los blogs de Canarias7

Archivos Diciembre 2008

Según leo en CANARIAS7, el alcalde de Las Palmas de Gran Canaria, Jerónimo Saavedra, considera que "un exceso de publicidad" contribuye al incremento de las muertes por violencia de género en España. , transcribo del periódico.

Más adelante, en la misma columna publicada en la página 4 de la edición de hoy martes, el alcalde se confiesa superado por los acontecimientos, reclama un análisis a expertos que "den una explicación a lo que está ocurriendo". Y admite: "Porque yo, como ciudadano normal, no lo entiendo".

Después distingue la violencia callejera que mató al joven Iván Robaina de la machista, porque son diferentes y, por tanto, las vías de prevención también deben serlo.

Creo que el alcalde abre un debate con su primer argumento. El mismo que defendía la Reina en el libro de Pilar Urbano. Doña Sofía, según publicaron los medios entonces, cree que la difusión de los asesinatos machistas llevan a más asesinatos, como se dice que ocurre con los suicidas y con los pirómanos.

La cuestión es si la publicación de un crimen incita a la comisión de más crímenes. Si el asesino funciona por emulación. Si esto es así, la solución sería no dar publicidad a los crímenes. Años atrás la violencia machista se entendía como un asunto privado, un asunto de puertas adentro, íntimo. La mujer víctima lo sufría a solas y sólo si tenía la suerte de contar con una familia que la apoyara podía tener la esperanza de salir del infierno.

Gracias a que este fenómeno criminal dejó de considerarse un asunto privado, las mujeres víctimas pudieron denunciar y encontrar ayuda. Los gobiernos pusieron medios -aunque siguen sin ser suficientes-, y algunos maltratadores van a la cárcel antes de convertirse en asesinos. mujeres.jpg

Como ya no es un asunto privado, porque nos agrede a toda la sociedad, hay manifestaciones de repulsa y cada vez más gente dispuesta a denunciar. Cada vez también, hay más expertos que analizan el fenómeno y más personas que creen que la educación es el camino. Y todo esto gracias a la publicidad.

Lo que ha hecho el alcalde es expresar en voz alta una preocupación que compartimos muchos y dar un punto de vista. Quizás la publicidad no sea mala, pero sí la forma que a veces tiene esta publicidad.

(Concentración contra la violencia machista, celebrada en la plaza de Las Ranas de Las Palmas de Gran Canaria, en noviembre de 2005, en una foto de Francisco Socorro Alonso)

Comprar la cena de nochevieja, no olvidar las uvas, Reyes Magos en camino....
Este mantra lo llevo en la cabeza desde el 26 de diciembre. Me acosa desde mi cabeza y también cuando me encuentro a alguna de esas amigas perfectas que lo tienen todo comprado y empaquetado desde octubre. Claro, claro... así es mucho mejor, tengo que admitir. Pero no lo he hecho en la vida, aunque siempre me lo proponga. Es como ser ordenada. Siempre me lo propongo y nunca lo consigo. Soy tan desordenada que una vez me pidieron hacerme una foto para ponerla en una enciclopedia junto a la definición del término desorden. Es broma.

Las Navidades parece que nunca van a llegar, pero llegan de repente como a traición y, como digo, a mí siempre me cogen absolutamente desprevenida; indefensa diría. Son como una apisonadora de la que no es posible escapar. Aunque, en honor a la verdad, no soy nada estricta respecto a lo que se supone que hay que hacer.

PC280412.JPGNo soy de esas personas que tan pronto empieza diciembre, echan por la ventana a uno de esos muñecos de papa noel o de rey mago, pobres seres inanimados que quedan colgando del tercer, del quinto o del piso que se tercie, ya haga sol o truene y rodeados, a veces , de un festival de luces de colores que destellan y convierten la escena en un asunto estrafalario.

A mí, esos seres desmadejados colgando de la ventana no me producen ninguna ternura, más bien me dan un poco de grima. ¿En qué ha acabado la Navidad? O más bien, ¿qué hemos hecho de ella?

Tenemos aquí una celebración religiosa, que pregona la ternura, el amor, la bondad y la inocencia infantil, convertida por arte de la cartera en un maratón inmisericorde para las madres de familia. Pobres. Ésas que te cuentan con mucho orgullo que ni se sabe cuántos reúne para cenar, que ella lo prepara todo, que la casa se le hace chica...

Me gusta mucho reunirme con mi familia -con la de aquí y con la de allende los mares- y con mis amigos también, pero de lo que me quejo es de que lo tengamos que hacer todos a la vez y casi de la misma forma. Es como las vacaciones, por qué tenemos que irnos la mayoría en agosto. Traspasamos los atascos a lugar de veraneo. Y, en este caso, al supermecado o al centro comercial, que ésa es otra.

Compramos como bestias, como si se nos fuera la vida en ello y cuanto más se acerca el día, más estupideces hacemos, No sé este año con la crisis, pero hasta las últimas navidades daba miedo ver a la gente en los centros comerciales. Con esos carros regurgitando paquetes y langostinos.

Esta sociedad nuestra, tan borrega, cuando quiere funciona por modas. Es el tonto el último elevado a una categoría más elegante. Pero, volviendo al langostino -o al percebe si eres pudiente-, hay quien no come uno en todo el año, cuando son más baratos, y se tira en plancha cuando suben de precio.

Y después está el asunto de los regalos. El otro día tuve que volver a la tienda donde había comprado un reloj porque me lo dieron sin pilas. Pagué por él 140 euros, para mí, una cantidad estimable, pero para la dependienta que me atendió, una caca. Lo llamó "gama económica" y me miró desde la altura de sus pestañas cubiertas de rimel con mucha displicencia. No es el tanto tienes tanto vales, sino el tanto gastas tanto vales.

Y todo esto por una fiesta, la navidad, que en origen no es la fiesta de san langostino, aunque lo parezca, sino una celebración con un profundo sentido para los creyentes que haberlos, haylos. Como las meigas. Pero es que de seguido viene fin de año y al poco, los Reyes, el día en que regalamos un montón de insensateces.


(En la foto de Isabel, versión del nacimiento de Elia)

Siendo como soy una nostálgica, cualidad o defecto que relaciono con mi profundo interés por el pasado propio y colectivo, me llevé un tremendo palo al leer que el El Museo Canario estaba herido de muerte. Al menos ésta fue la conclusión que extraje al leer la denuncia de los trabajadores . Y que, a mi pesar, confirmo ahora al leer el comunicado de su director

Más allá de mis personales querencias, es un hecho objetivo, incuestionable e impepinable que el El Museo Canario es la joya de la corona de la cultura insular. El baúl donde están guardados nuestros orígenes, el testimonio de los antepasados de antes de la conquista castellana y de casi todo lo que vino después, porque se han seguido guardando cosas.

canario.jpgEs nuestra memoria sobre suelos de madera que suenan al pisar y que nos retrotrae a una época en la que la ciencia era una cuestión romántica. Porque el museo son muchos museos. Es la institución científica prestigiosa; es el disco duro de la historia insular y es también un lugar al que llevar a las visitas, para que se pasmen y vean que en el XIX, cuando Canarias estaba a días de viaje del continente, ya había aquí curiosidad, ciencia, y perspectiva de pasado y de futuro.

Hace unos días estuve en el museo, después de mucho tiempo sin pisarlo. Me pasa como a todos, que lo tengo tan a mano que no encuentro el momento. Voy por motivos de trabajo y así fue en la última ocasión. Era media mañana y la planta baja estaba viva. Los visitantes, -la mayoría extranjeros-, iban a y venían, y por un instante me dio un ramalazo de orgullo porque, al fin y al cabo, eso tan interesante que contemplaban era tambien algo mío.

El Museo Canario es como Las Canteras, una de las tres o cuatro maravillas insulares. Y ya se nos cayó el Dedo de Dios.

(En la foto de Gerardo Montesdeoca, una de las salas del Museo Canario)

Lo que nos reímos. Ésta es una frase de uso coloquial que se emplea a menudo para tratar de convencer al interlocutor de lo bien que se lo pasó uno. La he elegido para titular este post porque la verdad es que nos reímos muchísimo. Y por una tontería, no te creas.

He pedido permiso para publicar esta foto del fotógrafo Juan Carlos Alonso en la que aparecen Balbina Sosa (segunda por la izquierda), y Pino Sosa ( a su lado), respectivamente, vicepresidenta y presidenta de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Arucas. En en el extremo de la derecha está el periodista de La Provincia Marcos Álvarez y al otro lado, una servidora.

El motivo del encuentro no era nada jocoso, más bien todo lo contrario. Como dijo Balbina lo de ayer fue el inicio del rito funerario que debió celebrarse hace 70 años. Tanto ella como Pino se emocionaron y creo que algunos de nosotros -los no familiares- también. Pero eso vendría después.

Todo el cachondeo vino por los monos que nos hizo poner el genetista José Pestano para evitar que contamináramos los restos humanos que íbamos a ver Los análisis de ADN que llevará a cabo el profesor de la ULPGC son muy sensibles a invasiones ajenas, como podía ser la nuestra.

Así que nos pusimos los monos. Ya colocárnolos fue algo complicado por la angostura del pasillo que usamos como vestuario. Que me caigo, qué talla será la mía, qué guapos vamos a estar... Las típicas boberías que uno dice cuando se pone un mono de laboratorio en un pasillo estrecho de unas dependencias que antiguamente fueron una clínica forense.

Y no hay mucho más que contar. Bueno sí, que hubo discrepancias en cuanto que a qué nos parecíamos más si a los espermatozoides de la película de Woody Allen o a los Teletubbies.

Cada vez aprecio más de estos momentos que te regala la rutina. Una carcajada con unos buenos amigos vale tanto como un viaje al Caribe. Y es muchísimo más barata.


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Tengo unas veinte cremas en mi cuarto de baño. Entre muestras, regalos, compras compulsivas y donaciones acumulo tal cantidad de alisantes y antiarrugantes que mi piel debería tener el aspecto del parche de un tambor.

No es así. Muy al contrario, ya noto la inminente victoria de la flacidez y las arrugas. Por ahora son sólo amagos, amenazas, avanzadillas que auguran que cualquier cambio que se produzca será a peor. También es verdad que funciono por impulsos, no soy nada constante y éste es un requisito indispensable para que cualquiera de estas cremas pudiera tener una oportunidad.

La verdad es que no sé ni por qué me las pongo. Será que la esperanza es lo único que se pierde. Desde niña me rebelé a estas esclavitudes femeninas. Siempre me pareció injusto asuntos como la depilación o los tacones que nos colocan en inferioridad de condiciones frente a los hombres. No sin cierta maldad me regodeo ahora con la moda de la depilación masculina. Lo de ellos es más duro, hay algunos que se depilan todo el pecho, la espalda, las piernas .. ayayay

Maldades aparte, esta rebeldía ha conseguido que haya llegado a los 40 sin saber maquillarme más allá de lo imprescindible, que tenga muy poca maña con los tacones y que, como he dicho, administre las cremas como si se tratara de decidir entre mostaza, kechup y mahonesa.

Pero últimamente he descubierto en mí un inédito interés por todo eso que no aprendí a dominar a su hora -el maquillaje, los tacones..- y que no sé si achacar a que me estoy dando cuenta de que ahora -la edad- va en serio; a un impulso pasajero, o a que empiezo a ver que ya no hay lugar para la rebeldía, porque ya nada debe ser, en teoría, patrimonio de ninguno de los dos sexos.

(En la práctica ya sabemos que se necesitan anuncios como éste que, por cierto, me hace mucha gracia.)

Estuve en la concentración de repulsa por la muerte de Iván Robaina Rodríguez. Como muchas otras personas, mi familia y yo desafíamos un fuerte aguacero que nos empapó y nos rompió dos paraguas que, por cierto, habíamos comprado a un vendedor callejero en el romano Campo de' Fiori.

Los paraguas eran baratos pero no tanto como para no resistir una lluvia convencional. Se desarmaron porque el aguacero adoptó trazas de temporal. No es un tiempo habitual en esta ciudad. Las Palmas de Gran Canaria no es como Pontevedra, donde si te quedaras en casa cuando llueve, no harías casi nada. Aquí la lluvia tiene rango de acontecimiento.

(Conocí a un director de periódico peninsular -el director, no el periódico-, que no daba crédito al hecho de que aquí la lluvia fuera noticia de primera página.)

A pesar del viento y la tromba de agua, cientos de personas -miles- acudimos a la plaza de la Fuente Luminosa para expresar nuestra oposición a la violencia y nuestra solidaridad con la familia y los amigos del joven asesinado. Creo que ése fue el afán de la mayoría.

Algunos nos preguntamos por qué esta muerte ha provocado una ola de indignación que no generan otras. Me refiero a muertes de inmigrantes, de mujeres víctimas de la violencia machista o a la de Expedita, la joven indigente cuyo cadáver apareció en Lanzarote el mismo día en que Iván fue agredido por cuatro delincuentes.

La respuesta, creo, es que a nuestros ojos la víctima no hizo nada para merecer su suerte. No se subió a una cáscara de nuez para cruzar el Atlántico ni era un toxicómano de mala vida. La muerte de un inmigrante ahogado o de frío entra dentro de lo probable y la de una mujer que vive en la calle, también.

La de las víctimas de la violencia machista, es otro cantar, pero no nos alarman como hizo la de Iván, porque no nos amenazan de manera directa. Siempre es cosa de otros, de otro hogar que no es el nuestro. Las reprobamos, nos espantan, pero no nos vemos en esa tesitura. Además, le pasa como a la de los inmigrantes y a la de los indigentes, son tantísimas, verdad, que ya no sorprenden.

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Lo de Iván fue distinto. Podía haber sido nuestro hijo, nuestro sobrino, el hijo de nuestra mejor amiga, el vecino, el compañero de clase de nuestros hijos... Nos tocó directamente, porque Iván no se había puesto en peligro, simplemente había salido con su amigos, como hacemos muchísimos de nosotros.

Me emocionó ver a tantísima gente en la plaza, pero hubo algún grito revanchista que me produjo cierta desazón. Yo no fui allí a eso. El castigo a los responsables está en manos de la justicia y en ella debemos confiar. No fui allí a linchar a nadie como se hacía en el Campo de' Fiori, donde compramos nuestros paraguas.

Fui a exigir que se pongan los medios para que lo de Iván no vuelva a ocurrir y eso sólo será posible si se ataca al origen del problema. Los cuatro jóvenes detenidos hace una semana no son los únicos y, como muchos otros, no se convirtieron en delincuentes por generación espontánea. No somos nosotros y ellos: ellos también somos nosotros.

(Pie de foto: La concentración de este domingo en la Fuente Luminosa, en una fotografía de J. Pérez Curbelo)

Arrastro como muchas otras mujeres de mi generación, años arriba años abajo, un complejo de culpa derivado de mi doble condición de madre y trabajadora. Es un complejo tan sútil que es más bien un complejillo, que aparece y desaparece como el Guadiana y que, ahora que mis hijas están ya criadas -como dirían mis tías-, es mucho más liviano. Pero hay veces que vuelve con tanta virulencia, que me sorprende.

Las de cuarenta y pico y edades aledañas somos el relleno del bocadillo. La tapa de abajo sería la de nuestras madres y abuelas, mujeres que en su mayoría dedicaron su vida al hogar. En la tapa de arriba del emparedado estarán, espero, madres que podrán serlo sin tener que pedir favores en el trabajo y sin que su condición les reste posibilidades profesionales. .

Serán también madres sin complejo de culpa. Aunque sólo sea porque en su niñez no conocieron lo que nosotras, las de cuarenta y pico y aledaños, vivimos en la nuestra. Me refiero a situaciones como llegar a casa del colegio a la hora de comer y que tu madre te abriera la puerta con una espumadera en la mano porque estaba terminando de freír las papas.

Sopa de fideos y bistec con papas fritas es un menú que me sitúa en aquellos años, en los que las funciones entre el padre y la madre estaban tan claras. No sé si para mi madre fue una frustración el no haber desarrollado una profesión fuera del hogar. Ahora ya no puedo preguntárselo, pero creo que fue una mujer feliz con lo que tuvo.

Somos el relleno del bocadillo, madres-transición podría llamársenos también, porque de niña vivimos el modelo antiguo y de mayores nos tocó estrenar el moderno, o al menos, la generalización de la nueva forma de hacer las cosas.

Pienso que el complejo de culpa nace de lo que tuvimos y no hemos podido dar -la sopa de fideos- y que por eso, aunque la sociedad no avance -que creo que lo hará-, las madres que ahora son niñas verán con naturalidad el tener que decirle a su hija que lo siente mucho pero que le va a ser imposible asistir a la función de teatro que lleva meses ensayando, porque tiene trabajo.

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(El bebé es la madre del autor de la foto, que posa con abuelos y bisabuela. Bandini/ Morguefile)

Leí -o se lo escuché a alguien- que el teléfono es un aparato muy impertinente. Es verdad. Si suena, la mayoría de nosotros suspende lo que está haciendo y corre a contestar. Hay veces que la ansiedad por descolgar está plenamente justificada porque esperamos una noticia importante, un asunto de salud, de negocios o de amores. Pero hay que reconocer que en la mayoría de las ocasiones interrumpimos conversaciones y descolgamos sin saber si la persona que nos invoca desde el otro lado del hilo telefónico tiene algo sustancial que decirnos.

A mí me pasa mucho, lo confieso. En la redacción del periódico y también en casa. No soy de las que dejan sonar el teléfono hasta que se canse. Siempre pienso: ¿Y si es algo importante?

Casualmente ayer por la mañana hablé con un colega con el que compartí muchos años de trabajo y amistad y al que no veía desde hacía mucho tiempo. Nos intercambiamos nuestros números de móvil y bromeamos con el hecho de que la última vez que nos habíamos visto había sido en la era premovil, cuyo acrónimo podría ser pm, con el permiso del post meridiam. de toda la vida.

Esto me ocurrió ayer por la mañana. Poco antes, a eso de las diez y media caminaba por Triana y aledaños. No sólo es una zona muy familiar para mí por lo mucho que la pateé de niña y de joven y de adulta, sino que, además, suele depararme deliciosos encuentros. Así, cuando voy a hacer una gestión por esa zona, procuro ir caminando desde el punto más razonablemente alejado, para disfrutar del encanto de una ciudad pequeña, porque eso es lo que sigue siendo, aunque haya sido rodeada con los años por una populosa e ingobernable sucesión de nuevos barrios.

El placer de encontrate por la calle a gente -no ya solo conocida sino incluso hasta querida- puede aún disfrutarse en este área de la ciudad. Pero ayer descubrí que eso era posible en la era PM (pre móvil), cuando no saludabas a tus amigos con un movimiento de cabeza porque ellos y tú misma caminabáis hablando por el móvil, que ha resultado ser mucho más impertinente que el teléfono fijo de siempre.

Si te paras en una calle transitada por peatones y los mirás, verás que la mayoría camina con una mano pegada a la oreja, cuando no van hablando solos porque disponen de un -nunca mejor dicho- sin manos.

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(La Merkel, al teléfono, en la foto de Efe)

El periodismo de barrio es una de esas subespecialidades que suele caerle al que empieza. Que si ha llamado una vecina que dice que tiene la escalera llena de basura, que si hay una viuda que no cobra la pensión, que si en las chabolas del Confital hay una familia que ...

Lo de periodismo de barrio no es una definición académica; es más bien de andar por casa, de andar por el barrio. Está mal considerado frente a otras secciones periodísticas con mayor estatus y prestigio, pero, si se hace bien, es muy demandada y permite al lector reconocerse en sus vecinos. Se trata de un modelo de periodismo absolutamente local, -más, imposible-, porque acabas tomando café en la salita de estar de cualquier hijo de vecino.gal2762-3.jpg

Entras en una casa donde te reciben con recelo y sales dando besos a diestro y siniestro. En mis andanzas en este tipo de periodismo local localísimo he tenido la suerte de conocer a gente variopinta y a menudo muy interesante. Gente de esa que jamás ganará un premio literario ni pondrá a sus hijos en clases de tenis, gente cotidiana y a veces extravagante.

Estuve una vez en una chabola -en un asentamiento ya desaparecido-. donde un travestido que se prostituía porque era heroinómano convivía con su madre que era una anciana, y con una sobrina, una niña que iba al colegio de uniforme y que si te la encontrabas en cualquier otro sitio parecía como las demás. Es posible que haya hablado ya de ella en otro post, porque la escena se me quedó grabada. Aún me llega el olor insoportable de aquella chabola inmunda y la sensación de impotencia que dejé al marcharme, junto a la niña vestida de uniforme.

He conocido otros hogares extraños en barrios decadentes, lugares que parecían reunir todos los males: paro, fracaso escolar, drogas... Son barrios como el perro flaco del refrán; están llenos de pulgas.

Son zonas tan inhóspitas que las familias que no tienen a nadie metido en algún asunto turbio son poco menos que heróicas, gente con mucha voluntad de superación que sale adelante a pulso. Si naces en un barrio de estos, en un hogar de los que no salen adelante, lo tienes todo en contra. Convives con la delincuencia y esa es tu referencia.

Pero eso, a la mayoría, no nos importa. Vivimos en nuestra concha y nos creemos a salvo. Que la policía nos proteja, que los mantenga apartados. Hasta que un día el círculo de protección falla y muere un chico estupendo.

Los presuntos culpables tienen nombre y apellidos y están en prisión. Pero ¿cuántos más hay ya listos para salir a dar patadas, ¿cuántos más se están gestando?



(Pie de foto: Uno de los detenidos por la muerte de Iván Robaina. Autor J. Pérez Curbelo. )




Tengo una amiga que dice que ella es una mujer "muy asociativa". También podría decirse que es una mujer comprometida con su entorno, activa y activista. No es una madame Curie, pero sí una artista para mover grupos. La unión hace la fuerza. Con esta idea por bandera ha puesto en marcha alguna que otra iniciativa muy interesante.

La experiencia de mi amiga me sirve para desarrollar una idea en la que cada vez tengo más confianza: la sociedad civil avanza. En 30 años de democracia hemos ido perdiendo las inercias que nos quedaban de la dictadura, cuando todo nos lo daban hecho y Dios me libre de decir lo contrario, a ser cada vez más protagonistas de nuestras cosas.

Que el colegio de mi hijo está en mal estado, pues me uno a los otros padres y protesto; que tengo una enfermedad a la que hacen poco caso, pues me junto con otros en similar situación y a hacer cosas; que mi hija tiene síndrome de down y no hay medios pues ...

Cada vez nos queda más claro que la democracia no es sólo votar cada cuatro años; cada vez más unas personas quieren opinar y supervisar lo que hacen otras personas que resultan elegidas. Quizás los controles son aún ineficaces, tímidos y lentos. Todo se andará.

A veces miramos a Europa, a otras democracias con más años que la nuestra y comparamos: "Si lo que ha hecho este alcalde lo hubiera hecho en Francia, uf ...." No es que todo lo que venga de fuera sea bueno como creíamos cuando teníamos aquel complejo de inferioridad que nos insuflaron 40 años de dictadura, pero sí que hay cositas que se pueden aprender.

Volviendo al asunto -lo de mi amiga la asociativa y la pretendida pujanza de la sociedad civil-, pensé en ellas y en mi proverbial optimismo 1-_asr0068.jpgcuando leí que la iniciativa de Ben Magec, avalada por 45.000 firmas, se iba a quedar a las puertas del Parlamento. La iniciativa legislativa popular que Ben Magec y al menos 45.000 ciudadanos quieren que se discuta en el Parlamento de Canarias reclama que no se construya más en las Islas. Lo triste es que no se va ni a discutir porque los partidos que gobiernan en Canarias -CC y PP- así lo han decidido.

Y no hay nada más que hablar.

(Pie de foto: En la imagen de Arcadio Suárez, un periodista observa un pleno del Parlamento de Canarias)

He estado unos días desenchufada. No porque mis ocupaciones me impidieran asomarme a este su blog -como nos pasa a muchos, siempre estoy ocupada-, ha sido más bien un estado de atonía existencial lo que me ha impedido terminar los dos post que inicié estos días.

En los dos casos -¿o son tres?- me he quedado a medias. No he sido capaz de rematar las ideas, los argumentos se convirtieron en montañas y como en el mito de Sísifo, la piedra que empujaba volvía a rodar montaña abajo sin remedio.

Como la pescadilla que se muerde la cola -un plato que, por cierto, solían ponernos en el colegio mayor, acontecimiento que era recibido con espontáneas desbandadas en dirección a los sandwich mixtos de la cafetería-, como la pescadilla, digo, daba vueltas en mi propia desgana y no fui capaz de salir del círculo vicioso de la postración.

Esta mañana decidí que ya estaba bien y me fui a releer los textos que había dejado a medias. Uno de ellos decía así:

Leo en elmundo.es Delincuentes comunes 'hacen la compra' para las amas de casa de Palma.

La idea de amas de casa vestida con bata de guata y zapatillas con calcetines hasta el tobillo haciendo tratos con chorizos ataviados como los golfos apandadores del tío Gilito parece hasta graciosa. Parece cosa de la posguerra, de cuando las mujeres se pintaban la raya en la parte posterior de las piernas para simular que llevaban medias Cuando la necesidad aprieta, uno se busca la vida como puede.

Iba a continuarlo, cuando me cai en la cuenta de que no tenía ninguna gracia. La delincuencia no la tiene y la muerte este fin de semana de Iván Robaina es un hecho terrible. Que no tiene maldita la gracia.

Un grupo de desalmados ha puesto fin a la vida de un muchacho, a su ilusiones, sus planes, a su talento,. Con él se van también ilusiones de sus padres, de sus amigos, de la gente que le quería. En su casa queda instalada la pena y a todos los demás nos queda la frustración de no saber qué hacer para que esto no vuelva a suceder.

La bloguera cubana premio Ortega y Gasset de periodismo digital vuelve a tener problemas con el gobierno de su país.

Aquí lo cuenta.

Si el Conde de Montecristo hubiera tenido un blog...

Me pasa con relativa frecuencia, A veces voy por la calle y confundo a alguien que está a lo lejos con una persona que he perdido. Hace varios años de su muerte y, sin embargo, todavía hay partes de mi cerebro que la creen viva.

No me refiero a los recuerdos, que viven conmigo de manera perenne, hablo de un acto reflejo, de una intuición. Voy por la calle y veo a lo lejos a una mujer de su porte y, aunque mi cerebro me dice que no es ella, que no puede ser ella, por un instante, sólo por un instante, estoy segura de que sí, de que es ella. Por una milésima de segundo recupero aquellos momentos felices cuando venía a mi encuentro con su sonrisa.

Con esas partes de mi cerebro que aún no saben que la hemos perdido pasa como con los miembros amputados. He leído que siguen doliendo aunque hayan dejado de formar parte del cuerpo.

En El silencio de los corderos, la policía aconseja a la senadora cuya hija ha sido secuestrada, que cuando hable de ella por televisión la llame por su nombre para contribuir a que el secuestrador la vea como una persona y no como una cosa.

Recordé este detalle el sábado, leyendo un teletipo sobre los atentados de Bombay. El despacho de agencia comenzaba con una cifra -195 víctimas- y continúaba con el relato de otros asuntos -un detenido..- Hasta aquí reconozco que no me había sentido especialmente apenada por la magnitud de la masacre. Sólo casi al final del texto citaba el caso de un matrimonio judío que se encontraba entre las víctimas y de su hija, una niña que se había quedado huérfana.

Enlacé esta sensación, este ponerme en el lugar de la niña que había perdido a sus padres, con el concepto de la intrahistoria, un término acuñado por Unamuno para describir la parte de la historia que hacemos los de a pie. No la de los grandes hechos, la de los reyes y los generales, sino la de la Pepe, Jaime, Antonia ... La vida de los que no salimos en los libros de historia.

Y en mi ensalada de ideas particular la relacioné con lo ocurrido este viernes junto al pozo del Llano de Las Brujas (Arucas), donde un grupo de familias mostraba al mundo que era cierto que a sus abuelos, tíos o padres los habían matado en el 37. Que era cierto que fueron asesinados de madrugada y que sus cuerpos habían sido escondidos para que nunca jamás nadie supiera la verdad de lo ocurrido.

Esa foto espeluznante de once esqueletos en el fondo circular del pozo es parte de la intrahistoria de la guerra, de lo que ocurrió a ras de suelo. Pone nombre a las macrocifras de víctimas. Junto al pozo estaban Pino, Balbina, Domingo, Andrés, Paco ... deudos con nombres y apellidos.

Es muy distinto pensar en que el volcán Nevado del Ruiz borró un pueblo del mapa a recordar la agonía de la niña Omaira. Seguro que aún recuerdas a Omaira.

Las estadísticas y las grandes cifras tienen un efecto tranquilizador. Apaciguan las conciencias. Te dicen que cada día mueren x millones de niños de hambre y tu procesas la información sin grandes dificultades, pero le ponen cara a uno de esos niños, te cuentan sus circunstancias y ya lo ves de otra manera.


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(Pie de foto: En la imagen de Arcadio Suárez, vista general de la rueda de prensa que la Asociación de la Memoria Histórica de Arucas celebró este viernes junto al pozo de Llano de Las Brujas)