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Disfruto como muchas de mi contemporáneas de un razonable éxito profesional, lo que me da independencia económica, me hace sentirme lo que antes se llamaba "realizada" y tan protagonista de mi tiempo como cualquier hombre.

También como muchas de mis contemporáneas disfruto de relaciones saludables con la mayoría de los hombres que me rodean. Salvo excepciones, los hombres con los que me relaciono no me dan un trato peor por el hecho de que yo sea una mujer; a lo mejor sí porque no les gusto, pero no por el mero hecho de ser mujer.

Las actitudes machistas que debo soportar no pasan a mayores. Y la mayoría de las veces son insignificantes, tanto como los mismos personajes de las que provienen.

Sé que soy una mujer afortunada, muy afortunada. Miles de mujeres, -millones-, soportan hoy en día distintos tipos de malos tratos por la única razón de ser mujeres.

También sé que si no hubiera sido por otras mujeres -y hombres- que lucharon antes que yo, yo hoy podría ser una de ellas. A lo mejor no sería una esclava sexual ni sufriría violencia física, pero tal vez no habría estudiado una carrera o no podría hacer algo tan cotidiano como ir en bicicleta por la calle.

Hoy día internacional de la mujer, va por todas ellas, por todas esas mujeres.

Y aquí, Ricardo Solfa hablando de mujeres. No estoy muy segura de que el sentido de la letra no sea un poco machistoide, pero la canción siempre me gustó.


Hace una par de meses que uso gafas para ver de cerca. Al principio me hizo mucha ilusión y ahora ya no tanta. Las gafitas estas han cambiado mi rutina y, además, me dan qué pensar. Por la más que las limpio, siempre están sucias. El origen de esa suciedad me inquieta. ¿Será esto a lo que se refieren cuando hablan de mirada limpia? Sé que no, pero aún así me intriga.

Si hubiera sido consecuente con mis convicciones, hubiera titulado choque en lugar de shock, que ese es el término adecuado para traducir la palabra inglesa. Odio los anglicismos, sobre todo si el castellano dispone de su propia palabra. Si por mi fuera, no diríamos sandwich sino emparedado. En eso soy una purista.

Pero he sido una cobarde y no tuve confianza en la palabra. No creí que ella sola se hiciera entender. Así que he puesto shock en el título. Una vez dada esta explicación, me dispongo a hablar del choque -ahora sí-, que sufrí esta mañana.

Por razones relacionadas con mi trabajo, tan dado a depararme todo tipo de encuentros y sorpresas, entré esta mañana en el colegio donde estudié entre los cinco y los 14 años. Se trata de un edificio de finales del XIX, con sus correspondientes añadidos modernos, pero muy bien conservado en lo esencial.

Es decir, esta mañana volví a recorrer parte del paisaje diario de toda mi infancia. Escaleras, pasillos, barandillas, puertas, baldosas... Todo o casi todo estaba igual y han pasado 30 años. Lo que yo he hecho en ese tiempo.

Entré y la portera me dijo que esperara por mi anfitriona en un patio pequeñito que tiene una especie de estanque, mientras a mi alrededor continuaba la vida del colegio. Una alumna que llega tarde, otras que dan clase de canto, profesores, una monja con hábito que creo reconocer. Para todos ellos yo era una extraña, pero para mí los extraños eran ellos que ocupaban ahora el territorio que fue primero mío y de mis amigas.

Entré en la capilla y me pareció de juguete, porque yo la recordaba con las perspectiva de cuando era bajita. Subí las escaleras y la barandilla casi me dio vértigo porque me pareció que no estaba a la altura y vi la puerta abierta de la que había sido mi última clase, que allí seguía, insensible a mis añoranzas

Una hora después volví a salir del edificio, quizás hasta dentro de otro porrón de años, con el corazón tembloroso y la memoria pegando brincos.

Este viernes por la noche, horas antes de que soplara el viento -tanto que hubiera tirado también la casa del tercer cerdito-, se presentó en sociedad una iniciativa en internet que tiene la frescura de las buenas intenciones.

Fue una noche de mucho calor, mucho más del habitual para finales de febrero, y hubo que vestirse de verano, con zapatos abiertos. La temperatura y el viento le dieron un halo muy africano al evento, aunque esto sea un tópico, pues ya se sabe que el continente vecino es muy grande y hace calor, pero también frío.

Fue una noche como de encargo para acoger la presentación de GuinGuin.Bali, una web que a base de bips quiere "cohesionar" esa región amplia que engloba a la Macaronesia y a África Occidenta, para mirarla "con ojos limpios".

Se trata de una iniciativa puesto en marcha por tres periodistas viajeros -Laura Gallego. Txema Santana y Pepe Naranjo-, inquietos y yo diría que algo soñadores. Así la nueva ventana a lo que pasa aquí cerca está abierta desde esa noche de febrero, en la que hizo tanto calor.

Los terribles presagios de las previsiones metereológicas que incluyen ahora un vocablo nuevo (ciclogénesis explosiva, que, por cierto, más parece un tipo de muerte celular que un fenómeno invernal), me traen el recuerdo de Judy Garland, cuando mucho antes de convertirse en la mamá de Liza Minelli, volaba arrastrada por el viento al encuentro del mago de Oz.
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En el último mes y medio he estado en dos fiestas de cumpleaños para adultos. Como ya habrás supuesto no hablo de cine X ni de pornografía, ni tan siquiera de aquellos dos rombos que truncaron las veladas televisivas de nuestra infancia. Lo de adulto viene por la edad de los protagonistas.

Se trataba de celebrar los primeros cincuenta años de un señor en un caso y de una señora, en el otro. Fueron fiestas muy divertidas, emotivas y entrañables, pero no las traigo a colación por eso. Lo normal es que una fiesta de estas características sea emotiva, divertida y entrañable, si no, ni es fiesta de cumpleaños ni es nada.
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Las traigo a colación por la idea que me viene rondando a partir de la polémica que ha generado la intención del gobierno de extender la jubilación hasta los 67 años. Hillé lo segundo con las fiestas, que fueron primero, ya que, al fin y al cabo, a los protagonistas de ambas sólo les queda 17 años para jubilarse -a mí seis años más-.

Volví a hilar, esta vez con una de las sensaciones que guardo en los cajoncitos de mi memoria y me acordé de lo viejos que nos parecían las personas de 50 -incluso de 40- cuando éramos niños. Es verdad que los niños tienen un punto de referencia distinto al nuestro, pero también es cierto que los cincuentones de ahora ya no visten ni se peinan ni piensan como los de los años 70.

Hay infinidad de consideraciones que añadir: la forma de vestir, las costumbres, las mejoras sanitarias etcétera, etcétera. Todo secunda la idea de que los 50 de ahora bien podrían ser los 40 de hace diez años o, incluso, los 30 de hace 20.

Hilaba pensamientos y de repente me dije, cáspita, ¿y no será esto la eterna juventud?

Una juventud que no es para siempre, pero sí para mucho. Nuestra generación -en los países ricos- disfruta del doble, quizás del triple, de tiempo del que disponían las generaciones anteriores o disponen ahora ciudadanos de otros países.

En Suazilandia, el último estado de la tabla que figura aquí, la esperanza de vida es de apenas 33 años. La misma que en el Paleolítico Superior, según la misma entrada de la Wikipedia.

Nosotros tenemos la posibilidad de morir a los 80 por el hecho de haber nacido en España. En la Grecia de Pericles la media era de 28 años. A priori nosotros podremos vivir varias vidas griegas. ¿Construiremos un partenón?

Es triste decirlo, pero puedo presumir de ser una experta en tabaco. Fui una gran fumadora durante un par de décadas y lo dejé del todo hace un año, gracias a una sesión de hipnosis inquietante pero efectiva.

Cuando digo que soy una experta en la materia, me refiero a la parte de la materia que domina un consumidor -o víctima-, no a la parte que corresponde a un fabricante, agricultor, comerciante o, en la otra banda, a un científico que combate o detecta sus pavorosos efectos.tabaco.jpg

Cuando escribo estas líneas tengo en la mente la imagen de dos mujeres que conozco y que están muy enfermas a causa del tabaco. Tu sabes que el tabaco es malo, pero verlo tan cerca lo convierte en evidente.

Digo que soy una experta y lo soy como consumidora. Sé lo que es levantarse y tomarse un café con avidez, porque después viene el pitillo. Si hablaba por teléfono, encendía un cigarrito, si ponía en marcha el coche, si empezaba a estudiar, si iniciaba una charla... Yo era de las fumadoras capaces de reencender una colilla del cenicero o de vestirse a una hora intempestiva para salir a la calle a la búsqueda de un bar abierto donde comprar tabaco.

Pero de eso hace ya mucho tiempo, porque antes de dejarlo del todo pasé por unos años de fumadora vergonzante durante los cuales reduje bastante el consumo.

Desde que no fumo, huelo mejor y soy mucho más feliz. Como me dijo un veterano ex fumador hace ya algún tiempo, al poco de dejarlo te da la sensación de que nunca has fumado. Yo casi me siento así, como si nunca hubiera fumado, con la diferencia de que aún puedo ponerme en el lugar de los que fuman, tanto de los que quieren dejarlo como de los que no. Sé a qué les sabe la boca, cómo respiran después de subir una escalera, cuánto odian las toses mañaneras y cuan convencidos están de que nunca podrán dejarlo.

Hace unos días la Sociedad Española de Epidemiología calculó en 1.500 el número de muertes que se habían evitado cada año desde que en 2005 se aprobó lo que se conoce popularmente como la ley del tabaco. Ahora, y tras anunciar un recrudecimiento de la norma, el Gobierno dice que no, que va a esperar a terminar con la presidencia de la UE, que le da mucho trabajo y que ya después se pone a ello.

Yo léi una cosa, leí la otra y no pude remediar pensar en las dos mujeres enfermas que conozco y en si sería posible saber cuántas muertes se evitarían si no hubiera que esperar por Europa.

La primera clasificación de un domingo es por sus partes, puede tener dos o nada más que una. El que tiene dos se divide en mañana resplandeciente (aunque llueva) y tarde prometedora; el segundo es como un cuerpo sin cintura, va todo en la misma pieza.

Cada uno de estos dos tipos de domingo tiene subtipos y sus correspondientes subespecies. Yo hoy tuve domingo largo y con cintura, con mañana resplandeciente y tarde prometedora, que tuvo lugar, además, en plenos carnavales de una ciudad tan carnavalera como es Las Palmas de Gran Canaria, donde tiene usted su casa.

Y si por la mañana aún alcancé para ver a algún rezagado de la noche anterior y para oír al encargado de una gasolinera dar gracias al cielo porque esto de los carnavales es sólo una vez al año; por la tarde opté por una solución muy apropiada para el domingo concreto que viví hoy, que, además de tener cintura, puede inscribirse en el género de los ni fú ni fá -que es también el nombre de una murga chicharrera- es decir, en el de los sosegados, domésticos, confortables y algo sosos. Cogí la bicicleta y me fui a callejar por la ciudad.

Lo hago de vez en cuando en tardes como ésta, con poco tráfico y mucho día aprovechado a la espalda. Me pongo unos cascos con la música, me echo a la calle y me siento como si me metiera en un videoclip..

En eso estaba, cuando sonó en mi cabeza Slowly de Aute, que me llevó del golpe a una etapa muy añorada del pasado. Entonces pensé en escribir sobre el tremendo poder evocador de las canciones. Algunas huelen, otras dan calor y a veces hay alguna que logra que me ría sola.

Pocas veces se ha escenificado tan bien una caída en desgracia. Sucedió ayer en el Museo de Cera, en Madrid. La figura de Jaime de Marichalar salió en carretilla del museo rumbo a un almacén, donde dicen que la van a guardar por si acaso.

La foto que cuelgo es de Efe, pero yo la noticia la ví en televisión. Las cámaras captaron el momento en que la imagen en cera del ex de la Infanta salía de cuadro torero donde lo habían reubicado tras el "cese temporal de convivencia". Una vez que el cese se ha convertido en definitivo, don Jaime -ahora Jaime a secas- ya no pinta nada en el museo, reservado a los que son alguien. Sic transit gloria mundi, que dirían los clásicos.marichalar1.jpg

Para la mayoría de nosotros la macroeconomía es un arcano misterioso que sube y baja por razones caprichosas. Situaciones inexplicables como la bancarrota de todo un estado-¿cómo puede hundirse el país del Partenón?- contribuyen a acrecentar nuestra perplejidad, pero no tanto como el hecho de que en medio de tanto retroceso una empresa del sector más señalado diga que en 2009 tuvo ¡9.000 millones de beneficios!

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