Leo parte de un estudio sobre el uso del paracetamol y el ácido acetilsalicílico para comprobar la sensación de una contradicción: muchas más personas se inclinan al consumo del segundo a pesar de que el recomendado (porque tiene menos efectos secundarios e interferencias con otros medicamentos) es el primero (que me perdone Ovidio la 'falta de ignorancia').
Quizá se deba al verde de la aspirina o a la propaganda que bombardea las 'teles', sobre todo en determinadas épocas del año. Lo cierto es que la moda prima sobre la teoría y, al final, incluso los más formados optan por la clásica aspirina.
O quizá, lo que prima es la ignorancia. Y es que cualquier persona con una salud dentro de la media no empieza a distinguir entre uno y otro hasta bien entrada la veintena (salvo curiosos ocasionales). Y si con el tiempo tienen hijos, entonces el nivel de especialización crece hasta límites.
Así es como eres capaz de distinguir entre el ibuprofeno y los dos mencionados e, incluso, cómo saber cuándo es el mejor momento para cada uno. Con el tiempo llegan la amoxicilina, los triptanes, los omeprazoles y demás palabrejos que, por épocas, usas con la naturalidad de los verbos más repetidos.
Pero lo que llama la atención es ese afán por comprar lo que venden en la televisión, obviando la existencia de los genéricos que, si bien son lo mismo que sus hermanas presumidas, casi parecen hacer menos efecto.
En conclusión, serán cosas de la mercadotecnia, que hasta en esto de la salud tiene mucho que decir.
(Foto: Xandert/Morguefile).