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Archivos Enero 2009

Obama acaba de firmar una ley que proscribe la discriminación salarial por razón de género, raza, religion o edad. La ley, como se lee en el enlace, tiene el nombre de una mujer que luchó para conseguirla, con ese gusto tan estadounidense por héroes y heroínas.

La ley es una buena ley, pero es un poco chusco que se tenga que dictar a estas alturas de la película americana. No es Mozambique, son los Estados Unidos de América, como les gusta decir en las grandes ceremonias, y la discriminación salarial debía ser una cosa ya legislada, que no digo realizada.

En España, téoricamente somos todos iguales, hombres y mujeres, pero la discrimación salarial por razón de sexo -hay otras-, sigue siendo brutal. Lo he puesto en Google y me han salido infinidad de respuestas. Te enlazo ésta, que tiene un buen titular. Además del caso que representa Lilly -tenía el mismo puesto que otros compañeros hombres, pero cobraba menos-, está el de mujeres que realizan las mismas tareas -o más- que compañeros masculinos pero sin que se les reconozca siquiera la categoría que merecen, y evidentemente, con ella va el salario. Hay un trecho muy largo entre lo que dice la ley y la vida.

(Llevo semanas sufriendo con mi portátil a causa de la entrada de internet que de repente pasó de canalón a canalillo. Mi querido amigo Alejandro ha solucionado el problema en un pis pas y yo he quedado como lo que soy, una ignorante virtual -que no es lo mismo que una virtual ignorante-, pero hoy voy de otra cosa.)

Anoche, cuando volvíamos a casa, mi costilla me comentó la reacción de otra persona acerca de la expresión sonriente con la que los tres jóvenes implicados en la muerte de Yunaisi aparecían en la primera del periódico del miércoles. "Estos descojonados y la niña muerta", comentó aquella persona tras ver la portada.

Me pareció una frase certera. La conclusión de esta historia desgraciada es que el bebé Yunaisi no llegó a cumplir el año y que lo seis meses que duró su vida no fueron un camino de rosas, ya que, según las periciales de los forenses, la niña sufrió malos tratos. El revolcón que se ha llevado el proceso retrasará un poco más la definición de las responsabilidades. Pero no es éste tampoco el tema que propongo.

He oído que en ciertos ambientes hay padres que animan a sus hijas menores a quedarse embarazadas porque de esa manera tendrán prioridad para obtener un piso de protección oficial. No sé si es cierto y tampoco sé, si en caso de serlo, afecta a mucha gente. Pero puede ser un indicio más de por qué en determinados sectores de la sociedad abundan la madres precoces, como la de nuestro bebé, que debía tener unos 18 años cuando ella nació.

No es posible afirmar que una madre niña no va a ser capaz de criar a su hijo ni tampoco se puede decir lo contrario de cualquier madre de 25, 30 o 40 años La edad no es una garantía de sensatez materna, aunque es posible que ayude. Para tener un hijo no hay que pasar ningún examen ni realizar un curso ni cumplir ningún requisito. Basta con tener un óvulo y que éste se cruce con un espermatozoide. Lo demás es automático.

"Lo normal es que todo sea normal", le decía su madre a una amiga mía para calmar sus temores de embarazada primeriza. Y así es. Lo normal es que nueve meses después del cruce entre el óvulo y el espermatozide nazca un niño y pida vivir. Los padres se lo llevarán a casa y allí se irá el bebecito, completamente indefenso y confiado en que ha caído en buenas manos. Se va sin garantías y sin referencias respecto a la familia que le ha tocado.

En la mayoría de las ocasiones al recién llegado le cae un buen destino, pero a veces la normalidad tiene un roto y el bebé se resbala por él. Podríamos ayudarle, pero es difícil porque el pobre no puede pedir ayuda ni salir corriendo. Así que se traga lo que le echen hasta que logre hacerse mayor, se descubran los malos tratos o, como Yunaisi, aparezca muerto. Son pequeñas malas vidas para las que, para nuestra verguenza, seguimos sin tener respuesta.

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(El la foto de la agencia Efe del año 2004, dos operarios trasladan la camilla donde va un niño al que acaba de matar su padre a golpes. El niño tenía tres años. Fue en el País Vasco),

Hace unas semanas escuché en la radio al director del Museo del Prado a raíz de la iniciativa de Google Earth. El buscador ha colgado fotografías de 14 obras maestras de la pinacoteca en altísima definición. Miguel Zugaza, el director, se felicitaba por la nueva oferta que permite navegar sobre las pinturas y acceder a detalles que no se podrían observar de otra manera. El prodigio tecnológico era constatable, pero el director del Prado puso un pero: En internet no es posible ver "el alma" de los cuadros, la imagen virtual no puede reemplazar a la real.

No sé si Zugaza expuso este argumento para fomentar las visitas al museo que dirige; porque cree sinceramente que la pintura tiene alma y ésta no puede reducirse a bits, o por ambas cosas a la vez. Pero me acordé de esta afirmación al leer que la editora Carmen Bacells va a colocar sus libros en Internet. Los autores de la agencia de Bacells no son moco de pavo. en su nómina está García Márquez, Vargas Llosa, Delibes y algunos otros indispensables de las letras hispanas.

El proyecto editorial tiene evidentes paralelismos con el del Prado. En ambos casos se trata de colgar obras maestras en la red. Pienso, como Zugaza, que no es lo mismo contemplar Las Meninas en la pantalla del portátil que en vivo y en directo. Hay una emoción que es física y nunca virtual.

Por otra parte, se pierde glamour, pero también se gana con la democratización del teclado. Ahora podremos escrutar a Velázquez en pijama y zapatillas, no importa que no podamos ir a Madrid. Ocurrió lo mismo con el avión: antes, cuando eran pocos y caros, la gente se ponía elegante para viajar; ahora, que afortunadamente ya no es un transporte minoritarío, subimos la escalerilla o recorremos el finger de cualquier manera.

Puede que sea una cuestión de costumbre, pero no encuentro el mismo placer en leer un periódico digital que en hacerlo en papel prensa. Hay quien sostiene que los lectores se hacen adictos a un determinado diario también por el tacto del papel. Contenidos, ideas, firmas, enfoques y tendencias son importantes, pero también la calidad del papel. Supe de esta teoría hace algunos años, cuando Internet ni siquiera era una promesa, pero no creo que haya caducado del todo.

Con los libros me ocurre lo mismo, me gusta su lado material. Tengo un amigo al que le gusta olerlos, y que asegura que alguna vez lo han pescado en la librería con la nariz metida en un tomo. (También los lee, de hecho le gusta más leerlos que olerlos). Con el proyecto de la Bacells, mi amigo podría saber del coronel Aureliano Buendía, pero sería de forma innodora.

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Supongo que es el signo de los tiempos y que cada vez tendremos más partes de nuestra vida colgadas en la red. Internet se convertirá entonces en el perchero de todas las artes y de todos los conocimientos y quién sabe si los libros o los cuadros tal y como los conocemos hoy serán objeto de coleccionista.


(La foto es de morguefile)

Entre los restos extraídos del Pozo de Llano de Las Brujas, en Arucas, fosa común a la que partidarios del bando franquista tiraron hacia 1937 al menos a 19 hombres, hay objetos personales. Ayer, cuando estuve en el laboratorio donde el equipo de Javier Velasco realiza el estudio antropológico, pude observar con detalle algunos de los pequeños objetos que aquellos hombres se llevaron a la tumba y que, en algunos casos, han aguantado con firmeza los 70 años que pasaron en las profundidades del pozo.

Estas cosas, prendas de vestir en su mayoría, guardan más mensajes para mí, que no soy arqueóloga, que los restos óseos que tanto dicen a los profesionales. Los objetos, aunque maltrechos, han conservado su apariencia y sugieren historias. El duro de plata, ¿quién sabe?, pudo ser entregado a la desesperada a uno de estos hombres, cuando fueron a buscarlo y aún no sabían que era para matarlo.

Hay una suela de zapato en la que se lee bien grande la palabra Tigre . No pensé que en los años 30, en la Gran Canaria rural, hubiera zapatos de marca. Ni que una dentadura postiza pudiera resistir tan bien el paso de más de medio siglo y reaparecer ahora, con sus dientes blancos y bien modelados. ¿Cuándo se encargó esta dentadura? ¿Quién la hizo ¿Cuánto costó? ¿Qué sintió su propietario al ponérsela por primera vez?

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Botones, trabillas metálicas de tirantes para sujetar el pantalón, tacones, jirones de ropa ennegrecidos y quebradizos y un gemelo de nácar. Cuando la arqueóloga Martha Alamón me mostró ayer esta pequeña pieza de orfebrería, pensé que debió ser un objeto valioso en aquella época y en aquel lugar.

El gemelo es de los de pie rígido, parece que fue dorado, salvo el botoncillo que es de nácar aunque está ennegrecido por el tiempo y le falta un pedazo. En el brazo conserva pequeños jirones de tejido. Probablemente del puño de la camisa, me dijo Martha.

Estábamos rodeados de grandes mesas cubiertas con los restos óseos de nueve individuos, pero a mí lo que me colocó en el lugar de la tragedia que habían sufrido aquellos hombres fue el gemelo de nácar. ¿Quién los compraría?, le dije a Martha. Y después seguí haciéndome preguntas: ¿una herencia? ¿un regalo de bodas que acabó en el fondo de una fosa común?

(En la foto de Fernando Ojeda, la parte superior del cráneo del individuo número 7. El orificio es de bala. Probablemente estaba de rodillas cuando le dispararon desde arriba. Después, cayó boca abajo en el pozo)

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Esta mañana fui a la peluquería a hacerme una reparación. Fuí a la mía, a la que frecuento desde hace más de una década. Para muchas mujeres, la peluquería no es sólo un sitio donde ponerse el tinte. Una buena peluquería de barrio, de esas con solera, es además un lugar para el intercambio social, para escuchar confidencias o contarlas y para reirse un poco de los hombres, que también.

En la peluquería te miman y trabajan para que estés guapa, además te encuentras con otras como tú que están, como tú, disfrutando de esos escasos momentos que una tiene sólo para una misma. ¿Qué más se puede pedir? Esta mañana, como digo, estuve en la mía para una operación de mantenimiento. Ahora me las hago por partes para aprovechar mejor las rendijitas de tiempo que voy escamoteando a la rutina. Hoy una ceja, mañana otra...

Hoy tuve tiempo para las dos cejas y me reí con Candi -alma mater de la peluquería junto a su hermana María, eficientísimas profesionales y encantadoras amigas-, porque no encontraba sus pinzas. Tuve que esperar unos minutos mientras ella buscaba el instrumento. La verdad es que me escamó el hecho de que en una peluquería como aquella sólo tuvieran un par de pinzas, y así lo dije, como se dicen las cosas en las peluquerías, en voz alta para que te oigan. María confesó que se trataba de un efecto colateral de la crisis: Una peluquería, unas pinzas. Y yo me quedé conforme.

Al poco apareció Candi triunfante con las pinzas en la mano. Naturalmente, a esas alturas yo había comprendido ya que la explicación de que sólo tenían unas pinzas por la crisis había sido una broma, por lo que quise ver con mis propios ojos la razón de que aquel par fuera tan especial.groucho.jpg

Candi me las mostró, pero sin soltarlas, y me dijo que tenían más de 25 años. Eran alemanas y habían llegado a Gran Canaria procedentes de una feria. A brote pronto eran más estilizadas que las pinzas de toda la vida, como más Barbie (la muñeca) que Nancy (la otra muñeca). Me hundí en el lavacabezas para que Candi pudiera enfrentarse a unas cejas que ya quisiera para sí Groucho y me dejé llevar por la idea de que las pinzas con que me iban a depilar llevaban 25 años en activo.

Acabo de ver en la tele un anuncio en el que un niño le dice a su madre que él se va "a hacer caca" a casa de un amigo. Repite varias veces la palabra "caca", con la cabezonería propia de los niños chicos. Finalmente, el chiquillo se va de casa, se supone que a hacer eso a casa de su amigo. Es el anuncio de un ambientador.

No doy crédito. No sé a tí, pero a mí me da asco oír la palabra "caca". Es peor que la palabra mierda, porque es más definitiva. Sobre todo si va precedida del verbo hacer: hacer caca. Puag. Es que hasta la huelo. Una rato de televisión puede convertirse en una experiencia asquerosa. No me refiero a programas más o menos cargados de basura, sino a determinados anuncios como este del niño cagón.

Hay algún otro más igual de repugnante. En uno de ellos hay un tío al que el sudor le sale a chorros de las axilas, hasta que se pone el desodorante marca tal tal. El sudor, sobre todo si es ajeno, no es un liquido agradable. Y ahí te lo ponen a chorros, es como un chorro de pis. ¡Qué asco!

Si no tienes suficiente con el niño cagón y el chorro de sudor, en cualquier momento puede atacarte la mujer a la que se escapa el pis o el bebé que tira cuadros de la pared con el suyo o los famosos del tránsito. Aunque estos últimos me están pareciendo hasta delicados, después de oír al niño de la caca.

Este anuncio que pego es otra cosa. Es guarro en otro sentido y además es ingenioso. ¿No crees?

El hombre más poderoso del planeta es negro. La industria automovilística frena su producción porque no vende. Bancos centenarios quiebran. Empresas potentísimas, como Sony o Microsoft, echan a miles de empleados, a pesar de que los jóvenes ya no se citan en la plaza, sino en la pantalla de sus ordenadores. El Instituto Nacional de Estadística vaticina un frenazo en el crecimiento demográfico y se anuncia que la inmigración se modera. La incertidumbre se ha apoderado del presente, donde los perritos calientes no son lo que parecen. y las amas de casa pierden su inocencia. Contratan delincuentes como en la posguerra se pintaban la raya en la parte posterior de las piernas para simular que llevaban medias. A fuerza de modernos, estos tiempos parecen antiguos. Las cosas van mal, pero no es más que una carrerilla hacia atrás para coger impulso.

Hace semanas que quiero escribir de este caballero. Se llama Óscar Gutiérrez Ojeda, y a mediados de diciembre unas doscientas personas casi le provocan un soponcio. Fue en un hotel de Las Palmas de Gran Canaria, en un salón para eventos donde a la chita callando se le preparó un homenaje. Y don Óscar, que creía que iba a una cena de su despacho, se topó de golpe con las doscientas que los recibieron al grito de. "¡Alegrándonos!".

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El saludo era una clave para iniciados, porque solo los que lo conocen - que son muchos- saben que don Óscar siempre saluda así: "Alegrándome". El secreto es que es verdad que se alegra, porque don Óscar es un personaje que disfruta con la gente en general. Conoce a muchísima, porque es muy sociable, y nunca tiene ese trato distante propio de algunos menos capaces que él. Va por ahí alegrándose de los encuentros que le depara la vida y consigue que todos y cada uno de su legión de amigos sientan que en él, en verdad, tienen un amigo.

Fuí a este homenaje y uní mi voz a la de los otros para lanzar el grito de guerra, porque conozco a Óscar desde hace ya una partida de años gracias a mi amistad con sus hijas y tengo muchas razones para alegrame con él. Es un hombre poliédrico por sus afanes, pero el que aquí interesa es el que provocó el homenaje del casi soponcio. Se llama Adepsi, y aunque el nombre como nombre no es de los que enamoran, esconde bajo sus siglas una fantástica aventura que empezó en 1982.

En ese año, Óscar y otras personas, padres todos de personas con discapacidad intelectual, decidieron que sus hijos y otros como ellos tendrían una vida. Se pusieron manos a la obra y hoy Adepsi es un pedazo de organización, que ellos prefieren llamar familia, experta en descubrir las capacidades de los discapacitados, como le gusta decir a su presidente, que es lo que ha sido Óscar durante todos estos años.

Aquella aventura que empezó en un piso de alquiler en Escaleritas da hoy trabajo a muchas personas condenadas entonces a no salir de casa; independencia y hasta amores, que en eso consiste la vida. El camino no ha sido fácil, como dejó dicho María Eugenia Palmás, la gerente de Adepsi, en la cena. "Quien nos iba a decir cuando comenzamos que llegaríamos a ser una organización grande, promotora de otras tres entidades, y que abarcaríamos sólo en Asociación Adepsi a más de 88 profesionales, 220 familias, 107 personas atendidas diariamente, diez voluntarios y con un trabajo de formación e inserción a todas las discapacidades que atiende a más de mil personas", recapituló Palmás aquella noche.

Hay mucha felicidad en estas cifras. Te lo aseguro porque conozco a algunos de esos señores y señoras que forman la familia Adepsi. Muchos de ellos asistieron al homenaje del casi soponcio, para darle las gracias a Óscar, por tanto años y tantas cosas.

Él anda ahora entregado a su faceta literaria. Ya ha escrito dos libros (De cuando era un chiquillo y La Jarca) y me temo que hay otro en camino, porque este es un hombre con mucho ímpetu que no sabe estarse quieto.


(En la foto de Franscisco Socorro, Óscar bromea con Lucía y la monitora Saro, en la sede de Adepsi. La imagen es de septiembre de 2007)

Aprecio mucho las historias de los viejos. Me gusta que me cuenten cómo fue su infancia o cómo era la vida sin televisión. Cómo era eso de que no hubiera carreteras entre según qué pueblos o qué era estar embarazada sin ecografías. Con un poquito de paciencia, la conversación con una persona mayor puede ser tan interesante como una buena película, como una buena novela.

Hay veces que voy por una calle del casco histórico y pienso por aquí pasó mi abuela o la abuela de mi abuela y entonces reinaba Alfonso XIII o Isabel II, los hombres usaban sombrero y las mujeres mantilla. Disfruto cuando viajo a ciudades con más siglos de historia. Me paro ante Notre Dame, en París, y pienso en la Revolución Francesa o en la Francia ocupada.,¿Pisaría esta piedra Picasso? ¿Pasaría por aquí Negrín? Si estoy en Bayona, pienso en que por allí anduvo Martín Alonso Pinzón, con la noticia de un nuevo continente. Pero lo mismo me ocurre en el Museo Canario, cuando me paro a observar las momias de los aborígenes canarios e imagino cómo fueron sus vidas.

Esta curiosidad por los antepasados me ha hecho interesarme por la reciente historia de España y, en especial, por la de mi tierra chica, Gran Canaria. Más que los grandes hechos -que también- me interesan las vidas concretas de personas concretas.

Todo esto tiene relación con el hecho de que la biografía sea tal vez mi género preferido, que no tiene por qué ser de la etapa histórica de la que hablaba. Me mato por una buena biografía sea de quien sea y de la época que sea. También las memorias, que son las biografías escritas por el interesado, aunque mi experiencia es que algunos autores mienten como bellacos al hablar de sí mismos.

Estas navidades han llegado a casa dos libros en esa línea. El primero fue un completo error de Papa Noel. Trajo Franco, mi padre, un tomazo pesadísimo que dejé al poco de empezar porque sólo contiene humo. No esperaba críticas al dictador, ni mucho menos, pero sí alguna revelación de interés. Le daré otra oportunidad en el futuro, seguro.

El segundo libro me lo estoy merendando a mordiscos. Es trepidante. carmenfranco.jpgSe trata de las memorias de Ron Wood, de los Rolling Stones. (Ver reseña aquí y llámalo nepotismo)

Lo que me pregunto cuando me topo con unas memorias de este calibre, tan prolija en detalles, nombres y fechas, es si el personaje en cuestión fue por la vida con un cuadernito. José Luis de Vilallonga aseguraba que sí, y aún así lo acusaron de contar alguna imprecisión.

Dos comentarios de Inshallah en mi anterior entrada me han hecho pensar la diferencia que hay entre lo que somos, lo que creemos que somos y lo que creen los demás que somos.
Mi entrada sobre el supermercado no pretendía ir más allá de un ejercicio de redacción, contar una situación que me había parecido curiosa. No era mi intención meterme con el gremio de las cajeras de supermercado, ni mucho menos; pero Inshallah me comenta que encontró el texto "un pelín clasista".

La valoración de las personas en función de su clase -sea social o de otra índole- es una práctica que me parece errónea. No me considero clasista. Eso es lo que yo creo que soy. No sé si es lo que los demás piensan de mí y tampoco estoy totalmente segura que sea lo que soy.

Opino que la mayoría tendemos a supervalorar la fuerza de nuestras convicciones. Quiero decir: a creer a pie juntillas que somos buena gente, correctos, compasivos, demócratas, educados ... ¡Por Dios! ¡Cómo puedes pensar eso de mí!, exclamamos cuando alguien pone en duda nuestras buenas intenciones.

Sólo la confrontación con los demás nos permite ver cuán demócratas, educados o compasivos somos en realidad. La visión que los otros nos devuelven de nosotros mismos puede ser una pista para conocernos. Da un poco de vértigo, porque a lo mejor no nos gusta lo que vemos en ese espejo.


El supermercado, santa santorum del encuentro social, es una mina. Hace unos días estuve en uno donde presencié un rito de apareamiento entre humanos. Como se verá más adelante, me ví obligada a verlo igual que el resto de las personas que esperábamos en la cola de las dos cajas donde se produjo el fenómeno.

No tomé nota ni me pareció que sacar una grabadora fuera una decisión prudente, aunque ambos protagonistas no tuvieron reparo en representar su escena en público, que en eso nos convertirnos los compradores que tuvimos la suerte de caer allí. Lo ocurrido fue la prueba de que para algunos dependientes los clientes no son seres capaces de oír y comprender, sino autómatas que acarrean carros llenos de alimentos y que cumplen su cometido como las máquinas de una línea de montaje.

El macho estaba en una caja y la hembra, en la siguiente. Entre los dos, el pasillito por el que pasábamos los cliente de la segunda. Cuando llegué y mientras esperaba a que la clienta que me precedía acabara de pasar su compra, me encontré con la siguiente conversación, que cogí, claro, ya empezada.

Ella: -.... pues yo a mi hijo le voy a comprar los preservativos por toneladas
Él: -Yo se los compraba a mi sobrino ..
Ella:-¿Cuántos años tiene?
Él:-Ahora tiene 17, pero empecé a comprárselos cuando tenía 12
Ella: -¡Qué precoz¡
Él: -Es que vi que tenía novia y ...

Esta charla se desarrollaba en el marco de un super atestado de clientes un sábado al filo de la una de la tarde. Todos teníamos hambre, todos teníamos prisa y todos teníamos compras descomunales, pero aquellos dos no parecían impresionados. Cogían una lechuga, la pasaban por el lector de barras, marcaban el precio en la caja y pasaban a la leche, el pan, el detergente... sin soltar la hebra.

Del preservativo y la edad apropiada para iniciarse en el sexo pasaron al ligoteo directo.
Él empezó a insinuarse. Ella se hacía de rogar pero no con mucho empeño, al tiempo que le empezaron a dar extrañas convulsiones.

Cada vez que él iniciaba un ataque directo, ella se deshacía en risas nerviosas y se doblaba sobre el mostrador, hasta rozar con su cabeza el lector de precios. No habría desentonado en Barrio Sésamo.

Para cuando el asedio del muchacho adquirió intensidad, ya me había tocado mi turno y empecé a pasar mi compra con bastante recelo, porque para entonces los ataques de la joven habían llegado al paroxismo. Cuanto más picante se ponía él, más se destartalaba mi cajera.Supermarket_Gondola__4_.JPG

Él decía que si quedaban y a ella le daba por soltar carcajadas histéricas, dar tremendas sacudidas a su melena y doblarse por la cintura en dirección a mis huevos o a mis tomates. La escena, en verdad, fue tremenda. La chica estaba al límite de sus nervios y los clientes, nosotros, pretendiendo que nos cobrara para irnos a casa.

No sé si hubo cita o no, porque cuando al final pude pagar y cargar mis bolsas en el carro, salí de allí como alma que lleva el diablo, escoltada por las carcajadas nerviosas de aquella estrepitosa cajera.

(Foto Alvimann/ Morguefile)

Apasionante debate el que ha planteado un grupo de amantes de los perros. Reivindican que se les permita pasear con ellos por lugares hasta ahora vedados a los canes. Léase un paseo marítimo (¿Las Canteras?) o una calle peatonal (¿Triana?).

El asunto no es trivial a juzgar por el amplio debate que ha originado en canarias7.es . En este momento hay 219 comentarios sobre el asunto. Es un tema tan cotidiano que todos tenemos opinión.

A priori no debe haber problema en que perros educados paseen junto a dueños educados. El problema, creo yo, está en la falta de baños públicos caninos. Para los apretones, el lado sólido del asunto, los amos educados usan bolsitas de plástico; para lo otro, la parte líquida, no hay todavía respuesta en esta ciudad.

Como este invierno ha llovido bastante, no tenemos fresca la imagen de esas esquinas pegajosas, improvisados retretes perrunos donde se superponen los pises como capas de barniz.

El problema es éste, los pises caninos, ¿Cómo van a impedir los educados amos que sus educados perros levanten la pata en paseos marítimos y calles peatonales? Yo propongo orinales para perros; pañales, si son cachorros. Imagina una ciudad libre de pises.

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(El debate no ha dejado a nadie indiferente.
La foto es de Lisa Solonynko/ Morguefile)


De niña pasé algunos veranos en unos curso de inglés que organizó el colegio Dominicas y que se llamaron English House. La experiencia pedagógica, innovadora para la época, necesitaba de la participación de profesoras nativas -chicas, of course-, que por lo general no sabían ni papa de castellano. El cursillo duraba un mes, incluía hospedaje y era intensivo, así que, aparte de aprender, solíamos hacer amistad con las jóvenes que venían a enseñarnos. A menudo, las inglesas flipaban con las cosas de los canarios. Aquel panorama de finales de los 70 era más parecido al Spain is different de las décadas anteriores, que a la Canarias de ahora, mucho más partícipe de la aldea global.

Uno de las rarezas de los canarios que sorprendieron a las teachers era el afán de los hospìtalarios nativos por enseñarles algún paisaje verde ¡A ellas que que estaban hartas de hierba!

Recordé esta anécdota el otro día cuando un amigo me comentó que había estado en un partido de la UD y que había que ver a la gente, con bufandas, guantes, abrigos... Estas temperaturas tan frescas para lo que es habitual en la isla nos han permitido abrigarnos, una práctica que en Gran Canaria dejábamos para el día que subíamos a la Cumbre. Subíamos a pasar frío, pero este invierno, el más gélido desde el 73, no está haciendo falta.

Aquel afán por enseñar un cachito de terreno verde a las inglesas tenía algo de hospitalario, pero también escondía cierto complejillo. Era como decir: 'mira aquí también tenemos lo que ustedes, no somos tan de secano'. Ahora pasa algo parecido. El frío, esa novedad, nos acerca a Europa y nos permite vestirnos de invierno, como en la Península. Jugamos al inviernito y estamos encantados.
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(¡Mira qué verde! La foto es de Borja Suárez y se hizo en la caldera de Los Marteles en diciembre)

De todos los rotos y descosidos de la vida, los que me afectan de una manera singular son los que protagonizan los niños. Acabo de leer en elpaís.es que una autoridad religiosa musulmana defiende el matrimonio de niñas de 10 años. Me imagino la cualquiera de ellas y se me parte el alma.

Una situación similar narra la película Agua, en la que su directora, Deepa Mehta, relata la historia de una viuda de 8 años en la India de los años 30.

Lo segundo es ficción por más que cuente hechos reales y vigentes; lo primero, actualidad pura y dura.

Cuiroso este duelo sobre ruedas que han montado ateos y creyentes en las calles de Barcelona y otras ciudades. Más que el fondo del asunto -existe o no Dios-, me interesa el medio.
Por una vez los costados de las guaguas de transporte urbano no sirven para anunciar detergentes o refrescos. Ahora son vehículo de la metafísica, como si la existencia o no de Dios dependiera también del marketing.

Es curioso la capacidad que tenemos para sentirnos parte de un grupo. La capacidad o la necesidad. Somos seres semigregarios y la tendencia a agruparnos puede surgir en cualquier situación. Puede ocurrir en la cola de un probador, que es larga porque hay rebajas o en la del servicio de señoras de un bar de moda, que está atestado porque es sábado por la noche.

Del humor de los integrantes depende el tipo de grupo que se cree. Si lo hay bueno, la solidaridad prende pronto y en seguida se oyen frases como "pase usted tu primero que se la ve más apurada" o "no se preocupe que a mí no me importa esperar".

Formamos grupos de forma espontánea y, con la misma facilidad, los deshacemos. Son grupos coyunturales como los que nacen cuando se viaja en el mismo avión y surge un problema. Si hay retrasos y ese tipo de martingalas aéreas tan en boga estos días, en menos que canta un gallo empezamos a hablar entre nosotros, a opinar, a plantear estrategias o a ofrecer un trago de agua al niño del asiento de atrás.

Cuando estas formaciones temporales están en su cénit, parece que nos conocemos de toda la vida; es más, casi nos llevaríamos a casa a algunos de nuestros camaradas de coyuntura. Mientras vivimos el apasionamiento grupal, estamos convencidos de que vamos a ser amigos para siempre, pero, en cuanto desaparece la causa que nos unió: si te he visto no me acuerdo y al niño que lo aguante su madre.

Hay grupos que duran minutos y otros que son para toda la vida. Grupos que tienen horario, escenario y hasta vestuario, como el que forman las alumnas de una clase de ballet. Y grupos del pasado, que siguen unidos a duras penas por hilos que se van estirando, como las hebras de pegamento cuando se pega en los dedos.

Se resisten a disolverse porque tienen un origen potente. Son, pongo por caso, las antiguas compañeras de un colegio de primaria que se siguen saludando cuando, ya cuarentonas, se encuentran en la escalera mecánica de unos grandes almacenes o en la noche de Reyes detrás de unas cañas.

Después están los grupos estructurales -la familia, los amigos, los compañeros de trabajo-, y sus relaciones entre sí -conjuntos, subconjuntos y todo lo demás-. Grupos de edad, grupúsculos, grupillos, groupies -aunque esto es otra cosa-, grupos de poder y grandes grupos nacionales.

A menudo la pertenencia a un grupo sirve para construir emociones o proyectos; otras se convierte en un sentimiento irracional que tiene como único argumento el 'nosotros'. Son los hinchas de un equipo de fútbol que arrasan el estadio del rival o naciones enteras que, como Israel en Gaza, subordinan la vida y la muerte a los intereses de su propio grupo, que es para ellos la medida de todas las cosas.

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(Un grupo, en una foto de nyberg/morguefile)

Una serie de circunstancias me llevaron anoche a una butaca par del primer anfiteatro de la sala sinfónica del Auditorio Alfredo Kraus, para asistir al concierto inaugural del 25 Festival de Música de Canarias.

Las circunstancias encadenadas que me llevaron a mi primer concierto del festival en 25 años fueron, por este orden, dos entradas regaladas, razón primerísima y fundamental; la fortuna de tener una amiga melómana a la que me apetecía mucho ver; el deseo de estrenar un precioso abrigo que me trajeron los Reyes Magos y la seguridad de que el concierto no me iba a desagradar,

Con estos rudimentarios mimbres y mi oído derecho enfrente del izquierdo, mi abrigo de Reyes y mi amiga melómana mi lado, festejando la invitación con sus bien dotadas orejas, me presenté en el Auditorio Alfredo Kraus, consciente de mi ignorancia musical, pero dispuesta a absorber algo que intuía extraordinario.

DSC01984.jpg La música clasica se presenta en un estuche elegante que puede servir de imán para algún parvenu, pero también de poderoso repelente para, me temo, una gran mayoría.
A priori , es un asunto demasiado elevado para el poco cultivado paladar de las clases populares. También es una materia complicada, que hay que conocer para convertirse en un entendido, en una persona con cultura musical o con pretensiones de tenerla. Todo ello nos deja fuera de juego a los que no somos de ni de ringo ni de rango ni entendidos ni cultivados, ni ná de ná. (También hay mucha pantalla y mucha pretendida elite que lo es, pero sólo en su barrio, y mucho melómano de programa de mano. En un acto social a veces importa más parecer, que ser.)

Yo anoche debía ser un rara avis, con mi abrigo nuevo y mis escasos recursos musicales, pero disfruté. La música es un arte apto para ignorantes, sólo tienes que poner atención. Yo no disfruté de los matices que apreció mi amiga melómana ni sabría decir si el director Lú Jia estuvo especialmente afortunado en sus interpretaciones de Schubert y del inquietante Liget. Además, me falta lenguaje para describir lo que escuché de una forma apropiada

Yo, profana en la materia, sólo podría decir que hubo momentos en los que la música se convirtió en algo tangible que llenaba la sala sinfónica con terciopelo y miel, optimismo y angustia. Hubo momentos en que el sonido se podría haber untado en una tostada y morderlo como se hace con el pa amb tomaquet. Fue delicada, atronadora, desconcertante, sugerente... un placer al alcance de nuestros oídos en estas islas remotas.

(Foto: Morguefile)

La primera noticia que tuve de Maruja Torres pudo ser cuando yo tenía 14 o 15 años. Debió salir en la tele o leimos algo de ella en casa, y mi madre, que se había criado en Barcelona, me explicó que era una chica que tenía mucho mérito, porque procedía del Barrio Chino y había conseguido su primer trabajo con un texto tan bueno que la cogieron en seguida.

Yo ya quería ser periodista y, gracias a la historieta de mi madre, me empecé a fijar en los reportajes y en los artículos de Maruja Torres, Y así he seguido durante todos estos años. Le tengo tal devoción que me gusta hasta cuando no estoy de acuerdo con lo que dice.

Cuando me detengo a pensar cuál es el secreto de que disfrute tanto sus escritos, me doy cuenta de que es porque tienen carne, no son, como ocurre a veces, meros ejercicios estilísticos o argumentales; son trozos de la vida que ella desmenuza y traslada al papel, -al ordenador ahora-. Te lleva a Líbano y te hace tomar té, coger un taxi o sentir los bombardeos. Sus personajes salen del papel del periódico y se convierten en figuras tridimensionales, como los hologramas de las películas de ciencia ficción.

Le acaban de dar el Nadal por una historia en la que ella recrea un encuentro con sus amigos desaparecidos Terenci Moix y Vázquez Montalbán. No me gusta tanto Maruja cuando inventa como cuando relata la vida, pero siento curiosidad por ese experimento de amistad más allá de la muerte.

Me despierto hoy 7 de enero, día de reflexión para los escolares, que mañana vuelven al tajo, con un ligero tironcillo en el muslo derecho producido por una carrera que tuve que emprender el día 5 por la noche, sin previo calentamiento.

Me encontraba en la Cabalgata de Reyes con seis niños y algunos adultos. Entre los niños, Santi, de ocho años, que había traído su carta para entregarla en mano, no fuera a ser que el correo la extraviara.

Estábamos entretenidos, esquivando caramelazos y bailando al son de los payasos de la tele, cuando aparecieron los Reyes. Nos cogieron desprevenidos, porque la cabalgata fue bastante más corta que otros años y no los esperábamos tan pronto.

Pero Santi tuvo reflejos y, cuando tuvo a Melchor delante, sacó su carta del bolsillo y se acercó lo que pudo para entregársela. Como Santi es tan chiquitito en comparación con el camello, Melchor no lo vio. Pero yo sí que lo vi y rauda, como una heróina de cómic, cogí al niño en brazos para que el rey mago pudiera verlo. Pero ni con esas.

El rey seguía su marcha sin detenerse y las opciones de Santi iban disminuyendo. Cuando comprobé que el camello aquel no iba a parar, solté al niño, cogí la carta y empecé a correr detrás del cuadrúpedo al grito de ¡Melchor, Melchor, coge la carta!

Corrí unos metros, otros más, y a punto estuve de recibir un pisotón del animal. Había dejado a Santi atrás y Melchor seguía sin hacerme caso, pero yo no podía fracasar en mi misión. ¿Qué iba a decirle a Santi?

¡Melchor, Melchor, coge la carta! Y Melchor, ni caso. Él saludaba a la multitud a derecha e izquierda, pero no reparaba en la mujer que le gritaba por el flanco derecho con un sobre en la mano.

Al cabo de unos minutos que me parecieron eternos, casi sin resuello y a punto de claudicar, grité: ¡Coño, Melchor, coge la puta carta!

Mano de santo, fue ponerme ordinaria y darse la vuelta un voluntario de protección civil, creo, que iba junto al camello. Me cogió la carta y se la entrégó al rey mago. Y yo pude darme la vuelta y hacerle a Santi el signo de la victoria con los dedos índice y corazón de la mano derecha, con una gran sonrisa de triunfo


Posdata: La Cabalgata de Reyes sigue languideciendo por el escaso apoyo empresarial. Si no fuera por la Casa de Galicia ... Por el camino que va, no sé yo si en unos años será un recuerdo del pasado. Lo lamentaremos.

Vengo dando saltitos por la calle. Y al llegar a casa hemos puesto la música de la obra. Acabamos de ver en el teatro Cuyás una representación de Cascanueces, interpretado por el Ballet Imperial Ruso. En algún momento he recuperado la sensación que tenía de niña al ver pasar a los Reyes Magos en la Cabalgata de Reyes. Me fascina el ballet clásico y algunos de estos bailarines lograron cautivarme.

Ha sido como un subidón sin aspavientos sobre la pedestre rutina. Tan distinto a la sesión mañanera de compras compulsivas por aquello de dejarlo todo para última hora. El ballet es una de las marías de nuestra sociedad, como lo es la ciencia. Hay poco dinero para ambas disciplinas. Y no voy a hablar de la gestión política, las administraciones son miopes pero no tiene toda la culpa. Se dice que tenemos lo que nos merecemos.

Me parece que somos más los que gastamos sin rubor en un pantalón de la marca pastoncillo, que los que acudimos con regularidad al teatro o estamos dispuestos a pagar lo que vale una clase de ballet, de música o de dibujo. Y no es que piense que todos nuestros hijos vayan a bailar alguna vez el Cascanueces con el Ballet Imperial Ruso, pero tampoco creemos que vayan a conseguir el Nobel porque estudien química. Es otra puerta que les abrimos; una puerta a un mundo maravilloso que quizás transiten, aunque sea a ratitos y de manera intermitente, como hago yo.

Pero miro a mi alrededor y veo academias de ballet que sobreviven en el filo de la precariedad, científicos que cobran escuetísimos sueldos, centros comerciales por doquier y controladores aéreos que se cogen la baja médica en pandilla y hacen la puñeta a centenares de personas. Lo que me recuerda, por cierto, un capítulo de mis añoradas chicas de oro, en el que Dorothy competía en un concurso de televisión que se llamaba Todo por la pasta, si no me falla la memoria.

Rectifico: La memoria me falló. El programa de televisión donde participaba Dorothy fue traducido como Trinca la pasta . Dorothy se metía en una cabina de cristal donde un ventilador a mucha potencia hacia volar billetes. Ella tenía que trincarlos. Es lo que hacemos, ¿no?

Hay colectivos profesionales que disfrutan de extraordinarios privilegios. Libranzas, vacaciones, pagas extras, beneficios por esto o por aquello. La mayor parte de ellos proceden del sector público o de empresas que alguna vez fueron del Estado.

En muchos casos, los privilegios proceden de huelgas sonadas, paros que pusieron en jaque al resto de la ciudadanía y que se resolvieron pasando por el aro de los que tenían la sartén por el mangos. En otros, fue el político de turno que usó la pólvora del rey para su beneficio.

Ahora, el problema está en Barajas. Al parecer el desbarajuste en el que se están viendo atrapadas centenares de personas tiene su origen en que siete controladores del mismo turno están enfermos. Los siete a la vez. Qué nefasta casualidad.

Y no sólo están los siete enfermos, sino que, además, no ha sido posible encontrar sustituto debido a las fechas navideñas. Por esos siete y las vacaciones de los que podrían sustituirlos centenares de viajeros sufren retrasos, pierden conexiones y algunas otras puñetittas propias de la situación. Habrá quien viaje con bebés, con ancianos, incluso habrá quien viaje con urgencia.

Siete controladores de baja son capaces de poner el aeropuerto patas arriba, como si fuera suyo. Habrá que tomar nota, ser prevenidos y antes de programar un viaje preguntar a esto señores cuando piensan ponerse buenos o esperar por los otros, a que acaben sus merecidas vacaciones.

No he leído que ninguno se haya presentado voluntario en Barajas tras conocer el problema. No quiero pensar que sea una medida de presión encubierta. "Quita, quita", me dice mi vecina, que está en el paro,, "si ya tienen de to`"

Estoy a punto de coger unas cortas vacaciones. Dice mi costilla que esto de las cortas vacaciones es propio de los habituales de la prensa del corazón. Me refiero a los habituales de toda la vida, de Carolina para arriba, y no a esta nueva tribu sin pedigrí ni méritos conocidos que encabeza la sin par Belén.

Me quedan unas horas para iniciar estas cortas y merecidas -of course-, vacaciones y ya estoy atribulada. Tengo tantas cosas que hacer en mis cortas vacaciones que no sé si me compensa. Aparte de las compras de última hora -todas, en mi caso- está todo eso que dices que harás cuando estás hasta la frente de trabajo y sueñas con unos días libres.

Haré deporte, iré a la playa, a caminar por el campo, -que está tan bonito en esta época-, visitaré a mis tías, echaré un ojo a las rebajas y prepararé alguna de esas recetas que nunca puedo poner en marcha por falta de tiempo. También dedicaré mucho tiempo a mis hijas, ordenaré los armarios y eliminaré ropa que ya no me pongo. La peluquería para mí y para las niñas, gestiones burocráticas que esperan desde hace meses, quedar con las amigas, dormir a pierna suelta, una sauna tal vez ...

Hay algunas otras cosas de las que ahora no me acuerdo, pero que también figuran en mi inabarcable lista de asuntos pendientes. Estoy viendo que mis cortas vacaciones se parecen como un huevo a una castaña a las de los personajes de las revistas del cuore . No me espera Copacabana, precisamente.
No sé, no sé, si ya me estaré arrepintiendo....

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(Punta del Este, Uruguay, en una foto de mcaiafa/morguefile, un lugar al que no iré en estas cortas vacaciones. Pínchala y verás cuánta gente hay en los barcos.)

....ja, ja, ja... estoy encantada con mis cortas vacaciones.

Cuando era niña, en el colegio teníamos que poner la fecha al inicio de cada cuartilla. arriba a la derecha. Era un requisito indispensable de nuestros trabajos escolares. En enero, cuando volvía al cole después de las vacaciones, a mí me costaba un poco acostumbrarse a poner el nuevo año en lugar del antiguo. Estoy hablando de cuando había que poner 1973 en lugar de 1972. Ya ves, de hace nada.

Ahora me sigue pasando lo mismo. Me cuesta hacerme al nuevo dígito. Después está la nostalgia y todas esas cosas que se lleva el paso del tiempo.

Pero este es un asunto mucho más peliagudo, porque el cambio de año es como el estallido de un petardo que nos lanza de bruces contra el calendario, nos hace pasar revista y preguntarnos cómo será todo dentro de exactamente otro año.

Comienzo el año con un hallazgo sensacional. Es una frase, una imagen que me resulta extraordinaria. La descubrí a primeras horas de 2009, en torno a la una de la madrugada cuando me metí en la cama con la novela que tengo ahora entre manos.

En Con el viento solano, Ignacio Aldecoa describe a un personaje con las siguiente frase. "La papada merecía un ombligo". A mí, a aquella hora en la que los estallidos de los petardos retumbaban tres pisos más abajo y la música bailonga llegaba nítida desde el segundo, amenazando mi concentración para la lectura, la frase me resultó un hallazgo y me hizo hasta feliz.

Tan certera, original, verdadera, un estallido de significado. En ese momento en el que media ciudad aún se prometía varias horas de fiesta mientra la otra media trataba de conciliar el sueño, las cinco palabras de Aldecoa me proporcionaron uno de esos momentos de placer que sólo depara la lectura.

No pude reprimir una comparación, odiosa como todas, con el concierto que a esas horas sonaba en la playa de Las Canteras, No por el lugar, maravilloso; no por la ocasión, oportunísima; sino por las dudas que me despertó el pastiche,, que tampoco era tal, puesto que allí no había trampa; era una imitación a las claras.

Aprecio el valor de las canciones de Abba en momentos como el de esta madrugada. Son tan apropiadas para una fiesta de fin de año como las que más. Pero lo que me hizo caer en el desaliento fue la puesta en escena. ¿Eran necesarias las pelucas de los dos cantantes masculinos? Y el vestuario, fidelísima copia según pude comprobar en la carátula de un disco del grupo. Y esa exaltación al presentar a dos de los músicos que tocaron con la formación original.

Ello sí son auténticos no como nosotros, los de las pelucas, mirénlos, se pueden tocar.., podrían haber dicho.

Esta moda de grupos que calcan a bandas de éxito ya disueltas es un fenómeno curioso y todo un símbolo de los tiempos. Lo de Abba the show es como los gucci de mercadillo. Si parecen de verdad, a quién demonios le importa que no lo sean.


Un video de you tube, ¿son ellos?

Hubiera querido escribir hoy sobre Gaza, pero no he sido capaz. No sé qué más se puede decir, Asistimos a una barbarie en directo contra la que deberíamos levantarnos todos. Manifestarnos y exigir.