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Hay un refrán muy acertado que afirma que se coge antes al mentiroso que al cojo y a mi madre le oí siempre decir que la mentira tiene las patas muy cortas. Me la imagino lenta, torpe y pringosa como el alien de Sigourney.

La mentira es pastosa, tiene mal aliento y fama de no ser de fiar, pero ninguno de estos inconvenientes acaba con ella. La historia está plagada de revelaciones sorprendentes. La reciente mucho más, con esa pléyade de escándalos y de trapisondas que se hacen para afanar dinero y riqueza y que no serían posibles sin la mentira, la trola, la bola, la falacia; las cosas hechas a hurtadillas.

Nos mienten en la vida pública y en la privada, pero ¡ah!, la tecnología que tanto contribuye a difundir embustes y calumnias, también eleva el ritmo de la carrera y esas patitas cortas dan menos de sí.

La información circula tan veloz que a veces la mentira se asfixia, no llega y queda en evidencia, colorada y resoplando en el arcén de la carretera.

Frente a esa imagen pastosa de alien cinematográfico, imagino la verdad como un arroyo de montaña, como el agua que mana de la roca, por cristalina, por perseverante y por imparable. Todo se acaba sabiendo.

El problema es cuándo: ¿antes de que prescriba el delito? ¿antes de que acabe la legislatura? ¿antes de echar los cimientos? ¿antes de que ya no produzca dolor?

Hay personas muy osadas que mienten como bellacos y apuestan todas sus fichas a un embuste, más o menos logrado, y lo echan a correr, a ver si llegan.

(Este artículo lo publiqué hace un par semana en Canarias7, en una columna que tengo los martes y que se llama "A tres columnas". Está un poquitín modificado y he corregido una falta de ortografía. Lo cuento a modo de penitencia: puse "arrollo" cuando quería decir "arroyo")

Cómo puede ser que casi treinta años después de su muerte el recuerdo de mi abuela Paulina regrese cada vez que lo necesito. Es como si ella lo hubiera sabido.

Debe ser que le dio tiempo, en los años que convivimos -yo empezando mi vida, ella rematando la suya-, de crear una reserva gigante de cariño, suficiente para nutrir a su nieta durante todos los años venideros. Para que le sirviera de apoyo, para que se sintiera segura.

A veces un recuerdo es tan real, que consuela.

Comienza en San Millán de la Cogolla unas jornadas de debate sobre los términos que ha generado esta crisis sin fin. La que está cayendo lo ha puesto todo del revés y ahora los banqueros están en la cárcel, el dinero en no se sabe dónde y los días de semana parecen domingos, porque no hay ni coches en la calle.

"Parece de coña", me decía una amiga hace un par de días. "Están haciendo todo lo posible para hundir el país y lo están consiguiendo", me comentaba con su eterna sonrisa de mujer bienhumorada.

Sí, sería para partirse de risa, aunque de lo que hay ganas a veces es de partirle a alguien la cara, mucho más cuando se oyen cosas como que el banquero Blesa y el expresidente de los empresario Díaz Ferrán comparten celda, o que una hija del Rey se hizo con no sé cuánto dinero.

¿Pero qué país de golfos apandadores es éste?

Angelina Jolie, probablemente una de las mujeres más admiradas del planeta, ha sorprendido con la noticia de que se ha realizado una mastectomía para prevenir el cáncer de mama.

No es una frivolidad de la actriz. Ella misma relata en The New York Times que los médicos le han diagnosticado un altísimo riesgo de padecer el mismo cáncer del que murió su madre antes de cumplir los 60.

La decisión de Angelina es valiente por la crudeza de la intervención a la que ha tenido que someterse y que ella misma explica, y también por haberla hecho pública.

Si la mismísima Angelina, la reina del glamour y la belleza, se vacía y reconstruye las mamas sólo para prevenir, ¿por qué no lo íbamos a hacer las demás?

Cierto que hay una cuestión económica que convierte la medida en inalcanzable para muchas mujeres si no lo cubre la sanidad pública y que este tipo de operación no es una novedad que, además, sólo puede estar indicada en casos muy precisos de predisposición genética, pero ponerla en el tapete público con tanto estilo y repercusión tal vez ayude.jolie.jpg

Recuerdo de niña que una amiga de mi madre murió de cáncer de mama. Era joven y su agonía fue tremenda. En aquellos años hablar de cáncer de mama era un tabú.

Afortunadamente desde entonces las cosas han cambiado mucho. En Canarias y en otros lugares la prevención permite el diagnóstico precoz y asegura la curación en un altísimo porcentaje.

Precisamente ayer la Consejería de Sanidad de Canarias difundió una estadística sobre intervenciones en los hospitales públicos de Gran Canaria.

Tengo varias amigas que lo han sufrido. Se han operado, se han tratado, se han curado y ahora viven. Gracias a la prevención.

A lo mejor Jolie se ha pasado, pero hoy se habla de cáncer de mama en todo el mundo.

(La foto es de EFE/ Facundo Arrizabalaga)

A menudo atiendo llamadas de personas que están al borde del abismo. Mucha gente que no encuentra respuesta donde se supone que debe hallarla, acaba por llamar al periódico a la desesperada. Es el último clavo ardiendo en medio de un incendio.

Y así la señora que pensaba que antes muerta que aparecer en los papeles, ahora, obligada por las circunstancias, quiere salir a cara descubierta y mostrar todas sus vergüenzas. Bien porque tal vez así obtenga socorro o consuelo al menos; o bien porque no hay derecho, y eso hay que decirlo

Las situaciones a las que me refieron no tienen más en común que el fondo de un túnel sin salida.

Con la crisis abundan los problemas económicos: personas que llaman y te dicen que son cuatro, que no tienen ingresos y que ya les han cortado la luz. Pero también hay casos terribles que no son económicos, aunque, en realidad, nada se escapa a la que está cayendo.

Hay pleitos que no se resuelven o que se resuelven mal, porque la administración encargada está sobrecargada y que convierten vidas en pesadillas, y enfermos que no consiguen asistencia, porque la lista de espera es un horror y carecen de cuñas para sortearla.

Enchufes y otras artimañana, además del sálvase quien pueda y la ley de la selva, vuelven a campar tan a sus anchas como en épocas pasadas y no son otra cosa que un síntoma de una sociedad en retroceso, que es la nuestra y que va a peor. Y no sólo en lo económico

Escuchando una entrevista en la radio a la diseñadora Rosa Clará se me ha ocurrido que ahora somos como los gatos, porque, si tenemos suerte, podemos vivir siete vidas.

Rosa Clará es especialista en trajes de novia y hablaba con el periodista Carles Francino de su trabajo. Decía que cuando empezó a diseñar las novias tenían en torno a 20 años y ahora, no hay una con menos de 30. "Vienen", dijo, "mucho más informadas". Posiblemente, añado yo, porque son mujeres con una carrera, un trabajo, una experiencia, que no salen como antes de casa de papá para meterse en la del marido.

"Ahora vivimos tanto", me dijo una amiga en relación con un asunto que ahora no viene al caso, pero que sí tiene que ver con la duración de las etapas de la vida o con cumplir etapas.

Yo me imagino a mi abuela a los 50 casi como una anciana y yo, sin embargo, que los tengo a la vuelta de la esquina, me siento razonablemente joven y con toda una vida por delante. Pienso también en la Casa de Bernarda Alba y en aquellas vidas monótonas en las que nunca pasaba nada.

Ya he vivido varias vidas y aún espero que me queden otras más. Desde luego, el tiempo es una fortuna.

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Ya he dicho aquí que me declaro conversa. Como me ha pasado otras veces con otros asuntos, he pasado del anti al pro, de enemiga a amiga, de contrincante a fan del mundo perruno y sus circunstancias.

Hace un par de días fue mi primera vez de verdad como dueña dueña. Fui sola con mi perro Kobe, los dos en el coche. Conduje de vuelta a la perrera, de donde lo recogimos hace ya tres semanas, para que el veterinario lo vacunara.

De no poder ver a un perro ni en pintura a ir los dos solos en un coche en amor y compañía. Quién me ha visto y quien me ve, me dije para mi coleto.

Cuando entré en la sala de espera de la consulta me sorprendí a mí misma orgullosa de mi cachorro. Me recordó tanto a mis tiempos de madre con bebé.

En la sala de espera coincidí con otras dos mujeres. Pronto empezamos a hablar.

Ambas contaron historias horribles de perritos abandonados. Una de ellas llegaba con uno de mediana edad y de origen muy humilde a juzgar por su pelaje, que había encontrado no sé dónde. Venía a entregarlo.

Nos explicó con desaliento -pronto cundió la complicidad entre nosotras- que no podía quedarse con él, porque ya tenía tres dálmatas en casa. Hasta nos enseñó la fotos de los tres perritos. ¡Qué monos!, coincidimos nosotras.

La otra señora -una mujer con muy buena pinta que parecía la dueña de la dama en La Dama y el Vagabundo la dueña de la dalmata madre en los 101 Dalmatas- traía a Blaky, un terrier , o pariente de terrier o algo así, al veterinario. Su historia me tocó la fibra sensible canina.

Blaky había sido hallado en un barranco en estado famélico. La mujer que lo encontró -su dueña hoy- confesó que en primera instancia lo había llevado a la perrera y que allí (aquí, según se mire) lo había dejado, pero que esa noche no había podido dormir de puro remordimiento.

Al día siguiente fue a por él, aunque no pudo adoptarlo hasta pasados unos días. Hoy Blaky es un perro feliz y ella, una dueña orgullosa que explica que el animalito está agradecido. Lo nota porque cuando se le acerca alguien la quiere "como proteger". Cuando lo encontró, nos relató, lo que tenía Blaky era sobre todo tristeza.

Al poco a la cola se sumó un chico que traía en brazos a otro perrito triste, también abandonado. Pero al rato llegó un cachorro que, como Kobe, había sido adoptado en el albergue. Pronto empezamos a hablar de nuestros pequeños al estilo "me come" y pronto también repartimos piropos por toda la sala de espera. "Se nota que es listo", "pues el suyo...", "yo noto que me quiere..", "tiene pinta de que va a ser enorme..."

(En la foto Blaky)

Tengo un amigo que es, casi casi, un creador de tendencias. Le encanta la moda y las novedades y a veces me sorprende con ocurrencias la mar de dicharacheras.

La última es esta bolsa de la fotografía, que, dice él, es la que usaba su abuela para ir a la compra en los años 50.

Yo sé que Carlos adora a su abuela, porque presume de ello y me supongo que la buena señora estará loca por el loco de su nieto. No veo otra posibilidad a la vista de lo que sé de ella sin haberla tratado jamás.

Ahora su nieto, el creador de tendencias, me aparece con la bolsa de la compra como si hubiera encontrado la piedra filosofal, las joyas de una majaraní, la última carta de Marilyn.

Llegó blandiéndola, como quien presume de un trofeo: "¡Mira la bolsa de mi abuela! La usaba para ir a la compra en los años 50".

Él dice: años 50. ¡Como si fue en los 70! Hace tanto ya de lo uno y de lo otro. Sacar él su bolsa y comenzar el debate de la obsolescencia programada fue todo uno. Ya no se hacen las cosas como antes ...

A mí, sin embargo, no me llamó la atención la buena calidad de los materiales, que sin duda la tienen, sino las cosas que habrá contemplado desde sus asas de plástico antiguo y su cuerpo de rafia buena.

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Ya lo he dicho alguna vez: soy una sentimental. Me imagino la bolsa colgada del brazo de la abuela, inflada -la bolsa no la señora- por medio kilo de garbanzos metidos en un cartucho, el paquete de gofio y las manzanas, camino de casa en los años 50 o 60 o 70 o ... Y en la radio, Lucecita , tal vez Simplemente María, ¿o eso fue después?.

La bolsa ha vuelto a la calle, ahora del brazo del nieto que, como es un moderno, le ha dado por devolverla a la vida.

Hace siete días que Kobe se instaló en esta casa y desde entonces nada ha vuelto a ser lo mismo. Las puertas, antes abiertas de par en par, ahora se cierran de acuerdo con una estrategia meditada, como se hace con las compuertas del Canal de Panamá para que pase un barco.
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Las fregonas -tenemos dos- están a mano y hay un olorcillo que pugna por abrirse paso entre los aromas habituales del hogar.

Estamos en contínua alerta y cuando se acerca el final de la jornada mis hijas y yo nos mandamos mensajes por el móvil para asegurarnos de que la primera que llegue a casa informe inmediatamente de su estado a las demás.

Kobe es un cachorro de mes y pico que fue adoptado el lunes en la perrera de Bañaderos. Es un huerfanito, un hijo de la calle, el vagabundo de la Dama y el idem, un perrito tan pobre que no tiene ni orígenes. Nadie sabe cómo será de mayor.

Encima al pobre Kobe lo ha adoptado una "antican", así me defino o me definía. He escrito mucho en este blog contra las cacas y los pises de los perros. Me he opuesto a que se les autorice a andar por el paseo de Las Canteras. Y hasta he dicho, creo, que no deben vivir en las ciudades. Nunca me han gustado los perros.

Pero Kobe ha cambiado mi perspectiva. Es tan bonito y tiene el pelo tan negro y tan brillante que si lo llega a conocer Juan Ramón, Platero se habría quedado sin poema. A veces me mira y creo que me entiende. Me está pasando justo lo que me vaticinó mi amiga E. no hace ni tres días: "Lo querrás y entonces nos reiremos de tí".

Kobe no sólo es una bolita de pelo que inspira ternura, es la promesa de un futuro mejor. La constatación de que no hay que dar nada por perdido, porque, salvo la muerte, todo lo demás tiene remedio. Y que nunca hay que decir de este agua no beberé porque yo que tanto he escrito contra las cacas de los perros, ahora me las encuentro en el salón y casi casi me hacen gracia.

¿Tenía 17 años y estaba con mis amigas en el Hornillo de Telde dispuestas a ver al mismísimo Miguel Ríos sobre el escenario?

No; solo fue un flashback (una analepsis se dice en castellano, -me entero gracias a la Wikipedia-). Ni aquello era Telde ni los que estaban sobre el escenario eran Miguel Ríos y su banda en plena gira del Rock & Ríos, ni estábamos a principios de los 80. Ni gobernaba Felipe y mucho menos Suárez. Y ya los móviles hacía tiempo que se habían inventado: ya no había que parar "el autobús" para telefonear aunque hubiera todo un blues por medio.

Si esto es abril de 2013, esta debe ser Lua Lua Band y el recinto ni es ya cine ni se llama Avellaneda, -como la luna de Ricardo Darín-; es todo un teatro y ahora le dicen Guiniguada.

La crisis también tiene sus cosas buenas. Entre ellas, estos homenajes, tributos o revivals de bandas legendarias o de discos que hicieron historia.

Espectáculos como este Rock & Ríos hecho en Canarias -o el Pink Floyd de artesanía que hace Link Floyd y que estrenó hace un par de meses en el Cicca- gustan porque están muy bien hechos, porque se sabe a lo que se va, porque están al alcance de nuestros mermados bolsillos, porque gracias a ellos comprobamos cuántos y cuán buenos músicos viven aquí mismo y, sobre todo o bajo todo, porque nos permiten conjurar el tiempo y volver a años que ya habíamos dado por perdidos para siempre.


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Pero como dice mi buen amigo Pedro F., la nostalgia está muy bien siempre que uno no se quede a vivir en ella. A la salida del cine que ahora es teatro, era el año 2013 y con amigos que no estaban entonces en el Hornillo continuó la vida.

(La Lua Lua Band -formada por Joan Masana (piano y teclados), Miguel Estupiñán (guitarras y coros), César González (bajo y coros), Sergio Franquis (voz), Sergio Martínez (guitarras), Javier Negrín (batería), Sonia Fernández y Mila Ruano (coros)- puso en escena este viernes en el Guiniguada su homanje a Rock & Ríos. Esa noche contaron además con Rubén Nóbrega, Zack Monzón, Juanma Rodríguez, Yaco Acosta y Dave O'Connor, como músicos invitados. Si te gustó el disco, no te pierdas el espectáculo. Habrá más.)

(La foto facilitada por la banda es de esta noche del viernes en el Guiniguada)

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