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El PP ha dedicado estas últimas semanas a anunciar las grandes reformas que pretende poner en marcha. En algunos casos, como en Educación, hemos perdido la cuenta de cuántas veces se ha modificado el sistema. Es un baile de la yenka continuo, izquierda, derecha, delante, detrás, un, dos, tres y siempre volvemos al mismo sitio.

No sé si sería evaluable el coste económico que acarrea este continúo hacer y deshacer la madeja. Yo pienso ahora en los profesionales que las sufren y en los alumnos que quedan atrapados entre una y otra reforma.

¿Cuánto durará la próxima? ¿Lo que tarde en perder el PP?

Ha pasado tantas veces que parece una película que ya hemos visto, un déjà vu, el día de la marmota de Bill Murray, como decían esta mañana en TVE en referencia a la reforma financiera.


Las reformas tardan su tiempo en tramitarse de tal manera que cuando llegan a las escuelas ya casi están sentenciadas. Sometida al cambio permanente la enseñanza parece siempre de prestado, en precario, y así no hay manera de comprobar si, a lo mejor, la penúltima reforma ha dado en el clavo.

Un poquito de consenso y quizás algo menos de soberbia podría venir bien al sistema educativo, que al fin y al cabo es el lugar donde se cuece nuestro futuro.

Durante el pleno en el que el Congreso de los Diputados aprobó la Ley de Memoria Histórica, en octubre de 2007, uno de los defensores del proyecto del gobierno de Zapatero dijo que no había derecho que al comenzar la Transición se dijera a las víctimas del franquismo que era demasiado pronto (para recibir reparación) y que ahora (cuando se debatió la ley) se les dijera que era demasiado tarde.

Me he acordado de esta idea hoy, tras escuchar a Garzón defenderse en el Supremo, en el juicio sobre la causa del franquismo.

Me acordé porque conozco muchas historias de muy primera mano y no, no hay derecho que se les diga que entonces era demasiado pronto y que ahora no solo es demasiado tarde para recibir justicia, sino que además es imposible.

Un amigo me dijo no hace mucho vía Facebook que vivíamos tiempos extraños. Le di la razón de manera inmediata, pero más tarde, cuando repensé la idea, modifiqué mi postura: los tiempos siempre han sido extraños.

Lo fueron para los neandertales cuando inventaron las primeras herramientas, lo fueron para los revolucionarios franceses, para los habitantes de la España medieval, para los aborígenes canarios que vieron llegar a los castellanos ...

Dicen los historiadores que mirar atrás ayuda a comprender el presente. Nos creemos que somos los inventores de la pólvora, pero no es así. La pólvora está inventado hace mucho tiempo.

Ahora estamos, con razón, hundidos en la crisis. Pero tampoco somos los primeros en esto. Crisis, la que vivió España en la posguerra o la de EEUU tras el crack, o la crisis crónica de algunos países de África o Asia, o la de algunos hogares de aquí cerca.

Nos habíamos creído invulnerables, inmunes, pensamos que las dificultades económicas eran asuntos del pasado o de otros países. Y no.

La situación no tiene pinta de mejorar, el paro sigue desbocado y no sé si será verdad que Rajoy sabe lo que hay que hacer, como dijo hace algunos días con ese tono tan suyo de profesor de la vieja escuela.

Nos asfixia la crisis y nos indigna la corrupción más que nunca. Antes, cuando teníamos dinero y trabajo, mirábamos de soslayo a los corruptos, nos parecía mal, muy mal, pero no como ahora.

camps.jpgEn estos momentos, cuando la situación está que arde y se puede poner peor, saber que personajes o cargos públicos han abusado de sus privilegios nos pone en el dispararadero, más, si, encima, un jurado popular los declara no culpables, como es el caso Costa y Camps.

Conviene advertir a los que piden mano dura o dicen que esto con Franco no pasaba que la corrupción ha existido siempre. Que hay corrupciones enormes y otras más pequeñas pero más constantes, que algunos tienen incorporadas a su vida diaria y que nos han venido pareciendo bien y hasta graciosas.

Me refiero a las pequeñas sisas de tiempo, objetos o dinero perfectamente legales, pero no muy morales. Hablo de esos privilegios de algunos convenios en centros públicos de trabajo como más días libres que el común de los trabajadores porque sí, porque el cargo público que manda es un ave de paso que no quiere molestar mucho, no se le vaya a complicar las reelección, y a nosotros, los currantes, no viene de perlas, y, además, nos van a pagar igual. Y otros asuntillos del mismo pelaje.

Decía antes que la historia ayuda a entender el presente y hablamos de corrupción. Hace un par de años leí el libro Ricos por la patria del periodista Mariano Sánchez Soler (Alicante, 1954). El trabajo lleva este clarificador subtítulo "Grandes magnates de la dictadura, altos financieros de la democracia".

Es de Plaza & Janés. Recomiendo su lectura, es como lo de hoy, pero en blanco y negro. Como entonces no había libertad de prensa ni ninguna otra, pues tan honorables que siguen siendo.

(La foto de Camps sonriente tras ser declarado no culpable es de EFE/Kai Försterling)

La prensa está hoy lunes trufada de arículos sobre Manuel Fraga, que ha muerto este domingo a los 89 años. Carllos Carnicero lo considera el eslabón perdido entre la dictadura y la democracia, Rosa Montero le agradece que se comiera a los caníbales y ABC publica un test para que el lector pueda averiguar llo que sabe del fundador del PP.

El mejor retrato quizás sea esta viñeta de La Voz de Galicia donde se ve a Fraga a las puertas del cielo gritando a San Pedro: "¡Abra la puerta que no tengo todo el día!", en gallego, claro. avion.jpg

El telediario de la 1 ha sido un botafumeiro. Decenas de dirigentes políticos se han deshecho en elogios. Sobre todo los del PP, obviamente, Quizas se ha pasado un poco la vicepresidenta del Gobierno, que ha hablado del fallecido como si lo suyo hubiera sido siempre pura democracia y no una conversión sobrevenida y a la fuerza.

Hasta Pepín Blanco ha hablado bien del finado. Sólo Izquierda Unida y algo el PNV han roto este retrato ideal del hijo más famoso de Vilallba junto al capón.

Es unánime el reconocimiento hacia su inteligencia. Tuvo la habilidad necesaria para adaptarse a los tiempos y pasar de ministro de la dictadura a líder de uno de los partidos de la España democrática. Aunque quizás más inteligentes fuimos los españoles que nunca le hicimos presidente del Gobierno.

Hago como los demás y por respeto a la muerte busco un punto de apoyo que me permita un elogio y lo encuentro en dos imágenes muy repetidas hoy: una es el del portal del piso de Madrid donde ha fallecido y la otra, la de la casa del pueblo donde pasaba los veranos. Ambas son casas de clase alta pero nada exageradas, no son ni palacios ni palacetes.

En esta época en la que hasta las infantas son objeto de recelo, es de agradecer que el hombre que tenía el Estado en la cabeza no aprovechara también para metérselo en el bolsillo.

La ultracomunicación provoca situaciones chuscas. A mí me pasa con el WhatsApp. Es tan práctico, tan rápido, tan eficiente que a veces tiene efectos perversos.

Hace un par de días le pregunté a mi hija adolescente si tenía ya la foto del muerto y al redactor encargado del tema, que dedicara la tarde a estudiar.

El redactor me contestó que hacia mucho tiempo que había acabado la carrera y a mi hija no le dio un soponcio porque conoce a su madre.

Suele pasarme a menudo, cruzo las conversaciones. Son las prisas.

Soy tan impaciente que quiero que el mensaje llegue antes de escribirlo. Me pregunto si la telepatía será alguna vez una realidad.

La velocidad es un signo de los tiempos. Nos falta sosiego para muchas cosas, sobre todo para disfrutar de este preciso momento.

Achacaba mis equivocaciones con el wasap a la presbicia, pero parece que son más habituales de lo que creía.

Lo sé porque saqué este tema hace unos días en una reunión y un amigo contó, muerto de risa, que le había pasado algo parecido con un mensaje de amor dirigido a su novio. Envió un rotundo "te quiero" a un compañero de trabajo y lo dejó absolutamente descolocado.

He disfrutado de unos días libres en mi trabajo, lo que en mi caso no solo consiste en no acudir al periódico, sino también en abstenerme de leer noticias ya sean impresas o virtuales.

Es una cura de reposo que libera la mente y relaja la vista. A menudo, sin embargo, el aislamiento no es absoluto, ya que el alma es débil y la tentación acecha como dicen que hace el diablo.

Ya he dicho en alguna ocasión en este blog que soy una lectora empedernida. Leo lo que me echen y no desprecio a priori una revista del corazón ni un catálogo de muebles, aunque prefiero lo que todo el mundo: las historias bien escritas.

El efecto de estos periodos sabáticos son regresos impetuosos. Así me ocurrió el domingo. Ese día di por acabado el descanso y acudí al quiosco con la ilusión del reencuentro.

Compré varios periódicos y salí con ellos embutidos a duras penas en una bolsa de plástico. Primero me senté en una terraza y después continué la lectura en casa, a ratos. Pasé de las elecciones en EEUU al noviazgo de Paquirrín. Hay días que no le hago ascos a casi nada.

Y de ahí, claro, a las apocalípticas informaciones sobre la crisis económica. Javier Marías se preguntaba el otro día si era necesario insistir tanto en lo mal que estamos.

Tanto titular agorero, tanta previsión nefasta consiguen acojonarnos. ¿Cuándo llegará mi turno? ¿Debo apretar más mi cinturón?

Me temo que el único antídoto para ese bombardeo de malas nuevas que critica Marías es el mío, el aislamiento. Lo contrario es no salir del asombro. Acabo de leer que la televisión autonómica valenciana anuncia un ERE porque debe ¡1.200 millones!

¿En qué manos estamos?

Nunca se me pasó por la cabeza que Ana Botella llegara a ser alcaldesa de Madrid. No porque sea una mujer, desde luego; ni porque sea la esposa de Aznar, ni tan siquiera porque no me caiga muy bien.

La razón de esta falta de fe data de hace ya unos años, de cuando la tuve tan cerca tan cerca que casi la tiro al suelo.

Debió ser en la campaña del 96, la que convirtió a Aznar en presidente del Gobierno por primera vez, o quizás fuera la anterior. No soy buena para las fechas.

El caso es que el PP de Gran Canaria decidió que el mejor modo de llenar el mitin que daba su líder en la capital de la isla era invitar a un plato de paella.

Con antelación al día fijado -un sábado creo- se anunció a través de distintos medios de comunicación que el PP invitaba a paella en el mitin que daría su cabeza de cartel nacional en La Puntilla, en el extremo norte de la playa de Las Canteras, en Las Palmas de Gran Canaria.

La Puntilla hoy es una plaza, con un parking en el subsuelo y otros equipamientos. Entonces aún era un pedazo de tierra pelada al final del paseo.

El plato de paella cumplió bien su papel de señuelo. Y si habían previsto paella para 150 o 200 personas, acudió el doble. Hacía mucho calor y el ambiente estaba lleno del polvo que levantaba la gente en la tierra reseca.

Pese a que se había acabado la paella y los platos y los vasos de plástico usados y con granitos de arroz amarillo aquí y allí dejaron un panorama poco elegante, los políticos no se dejaron vencer por el desaliento y las quejas y empezaron a hablar desde el estrado, porque para eso habían venido. Se suponía que aquella gente tenía que escucharlos.

Hubo un error de cálculo, porque el tipo de gente que cruza media ciudad o la ciudad entera por una ración de paella servida en un plato de plástico no suele ser la misma que acude a un mitin dispuesta a escuchar, ovacionar y aplaudir. Así que unos molestaron a los otros.

Yo había acudido como periodista y recuerdo perfectamente a una mujer vestida con unos pantis que le subían por la barriga hasta el sostén, quejarse con mucho sentimiento de la faena que le habían hecho a ella y a sus vecinas, pues habían gastado el dinero de la guagua, pero no habían recibido el plato de paella prometido.

Exigía, cargada de razón, que le devolvieran el dinero del viaje de ida y del de vuelta.

Y como ella, otros muchos mostaron su enfado, con mayor o menor finura, por la tomadura de pelo en que, a su juicio, se había convertido la paella-mitin del líder popular.

A pesar del bochorno (por calor y por verguenza), acabaron el mitin como pudieron y los Aznar enfilaron el camino de salida. Pero, como aquello era un terreno sin domesticar aún, no había un pasillo, una trastienda, un backstage, un algo que les permitiera hacer mutis con elegancia.

Tuvieron que salir con con la plebe, entre ellos, a duras penas escoltados por su gente, y con esta periodista en un tris de ser apretujada contra la Botella, momento en el que pude oírle decir: ¡Ay, José Mari, qué gente! O algo muy similar.paella.jpg


(No tengo fotos del mitin-paella, pero esta de Efe de los funerales del dictador norcoreano puede valer.)

"Esto hace patria", ha dicho más o menos María Esperanza Sánchez, una de las periodistas habituales de Los Desayunos de TVE, de Ana Pastor.

La periodista se refería a uno de las historias de este gordo de Navidad más repetidas por la televisión pública, que tuvo la fortuna de tener imágenes de una mujer antes y después de que, gracias a la lotería, pudiera evitar un desahucio y hacerle un regalo a sus hijos por primera vez en cuatro años.

Tras ver el video este viernes a primera hora, María Esperanza Sánchez ha dicho que la notica era "maravillosa" y después ha hablado de los sonidos que hacen la patria. El de la lotería, en su opinión, es uno de ellos.

Patria es un término bastante maltratado y tal vez demasiado ligado a la muerte, al facismo y la exclusión, tanto que produce cierto repelús a algunas personas. Entiendo que la patria de los sonidos de María Esperanza es la patria hogar, la calentita, la de olor a comida en la escalera, la de las experiencias que nos unen, la buena patria encarnada en una mujer favorecida por la lotería.


Este viernes me encontré con una antigua compañera del colegio, a la que siempre saludo con afecto, que me dijo que le gustaba este blog porque habla de "cosas normales".

A mí, esta impresión de mi amiga me ha dado que pensar. Y no porque no esté de acuerdo con ella, -que lo estoy y mucho: es evidente que hablo de asuntos muy normales-, sino porque no he podido resistirme a relacionarlo con el escándalo que tiene al país de cabeza.

No hablo con nadie que no me saque el tema. A poco que me descuide, ¡zas!, a traición, urdangariazo por aquí, urdangariazo por allá. Me llueven los iñakazos y algún que otro infantazo, que también los hay.

A muchos de los que me sacan este tema los noto dolidos, parece que se están preguntando: ¿cómo han podido tratarnos así? Aunque la mayoría lo que está es indignada. En plan troll, puse en Facebook un comentario de condolencia hacia el duque -"se están pasando con Iñaqui"- y me cayeron protestas a tutiplén.

Cuando intento apaciguar los ánimos y advierto de que le asiste la presunción de inocencia, me replican -con tanto impetú que alguna vez he temido llevarme un tortazo-, que hasta el Rey ha dado por buenas las sospechas al apartarlo de la familia -la familia, qué connotaciones-, y decir que su conducta no ha sido ejemplar, que es una forma muy fina de decirlo.

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Para más inri, hace un par del días la Casa del Rey confirmaba una información de El País , según la cual los negocios del duque eran conocidos al menos desde 2007.

¿Cómo preservar la presunción de inocencia si hasta el propio museo de cera lo ha vestido de plebeyo y lo ha puesto en un pasillo?

Estoy frivolizando con un asunto muy serio que, a mi modo de ver, afecta al propio armazón del Estado. ¿Cómo se libran ahora de la sospecha? ¿Seguirá doña Cristina en sus tareas humanitarias? Ni a Juan Guerra ni al Dioni tuvimos nunca que tratarlos de don en los periódicos.

Recurro a Google y me salen noticias como ésta: La Caixa destina 4 millones a la vacunación infantil en países en vías de desarrollo, y no puedo más que pensar en que alguien nos ha tomado el pelo.

Pero yo quería hablar de la gente normal, de los que somos felices con salud, un trabajo, la familia bien (gracias) y los amigos, a mano. De lo que la Constitución de EEUU describe con tanto acierto como: "Nosotros, el pueblo".

Uuuy, ¡qué republicanita estoy hoy!

(En la foto de la agencia Efe, la figura de cera del duque de Palma, ya sin chaqué, en la sala dedicada a los deportes)

En los años de la transición y posteriores, en España los políticos tenían buen cartel. Eran gente respetable.

En los primeros años de la democracia había sensación de estreno y los políticos elegidos por los ciudadanos eran los nuevos apóstoles de un tiempo de modernidad.

En 30 años la situación se ha invertido. Los políticos, como clase, están mal, muy mal, valorados.

Hay una sensación generalizada entre parte de la ciudadanía de que se va a la política para sacar rentabilidad personal. Que son, en general, una pandilla de espabilados.

Hemos pasado de un respeto casi reverencial hacia la clase política al desprecio. Se lo han ido ganado a lo largo de estos años con corrupciones, corruptelas, ineficacias, abusos de poder y otros asuntillos parecidos.

También los ciudadanos hemos ido perdiendo ese respeto reverencial, heredado quizás del miedo que la dictadura incrustó en los huesos del país. Y ahora criticamos a mansalva, tengamos o no razón.

En este clima surge el fenómeno Urdangarín y la última figura que había quedado por encima del fangal, queda salpicada. Ahora ni la Corona.

Comentarios, opiniones y titulares que estoy viendo publicados estos días a ráiz de las sospechas sobre el yerno del rey eran inimaginables hace unos años.

Recuerdo que a principios de los 90 el director del periódico La Provincia, donde trabajaba entonces me modificó un titular sobre la reina. Yo había puesto "la carcajada de la reina". Él , de acuerdo con lo que se estilaba entonces, cambió "carcajada" por "sonrisa".

Debió de pensar que el término era poco apropiado para Su Majestad y así el título que salió publicado al día siguiente fue : "La sonrisa de la reina". Pero lo de aquel día en la Casa de Colón fue una carcajada. Ahora puedo decirlo. (En realidad ya lo dije en un post anterior que no soy capaz de encontrar)