Hace unos días coincidía con unos amigos en lo importante que es ahora reírse. Alguno de nosotros llegó a decir que en estos momentos era su tercera aspiración tras el bienestar de la familia y no perder el empleo -en el caso de tenerlo-.
La risa, un asunto al que antes no dábamos mayor importancia, se convierte ahora en cuestión capital. Sienta tan bien reírse y hay tan pocas oportunidades en estos tiempos.
Me acordé de esta conversación el lunes por la tarde mientras escuchaba en la radio a Carles Francino, quien habló en la Ser de la última ocurrencia del movimiento portugués «Que se fastidie la troika» (así traduce El Mundo Que se lixe a troika).
Unos cuantos miembros del colectivo creado para lo que indica su nombre acudieron a un acto de un ministro con el fin de boicotearlo a carcajadas. (El ministro de Finanzas presentaba el libro Ocho siglos de locura financiera. Hay que entenderlo).
Tantos años de recortes económicos y de conocer o vivir penalidades -¿quién nos iba a decir que evitar que los niños canarios pasen hambre en verano iba a ser un tema estrella de la agenda política?-, nos ha ido modelando y nos ha cambiado como sociedad.
Nuestros gustos también se han ido atemperando. De la soberbia del nuevo rico, a la humildad del nuevo pobre.
Ahora nos contentamos con bastante menos que antes, y creo yo que apreciamos más los pequeños momentos. Unas risas con unos buenos amigos pueden convertirse en un regalo. Y es tan barato, además.
(Sigo en la linea tan en boga de sacarle todo el partido a las cosas. Este texto es la columna que publiqué este martes en Canarias7)





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