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Archivos Noviembre 2008

En este momento en que lees estas líneas hay una, dos, tres, -400.000 dice el gobierno- mujeres que sufren malos tratos de su pareja, que lo acaban de padecer o que tienen miedo porque saben que en cuanto llegue él recibirán un insulto, un golpe ...la muerte.

No es un asunto puntual, no es una excepción. No es un accidente ni un golpe de mala suerte. Se trata de una epidemia, una plaga que gotea cada año un rosario de muertes. Este año ya son 59 las que han muerto a manos de sus parejas. Eso sólo en España, hay muchas más en otros países. Y la historia viene de muy atrás.

081124_gc_violenciageneriopilardiaz101.jpgEste lunes participé en una mesa redonda sobre medios de comunicación y violencia machista, organizada por el Ayuntamiento de Las Pamas de Gran Canaria, con motivo de la celebración del día internacional. Una estudiosa del tema, Pilar López Díez, planteó la cuestión: la violencia machista es equiparable al terrorismo y así deben tratarla los medios.

Las noticias sobre muertes por violencia machista no deben ir en la sección de sucesos, sino en la de política, a juicio de López. Y los arcaicos estereotipos femeninos deben desaparecer por dos razones: porque no responden a la realidad -hoy las mujeres no son sólo amas de casa o monjas, las hay jueces, soldados o albañilas-, y, la segunda razón, porque alimentan la creencia del maltratador de que la mujer es un ser inferior.

Al maltratador ni agua, vino a decir la ponente en un resumen muy libre por mi parte de cómo deben abordar los periodistas las noticias sobre violencia machista. Hay que contribuir a que la sociedad lo desapruebe, lo aborrezca, a que él mismo se averguence de sus actos y hay que llamarlo delincuente, sin eufemismos.

Para Pilar López, los medios de comunicación y la educación son los dos pilares con los que, a medio plazo, se logrará acabar con este infierno. La tarea es de todos.

(La foto es del salón donde se celebró el debate, en la sede de la Delegación del Gobierno en Las Palmas de Gran Cabaria. Acfi)

He estado este fin de semana en Agaete. La invitación de una querida amiga a la fiesta de cumpleaños sorpresa de su pareja, nos proporcionó la excusa para quedarnos en el puerto de Las Nieves, un lugar para mí ligado a la infancia.

Pasé los primeros veranos de mi vida en el puerto de Las Nieves. En aquellos tiempos creo que sólo había una tienda, no existían los apartamentos que ahora lo rodean y, desde luego, no había hoteles. Tampoco el dique que ahora cerca la playa de cayaos, ni las cincuenta terrazas y restaurantes, ni farmacia, ni parking ni ese paseo tan largo. Mi madre compraba pescado para el almuerzo a los marineros a pie de barca y luego nos mandaba a nosotros a los charcos secos de la playa de rocas, a recoger sal para cocinarlo.

Pasábamos el día entre las plaaneras y la playa y al final del verano, cuando nos sentábamos por la noche a oír hablar a las pardelas, sólo se nos distinguía por el blanco de los ojos de puro moreno.

Para llegar a Agaete hacia principios de los 70, no había más camino que la cuesta de Silva y se pasaba junto al Cenobio de Valerón, porque aún no se habían construido los puentes que salvan los precipicios. Así que llegar a Agaete era poco menos que una odisea. Mi padre nos metía todos en el peugeot de siete plazas y tapicería de skay rojo cargado de bártulos y nos poníamos en marcha. Era como un viaje a otro mundo.

Hace muchos años que ese otro mundo está al alcance de la mano y en Las Nieves hay hasta una pizzería, pero no ha perdido del todo su encanto. En la mañana del domingo apenas éramos 30 personas en la playa, el agua estaba tan rica que la hubiera masticado y en el fondo, los mismos gueldes y cabosos de entonces. Después está el paisanaje. Siempre he pensado que la gente de Agaete tiene mucha personalidad; y la de Las Nieves, más.

Con el recorte de las distancias todo se mezcla. En esta globalización a escala insular, hay lugares que mantienen el tipo. Las Nieves, a duras penas, es uno de ellos..


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(El título de la foto es "Barquillas en las Nieves". Su autor es Julián Hernández Gil, está fechada entre 1965 y 1970 y pertenece al archivo de la Fedac)
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Siempre me han gustado los deportes. Practicarlos más que verlos. He hecho casi de todo aunque ninguno con intensidad. Natación, wind-surf, futbol, voley, tenis, bicicleta, ping pong, esquí en la nieve, en el mar, patinaje sobre ruedas y sobre hielo, ... Pocos deportes debe haber que yo no haya probado, aunque sólo sea una vez No quiero decir que sea una especie de atleta. Ni mucho menos. Lo que ocurre es que me gusta, me interesa, soy medianamente ágil y siempre que he tenido la más mínima posibilidad me he lanzado sin miedo al ridículo.

Hay alguna disciplina que sólo he probado una, dos o tres veces -como la hípica-, y otras que ni siquiera he podido ver en vivo y en directo. Algunos están en mi lista de asuntos pendientes. El golf, por ejemplo, me intriga la forma en que engancha a quienes lo juegan. Ahora estoy muy entregada al pilates y al padel, las dos 'p' de moda en la categoría veteranos.

El deporte es un buen invento. Entretiene, sube la moral y encima sienta muy bien, si no te pasas, claro.

Toda esta divagación me vino a la cabeza esta tarde a cuento de la esgrima, un deporte que nunca he practicado. Bueno, a no ser que pueda considerarse como experiencia en este campo alguna pelea de la infancia con espadas de plástico, de esas que usan los romanos que desfilan en la cabalgata de reyes. Sword_Fight_1.JPG

La esgrima tiene relación con una broma que comparto con una vieja amiga, a la que he recuperado después de algunos años de distancia por los azares de la vida. Es curioso cómo esa broma ha sobrevivido durante ¿veinte años tal vez? en la memoria de ambas y que haya vuelto a hacernos reir ahora igual que lo hizo entonces. No sé si se podría incluir este hecho entre los efectos beneficiosos del deporte.



(Foto: Grafixcar/ Morguefile)

Garzón dice en su auto que los culpables están muertos, pero que el delito permanece. Dice también que hay víctimas que podrían estar vivas. Se trata de los miles de niños que fueron arrebatados por el franquismo a sus familias para que fueran educados en el amor al régimen.

Había tenido alguna noticia de esta práctica, pero sólo de formas vaga, quizás porque no di con el libro oportuno. Leerlo ahora en el auto de Garzón me hace comprender dónde aprendieron Pinochet y Videla.

Tengo preocupaciones recurrentes. Asuntos que de vez en cuando se imponen en mis pensamientos a manotazos, echan a empellones al optimismo y pisotean la alegría. Son pensamientos que van del gris al negro, recorren toda la gama y, a medida que se oscurecen, más angustia me producen.

Uno de estos pensamientos está relacionado con el paso del tiempo. Va tan rápido, ¿verdad? Normalmente no soy consciente porque vivo el día a día con miopía, como si llevara orejeras. Sólo estoy en lo que estoy y eso me libra de pensar más allá del levantarme por la mañana, preparar el desayuno, ir a trabajar, hacer la compra y esas cosas que constituyen la vida cotidiana.

Pero de vez en cuando me paro y pienso en todo el tiempo que he ido dejando atrás. En las cosas que hice o en las que no hice y en que ese tiempo algún día se acabará. Que algún día todo será diferente.

tangoCN_6530.jpgEsta mañana de lunes iba en el coche cuando de repente me sorprendí pensando en el fin de semana. Como si los días que tengo por delante hasta llegar al viernes por la noche no tuvieran valor, como si fueran sólo un inconveniente, un obstáculo que pasar para alcanzar el premio del fin de semana. Estaba dispuesta a derrochar el lunes, el martes, el miércoles, el jueves y el viernes. Todo ese tiempo, a la basura, porque hasta entonces para mí sólo valía el fin de semana.

Enlacé este pensamiento con una mirada atrás y a la velocidad vertiginosa con la que han pasado tantos años y me sentí como si se hubieran desbordado sin que yo hubiera sabido digerirlos. Miré a la persona que iba sentada a mi lado en el asiento del copiloto, una persona queridísima, y decidí disfrutar de ese preciso instante. Un instante banal, cotidiano, doméstico, soso incluso, pero un instante que echaré de menos si algún día no lo tengo. Un instante muy precioso: el presente.


(Foto: "..que veinte años no es nada..". Clarita/Morguefile)

No sé cómo verán desde uno de esos países en perenne bancarrota, la tremenda carajera que estamos montando en occidente con nuestra crisis. Es cierto que si no se para la nuestra, la de ellos se pondrá aun peor y también es verdad que la suerte de muchos millones de personas dependen del tino con que los gobiernos de los países más pudientes afronten el desaguisado.

La pregunta es si la reparación del sistema llegará esta vez un poco más allá. Si esta vez habrá para todos.

En algún otro momento he hablado de mi natural tendencia a la ensoñación. A inventarme historias en los momentos en los que lo único que se puede hacer es esperar en silencio y mirar a una pared vacía o al grupo de desconocidos que te acompañan. Como en un centro de salud, en la cola del DNI o en la de la charcutería, que es donde estuve este sábado.

Cuando llegué al mostrador, cogí un número que resultó ser el 86 y comprobé que la señora que estaba en ese momento eligiendo su pieza de jamón tenía el 71. Había mucho ambiente en aquel mostrador, así que, lejos de angustiarme, decidí disfrutar de la espera, observar a mis colegas y, para entretenerme, imaginar quiénes eran: tres pinceladas a partir de si compraban mortadela o queso majorero. Algo similiar -salvando la mucha distancia- a lo que hace Agatha Christie cuando presenta un nuevo personaje en sus novelas o como en el juego del Cluedo .
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Empecemos: el joven bajito, moreno, con vaqueros y una bandolera con rayones de bolígrafo bic, que pide pechuga de pavo en garepilla es un padre primerizo. Su hijo o hija está empezando a comer purés, de ahí el jamón de pavo en garepilla y los rayones absolutamente infantiles en el bolso de papá, que él, por cierto, lleva con orgullo.

A mi lado, un señor más que jubilado, muy setentón, con bufanda a pesar del calor, que levanta las gafas para poder leer la lista de lo que tiene que comprar, debe estar aquí por encargo de su esposa o de su hija. Da la impresión de que práctica, ninguna.

Del variopinto grupo que hacía cola para poder llevar a casa su poquito de queso, jamón o mortadela, me llamó especialmente la atención una señora más cerca de los 60 que de los 50, de marcado acento peninsular y gafas de miope.

Llegó con pinta de persona ocupada e ilustrada, como si lo de comprar jamón serrano fuera tan complicado como una operación a corazón abierto. Digo esto, porque, a pesar de que la gente que esperaba para llevarse su trozo de queso de barra -que observé que tiene mucho éxito- era un mogollón, la buena señora no se inmutó y tardó la intemerata en elegir de qué pieza de jamón iba a llevarse la desorbitada cantidad de 200 gramos. ¿O eran 250?.

Así, entretenida con estas boberías, se me fue pasando el rato, porque la charcutería es un lugar muy interesante si la ves con ojos de charcutera. Yo, si no hay gente, me entretengo mucho con el arte que se dan para manejar la máquina de cortar el embutido. Y cuando aciertan el peso que le has pedido casi doy vivas y olés de pura admiración. Soy así de impresionable.


(Foto: Ya sabes dónde va a acabar el pobre. Ricorocks/ Morguefile)

A mi hija mayor le ha dado esta noche una especie de ataque de mayorcitis y se ha ofrecido a explicarle unos problemas de matemáticas a su hermana pequeña. En contra de lo habitual, la pequeña ha aceptado la oferta. Soy bastante pesimista en cuanto a la duración de esta entente fraternal. Los hermanos ... ya se sabe.

Esta escena doméstica me ha hecho recordar una viñeta que leí hace muchos años en el Blanco y Negro. Lo siento pero no he sido capaz de recordar el nombre de su autor. Eran unas chicas muy estilizadas, vestidas al estilo años 20. En la viñeta a la que me refiero aparecían dos jóvenes, siempre muy sofisticadas, que hablaban de una tercera y de una cuarta. Una de ellas decía a la otra en referencia a las otras dos y en tono de confidencia: "Zutanita y Menganita no deben ser muy amigas; nunca se han peleado".MF_5724.JPG

Esta frase que leí, yo creo que hace más de 15 años, se me quedó grabada, porque me ayudó a entender un poco más las complicadas relaciones humanas. Por eso creo que mis hijas se quieren mucho. Me parece que ya las estoy oyendo discutir.

(Foto: Taliesin/ Morguefile)

Hay palabras que me resultan tremedamente sugerentes. Una de ellas es la palabra confortable. La digo y me imagino en mi cama, arropada, caliente y disfrutando de mi rato diario de lectura.

La constatación de que disfrutar de confot es un privilegio, una suerte, me vino de forma repentina este martes por la noche mientras veía en Televisión Española el documental Destino clandestino, un reportaje del periodista Dominique Mollard que te mete de cabeza en un cayuco lleno de inmigrantes que parten de Mauritania con el objetivo de llegar a la isla de El Hierro.

El documental es tan potente que te mareas con los vaivenes del mar, te mojas, pasas frío, sufres por el único bebé que va a bordo y te entra el pánico cuando las cosas se complican. Al terminar pensé en cuántas personas estarían en ese mismo momento en un cayuco en medio del océano, no tan lejos de la confortable cama en la que yo iba a meterme de ipso facto..

Esta tarde he superado un ataque de gandulitis aguda -diría, más bien, de sofatitis extrema-. Me he levantado y he ido a visitar a una de las personas esenciales de mi infancia. Fue tan importante en mi niñez y en los años que vinieron después, que durante un tiempo pensé que todo el mundo debía tener una igual. No podía creer que la gente pudiera vivir sin alguien como ella.

Ahora que ya no soy una niña, que tengo mi trabajo, mi familia y mi lavadora, me pasa lo que a todos. Hay semanas, incluso meses, en los que no me acuerdo de ella, porque ella ahora es una mujer muy mayor que apenas sale de casa y mi vida transcurre a mucha más velocidad.
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Decía que esta tarde vencí mi pereza dominguera y me fui a verla. Hacía meses que no lo hacía, pero no hubo reproches sino los mismos manantiales de cariño que siempre. La misma marca de galletas también.

Para que te hagas una idea salí de su casa a lomos de una riada, sólo que ésta no era de agua sino de besos y achuchones y por todo asidero, su clasiquísima lata de galletas danesas de mantequilla.

Pasé con ella tal vez una hora y después me tuve que ir, porque ya sabes mañana hay colegio. No fue una excusa, muy a gusto me hubiera quedado en su casa como si no hubieran pasado 30 años y aún pudiera ver a Locomotoro en la tele en blanco y negro de su salón. Pero tuve que volver a subirme a mi vida y no sé cuándo encontraré otro momento para volver a visitarla.

Una de las características más lamentables de esta sociedad nuestra hecha de centros comerciales y multitudes es que no es, como en la película, un lugar para viejos. Quizas porque creemos que nosotros nunca vamos a serlo. La eterna juventud que le llaman.

(Foto: Jusben /Morguefile)

Hay infinida de refranes y dichos que bendicen la virtud del silencio. Del tipo: en boca cerrada no entran moscas. Hay muchas personas que basan su atractivo en sus silencios. Son personas taciturnas que a lo mejor no hablan porque no tiene nada que decir, pero no se les nota. Es el valor del misterio.

Hace unos años frecuentábamos un restaurante donde trabajaba un hombre alto y moreno, con pinta de motero. De esos con cara de haber vivido bastante. Iba siempre vestido de negro y tenía cierto atractivo. o a mí me lo parecía. Seguramente porque nunca nos rió la gracia y siempre nos trató con una distancia que a mí me parecía muy interesante.

Hasta que decidió ser simpático. Un día abrió la boca y resultó que hablaba con faltas de ortografía -que ya es difícil- . Además, tenía voz de petimetre y no del personaje a lo Marlon Brando que yo me había imaginado. Fue abrir la boca y desaparecer de mi lista de hombres atractivos del barrio. Pasó del top al bottom.IMG_6101_j.jpg

Algo parecido me ha pasado con la Reina. No soy de ideas monárquicas por lo que la institución supone de privilegio, pero sí me considero juancarlista. Dejando aparte el reconocimiento del papel fundamental del Rey en la transición que respondería a un análisis más intelectual que el que pretendo, siento por esta pareja de monarcas un sentimiento que tiene mucho que ver con la familiaridad. Yo tenía 9 años cuando murió Franco, así que he vivido practicamente toda mi vida con ellos en el telediario,

La Reina había hablado antes, pero no tanto. Quizás me haya pasado con ella lo mismo que con el camarero...

(Posdata: Esta noche acabo de oír unas declaraciones de Felipe González en TVE, en las que daba por sentado que la Reina no había hecho esas afirmaciones sobre los homosexuales que le atribuye Pilar Urbano. Se basaba en que él había hablado mucho con Doña Sofía y conocía su forma de pensar. Decía además González que este sinsentido olía a maniobra del Opus Dei. No sé dónde está la verdad, pero sí es la que defiende González no sé qué hace ese libro en las librerías )


(Foto: Uno que no abre la boca. Morguefile)

No sé qué me gusta más si el hecho de que la sacrosanta Casa Blanca tenga a partir de enero inquilinos negros o que la Palin desaparezca de los teletipos. Lo segundo es una tontería, pero lo primero no.
La familia más representativa del país más poderoso del mundo será de color negro a partir del 20 de enero. Si lo viera el tío Tom ...

"Es que han pasado 72 años...", me decía el otro día mi amiga Balbina, vicepresidenta de la Asociación de la Memoria Histórica de Arucas, en medio de una conversación sobre los últimos hallazgos en el pozo del Llano de Las Brujas. Siento una profunda admiración por Balbina y por su prima Pino, la presidenta. Dos mujeres modestas que a fuerza de tesón y de razón han demostrado lo que se negó durante años y se escondió bajo una losa de hormigón.

A menudo, el exceso de información sobre cualquier tema acaba por normalizarlo, quiero decir que, a base de repeticiones, lo más extraño o improbable puede llegar a parecer común. Creo que algo de esto está ocurriendo con el descubrimiento y apertura de las fosas clandestinas del franquismo. Son tantas las calaveras ...

Yo, sin embargo, no me sustraigo a la emoción. Pienso en cómo debieron ser esas noches de hace 70, 71 o 72 años, cuando se cavaron las fosas y se cometieron los asesinatos. Pienso en que, si no llega a ser por Balbina y por Pino y por otras personas tan resueltas como ellas, todas esas fosas continuarían cerradas. Abrirlas es como decir a los muertos: "Lo sabemos, ya lo sabemos".

Acabo de oír en RNE a la diputada regional por el PP Cristina Tavío afirmar en un pleno del Parlamento canario celebrado la semana pasada: "Señoría, perdone pero tengo una cucaracha en la cabeza. Esperemos que sea la única". Lo ha dicho con tanta flema que parece que sea normal acudir a los debates parlamentarios con una cucaracha en la cabeza.

Lo que no he podido averiguar es que pasó con la cucaracha: si se afilió al PP, si no lo hizo porque ya lo era, o si, en realidad, se trataba de un submarino del PSOE en misión de espionaje capilar. Puede incluso que fuera una cucarcaha nacionalista buscando la soberanía donde no debía.

La cucaracha es uno de los bichos que mayor repelencia me causan. No sé si es algo consustancial al género femenino o no tiene nada que ver con ello. Por eso, cuando esta mañana oí en la radio a la diputada diciendo aquello de "..señoría, tengo una cucaracha..", me solidarice con ella de manera repentina.
Me puse en su lugar, tanto tanto que después hasta me asusté.