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La imputación de la infanta Cristina y el listado de razones que expone el juez Castro para hacerlo deberían tener un efecto en la institución monárquica. La familia real española goza de privilegios que le ha dado la sociedad a cambio de, por lo menos, un comportamiento ejemplar.

Los delitos que enumera el juez no son de los que se descubren de milagro por el ADN de una colilla. Aquí hay números, recibos, facturas, una mansión en Pedralbes y hasta clases de merengue.

Que renuncie a su lugar en la línea de sucesión, que se le quiten los blindajes y que asuma sus culpas o inocencias como cualquier hijo de vecino.

Y también, como se propone aquí, que se quite su nombre de los parques y las plazas. Lo de Cristina es la guinda -la corona- que le faltaba a esta España de corruptos.

En la portada de www.canarias7.es conviven en el momento de redactar este texto las siguientes noticias: El barco de los millonarios pasa el fin de semana en La Luz, y Los 300 más ricos del mundo sumaron 524.000 millones a sus fortunas en 2013 con La Casa de Galicia pide un último esfuerzo.

Lo siento, no he podido remediar enlazar una cosa con otra. Sobre todo después de que ayer una anciana me rompiera el corazón cuando la vi comprar los Reyes para sus hijos.
Se gastó tres euros en una camisa de hombre y dos blusas de mujer, todas de segunda mano.

No sé si esta anciana irá este fin de semana al puerto para ver la llegada del barco de los milonarios o lo hará alguno de sus hijos, con sus camisas de Reyes recién reestrenadas.

Cuando era niña no entendía esa pesadez de los mayores de felicitarse una y otra vez en cuanto se acercaban las fechas navideñas. Los «¡felices fiestas!» y el «¡feliz año!» me parecían un rollo. ¿De qué valían esos deseos? ¿No éramos ya felices?

Hoy mi visión del asunto se ha dado la vuelta, como la tortilla en la sartén. Ahora pienso que está muy bien esto de felicitarse.

Sé que los mayores lo hacemos porque sabemos el valor del tiempo que de niños creíamos inagotable; también porque conocemos el valor de este preciso instante o el de cosas que antes dábamos por supuestas como la salud, la amistad, el amor o la belleza de un paisaje.

Hoy es el último día de un año que ha hecho honor a la fama de gafe de su número. El 13 ha sido malo para una mayoría de españoles en lo económico, y para la sociedad en su conjunto la situación es peor que la de hace doce meses si repasamos estadísticas o pensamos en los derechos que ya no tenemos.

Pensé en esto cuando ayer me pidieron dinero por la calle con una artimaña que olía a estafa a cincuenta metros y que me hizo pensar en aquel país de pillos de los años 50 que tan bien retrató el cine de la época.

Hace años que soy mayor para felicitar las fiestas con conocimiento de causa, pero ayer después de ese encuentro con el pícaro que me llevó a pensar en cuánto hemos perdido, le di más sentido a esto de desear un feliz año y me pareció que también lo hacían los amigos con los que me crucé en la calle.

Estuvimos de acuerdo: 2014 debe ser nuestro año, el de todos.

(Publico este artículo en el periódico, también aquí, por ahorrar. Es broma: feliz año a todos)

Hace un par de días, la Casa de Galicia nos pidió que solicitáramos a través del periódico una lista concreta de alimentos (latas de sardinas y de atún, entre otros) para que puedan completar los 2.500 paquetes de comida que se proponen entregar a familias necesitadas en la actual campaña de Reyes.

Sobre la marcha publiqué en la página web del periódico lo de la lata de sardinas, la incluímos en la edición impresa y la difundí a través de mi muro de Facebook y en el de CANARIAS7. Al día siguiente continuamos con el tema, porque, aunque aumentaron las donaciones, todavía lo hicieron más las peticiones.

Medio me olvidé del asunto hasta que dí con este artículo de Maruja Torres titulado Los pobres, a través de elplural.com y gracias a una mención en Facebook.

"A mí se me encoge el corazón cuando pienso en esos ejecutivos que vuelan en business o en primera (...), dice Maruja en un artículo en el que la periodista ironiza hasta el límite con lo que sufren los ricos en esta crisis.sardinas1.jpg

Leer a Maruja, que hace un retrato mordaz de la vida del alto ejecutivo, y acordarme de la lata de sardinas de la Casa de Galicia fue todo uno. Comparé una cosa y otra y, no sé por qué, pensé en las mentiras del Gobierno, empeñado en vendernos que la cosa va mejorando pese a la debacle social y, sobre todo, en que estas leyes tan bárbaras como la "mordaza" o la nueva del aborto son,- como dice Gallardón de esta última-, hasta "progresistas".

El problema de las mentiras es que van calando, como la gota china, y llega un momento en que asumes el medicamentazo, la reforma laboral, la educativa o las tasas judiciales, como algo con lo que hay que vivir.

A veces las cosas hay que verlas desde fuera para cogerles la medida. Esto me ha pasado con otro artículo que leí gracias también a la red social. Se titula "Rompamos el silencio sobre lo que sucede en España". En el artículo Astrid Menasanch Tobieson, una escritora sueca, pide a los periodistas de su país que hablen de la "crisis democrática" que sufre España. Hasta aquí llegué con la lata de sardinas.

(En la foto de Juan Carlos Alonso, voluntarios de la Casa de Galicia preparan cajas de comida para repartir en su campaña de Reyes)

El otro día se reían dos amigas mías con los apuros de una de ellas porque le había reaparecido un viejo amor a través del Facebook, esa puerta diabólica que tanto nos expone.

Ella decía que no había sido amor ni nada parecido y que además de eso hacía más de 30 años.

Pero ni el tiempo ni la distancia ni aquellas calabazas del pasado habían disuadido al supuesto enamorado, que treinta años después volvía a intentar no se sabe muy bien qué.

No es la primera historia de este tipo que me cuentan y yo misma he pasado por algo similar, aunque no exactamente.

De repente encuentras en tu pantalla una carita nueva que te dice: "cucú ¿a que no sabes quién soy?", y es un personaje de cuando la vida era sólo en tres dimensiones y no existía este plano virtual que reside en el corazón de los ordenadores.

Personas que nunca más pensamos en volver a ver reaparecen a través de un pasadizo nuevo, en el que me imagino a los Goonies o a Indiana Jones, aunque en su caso habría telarañas junto a los cablecitos.

Ya se lo decimos a los niños, que tengan cuidado con internet que puede entrar de todo, como ocurre en la casa de Poltergeist

Ya digo, de todo: viejos pretendientes, algún que otro pretendido, compañeros de aquel cursillo de verano, frecuentadores del mismo bar, colegas de profesión ... todos deambulando por los pasajes virtuales, todavía asombrados con la novedad.

Era mayor, llevaba un perro y me preguntó con total naturalidad: "Dígame, por favor, ¿hoy es domingo?"

Ella llevaba un perro pequeño atado a una correa y yo, a mi Kobe alias Walter.

Escuché su pregunta, me lo pensé unos instantes y le dije que creía que era miércoles.

Me dio las gracias y desapareció por un callejón de Vegueta.

Cuando me quedé sola, me acordé del recurso para expresar el tiempo que usan algunas películas antiguas -creo que Ciudadano Kane es una de ellas- de hacer caer las hojas de un almanaque a toda velocidad.

Me imaginé a la señora del perrito -y a mí misma- tratando de sujetar las hojas del almanaque que volaban a toda velocidad, angustiadas porque cada hoja era un día, un día de nuestras vidas que se iba.

A medida que maduro voy atemperando algunos lastres. Uno de los que más me han pesado en la vida ha sido la timidez.

Soy una persona tremendamente tímida, aunque sé que a veces no lo parezco y que seguramente alguno de mis amigos exclamará ¡venga ya Ángeles! al leer esto.

Pero es verdad. Lo he pasado mal con esto de la timidez, porque no he hecho siempre lo que he querido o lo que debía: me lo ha impedido una fuerza superior y paralizante en forma de vergüenza ajena, del qué dirán dios mío.

Hay timideces graves y otras más moderadas, la mía es de las segundas con picos de mayor intensidad y zonas de inactividad. Cuando te da un ataque de estos te crees en el centro de un escenario, o mejor, en medio del Coliseo de Roma, con las gradas llenas de gente que te mira y te señala, te suben los colores, la cara te arde...

Todo en exceso es malo, hasta el amor. En la moderación está el gusto que diría mi madre y muchas otras personas. Así hay un grado de timidez deseable, que blinda contra las impertinencias y las salidas de tono, que te ayuda a saber estar, a no morir por figurar, y a saber que, siempre siempre, lo mejor es ponerse en el lugar de los demás, aunque a lo mejor esto ya no sería timidez, sino tan solo buena educación.

Una lo dijo de broma, como de cachondeo, para burlarnos de nosotras mismas, que es una cosa que nos gusta mucho y me apropié de la expresión: cena de señoras.

Anoche asistí a una cena de señoras, sólo que las señoras éramos nosotras, las mismas que compartimos cenas de adolescentes -en aquella época debieron ser más bien paquetes de papas y donuts- , de universitarias, de jóvenes que se comen el mundo, de adultas... y sucesivamente.

La vida sigue adelante a pesar de las cicatrices comunes e individuales y nos seguimos queriendo como antes, o tal vez más, porque ahora sabemos mejor lo que vale un peine y este peine nuestro tiene aún muchos dientes.

La amistad es un lugar cómodo y acogedor, donde te sientes más tú que en otros sitios, donde la eterna juventud no es una utopía.

(Pedí permiso para publicar una foto del grupo, pero no me acuerdo si me lo dieron, con tantas opiniones ...)

Este viernes se consuma el regreso de Juan Negrín a su isla natal más de 50 años después de su muerte al hacerse oficial la entrega de su archivo al Cabildo de Gran Canaria. Este regreso tiene una gran trascendencia científica, pero también tiene un significado sentimental.

El hospital más grande de la isla lleva su nombre, pero Juan Negrín López, nacido en el barrio de Triana en 1892, es un desconocido para muchos isleños. Sin embargo, a poco que se ahonde en la vida del diputado, ministro, jefe de gobierno y científico, afloran hechos familiares.

Tal vez sea la casa de San Mateo de la familia de su madre o las huellas del hermano cura, Heriberto, en el colegio del Corazón de María de la calle Rabadán, figura que hoy estudia el padre Fuertes.

También puede ser un libro de su biblioteca personal dedicado por algún ilustre isleño como Millares Torres, o las cartas que intercambió con paisanos durante la guerra y que el historiador Sergio Millares analizó en su libro Negrín y Canarias y en el que prueba que «tenía a Canarias metida hasta el tuétano».
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Su nieta Carmen recordó en una ocasión que el estadista presumía en su exilio de París de ser «guanche» y que su propio descubrimiento de Gran Canaria le había permitido entender mejor a su abuelo.

El exilio forzoso de los Negrín (el propio Juan, su madre y los hermanos, Lola y Heriberto) lo imagino tan triste como el de los Machado. Por eso este regreso simbólico, que tanto aporta a Gran Canaria, me parece que amén de científico es sentimental.

(De mi artículo de los martes en el periódico A tres columnas y ante la entrega oficial del Archivo de Juan Negrín al Cabildo de Gran Canaria)

"Mandela es tan importante vivo como muerto" proclamó en la noche de este lunes el joven senegalés Khaly Thioune, miembro de una familia de artistas, después de cantar una canción en homenaje al líder sudafricano en el patio de Casa África, en Las Palmas de Gran Canaria.

"Siempre estará en el corazón de los africanos", agregó ante una audiencia de unas 40 o 60 personas que guardaban silencio.

Se leyeron textos de Mandela, hubo música, se abrió un libro de condolencias que será enviado a la embajada de Sudáfrica, y se encendieron velas en memoria de Madiba.

Sólo estuve unos minutos; pero en ese rato me sentí parte de este duelo a escala planetaria que este martes reúne en Johannesburgo a representantes de más de cien países para asistir a un funeral que ha necesitado un estadio.

Dice el telediario que es la mayor reunión de poder de la historia, en alusión al número de jefes de estado y de gobierno que se concentran.mandela.jpg

El de Casa África, sin embargo, fue un momento extraordinariamente íntimo; quizás porque cada uno de nosotros tenemos a nuestro propio Mandela y ahí radique la grandeza de este gran hombre, por el que un puñado de desconocidos se reunieron en una pequeña isla de la que posiblemente él jamás tuvo noticias.

(La foto la hice con el móvil mientras Khaly Thioune hablaba a los asistentes al homenaje en Casa África)


(El video es de Joan Tusell, del equipo de prensa de Casa África)

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