Me voy de vacaciones, Voy a estar un mes fuera de casa y no sé qué haré con el blog. Supongo que lo actualizaré cuando pueda. Hasta pronto.
Archivos Julio 2008
La que ha montado Libia porque el hijo pequeño de Gaddafi tuvo un problema legal en Suiza. ¿La has leído?
Pasé por Libia en las navidades de 1991, gracias a un rally que segui como periodista. Recuerdo dos o tres detalles curiosos de aquel país. Uno de ellos fue el trámite del pasaporte a la entrada, que fue muy original. En lugar de una ventanilla, había una fila
de funcionarios sentados detrás de un largo mostrador de madera. De nosotros se esperaba que hicéramos cola en un extremo para entregar el pasaporte al primer funcionario de la derecha. Así lo hicimos y el mecanismo burocrático se puso en marcha.
El primer funcionario cogió el primer pasaporte, lo abrió, observó con detenimiento cada página, lo cerró, y lo entregó al funcionario de su izquierda. Éste hizo exactamente lo mismo y lo pasó al siguiente. Así, unos cuatro o cinco funcionarios. El último de ellos estampaba el sello de entrada y devolvía al documento a su escamado propietario.
Antes, en la pista del aeropuerto nos habían recibido un par de fotógrafos de prensa provistos de cámaras de apariencia antigua, con esos flashes que van dentro de una especie de tazas de metal sin asa. Sólo faltaba James Cagney en una de sus películas en blanco y negro.
Y en el lugar donde acampamos, que era otro aeropuerto, se veía al fondo la silueta de un puñado de aviones de guerra que algunos de nosotros examinó durante la noche y aseguraba que eran de cartón piedra.
Han pasado algunos años de aquel paso fugaz por el país de Gaddafi, que la noticia sobre las represalias a Suiza por el arresto de su hijo me han hecho recor. ¿Serían los aviones de cartón piedra los juguetes del niñito?
Algunas veces, cuando viajo a un país distinto del mío, a otra comunidad autónoma o a una ciudad diferente incluso, queda dentro de mí un sentimiento de lealtad. Es como si me quedara enganchada en el sentido físico del verbo, como si un hilo invisible con una alfiler doblada en su extremo me mantuviera por siempre sujeta al lugar visitado.
Cuando ha ocurrido esto con un territorio -pongamos Roma, que es bastante reciente -, pido silencio a mi alrededor cuando la tele o la radio hablan de él, y leo con detenimiento cualquier noticia que aparezca en el periódico sobre el sitio en cuestión. La receta de un plato que comí allí, un libro, una película ... cobran un atractivo que antes del viaje no tenían.
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Desde luego que esto no me pasa con todos los sitios, hay enganches y enganches. Algunos son de hilo de hilvanar que se degrada y desaparece con el tiempo y otros son de buen acero. De este último material es el lazo que me echó la India hace ya muchos años. Estuve allí en el verano de 1990. Lo recuerdo bien porque hicimos escala en el aeropuerto de Kuwait el 1 de agosto, justo un día antes de que el emirato fuera invadido por Iraq y se desencadenara la guerra del Golfo. Por un día no quedamos atrapados. Es fácil acordarse de la fecha.
Guardo lealtad a India y Nepal desde entonces y han pasado una partida de años, pero el gancho que me echaron es de muy buen material y aún sigue clavado. Hice el viaje con un amigo al estilo mochilero sin más planificación que los aviones de ida y vuelta, y con unos 30 días para recorrer aquel extraordinario país y a su vecino nepalí.
Mantengo mi afecto por estos lugares, el interés, y recuerdos vivísimos, como la insistencia de aquel limpiador de orejas -sí, limpiador de orejas- ambulante, en la ciudad de Deli. Su única herramienta de trabajo era un palito del tamaño de los que se usan para hacer pinchitos morunos, un poco más grueso y con una especie de torunda en la punta de color gris marengo cachumbo. Con semejante artefacto aquel hombre se ganaba la vida en la capital de India, limpiando orejas en la calle.
No limpió las mías, pero nunca lo olvidé. Ni a ése ni a otras muchas personas. Recuerdo a un joven, casi un niño, al que conocimos en una estación del ferrocarril. Se arrastraba por el polvoriento suelo pidiendo limosna. Un tren le había cercenado las dos piernas a la altura de los muslos y esta desgracia le había convertido en sostenedor de su familia. Ganaba más dinero que su padre. Era un tío guapote y muy espabilado con el que fue un placer compartir un trayecto en tren. Después de pedir por los vagones, vino al nuestro, hasta que lo echó un revisor. Un mendigo no podía estar en primera clase.
Guardo mil y una anécdotas de aquel viaje y el conocer las historias de muchas de las personas con las que nos tropezamos hace que no lea con indiferencia noticias como ésta . Esta nueva desgracia me ha hecho ver que el lazo de acero que me une a la India sigue en magnífico estado.
(La foto es de Singhajaykr25 /Morguefile)
He estado navegando por internet. Un poquito, no te creas, no soy intensiva para nada, ni en internet ni en la agricultura ni en ninguna otra cosa. Más bien pico de aquí y de allá. Pue eso, que he estado navegando un rato y me ha pasado lo de siempre, que me aturullo. Es tanta la oferta que me da como una sensación de agobio; de ahogo, diría. Como a la entrada de esos conciertos multitudinarios.
Después pienso: ¿qué pinto yo entre toda esta maraña? Es como si al escribir en el blog me abriera hueco a codazos entre montañas de bits, paredes de links y cargamentos de no sé qué otras siglas igual de enigmáticas.
(Posdata: Hace solo unas horas que he comenzado mis vacaciones de verano. En un primer momento me pasa siempre lo mismo, que no sé qué hacer. Pero enseguida se me pasa y me siento como si siempre hubiera llevado esta vida de rentista, que es de lo que se trata en definitiva).
Esta mañana me contaron la historia de un perro que tiene cáncer de piel. Lo contrajo porque es albino y ahora recibe un tratamiento de quimioterapia en pomada.
-¡Qué cosas le pasan ahora a los perros!, me comentaba una vecina.
-... bueno quizás es que antes no iban tanto al veterinario..
-Claro, se morían y no se sabía de qué. Simplemente, se morían.
Me despedí de mi vecina rumiando la idea de que lo que no se conoce, es como si no ocurriera... Así me lo decía un político canario al que respeto mucho, un día de campaña electoral para unas elecciones generales que pidió el voto en un mercado. Fue hace diez o doce años
Yo acompañaba al grupo como periodista, para escribir en mi periódico sobre el acto electoral . "Ángeles", me decía el candidato, "lo que no sale en los medios no existe; si tu no hubieras venido, esto (el acto en el mercado) es como si no hubiera pasado".
Del mercado y el candidato volví al perro. Si nos dicen que un setter murió de una insuficiencia renal o de un cáncer fulminante, su desaparicion nos parecerá mucho más dramática que si simplemente nos cuentan que murió, a secas. El hecho de padecer una enfermedad humaniza al animal, es verdad, pero ese aspecto lo dejamos para otro día. Hoy voy a las cosas que pasan, pero que son como si no pasaran, a la importancia de contar algunas; a para qué sirve eso que llamamos periodismo.![]()
El pasado 16 de julio la agencia Efe distribuyó la siguiente noticia:
Activistas saudíes pro derechos humanos se esfuerzan para impedir el casamiento de un hombre de 60 años con una niña de diez años en la región de Haél, a unos 600 kilómetros al noroeste de Riad, informa hoy el diario "Okaz" en su página web.
(Aquí te pongo el enlace del periódico Okaz. No entiendo ni papa, pero es precioso.)
Poco después nos llegó la noticia de que la boda había sido aplazada gracias a la campaña que habían puesto en marcha los actvistas. (Ojo, sólo dice "aplazada".)
Vuelvo a juntar al perro con el candidato. Les agrego a la niña de 10 años y me pregunto cuántas bodas de este tipo se habrán celebrado en el mundo sin que nos hayamos enterado. Sucedió, pero para nosotros no han existido.
Este lunes, los periodistas Nicolás Castellano y Carla Fibla presentaron el audiolibro Mi nombre es nadie donde jóvenes africanos que intentaron o intenta emigrar a Europa en cayucos y pateras cuentan sus vidas. Lo mismo que con la enfermedad del perro, el acto electoral del candidato y la boda de la niña de 10 años, si Nicolás y Carla no lo cuentan es como si las historias de cada uno de esos emigrantes no existieran. Pero la enfermedad del perro existe, el candidato fue al mercado, a la niña la querian casar y el emigrante tiene nombre, apellidos y una historia que contar.
(Foto: Nesstor4u2 / Morguefile)
Dentro de muy poquitos días me voy de vacaciones, así que esta semana es para mí una de las mejores del año laboral. La razón es que a veces la promesa de algo vale casi tanto como lo prometido; la espera como lo esperado. Ahora mismo mis vacaciones son todo lo que mi cabeza sea capaz de imaginar dentro de los márgenes que sé que tengo, y estos últimos días de trabajo empiezo ya a disfrutar de ellas.
Un conocido llevó este sentimiento al extremo. Un día que me dijo que ya estaba lamentando que se acercaran sus vacaciones, porque significaba que con ellas se aproximaba también su final y la vuelta al trabajo. Ya temía el regreso sin haber salido. Algo pesimista, ¿no?
A mí, esto del disfrute previo me pasa desde pequeña. Entonces mi día preferido era el viernes, no el sábado o el domingo, el viernes, porque era la antesala del fin de semana, la promesa de algo bueno que estaba por venir.
Hablo de años de pura infancia, que, en mi caso, pasé en las aulas de un colegio de monjas sólo para niñas. En aquella época las más pequeñas usábamos un babi encima del uniforme, que llevábamos el viernes por la tarde a casa para lavarlo.
El babi, bajo el brazo, en la maleta o arrastrando por el suelo cogido por una manga, era señal de que comenzaba la libertad. ¡Por fin viernes! era el grito. Y el babi, con lamparones de pintura a la témpera o de barro de modelar, la bandera que enarbolábamos.
Ahora estoy a punto de recoger mi babi en el trabajo y tengo unos días para regodearme en la promesa de felicidad que traen las vacaciones. Para mí y para muchísima gente, supongo, se trata sólo de una cuestión de tiempo, de tiempo libre, que es precisamente lo que más escasea a lo largo del año.
Cuando era niña, el último día de clase era tan emocionante. Salías del colegio con las libretas manoseadas; con los trabajos manuales siempre a punto de despegarse, los libros, los lápices requeteafilados y una felicidad que no te cabía en el pecho. Ante tí, la inmensidad del verano. Tres meses, de los de antes, todos enteros para jugar.
En uno de mis últimos veranos eternos, un amigo de mi padre me dio la mala noticia de que aquello acabaría pronto. "Cuando entres en la universidad, te quedará alguna asignatura para septiembre... y después en el trabajo sólo tendrás un mes..", me dijo.
En realidad, lo que me pasó fue que durante la carrera dediqué los veranos a hacer prácticas y al acabar empecé a trabajar y ya nunca lo dejé (afortunadamente). Así que hace 22 o 23 años que no disfruto de más de cinco semanas de vacaciones seguidas.
Esta limitación que comparto con la mayoría de los trabajadores hace que me tome los días de vacaciones como joyas preciosas que debo conservar; o mejor: como el trozo de chocolate que me daba mi madre de niña y que yo comía a mordisquitos para que durara más.
Estas vacaciones vuelven a ser únicas. Las espero con tanta ilusión como la que cabría en las bodegas de un superpetrolero, pero también con mucha nostalgia por los veraneos que ya pasaron y por las personas con las que los compartí y que nunca van a volver.
(Foto: Si está bien datada, se trata del tecer verano de mi vida. Tenía dos años y fue en 1967, en Las Canteras, of course)
Para complacer a los numerosos seguidores de este blog que lo han pedido de manera insistente, me dispongo a continuar la entrada Carmen quiere verla, que dejé colgada con un "continuaré" el 20 de mayo.
(Vale Cuinpar, entre nosotras, sólo lo has pedido tú, pero así ves cuánto aprecio y valoro tus comentarios)
Carmen quería verme para contarme los últimos días de la vida de su hijastro, Matías López Morales, fusilado por los franquistas el 29 de marzo de 1937. Estaba ansiosa por relatar una historia que había guardado durante más de sesenta años, primero por miedo, después seguramente porque no había encontrado el medio de dar a conocer sus manuscritos.
Aquella mañana me tuvo a mí, toda orejas, dispuesta a escuchar durante horas:
Carmen Delgado Expósito, hija de Francisco y Casimira, se crió en la calle Juan Rejón de Las Palmas de Gran Canaria a principios del siglo XX. A los 17 años la casaron con un viudo de 40 que tenía un hijo de 10, Matías, el protagonista de esta historia. Tres días antes del golpe militar del 18 de julio del 36, Matías estrenaba empleo como mecanógrafo en el Ayuntamiento de San Lorenzo.
Tras una serie de vicisitudes debidas al golpe militar, Matías, que era secretario del Sindicato Obrero, fue apresado y encerrado en un calabozo. A partir de ese momento empieza la gran epopeya de Carmen, una mujer sola ante a aquellos militares que acaban de convertirse en dueños de todo.
Recuerdo que el relato de Carmen tuvo la virtud de rejuvenecerla. Sí, seguía teniendo 92 o 93 años, pero no me costó nada imaginármela de joven, con unos 30, tratando de conseguir noticias de Matías en el Gobierno Militar, frente al mismo parque San Telmo donde voy a patinar con mis hijas.
No resulta tan fácil ahora en este mes de julio de rebajas y playas saturadas, recrear el ambiente que debía reinar en aquella ciudad recién tomada, presa de venganzas y delaciones. El marido de Carmen y padre de Matías se había alistado, por lo que ella era la única que podía intentar ayudar al joven.
En una de las visitas al calabozo, uno de los militares le sopló que se iba a celebrar el consejo de guerra y que, si quería y se estaba calladita, podía asistir. Carmen acudió al consejo de guerra, que tuvo lugar el 26 de enero en una dependencia militar. Matías salió del juicio condenado a muerte.
Con gran dramatismo, incorporándose en su cama de enferma para dar más énfasis a su relato, Carmen me contó que gracias a uno de los militares presentes en el juicio que se apiadó de ella supo que lo único que podía hacer era viajar a Tenerife para pedir clemencia en Capitanía. Pero, ¿cómo?
El mismo militar le ofreció su ayuda, regresaba a Tenerife en barco con su hija. Ella sólo tenía que conseguir dinero para el billete. También un permiso en comisaría. No sin agonías obtiene billete y permiso y embarca cuando el correillo ya está soltando amarras. Carmen hizo el viaje "engurruñada" debajo de una escalera de la cubierta porque la bodega estaba cerrada. Recuérdese que hablamos de enero o febrero, haría frió en el mar por la noche.
Desembarcó en Santa Cruz a la mañana siguiente y se dirigió a Capitanía. Allí tuvo que esperar horas y horas hasta que logró hablar con "un señor gordo lleno de medallas"...
Le aconsejan que mande un telegrama pidiendo clemencia a Burgos y hasta se lo dictan: "Madre afligida ..."
Sin comer, sin dormir, sin descansar Carmen volvió a embarcarse para regresar a Gran Canaria, al Gobierno Militar. Iba con el alma en vilo, temiendo que hubieran matado ya a Matías. En el palacete del parque San Telmo llegó a perder el conocimiento mientras esperaba de nuevo por una respuesta. Finalmente, consiguió un pase para visitar a Matías en el castillo de San Francisco y comienzan entonces su caminatas diarias desde Guanarteme a través de barrancos y barranquillos, entre aulagas y tuneras.
Aquella mañana de marzo de 1999 Carmen me contó que durante dos meses fue todos los días al castillo, dos veces cada día. Le llevaba ropa, libros y las piezas de un ajedrez para un tablero que hizo Matías con una estilográfica...
El 29 de marzo de 1937 fusilaron a Matías López Morales en La Isleta. En marzo de 1999 Carmen, su madrastra, contó por primera vez su historia a una periodista. Hoy, 20 de julio de 2008, escribo sobre Matías y Carmen y de las historias que vivieron en esta misma ciudad donde ahora vivo yo.
(Fotos: La primera me la dio Carmen, es Matías, en el castillo de San Francisco pocos días antes de ser fusilado. Observa las botas sin cordones.
La segunda foto es un desfile de falangistas por la calle León y Castillo de Las Palmas de Gran Canaria, en 1937. El autor es desconocido. Archivo de la Fedac)
(Posdata: Después de publicar este artículo he encontrado la transcripción de los escritos de Carmen Delgado Expósito, colgados en internet: Están aquí)
Acabo de ver una sucursal de una agencia inmobiliaria cerrada a cal y canto y con anuncios en el escaparate de "se traspasa". Es una metáfora de lo que está pasando. El boyante negocio de la compraventa de pisos se ha ido al garete y las tiendas se cierran. Las poderosas inmobiliarias, mordiendo el polvo.
Aún recuerdo una conversación con una persona que conocía en un asadero hace unos años. Era delegado, franquiciado o como se llame de una agencia inmobiliaria de ámbito nacional. Tenía tanto dinero, a juzgar por lo que decía, que -también a juzgar por lo que decía- no sabía qué hacer con él. Era apabullante oirle hablar. Tenía tanto... el mejor coche; la casa, no veas, un palacio, y de vacaciones no te creas que se iba al Sur con la vena mechada y la ensaladilla adornada con dos tiritas de pimiento morrón. ¡Qué va! Iba a NY, Berlín, quizás a las Sychelles ....
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Este hombre que conocí y la agencia cerrada que vi hace un rato representan una parte de la sociedad que teníamos y la que estamos empezando a tener, al menos en el plano económico. Aquellos nuevos ricos que no reparaban en gasto tienen hoy que mirar el duro, como hicieron siempre nuestras madres y no digamos nuestras abuelas.
No es que me alegre de la crisis, en absoluto, pero veo también cosas buenas en este bofetón económico. A mí, por lo menos, me ha modificado algunas pequeñas costumbres, y ahora aprecio detalles a los que antes no daba ninguna importancia.
Hace unos años entreviste a un autor superventas de libros de autoayuda que me dijo que el secreto de la felicidad estaba en desear pocas cosas. Todo tiene su matiz, pero es evidente que una forma de no ser feliz es poner tu felicidad en asuntos que sólo es posible conseguir con dinero, porque viene una crisis y zas. Otros viven en la crisis de manera perenne, porque van como el burro tras la zanahoria, sólo que sus zanahorias cuestan bastantes más de lo que nunca podrán pagar.
A veces miramos tanto hacia fuera que no vemos lo que tenemos en casa. Y no hablo de la pantalla de plasma que no tengo, sino de las personas que quiero. Contigo pan y cebolla.
(En noviembre de 2005 BBC mundo.com publicó un artículo titulado El secreto de la felicidad. Se trata de un experimento científico)
(Foto: Imelenchon/ Morguefile)
El escándalo de la intoxicación masiva por salmonelosis que afecta a al menos a 80 clientes de una cafetería grancanaria en Las Palmas de Gran Canaria planteó este miércoles por la tarde una situación muy interesante gracias a internet y sus posibilidades.
La absoluta inmediatez de la red permite mantener un toma y daca contínuo con los lectores. Así, tan pronto se colgó la noticia de la intoxicación, aparecieron los primeros comentarios de lectores que exigían conocer cuál era el foco de la salmonela.
En la misma información se explicaba que la salmonelosis tiene un periodo de incubación que puede llegar a las 72 horas. En consecuencia, algunos lectores querían saber si debían temer por su salud pues en los últimos días habían estado en alguno de los establecimientos de restauración del centro comercial en cuestión.
La Consejería de Sanidad no facilitó ese dato, que se pudo averigüar a través de varias fuentes y confirmó finalmente el centro comercial. No fue éste el único medio de comunicación que informó de dónde se había producido intoxicación, además, el boca a boca de 80 afectados, su familias, amigos y conocidos hizo correr la información de un lado a otro de la ciudad de tal manera, que lo difícil hubiera sido no enterarse.
Traigo a colación el asunto por el juego que se estableció entre los que exigían información y los que podían dársela, y observo una evolución en la relación entre los que leen y los que son leídos. Ahora los primeros pueden patalear sobre la marcha: "Oiga, quiero saber y saber ya". Los lectores son cada vez más propietarios de lo que leen.
Esta mañana ha llegado un tipo al periódico buscando un periodista al que contar su historia. Es lo habitual, tanto como ir a una farmacia a buscar medicinas o a un zapatero a poner medias suelas. De las historias que nos llegan, algunas se cuentan y otras no se cuentan. Ésta es una de esas que no.
El hombre -mediana edad, calvo, bajito- quería contar su versión sobre un asunto de pareja que terminó mal. Pero eso no lo dijo en un primer momento. Empezó hablando de sus "penales". De sus antecedentes penales. Los quería eliminar y para eso pensaba que el periódico le podía ayudar.
Costó, pero poco a poco fue enseñando sus cartas. Estaba separado, tenía una orden de alejamiento, y parece ser que un par de denuncias por malos tratos que él, obviamente, tachó de falsas.
Le expliqué que en un caso como el suyo siempre hay dos versiones y que correspondía al juez decidir sobre sus, "penales" y sobre la verdad de las denuncias.
Cuando vio que su historia no colaba, empezó a decir que su ex era una analfabeta que no sabía ni firmar... Y en este instante a mí el hombre, lo reconozco, me dio yuyu y con educación le invité a buscar soluciones en el juzgado.
Admito que a priori tenía todas las de perder conmigo. Pero ahora que pienso sobre ello y no sé si despedí a un maltratado o a un maltratador, me pregunto si habrá algún justo que pague por los pecadores.
(Foto: Kakisky/ Morguefile)
Hace unos días sufrí un moderado sobresalto sobre el que no escribí en su momento porque pensé que sería mucho mejor esperar a sentirme más repuesta y a que mis nervios recuperaran su compostura acostumbrada.
Una vez que ha pasado un tiempo que considero prudencial, me dispongo a contar el motivo del susto -nunca diría que mayúsculo- que sufrí el otro día mientras paseaba por los alrededores del parque Santa Catalina de Las Palmas de Gran Canaria.
En concreto, andaba por el paseo que comunica la Base Naval con el centro comercial El Muelle, mole arquitectónica conocida también en la ciudad como el mamotreto. Recuerdo que aquel día caminaba hacia el centro comercial con total naturalidad e inocencia, entretenida con las boberías que considero pensamientos, cuando me crucé con una extraña pareja que parecía salida de una novela de Julio Verne o, mejor, de un relato de Agatha Christie, de aquellas historias que la dama inglesa hacia transcurrir en remotos parajes del imperio británico.
Eran muy blancos de piel, casi transparentes y de mediana edad. Pero lo que me llamó la atención no fue este aspecto, harto normal en una isla que lleva cien años recibiendo turismo del norte europeo. Lo que me extrañó fue la indumentaria. Ambos llevaban prendas de color caqui, beige y canelo, como de camuflaje; zapatos de aventura, sombrero como para ir a la selva y mochilas más propias de un oasis en el desierto que de una de las zonas más céntricas de una ciudad europea, como es ésta.
A esta pareja siguió otra, disfrazada de similar guisa. Y otra, y un grupo, y dos damas que iban solas, y otra pareja, y un trío... Llevaban salacots, pamelas, pantalones de expedicionario, chalecos de aventura... Entre todos completaban el catálogo de una de esas tiendas especializadas en equipos para aventuras de supervivencia.
Es sabido que si se va todo recto desde la Base Naval hacia el El Muelle y una vez allí se coge a la derecha, se llega al muelle -éste sí un muelle de barcos- de cruceros. Ahí estaba la explicación. Procedían de un barco de cruceros que acaba de atracar en el puerto. No sé que tipo de información tenían de la isla donde acababan de dejarlos el buque, pero a alguno sólo le faltaba el cazamariposas, la mosquitera y la escopeta para completar el cuadro.
Pero antes de llegar a esta conlusión, mi primer pensamiento fue "¡cielos! ¡nos exploran" , porque, como iba enmimismada, me vi envuelta en el grupo de expedicionarios en un abrir y cerrar de ojos. Y, de repente, me sentí nativa de alguna tribu ignota.
(Este es el trailer de un documental sobre las visitas de Agatha Cristhie a Canarias. También estuvo en Gran Canaria, aunque parece que aquí no se menciona. )
Cuando leas estas líneas llevaré tres días sin fumar -o habré vuelto a caer-. En realidad, no me gusta fumar. Odio ese sabor a cenicero que te queda en la boca después de cada cigarrillo. Y el olor es espantoso. Es un aroma grasiento y desagradable.
Hace tiempo que expertos y autoridades sanitarias alertan contra la epidemia de obesidad que se nos viene encima, o que ya tenemos encima. No me había dado cuenta de lo grave que es la situación de una manera directa hasta hoy.
El periódico argentino Crítica denuncia que doce bebés argentinos podían haber muerto porque fueron utilizados como cobayas para probar la eficacia de una vacuna en fase experimental.
Hay hechos cotidianos que pueden convertirse en noticiosos. No es noticia que tus hijos vayan al colegio, pero sí que los maestros hagan huelga o que cierren la escuela porque amenaza ruina. Y saben lo de la mordida, el perro y el hombre; que sea o no noticia depende de quién abra la boca primero.
No me gusta nada ir de compras. A no ser que vaya a tiro hecho, que ya sepa de antemano que quiero comprar unos calcetines verdes, mis incursiones en tiendas y grandes almacenes suelen ser desalentadoras.
Pertenezco a una generación frontera, que -afortunadamente- llegó tarde a la escuela de la dictadura y no cogió de lleno la normalización de asignaturas como la historia de España. Creo que no me hablaron de la guerra civil en serio hasta COU.
Vivimos a tal velocidad que no saboreamos el momento. Me pasa a menudo. No estoy en lo que estoy sino en lo que voy a estar. Repaso en mi mente lo que tengo que hacer a continuación, planeo y ordeno mis movimientos. Pienso: Si me levanto a las siete y desayuno en diez minutos, me ducho en tres, levanto a las niñas, subo y bajo y me doy la vuelta, me da tiempo para ir, venir y volver a ir...
Soy una cocinera pésima, de las que usan el libro de recetas para hacer un huevo duro. Ahora: el huevo duro me sale genial. Hay algún otro plato, -como el puré de verduras-, que hago sin necesidad de receta, pero en puridad soy una cocinera de libro abierto.
Hace muchos muchos años, cuando la tele era en blanco y negro, ponían dibujos animados de Mickey, Minnie, el pato Donald y ese tipo de gente. Había un episodio que protagonizaba Goofy o un primo suyo, que retrataba muy bien la conversión que algunos experimentan cuando se sientan al volante.
