. Todos tenemos ese derecho, incluso los que viajan en patera y las mujeres que viven tras un burka. También los descendientes de emigrantes y exiliados españoles que pueden ahora, con la ley de nietos, obtener la nacionalidad española para intentar un futuro mejor.

Mi madre bromeaba con la idea de recibir una herencia de un tío de América que no tenía. Es un sueño recurrente que viene de la leyenda del indiano enriquecido después de hacer las Américas. Para los nietos de los emigrantes y exiliados, la posibilidad de obtener la nacionalidad española.- que no sólo les abre la puerta de España, ¡es Europa tío!-, equivale a la herencia del tío en América, sólo que el tío resultó ser el abuelo.

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Ayer publiqué un reportaje sobre este asunto en Canarias7 y se colgó en parte en www.canarias7.es Éste último suscitó un buen número de comentarios de lectores, lo cual es de agradecer. Hubo de todo, pero me llamó la atención el alto porcentaje que contestó de manera airada. Reaccionaron como si los nietos de las personas que habían emigrado de Canarias hace cincuenta o setenta años fueran a venir ahora, todos en tropel, para meterse en sus casas, comerse su comida y quitarle la vez en la cola de la charcutería. En lugar del derecho a la búsqueda de la felicidad, lo que trasluce en estos comentarios es el más pedestre 'quien fue a Sevilla, perdió su silla'. Y así nos va.

Cualquier periodista con un poco de experiencia ha conocido al clásico "apunte ahí". Se trata de un prototipo de entrevistado que subraya la importancia que cree que tiene lo que cuenta golpeando con su dedo la libreta del redactor mientras éste intenta escribir. El modelo golpeador o "apunte ahí" no suele aparecer en escenarios confortables. Es muy frecuente toparselo cuando tienes que tomar las notas de pie y con la libreta sujeta a duras penas con una mano mientras escribes con la otra.

Cuando una lleva años de profesión, como es mi caso, y además has conocido todo tipo de ambientes, -algo más frecuente en los medios locales donde hay menos posibilidad de especialización-, llegas a recopilar un album de prototipos, de formas de ser de cara a la prensa, que es como decir de cara a la galería. En su vida normal no son así, pero cuando se encuentran con un periodista..... bueeeeeno

Junto al entrevistado que he llamado golpeador o "apunte ahí", podríamos citar al sintético, ése que no sale de monosílabos u onomatopeyas; al inseguro, que siempre responde con un ¿y usted que cree?; al confianzudo, que desde el primer instante te trata como si fuera de tu familia; y al que lo sabe todo, está convencido de que tu no sabes nada y cuando te explica algo no da nada por supuesto, ni siquiera que podrías haber sido tu quien ha escrito la noticia que te está contando o que, quizás, ya sabes leer.

A los periodistas nos pasa lo que a muchos: en ocasiones nos tratan como si fuéramos de la aristocracia y, en otras, como si viviéramos de atracar a las viejitas a las puertas de las iglesias. Pero volvamos al album de tipos y prototipos. Hay uno en particular muy pinturero, que se distingue por su generosidad en el suministro de datos, opiniones, referencias, anécdotas y hasta recetas de cocina, si se tercia.

Si el prototipo "apunte ahí" es más frecuente en el mundo del conflicto vecinal, este último, el generoso o extenso, es particularmente abundante en ambientes políticos y académicos. Así, algunos de estos personajes llegan a ganarse una bien merecida fama de extensos entre los periodistas, que se escabullen cuando pueden para no tener que hacerles una entrevista. Estos personajes a veces saben mucho y a veces no tienen ni pajolera idea de lo que dicen, pero hablan lo mismo....

¡Qué cosas! Estaba escribiendo este texto mientras seguía con el rabillo del ojo la emisión de un especial que elaboró Informe Semanal de TVE sobre el 23-F a los pocos días del golpe de Estado, cuando aparece en la pantalla don Fernando Sagaseta , un caballero al que traté mucho cuando yo empezaba mi vida laboral y él acababa la suya. .magno.jpg


Fernando fue un hombre extraordinario al que aprecié y del que guardo un gratísimo recuerdo y que, mira por donde, era temible como entrevistado. Recuerdo entrevistas que duraban horas, cuando lo habitual es que con 20, 40 o 60 minutos de conversación sea suficiente. Sagaseta fue la excepción que confirma la regla, al único diputado herido el 23-F daba gusto oirle hablar. El abogado es un ejemplo de un subtipo del entrevistado extenso, donde sitúo a los que tienen mucho que decir. A estos la verborrea se les perdona porque, en su caso, solo es un pecadillo venial.

Eluana llevaba 17 años en coma, pero el Senado italiano fue a votar una ley para mantenerla viva justo cuando ella ya se había muerto.

Tan absurdo como lo de Zimbabue, donde se mueren de hambre pero su presidente celebra una megafiesta de cumpleaños con champán, caviar y langosta en cantidades astronómicas.

A medida que vamos cumpliendo años, vamos colocando como medida de todo la etapa en la que nos encontramos. Es decir, si estamos en el colegio, pensamos que todo lo demás es accesorio: los mayores están para darnos clases, ser nuestros padres, tíos, abuelos o meros figurantes de la vida que transcurre en el exterior de la nuestra. Si somos estudiantes universitarios, no hay nada más trascendental que los exámenes parciales o la fiesta de sutanito; si nos enfrentamos a nuestro primer empleo, idem de idem y así sucesivamente, etapa tras etapa.

Este relativismo prêt-à-porter que saco a la palestra me lo sugirió una conversación que tuve el sábado por la noche con una amiga esencial. Hablamos de los hijos, un tema muy habitual en esta etapa de nuestras vidas, -que, por cierto, caminan codo a codo desde el paleolítico-, en la que ambas somos madres ya de cuasi adolescentes.

Yo soy bastante más impaciente, mientras que ella se detiene más en las cosas. Así descubre asuntos que a mí me pasan desapercibidos y que un día, como ocurrió este sábado, me cuenta y yo tomo como el no va más de la sabiduría.

Mi amiga me habló de frikis y populares, unos términos que al parecer se emplean en algunos sectores juveniles para describir a los que en otra época serían los chachis de la pandilla y los otros. No recuerdo qué término se utilizaba para los que ocupaban el lado negativo de la clasificación, si es que se usaba alguno en mis tiempos.

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Me pasa lo que a muchos, como estoy en otra etapa -soy adulta-, me fijo en lo mío y olvido lo importantes que fueron en otra época los asuntos del colegio. Las notas, los amigos, la ropa, la imagen... Cuando mi amiga me habló de este asunto de frikis y populares, pensé inmediatamente en que se trataba de una contaminación más producida por las series de televisión estadounidenses. De ésas que se deben de comprar al peso en las ferias internacionales. Va el representante de una cadena a un mostrador y pide cuarto y mitad de adolescentes pijas o de familia requeteestupenda con fox terrier de pelo duro y vecina que use peluca.

Eso pensé, que era una contaminación, y puede que sí lo sea en los términos y en la importancia que parece que se le da al asunto en determinados ambientes. A juzgar por ciertas películas de EEUU, en los institutos de ese país no se hace otra cosa.

Mi primera reacción fue lamentar que copiáramos una moda tan poco edificante y la segunda, preocuparme por mi ignorancia en asuntos que pudieran ser muy importantes para mis hijas, para mis sobrinos o para otros niños amigos de aquéllas o de éstos o hijos de amigos, a los que conozco desde que nacieron y quiero casi tanto como a los primeros.

El fenómeno no es nuevo. No nos van a enseñar los americanos ahora a ser crueles con un compañero de clase porque lleva gafas o a idolatrar a otro porque tiene un flequillo como el de Zac Efron (el Leif Garret de los 70, mira aquí el antes y después). Crueles e insustanciales ya los había aquí mucho antes de que se vendieran las series al peso. A la mayoría se nos pasa cuando cambiamos de etapa; el problema son los que siguen igual, con las clasificaciones.

(La foto es de Clarita/Morguefile)

El caso de la joven Eluana sacude Italia desde hace meses. En esencia se trata de desconectar a una joven que lleva 17 años en coma. Todo empezó cuando tenía 20 y ahora ya tiene 37. Imagina todo lo que hiciste entre los 20 y los 37.

Para Eluana, no hay futuro más allá de la sonda que la alimenta, por eso sus padres quieren poner fin al sufrimiento. Desde el Vaticano y las posiciones más conservadoras de la conservadora Italia se pone el grito en el cielo y se equipara la desconexión al asesinato. Desconectarle la sonda, sostienen, es matarla; no dejarla morir.

Ahora, el inefable Berlusconi ha decidido que faltaría más, que Eluana y su familia tienen que seguir penando. La pregunta es si eso es vida.

Hace un par de días un teletipo de la agencia Efe desde Riad informaba de que un ciudadano sudanés había sido condenado a 30 latigazos por fumar dentro de un avión de las líneas aéreas saudíes.

"Según el matutino "Okaz", -pongo el enlace por si alguien habla el idioma, nunca se sabe-, que no detalla cuándo se produjo el delito, el castigo fue impuesto por un tribunal de la ciudad saudí de Yedah ante el que compareció el acusado", informa la noticia de agencia.

Al parecer el condenado fumó varias veces a partir del despegue del avión, en un vuelo local entre la ciudad de Korayat y la de Yedah, a orillas del mar Rojo. Al aterrizar la aeronave, el pasajero fue detenido, pero quedó en libertad bajo fianza.

Sin embargo", continúa el corresponsal de Efe en Riad, "al llegar el caso a los tribunales, se le impuso un castigo de acuerdo a las leyes islámicas, por violar las regulaciones aéreas y causar molestias al resto de los pasajeros".

El tribunal no se apiadó de las protestas del fumador, que aseguraba que estaba en tratamiento. Se puede uno imaginar el mono que tenía el hombre para arriesgarse a semejante castigo, ya que se trata de la segunda sentencia de estas características, sólo que en el caso anterior la condena fue de 50 latigazos. Fumaría cigarrillos sin filtro.

Soy una fumadora vergonzante, es decir fumo pero no quiero fumar. Lo dejo cada dos por tres. Hasta tres veces al día. A lo mejor, para mí sería una buena cosa vivir en Riad y que me dieran latigazos cada vez que falto a la palabra que doy a mis hijas.

Frivolidades al margen -no viviría en Riad ni aunque consiguieran que dejara de fumar-, esta semana estoy de enhorabuena porque creo que el miércoles es la definitiva. Me he apuntado a una terapia que no había utilizado hasta ahora y me han asegurado que lo dejo. Conozco a varias personas que lo han conseguido por este camino y estoy bastante ilusionada. Y si no, siempre queda el viaje a Riad.


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(En la foto de Arcadio Suárez, la prueba evidente de lo sucio que es el tabaco)

Esta mañana he atendido la llamada de una lectora. En este caso puedo añadir lo de amable lectora, uno de esos latiguillos del periodismo carpetovetónico. En verdad, la lectora fue muy amable al plantear su problema.

Este domingo en la sección de sucesos de Canarias7 se publicó una noticia remitida por la delegación en Las Palmas de Gran Canaria de la agencia Efe que se tituló así: "Panga contaminada en Canarias". En el cuerpo de la noticia se informa de que la comisaria europea de Sanidad, Androula Vassiliou, confirma la denuncia presentada por Los Verdes acerca de la compra por parte de España de partidas contaminadas de pescado panga. La noticia concluye con una solicitud al Gobierno de Canarias para que extreme los controles, sobre todo en lo que respecta a la posible venta de panga a los colegios.

-"Tengo panga en el congelador y les llamé para preguntar por lo que publicaron este domingo ...", me dijo cuando hablé con ella.

Realmente, la que la telefoneó fui yo, porque tenía varias llamadas perdidas en mi aparato de mesa y le di a la tecla de devolución de llamada, intrigada más que nada por la insistencia. Pero, en el interin entre su llamadas y la mía, la señora había contactado con Sanidad, donde le dieron esta inteligente explicación: "Usted ya sabe cómo son los periodistas..."

"Me dijeron", me explicó. "que ustedes ponen mentiras".

No podía decirme quién le había cogido el teléfono en la Consejería de Sanidad, porque no había preguntado su nombre ni su cargo. Sólo sabía que había hablado con el gobierno, el lugar donde en su ingenuidad ciudadana creía que le debían una respuesta.

-"O sea que usted pregunta por una denuncia sobre pescado contaminado y le contestan que el periódico miente. El periódico, la agencia Efe, la comisaria europea de Sanidad, Los Verdes...", le comenté.

-"Sí", me contestó. "Pero yo compro el periódico todos los días y no voy a dejar de hacerlo, lo leo todos los días. Pero mire es que no sé qué hacer con la panga que tengo en el congelador. ¿Usted qué haría?, yo la voy a tirar".

-Hombre, ante la duda, yo también.

Reconozco que la anécdota tiene sus puntos débiles. La señora es una anónima y el o la que contesta en Sanidad también.. Pero creo que ilustra la displicencia con la que las administraciones en general tratan al administrado. Y no me refiero ahora a las altas instancias del poder, sino al funcionario de a pie que debería ver en el ciudadano más a un alter ego que a un contrario. Deberían cuidarlo como hace el portero de un hotel de cinco estrellas con su clientes, no sólo porque gracias a él tiene un sueldo asegurado de por vida, sino también por prurito profesional, por educación y porque el equipo es el mismo.

Posdata: Un rato después de hablar con la lectora, llamé al departamento de prensa de la Consejería de Sanidad, donde me aseguraron que no existía alerta alguna, es decir, que desde el Gobierno central no se había puesto en marcha el protocolo previsto para estos casos. Me tranquilizaron y me aseguraron que el tema es un asunto viejo que aún continua tramitándose en el Parlamentp Europeo y que por eso había vuelto a ser noticia.

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(Pescadito fresco, en una imagen de jesus-is-lord/morguefile)